Cuba: no habrá elecciones !

No habrá elecciones populares democráticas mientras el sistema político esté regido por el dominio constitucional absoluto de un partido único y el sistema económico responda al capital estatal en manos de la burocracia político-económica.

La sociedad cubana no liberará sus potencialidades creadoras ni la economía sus posibilidades productivas mientras no cambie el sistema político cubano. Para que sea efectivo y progresista, el cambio ha de ser radical. Seguir el curso dictado por el VI Congreso del PCC significa evadir la raíz del problema que ha hecho implosionar la formación socioeconómica cubana.  Mienten al pueblo cubano los altos dirigentes del Partido cuando intentan reducir la crisis terminal del “modelo” cubano a la caducidad del “modelo” económico.

La razón es tan objetiva como revolucionaria: el pueblo cubano necesita la plena emancipación del trabajo para existir y funcionar en libertad y solidaridad. Por lo tanto, el cambio político significa el cambio radical de las relaciones sociales de producción e intercambio. Es ahí donde entronca la democracia e inequívocamente su carácter socialista.

No existe ni existirá sociedad entre iguales allí donde el trabajo – única manera de reproducir la materialidad y la espiritualidad de la vida – permanezca subordinado a la necesidad de reproducción del capital. ¿Qué significa ello? Que el trabajo, para que sea realmente emancipador, puede sólo responder a la necesidad de reproducción social. Para reproducirnos y reproducir la materialidad de nuestras vidas, como seres sociales, no necesitamos vender nuestra fuerza de trabajo ni al amigo, ni al familiar, ni al vecino, ni al mejor postor ni al estado.

El estado cubano, a imagen y semejanza del propietario privado capitalista, ha sido y permanece como dueño hegemónico del capital. El trabajador cubano, como el trabajador bajo cualquier régimen típicamente capitalista, ha tenido que subsistir vendiendo su fuerza de trabajo al dueño del capital. La relación de subordinación del trabajador cubano con respecto al estado – porque el que posee el poder de compra es en realidad quien manda, como advirtiera J.Martí sin que su pensamiento político estuviera educado en el marxismo -, por esa razón ha diezmado las potencialidades de desarrollo de las fuerzas productivas en grado sumo. Por cuanto el estado cubano ha sometido al trabajador al dictad económico y político omnímodo.

Dueño absoluto del capital, el estado cubano no ha sabido más que luchar a brazo partido por la acumulación estatal. El brazo partido ha sido la mano de obra del trabajador cubano. La relación de trabajo asalariado, por tanto, ha sido una relación de sometimiento del trabajador a la necesidad de reproducción del capital que ha estimado como “necesaria” el estado. A ello a su vez ha respondido la llamada “planificación de la economía”. La acumulación ha estado en función de la concentración del capital que ha exigido la centralización de la economía.

El régimen de partido-único ha sido el instrumento político para forzar el régimen de acumulación y concentración estatal del capital. Los trabajadores asalariados no han sido más que los eslabones de la cadena producción-acumulación-concentración del capital estatal. El “modelo” económico así armado se justificó mediante la ingeniería socioeconómica del gasto público en la esfera social. De esa manera los sistemas de educación y salud se desarrollaron en el concepto de la universalidad. La universalidad de dichos servicios se ha conseguido a un costo económico irracional. La irracionalidad del “modelo” ha consistido y consiste en no entenderse reglas de aritmética elemental ni economía básica, no porque no se haya tenido un pueblo precisamente cada vez más educado, sino porque el régimen de partido-único ha eliminado la democracia en las relaciones sociales. El autoritarismo de gobierno no ha sido en ningún caso una “desviación ideológica”, es decir, errores no intencionados y reparables, ha constituido una política de dominio sobre todo el movimiento de la sociedad – su movimiento económico, social y político. El dominio  no ha dejado de ser, por definición ideológica y práctica política, el inverso de la democracia. El estado, en consecuencia, fue convertido en una máquina de represión sistémica.   

Bajo tales premisas el Partido “comunista cubano” arma el sistema de democracia representativa parlamentaria, a cuyo proceso electoral se convoca hoy una vez más. La democracia representativa es de estirpe burguesa. Se soporta sobre el régimen de subordinación económica de la clase trabajadora a los dueños del capital. En esas circunstancias es absolutamente indiferente si el sistema político es mulipartidista o no. No estaremos descubriendo nada que no haya develado de manera incontestable Marx, cuando afirmemos que las relaciones sociopolíticas están mediadas por el poder económico fáctico. Exactamente por los grupos de poder económico que determinan la real correlación de fuerzas en el sistema económico y, por ende, en el estado.

