Cuba, entre clases y estamentos

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En tiempos en que el Covid-19 copa los titulares de los medios nacionales y extranjeros, mi costumbre de llevar la contraria me hace escribir sobre un tema muy vigente, aunque eclipsado en la actual coyuntura: las clases sociales.

Hablar de clases sociales es de por sí polémico, pero cuando ese análisis se lleva a cabo en un país socialista, el tema puede llegar a ser realmente espinoso. Justamente por el eslogan “socialista” que ha acompañado a Cuba en los últimos 60 años, habría que empezar por preguntarnos si existen clases sociales en Cuba -cuestionamiento impensable en cualquier otro escenario nacional-, y la respuesta a la misma no puede ser otra que un contundente SÍ.

Antes de adentrarnos mucho más en el tema, debemos esclarecer, al menos vagamente, qué son las clases sociales y su diferencia con categorías próximas como los estamentos, que tanta representatividad alcanzaron durante el feudalismo clásico.

Llegar a una noción clara de qué es una clase social[1], o dónde empieza una y dónde otra, es harto difícil.  Afirmaba Raymond Aron que “los sociólogos, después de consagrar años y años a definir la noción de clase social, una vez alcanzado este objetivo, se muestran incapaces de precisar en cuántas clases se halla dividida una sociedad capitalista.”[2]

A mi modesto entender, puede llamarse clase social a aquel grupo social cuyos ingresos económicos se enmarquen en una escala dada, con un rol relativamente determinado dentro del pacto social.

Por su parte el estamento, cuyo referente más próximo lo encontramos en la Europa Medieval, en aquellas sociedades en que se manifiesta (sociedades estamentales) lo hace de modo más nítido. Si bien es cierto que la movilidad social interestamentaria es aún más baja que en las sociedades clasistas contemporáneas, aquellas no son absolutamente impermeables y cerradas[3]

Ahora bien, ¿cómo se “aterriza” todo esto en Cuba? Ante todo, un poco de historia:

La Cuba de 1958 era una sociedad incuestionablemente clasista[4], rasgo agravado por la condición periférica de nuestro país respecto al “capitalismo desarrollado” o al primer mundo. El arribo al poder de la Revolución cubana, el emprendimiento de un proyecto social decidido a mitigar, si no eliminar, las abismales diferencias interclasistas de la sociedad de otrora, sumado a las ingentes subvenciones Made in USSR, hicieron sostenible el discurso de que en Cuba se habían eliminado las clases sociales como consecuencia natural del afianzamiento de un régimen socialista.

La década de los 90´ puso a los cubanos frente al espejo y nos mostró una amarga realidad: la Isla nunca había alcanzado índices de productividad económica como para permitirse la prosperidad de antaño, todo (o casi todo) se debía a la generosidad soviética, la cual, por razones obvias, ya no era un factor a tener en cuenta.

Abordando el fenómeno clasista desde una óptica familiar o doméstica, se ha afirmado que La familia cubana hoy se caracteriza por la heterogeneidad, no solo de estructuras, sino en cuanto a sus condiciones socioeconómicas. Uno de los rasgos más relevantes de la etapa posterior a los 90 ( Espina M,2005 ) es la recomposición de la estructura de propiedad sobre los medios de producción. Se plantea que en 1998 el 94% de los trabajadores eran estatales y en el 2001 el 76% de los trabajadores son no estatales. Se produce una diferenciación marcada de los ingresos entre una familia y otra y entre un territorio y otro (Iñiguez. Luisa, 2005). De ahí que si bien los ingresos no eran un marcador importante de diferencia entre las familias, hoy día podemos hablar de una heterogeneidad mayor de las mismas, no solo en estructuras sino en condiciones socioeconómicas y por tanto en estrategias de vida, valores y en la manera en que estas diferencias se inscriben en la subjetividad.

 

La heterogeneidad de los ingresos impacta no solo las diferencias sociales entre familias, sino al interior de las familias. Dentro de una misma familia, diferentes miembros pueden tener ingresos procedentes de fuentes diversas, lo cual marca una desigualdad difícil de manejar entre los mismos dadas sus posibilidades diferentes de acceso y consumo. Este marcador de diferencia establece nuevas pautas de relación, así como un reordenamiento de los valores sociales que pueden amenazar sensiblemente las aspiraciones de igualdad hasta el momento alcanzadas por la sociedad cubana. Como panorama nuevo, emerge una situación de pobreza que constituye el 20% de la población urbana. Pobreza en riesgo, con algún amparo social, pero débilmente vinculada a esas coberturas de amparo.[5]

El fenómeno clasista, lejos de atenuarse, se vuelve más evidente en la Cuba contemporánea, sazonado, eso sí, por las peculiaridades propias de la Isla. Recuerdo haberme encontrado un día leyendo cierta bibliografía sobre la Francia prerrevolucionaria, y sorprenderme de poder hacer ciertas incómodas comparaciones.

