Cuba: ¿hasta donde llegaría Raul Castro?

El 24 de febrero la Asamblea Nacional de Cuba (un cuasi parlamento que sesiona unos seis días al año) eligió a los 31 miembros del nuevo Consejo de Estado (CE), formalmente el órgano máximo del estado cubano, y ese a su vez escogió a su presidente y media decena de vicepresidentes.

Hay tres cuestiones que me llamaron la atención:

—La manera como se ha constituido el Consejo de Estado, y en particular la selección del pleistocénico Machado Ventura como segundo al mando.

—La oferta de Raúl de comenzar a eliminar prohibiciones.

—Su proclamado compromiso con el socialismo.

1-El presidente electo fue el general Raúl Castro, el único de los dirigentes cubanos que pudiera intentar recomponer a la élite post-revolucionaria (cada vez más post y menos revolucionaria) y conservar el cada vez más precario pacto social que animó la revolución y que hoy sigue alimentando a una franja minoritaria de consenso activo (fidelista) pero vital para el mantenimiento del sistema.

El susto está en los vicepresidentes. Aunque siempre se manejó la figura de Carlos Lage para primer vicepresidente -un dirigente cincuentón conocido como reformista en el campo de la economía y mascota predilecta de Fidel Castro – fue electo su reverso: un burócrata histórico ultraconservador, menos carismático que Pánfilo de Narváez y mal educado, que siempre ha estado alineado con las peores causas: José Ramón Machado Ventura. Pero que tiene a su favor el control de la estructura burocrática del Partido Comunista, un dato que nadie que aspire a la sobrevivencia política puede obviar en Cuba.

Luego se mantienen los miembros anteriores y se produce el ingreso de un general, por lo que sumarían tres miembros militares en la presidencia del cuerpo colegiado, otro signo de los tiempos. En términos generacionales se trata de un auténtico areópago la mayoría de cuyos integrantes sobrepasan holgadamente los 70 años.

En resumen, la composición del CE revela las contradicciones intra-elite en Cuba y el enfrentamiento de los reformistas militares ligados a Raúl, los reformistas más jóvenes aupados por Fidel y los conservadores históricos. Aunque a primera vista pareciera que se forma una alianza entre los militares y los aparatchick más conservadores (personificada por el matrimonio Raúl/Machado), aún es muy pronto para sacar conclusiones firmes. Dado que en esta ocasión no se eligió al Consejo de Ministros (cuerpo ejecutivo del estado) es de suponer que cuando se haga se podrá obtener una visión más clara de las tendencias dominantes en esta complicada trama.

2-El general Raúl Castro, devenido presidente, anunció que se propone eliminar una serie de prohibiciones que entorpecen la vida de la gente, y que clasificó en sencillas (que serían eliminadas de inmediato) y complejas (que necesitan una “cuidadosa reflexión”).

No se cuales son unas y otras, pero someramente recuerdo que hay prohibiciones en temas como el libre movimiento de las personas dentro del país, viajar libremente al extranjero, formar organizaciones sociales o políticas fuera de las oficialmente aprobadas, opinar en contra del monopolio del poder por el Partido Comunista, acceder libremente a internet, formar empresas privadas para proveer servicios o bienes al mercado, vender la casa u otras propiedades específicas, elegir diputados entre varias opciones en elecciones competitivas y libres, manifestarse públicamente contra determinadas disposiciones del gobierno, etc. En resumen existe la prohibición, y medidas represivas en el menú, para quienes intenten pensar diferente al socialismo.

Y me imagino que si el general/presidente decidiera en verdad levantar estas prohibiciones medievales, haría un servicio inestimable a la democracia en Cuba, al nombre del socialismo y al suyo propio. Pero tendría serios problemas con sus colegas del CE, y en particular con su aterido primer vicepresidente. Y sobre todo, tendría que mover todo el sistema político, pues habría que reconocer que el sistema cubano –a pesar de sus numerosos atractivos sociales- funciona sobre la base de este encuadramiento de prohibiciones, sobre la intolerancia y sobre el control que la élite puede ejercer sobre una sociedad fragmentada.

Y luego, lo que el General/Presidente no menciona: eliminar también las obligaciones, pues cada cubano está obligado a jurar lealtad al Comandante en Jefe, obedecer al Partido, participar en marchas y manifestaciones organizadas por el gobierno, asistir a trabajos voluntarios y ejercicios militares simbólicos, pertenecer a las organizaciones reconocidas oficialmente, decir lo opuesto a lo que se piensa si lo que se piensa no es políticamente correcto, si se es periodista escribir babosadas retóricas y finalmente decirle “compañero” a los peores enemigos si estos están dentro del sistema. Un amasijo de hipocresía sobre el cual también funciona el sistema.

Claro que una persona puede obviar ambas cosas, prohibiciones y obligaciones, pero quedaría al margen de un sistema cerrado que monopoliza los empleos, administra la movilidad social y finalmente modela rígidamente las conductas. Y uno corre el riesgo de devenir una no-persona, solo querida y admirada, en la más absoluta intimidad, por los nietos pequeños.

Y es que en Cuba, se dice con simpática exageración, todo lo que no está prohibido es obligatorio.

3-Finalmente el General/presidente confirma que luchará a brazo partido por el socialismo.

Aquí la pregunta es a que socialismo se refiere el Raúl Castro. Los dirigentes cubanos han utilizado este término como una suerte de comodín para todas las políticas, alianzas externas y situaciones, y por lo general han denominado como socialista a una revolución modernizante y antiimperialista con una fuerte vocación social, obviamente en desmedro del valor sistémico del concepto socialista.

En ese juego de ambivalencia retórica Fidel ha sido magistral: en 1961 dijo que la revolución era socialista, en 1967 que lo iba a ser a diferencia de los soviéticos, en 1975 que lo sería igual que los soviéticos, en 1986 que entonces si íbamos a empezar un camino socialista pues antes no lo habíamos hecho, en 1991 que ya no era posible y en 1995 que las cosas marchaban en esa dirección pero que nadie sabía que era. Y siempre terminaba cada discurso con el slogan de “socialismo o muerte” de manera que los cubanos eran invitados a cambiar la vida por algo que no sabían bien que era. Cosas de las democracias centralmente planificadas.

Podemos imaginar un socialismo (además de con las conquistas sociales genuinas de la Revolución) como una democracia efectiva, que permita a los cubanos comunes dominar sus vidas cotidianas e incidir en la “alta política” mediante la participación y la representación controlada; como un sistema de participación delos trabajadores y con formas de cogestión y autogestión; con una prensa realmente objetiva, que informe y este abierta a todos y todas; con la libertad para los que piensan diferente (como decía Rosa Luxemburgo), en fin, para ser breve, con un sistema “sin César, ni Burgués ni Rey”. Una sociedad que al decir Marx, debe basarse en el principio que el libre desenvolvimiento de cada uno, sea el de todos.

Si este es el socialismo al que aspira Raúl Castro, yo lo apoyo incluso con el impresentable de Machado Ventura a cuestas.

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