El estado – tal como no ha podido ser cuestionado ni por la filosofía política burguesa ni por su economía política – surge y permanece como mediador a favor del orden “natural” de las relaciones sociales de producción. Tanto Locke como Smith – esos padres fundadores venerados del capitalismo – se encargan de sentar cátedra y dar por “natural” la relación de explotación del trabajo ajeno. Así de esotérico. La democracia representativa llega en auxilio del “orden natural” para constituirse en la forma de participación política llamada a mantener el modo de producción basado en la explotación del trabajo, mediante la subordinación asalariada del trabajador. Ahí sigue estando la esencia anti democrática del capitalismo, más allá de la ilusión de su «sociedad civil» (que sólo puede ser mercantilista, según advierte Hegel) y del supuesto pos industrialismo, que ahora se viene abajo estruendosamente con la actual crisis económico financiera.

La esencia anti democrática del sistema de democracia representativa parlamentaria radica en que tenemos derecho a votar por el sistema político, cuyos representantes estarán legislando eternamente en favor del modo de producción establecido. En ese modo de producción la mayoría – el 99% –  estamos condenados (literalmente) a ser «mano de obra». Es decir, seremos fuerza de trabajo a la cual nunca se le remunerará el valor de su trabajo, sino solamente una parte del mismo. Por esa gracia del “orden natural de las relaciones económicas” no podremos nunca acumular, ni nosotros, ni nuestras familias, ni las comunidades a las que pertenezcamos. Viviremos con la soga del salario al cuello , pidiendo permiso para vivir (Marx) al dueño del capital, al  propietario de los factores de producción. Intentaremos luchar para que nos paguen lo que nos deben, lo que nos sustraen cada mes del valor de lo que producimos, cada huelga de las miles y miles que se suceden a diario en el mundo capitalista habla de ello, de nuestro desgaste en lucha por reivindicaciones salariales, conseguiremos a veces esas “mejoras salariales”, sin darnos mucho cuenta que salen del aumento de la productividad a que nos someten (vía intensidad del trabajo, aplicación de tecnologías y ambas cosas a la vez), o sea que seguiremos en números negativos. Aceptaremos la doble servidumbre al capital, recurriendo a los créditos de la banca privada dueña del capital financiero con que reemplazaremos el poder adquisitivo que nos devalúan con insuficientes o míseros salarios, y caeremos en espirales de endeudamiento por el pago casi siempre interminable de intereses de la deuda, no importa que el endeudamiento haya podido ser para solventar un derecho humano como la vivienda, convertido en pura mercancía por la economía de mercado. Tiene que ser así, porque de lo contrario los dueños del capital (de esos factores de producción) no podrían acumular con la dinámica y la intensidad que determinan hacerlo. Y aquí no hay misericordia que valga. Nuestro Smith, yendo de lo simple a lo complejo, analizaba toda esa esencia del modo de producción basado en la explotación del trabajo asalariado con el caso del carnicero del barrio. Ese comercio, esa tiendecita de un trabajador como único empleado asalariado porcionando carne y vendiéndola directamente al buen vecino.

No puede existir democracia bajo condiciones de servidumbre. La servidumbre del trabajo con respecto al capital. Concretemos la abstracción: la servidumbre del trabajador asalariado con respecto al dueño de los factores de producción. De ahí la noción de la dicotomía que expongo y fundamento como democracia o capitalismo. Si esa dicotomía es real, y es indiscutiblemente real porque es objetiva (existe independientemente de nuestra subjetividad), porque se soporta sobre las relaciones sociales de producción e intercambio existentes, entonces el socialismo no puede ser otra cosa que la encarnación de la democracia. Con lo cual estamos diciendo que las relaciones sociales de producción e intercambio socialistas han de diferenciarse radicalmente de las establecidas por la formación socioeconómica capitalista.

Pero no se puede confundir la lectura política de lo anterior. Lo que afirmamos es que la democracia no depende, para ser objetiva, del sistema electoral ni de la idea de ciudadanía “colgada del cielo”. Ello es sólo la forma de un fenómeno político, cuya cosa radica en la naturaleza de las relaciones sociales de producción. Repitamos. No existe otra forma de reproducirnos como seres humanos que mediante la producción de bienes, materiales e inmateriales. Podemos reproducirnos, entonces, bajo condiciones de servidumbre o liberados de esa condición de esclavitud. Que cada cual, por un momento, se pregunte por cuál gracia (natural o divina) he de trabajar para alguien que me estará sustrayendo eternamente una parte sustancial del valor que produzco, que producimos. Ese alguien se ha convertido hoy en un “ente”: los accionistas de la empresa difuminados por el mundo; el propietario (o los propietarios) de “carne y hueso” de la pequeña o mediana empresa en la que trabajo, a los que llego a ver con mis propios ojos y no con los de la bolsa de valores; o el estado, como en el caso de Cuba, no por abstracto menos real, que me descuenta directamente del valor de lo que produzco no menos del 70% y, a diferencia del estado sueco o noruego, no me brinda ni servicios públicos ni la seguridad social ni las condiciones de trabajo que cabría esperar de esa acumulación que impone y, a cambio, me suprime el derecho a la libre movilidad dentro y fuera del territorio nacional, el derecho ciudadano de libre asociación gremial o política, el libre acceso a la información y la comunicación (internet sumergido ahora con un millonario cable de fibra óptica náufrado de la burocracia), entre otros inalienables derechos ciudadanos.