La Francia borbónica se encontraba socialmente dividida en estamentos, los cuales eran representados en los llamados Estados, los que a su vez tenían funciones bien demarcadas dentro del sistema: así a la Iglesia, el primer Estado, le correspondía la defensa de la Corona mediante la palabra, o sea, le correspondía legitimarla desde el punto de vista ideológico. Al segundo Estado, la nobleza, le correspondía la defensa de la Corona mediante las armas -de ahí que servir en el ejército fuese una vía para acceder a algún título nobiliario de baja jerarquía-, y finalmente el tercer Estado, contenía un amplio abanico clasista que iba desde la alta burguesía hasta el paupérrimo campesinado -podría afirmarse que todo lo que no pertenecía al 1er o 2do Estado correspondía al 3ro por decantación.

No pretendo afirmar que el país abanderado del socialismo en el continente es en realidad una sociedad feudo-estamentaria, pero no deja de preocuparme el encontrar similitudes entre el papel del Partido Comunista (que vendría a ser nuestro 1er Estado) y el sector militar (FAR y Minint), que sería nuestro 2do Estado, dejando a todo el resto del diverso y complejo tejido social cubano, relegado a un 3er Estado, o Estado saco.

Siempre he encontrado ciertas similitudes (que irritan tanto a un bando como a otro) entre la fe religiosa que da sentido a la estructura clerical y la férrea militancia partidista que reclama lealtad ciega -¿fe?- a su militancia y confianza absoluta en la infalibilidad -¿papal?- de la cúpula partidista. En ambos casos el componente ideológico-secular es la base de todo, y si durante el feudalismo hubieran proliferado los modernos movimientos constitucionales, estoy más que seguro de que las cartas magnas de ese entonces hubieran reservado sus respectivos arts.5 al rol de la Iglesia.

En cuanto al sector militar, para nadie es un secreto que siempre han desempeñado un papel neurálgico en nuestra sociedad, máxime cuando en varios aspectos hemos tenido que abrazar la lógica de plaza sitiada debido a las tensiones con nuestros vecinos norteños. No obstante, considero que a partir del ascenso al poder de Raúl Castro -quien por décadas se desempeñara como Ministro de las FAR- en 2008, el empoderamiento del sector militar alcanzó otro nivel.

Quizás el ejemplo más demostrativo sea GAE S.A. (Grupo de Atención Empresarial Sociedad Anónima), el emporio empresarial de los militares, y que salvo alguna que otra excepción, controla los renglones más lucrativos de la depauperada economía cubana. Es este un auténtico Estado dentro del Estado, dada la amplia autonomía de que disfruta.[6]

Llegados a este punto, es válida una aclaración: ni la estructura partidista ni la militar son homogéneas a lo interno, ni los roles o las condiciones materiales de sus integrantes es siempre semejante: ciertamente existe una remarcable diferencia entre el ciudadano común y el integrante de la alta élite de la dirección del Partido, o su equivalente en las estructuras castrenses -en cuanto acceso a bienes y servicios, facilidades de las más diversas índoles, así como otras cuestiones que el lector podrá imaginar-, pero en lo que “al bajo clero” o la “baja nobleza” respecta, las diferencias con el ciudadano común no son tan claras.

Nuestro 3er Estado es realmente amplio, diverso: va desde los gerentes de firmas con participación extranjera, hasta el más humilde de los ciudadanos. Es, al igual que en Francia, el Estado al que se pertenece por decantación. Los miembros del bajo clero partidista y la nobleza militar se parecen mucho más al bajo tercer Estado, que a los suyos respectivos. En este punto sí quisiera subrayar algo: como buen cubano que soy y que a mi vez pasé por el servicio militar, sé por experiencia propia que salvo alguna que otra “jaba” ocasional, los militares de bajo rango padecen las mismas privaciones que los ciudadanos de a pie, con el agravante de sufrir los rigores de la vida castrense. Ante ellos, me quito el sombrero respetuosamente.

El panorama que se vislumbra en el horizonte patrio no es nada alentador. A las “subjetividades” de la Isla -modo en el que alguien ha querido denominar cándidamente el bloqueo interno- y al recrudecido bloqueo externo, se suman ahora los estragos causados por el Covid 19, que según afirman algunos, hará renquear la economía mundial alrededor de 2 años. El inminente agravamiento en la escasez de bienes y servicios básicos para la población, no hará otra cosa que remarcar y profundizar las diferencias ya existentes, planteadas no ya en torno a cosas tan aparentemente superfluas como el acceso a determinadas actividades de ocio o a artículos de lujo, sino respecto a la adecuada satisfacción de necesidades básicas.

