Cuba. Eusebio Leal: Sentir la historia

Ha muerto uno de los más grandes humanistas y uno de los intelectuales de mayor calibre que ha dado Cuba en toda su historia, con el mérito adicional de haber cimentado con su pensamiento y palabras una vasta obra espiritual y material que lo trascenderá. Su capacidad de llegar a los parajes intrincados del corazón cubano y la habilidad para persuadir a sus generalmente díscolos compatriotas —a un nivel solo superable por Martí y Fidel—, grabaron las letras LEAL en el alma de la nación. A ese altar en el que rendimos honor a los símbolos sagrados llegó por el peso de su impronta; por la luz con que ha inflamado nuestras vidas.

Tenía 14 años de edad cuando lo escuché por primera vez en el museo Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Fue un sábado. Estudiaba en la Escuela Vocacional José Martí de Holguín y estaba de pase el fin de semana. Eusebio brindaría una conferencia sobre el Padre de la Patria y no me la podía perder. No fuimos muchos los asistentes, pues aún no lo rodeaba la aureola mítica ganada al echar sobre sus hombros, a solicitud de Fidel, los destinos de La Habana Vieja, ese patrimonio universal que solo una criatura como él podía salvar, escudo en mano y contra los molinos de viento, en tiempos de tempestades. Comenzó a hablar y, arrullado por aquella voz, el adolescente que yo era se echó a volar en la máquina del tiempo hasta el Demajagua, Guáimaro, San Lorenzo… Hizo aflorar la risa, y las lágrimas —por más que resistí para no hacer el ridículo, pensaba entonces. Terminó y solo atiné a caminar despacio rumbo a la casa sin hablar una palabra, como si con ello evitara la fuga de una aspiración que solo podría cumplirse si la escuchaba mi madre. La saqué de un tirón al llegar: “Yo quisiera contar la historia como ese hombre”.

Pasó una década y lo volví a escuchar, en octubre de 1991, esta vez por la televisión, cuando hablaba en una de las sesiones del IV Congreso del Partido. Víctima de una enseñanza dogmática, no cabía en la estrecha mente del joven que ya tenía 23 años la nueva política de admitir el ingreso de los religiosos al Partido. No entendía de razones, ni siquiera cuando lo explicó Fidel, y ya había leído Fidel y la religión, que tanto aportó a la justicia y a la inclusión. Eusebio lo dijo con palabras estremecedoras: ¿Le hubiésemos negado el acceso al Partido a Aracelio Iglesias, a José Antonio Echeverría, a Frank País? ¿Le hubiésemos negado el ingreso al Partido a Martí? Más que palabras eran dardos a la conciencia nacional, y acertó.

Debieron pasar veinte años para que nos reencontráramos. Yo había terminado Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural, un libro que escribí con la cadencia de su voz marcando el ritmo de las teclas de mi computadora. Eusebio, siempre tan equilibrado, tan justo, sin faltarle pasión; yo, por momentos iracundo frente al drama aborigen, negro, cubano… Me contrariaba pensar que el Pepe Grillo que hablaba a mi conciencia cuando narraba los acontecimientos vividos en Cuba desde los siglos XV hasta el XVIII —o para ser más gráfico, el Eusebio Grillo que custodiaba mi conciencia— me estuviese reprobando por los desatinos. Y sufrí, lo juro, mucho… hasta que terminé el texto. Y otra vez la vida lo puso en mi camino, o para ser sincero, Silvana Garriga, mi segunda madre. Ella, entonces editora de Ediciones Boloña, me dijo que si quería publicarlo por allí, para evitar suspicacias prefería que lo llevara a la oficina de Leal y le solicitara una evaluación.

Ensobradas entregué en su despacho mis cuartillas, y a esperar. Cinco, diez, quince, veinte, treinta días; de súbito, me llegó un aviso inesperado: Leal había leído el original y quería reunirse conmigo. Llegué nervioso, nadie me explicó de qué hablaríamos. Me recibió un hombre tierno, sereno, con cierto aire solemne en sus gestos. Me recordó el comportamiento de Céspedes y Martí, o, mejor dicho, la imagen que tengo en mi mente de cómo hablaban Céspedes y Martí.

Conversamos una hora, pero a los cinco minutos estaba otra vez por las nubes. Solo grabé en la memoria el sentido que dio al proyecto de escribir la historia de Cuba en cuatro tomos. “Cuba entre tres imperios… debiera estar en manos de cada universitario cubano, es importante que sepan cuán difícil ha resultado el camino”, dijo, y el corazón bombeó la sangre a un ritmo que a mis nervios no les era dable soportar, mientras su voz transportaba a este hombre que entonces tenía ya cumplidos los 43 años hasta una tarde de 1982 en la casa del Padre de la Patria.

Después solo crucé con Leal saludos y brevísimos comentarios, alguna que otra vez. Como recuerdo físico solo me queda esta foto que le robé en una Feria Internacional del Libro de La Habana, y sus textos. Pero a punto de cumplir los 52 años no me abandona el Eusebio Grillo que custodia mi conciencia mientras escribo o narro algún acontecimiento histórico. No pude ser su alumno —cuánto lo hubiese querido—, no fui su amigo, la vida no me premió con tanto; mas no existe otro historiador que haya ejercido tanta influencia en mí, y me siento orgulloso de ello.

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