La reacción sicológica primitiva ante la concienciación de nuestro estado de servidumbre como trabajadores asalariados será “montar nuestro propio negocio”. Es decir, pasar de la situación de explotado a la de explotador del trabajo ajeno. Ese mecanismo de defensa es potenciado constantemente dentro del modo de producción capitalista. Nos estarán alimentando la ilusión de que todos podemos, si fuéramos “emprendedores”, ser dueños de nuestro destino esclavizando el del prójimo. La realidad es que esa proporción de capitalistas propietarios, los que en realidad viven del capital y no directamente del trabajo, ha pasado de ser en tiempos de Marx de un 1% de las personas en “edad productiva” a entre un 8%-13% en tiempos modernos. No hay ni habrá para más, dada la naturaleza del sistema de relaciones sociales de producción capitalista. La mala noticia para los escépticos es que todo indica que esa proporción ha comenzado a caer globalmente porque el proceso de acumulación de capital es per se excluyente.

Ante la crisis estructural del modelo socioeconómico cubano, caracterizado como socialismo de estado, la reacción primitiva del Partido, llamado indebidamente “comunista” e ilegítimamente “cubano”, no se hace esperar. Más allá de la amenaza de la crisis a la misma reproducción material de la sociedad, está en juego el sistema de poder económico y político establecido. La salida política no es en primera instancia una respuesta a lo primero, sino esencialmente a lo segundo. Primero salvar el poder del Partido para, como le hacen creer al pueblo, poder salvar luego al pueblo. Lo que se atiende es la lógica de reproducción del sistema político, basado en el régimen de partido-único y el dominio del estado de la burocracia sobre el sistema económico, y no el cambio de la lógica de reproducción social. Esto último vendría a cuestionar el sistema político. El conflicto de intereses entre el Partido-Estado (su burocracia político-administrativa) y la sociedad no se resolverá a favor del empoderamiento del pueblo, de su subjetivación democrática, sino en función del sistema de poder establecido. 

La alienación del pensamiento de la cúpula dirigente del Partido apoderado no le permite ver que el problema de fondo es precisamente el sistema de poder establecido. Desde la lógica del poder anti democrático no existe voluntad política para quererlo ver. Obsérvese que la idea de democracia reducida al concepto burgués de la representatividad parlamentaria permite justamente la reproducción del sistema de poder político. No hay casualidades, sino causalidad. Por lo tanto, mantener la gobernabilidad exige el relajamiento de las relaciones sociales de producción lo suficiente como para operar un reacomodo del sistema de poder, sin que cambie su esencia anti democrática. Esa lógica política reaccionaria es la que ha “alumbrado” la reforma economista bajo los llamados LPES (Cuba, mayo 2011). Toda la “visión” del cambio reformista sitúa el poder anti democrático del sistema de partido-único en el centro de gravitación.

El sistema de propiedad estatal sobre los factores de producción será convertido en un sistema de propiedad mixta. Según sus voceros partidistas no menos del 40% del PIB será producido por propiedad no-estatal. Por lo pronto un millón y medio de trabajadores deberá pensar  en ir montando sus “propios negocios”. Bajo el eufemismo de trabajo por cuenta propia, con derecho a emplear otros trabajadores, se abre el espacio económico siempre soñado por los enemigos internos y externos del proyecto socialista: la empresa privada capitalista. A su vez la propiedad estatal será asumida en gestión gerencial capitalista por la burocracia estatal-empresarial, los conceptos revolucionarios de consejos de trabajadores y cogestión son desterrados. El capital foráneo irá aumentando sus cuotas de participación en la economía bajo fórmulas igualmente fuera del control obrero y social. Lo que irá cambiando en la relación de servidumbre del trabajo con respecto al capital es el sujeto de poder. El trabajo asalariado, por supuesto, se mantiene como condicion sine qua non del estado de servidumbre del trabajador cubano. La idea de la libre asociación de los trabajadores bajo formas socializadas de producción e intercambio no constituye, por supuesto, el eje de la transformación del modo de producción. La corriente reaccionaria que domina el llamado partido comunista no ha permitido el debate democrático revolucionario sobre la transformación del sistema de propiedad. Es decir, sobre la transformación del núcleo que define la naturaleza política del modo de producción e intercambio de la sociedad cubana. El cambio se introduce y se va desarrollando bajo la política de hechos consumados.