No creo que sea este el mejor contexto para que se dé en el seno de la sociedad cubana un proceso de convergencia interclasista. La profundización de las diferencias solo traerá polarización o, dicho de otro modo: solo contribuirá a agudizar las contradicciones de clase. Un escenario así es nocivo para toda sociedad, en el caso cubano trae el agravante de que dinamita la mesa de diálogo. No me refiero a nada a corto plazo, no creo que la actual dirección del país quiera o pueda impulsar un auténtico proceso de diálogo, ni tampoco el establishment miamense. Para hacerlo, ambas tendrían que hacer lo mismo: abjurar de sí mismas.

Sigo creyendo, cual devoto feligrés, en una tercera vía que se nutra de lo mejor de la cubanidad y sepa hacer lo mejor con todos y para el bien de todos. No obstante -enfatizo-, no soy optimista al respecto en el corto y mediano plazo. La polarización socio-clasista como efecto de la debacle económica no lo permitirá.

Esperemos que la tempestad en el horizonte se disipe, dando paso a rayos de esperanza, bajo cuya luz, los cubanos sepamos ver el bosque entre los árboles.

 

Bibliografía:

Mendieta Núñez , Las clases sociales, segunda edición. Editorial UNAM, Instituto de Investigaciones Sociales, México D.F, México.

Raymond Aron, La lutte des classes, nouvelles lefons sur la société industrielle Gallimard ,Francia, París, 1964.

Ferrando Badía Juan, “Casta, estamento y clase social”, Revista de estudios políticos, N0198, Universidad de la Rioja, España, 1974.

Espina Prieto Mayra P. “Transformaciones recientes de la estructura socioclasista cubana”, Papers N0 52, La Habana, Cuba, 1997.

Arés Muzio Patricia, La familia cubana en el contexto latinoamericano actual, disponible en http://www.monografias.com/trabajos40/familia-cubana-hoy/familia-cubana-hoy2.shtml

 

[1] Lo más polémico resulta encontrar el punto de referencia que deslinda la sociedad en clases. Mendieta Núñez sistematiza algunos de los factores que más suelen incidir en la escisión clasista, a saber: a) .-Congénito; b) .-Racial; c) .-División del trabajo; d).-Económico; e}.-Cultural; f).-Opinión Pública; g).-Complejo de dos o más factores; decantándose el autor por el factor cultural. Sin demeritar la encomiable labor del autor en comento, quien escribe disiente respetuosamente. A nuestro entender es el factor económico (que trae implícito lo referente a la división de trabajo) lo que determina la escisión clasista y en última instancia condiciona otros factores como el cultural o la opinión pública. Cf. Mendieta NÚÑEZ, Las clases sociales, segunda edición. Editorial UNAM, Instituto de Investigaciones Sociales, México D.F, México. pág. 16 y ss.

[2] Raymond Aron, La lutte des classes, nouvelles leçons sur la société industrielle Gallimard, Francia, Paris, 1964. pág 68.

[3] “…los estamentos no son fenómenos sociales cerrados al extremo que lo son las castas. Se llega a ser esclavo por nacimiento, pero también por captura, por venta voluntaria, por sanción legal, etc.; se deja de serlo por manumisión, concesión estatal, etcétera. Una situación análoga presenta la condición de noble, que se adquiere no sólo por nacimiento, sino por otras diversas circunstancias: con cesión de título como recompensa, matrimonio, establecimiento de un nuevo orden de nobleza como consecuencia del derrocamiento del anterior, etc.

….Ello autoriza a definir el orden o estamentos como grupo parcialmente organizado, en lo que concierne a’ los órdenes más elevados, y como colectividad o conglomerado en gran parte casi-organizado o desorganizado en lo que respecta a los órdenes inferiores. Su condición jurídica se apoya no tanto en criterios religiosos o en la costumbre (caso de las castas), como en el derecho oficial del Poder político.” Cf. Ferrando Badía Juan, “Casta, estamento y clase social”, Revista de estudios políticos, N0198, Universidad de la Rioja, España, 1974. pp. 23-66

[4] A modo de ejemplo, Mayra Paula Espina Prieto, escinde la sociedad de aquel entonces del siguiente modo:

-burguesia agraria

-pequeña burguesía: urbana, rural

– intelectuales

– empleados

-clase obrera

-campesinos

Cf. Espina Prieto Mayra P. “Transformaciones recientes de la estructura socioclasista cubana”, Papers N0 52, La Habana, Cuba, 1997. pp 83-99

[5] Arés Muzio Patricia, La familia cubana en el contexto latinoamericano actual, disponible en http://www.monografias.com/trabajos40/familia-cubana-hoy/familia-cubana-hoy2.shtml

[6]  Póngase como ejemplo el hecho de que no es pasible de ser auditado por la Contraloría General de la República, máximo ente contralor de la Nación.

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