Y como si nada estuviera pasando, el Partido apoderado llama a un nuevo ejercicio de elecciones a los llamados poderes populares. El pueblo elegirá, poco importa, repito, el tecnicismo del sistema electoral, a representantes parlamentarios de un sistema político regimentado y regido por un partido aperjado constitucionalmente de un poder totalitario. La fuente de ese poder radica en la servidumbre económica del trabajo asalariado subordinado al estado y ahora a un espectro cada vez mayor de propietarios privados.  La democracia representativa burguesa se refuerza adecuadamente.

Astuta en el arte de pensar como clase en sí, la burocracia político-económica que domina Cuba conoce la enseñanza elemental marxiana. El ser condiciona la conciencia. La superestructura política del estado no podrá más que responder a las relaciones sociales que defina el modo de producción en que se basa el estado. Ponerle frenos al desarrollo de las formas socializadas de propiedad – el freno ya tan oficioso como vicioso, por ejemplo, a las formas de propiedad cooperativa -, plantando al mismo tiempo por decreto y abonando crediticiamente la propiedad privada sobre los medios, siembra el caldo de cultivo para la legitimación de la derecha política en el país. El movimiento partidista de derecha siendo ya un hecho consolidará las posiciones que, en su momento, serán reconocidas oficialmente. La coacción y la represión a los movimientos de la izquierda alternativa que tiene lugar persigue el objetivo de evitar el surgimiento de un sujeto politico revolucionario capaz de disputar el poder a la burocracia del partido-único en la lucha por el socialismo. Para el poder omnímodo del Partido “comunista”  el peligro real le viene por la izquierda, no por la derecha. La derecha será la “oposición democrática” que legitimará ante los propios cubanos  y el mundo el capitalismo de estado.

La izquierda socialista revolucionaria es un peligro real porque su esencia programática se fundamenta en el empoderamiento del pueblo. La democracia representativa habrá de cederle el paso a la democracia directa, orgánicamente articulada en lo económico, lo social y lo político. El modo de producción habrá de asumir la extendida socialización de la propiedad como su eje rector. A la propiedad socializada bajo control de la sociedad le corresponde la reproducción ampliada del capital social. La propiedad privada no podría más que restringirse al marco de la reproducción simple de capital. Si bajo tales premisas, el sistema político asumiera el multipartidismo en tanto democracia de la participación política, sería en función de la reproducción socialista, tal como hoy la sociedad burguesa lo refrenda como forma de garantizar la reproducción del capitalismo. En dichas circunstancias queda clara la participación política de la derecha en tanto clase antagónica con los intereses de los trabajadores cubanos. El sistema de democracia directa en que se soportaría el estado comunitario, sin embargo, se alza como el ámbito de la participación solidaria, inmune a la herencia del partidismo político parido por la sociedad burguesa. Ese es el debate que habrá que entablar con la izquierda socialista revolucionaria cubana en la lucha por la transición socialista. Ese es el debate al que tiene derecho el pueblo de Cuba. Ese es el debate que las corrientes liberal-burguesas que dominan el Partido “comunista” no pueden tolerar.

La lucha de clases por el socialismo en Cuba está planteada en el terreno de las relaciones económicas y en el de las ideas. Sus ribetes de opresión política por parte del estado, apoderamiento económico burocrático, privatización del capital y exclusión social minan ya la cohesión interna y hacen vulnerable la soberanía nacional. Ese ha sido el borde del abismo al que ha llevado a Cuba, luego de haber desencadenado la revolución social sui generis de 1959, la Dirigencia histórica del país. Quien no lo que quiera ver así cobija el interés ideológico de que la transición capitalista emprendida ahora por esa misma Dirigencia se asuma como “el orden natural de las cosas”. Así como fue asumida en todo el ex bloque del socialismo eurosoviético y actualmente tiene lugar bajo el dominio de  los llamados partidos comunistas de China y Vietnam.

Pero también saben los que se divorcian de los intereses del pueblo – que en ningún caso son los intereses de las burguesías generadas por la propiedad privada sobre el capital y la nueva burguesía del estado de la burocracia -, que los derechos del pueblo, según la tradición patriótica y libertaria de los cubanos,  el pueblo cubano sabe que no se mendigan.

RCA

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