Cuba en la guerra de Angola

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En Cuba, en el año 74 cuando llegamos allí asilados desde Chile, no pasaba nada. Todo el mundo estaba trabajando, construyendo su país, los niños en las escuelas, nosotros adaptándonos a una nueva vida. Aprendiendo a decir “Oigo”  en lugar de “Aló” y “Guagua” en lugar de “Micro” para que nos entendieran. Y de pronto, en 1975 comenzaron a pasar cosas raras. Carlitos, el abogado más joven que trabajaba en mi área del Ministerio del Trabajo, no apareció más. Le pregunté a Aurelio y me dijo “No lo sé, lo habrán mandado a un curso en Oriente”. Pero luego desapareció Rudil, el chofer de Juan Luis. ¿Un curso de qué? me pregunté. Pronto pasó lo mismo con otros compañeros de trabajo, vecinos, amigos. A nadie parecía extrañarle, pero a mí sí que me extrañaba. Los cubanos, que no tienen idea de lo que es la privacidad y se meten en tu vida como Pedro por su casa, no decían nada. En materia de seguridad ellos son como ostras. ¿Sabían algo? Todos sabían pero nadie hablaba. Era un secreto guardado por millones de personas. Pero en noviembre de 1975 aparecieron unas declaraciones de Henry Kissinger en los diarios norteamericanos: “Nuestros servicios de inteligencia son tan malos, tan ineptos, que nos enteramos de que los cubanos iban para Angola cuando ya estaban allí”. Dijo que habría unos 15.000, pero eran muchos más, llegaron a ser 60.000. No sólo soldados se mandaron, sino también civiles para ayudar a organizar el nuevo gobierno.

Entonces parece que se hubiera dicho “Chipe libre” y todos comenzaron a contar cosas. Pero la mera realidad de cómo fue la actuación de Cuba en Angola, se supo en detalle, ya cuando los combatientes volvieron.

Agostinho Neto, el presidente de Angola, le había pedido al gobierno cubano apoyo de instructores para sus militares, pues los colonos portugueses se acababan de ir y los sudafricanos querían aprovechar la circunstancia y apoderarse de Angola, entrando por Namibia. La intervención cubana fue una decisión internacionalista y soberana, sin preguntarle a nadie. A los soviéticos les avisaron cuando la operación ya estaba en marcha.

Contaban los compañeros que estuvieron allá, que antes de irse los portugueses habían destruido todo lo que podían, hasta los baños, los lavamanos y los excusados de loza los habían quebrado a martillazos. Y se habían llevado a Portugal a todas las personas calificadas, profesionales, técnicos, incluso a los choferes, de tal modo que los cubanos se encontraron con que ni siquiera había alguien que supiera manejar un camión.

Al principio fueron los instructores de Cuba a hacer su trabajo y establecieron varios centros de entrenamiento. Pero el ejército sudafricano avanzaba y los instructores y los pocos cubanos que ya estaban allí, tuvieron que entrar en combate junto con sus alumnos, a los que seguían entrenando durante la batalla. Hasta los médicos se fueron a las trincheras; porque que en Cuba todo el mundo tiene preparación militar.

Todos los que iban eran voluntarios, se citaba por telegrama a los varones de la primera reserva, los que tenían entre 17 y 25 años. Nadie o casi nadie se negó y muchos querían ir aunque no los hubieran citado: se cambiaban la edad, se  la aumentaban o se la disminuían, uno que era ingeniero dijo que era chofer, otro sufrió un patatús porque no lo mandaron pero en cambio se fue su novia que era médico. En fin, hubo miles de anécdotas divertidas y hasta dramáticas.

El traslado se hizo en unos aviones Britannia destartalados, parchados con piezas de Iliushin, que no estaban preparados para cruzar el Atlántico, con cargas muy superiores a las permitidas: donde cabían 100 personas metían 200, los pilotos volaban muchas más horas de las reglamentarias. Los soldados iban con las armas cargadas, y se transportaban explosivos sin la debida protección. Tampoco tenían aeropuertos alternos para algún caso de emergencia.

Su misión era detener a las tropas sudafricanas para que no entraran en Luanda, la capital del país, y resistir hasta que llegaran mayores refuerzos por mar.

El internacionalismo de los cubanos y su confianza en su capacidad de lucha no tienen límites. A mí me dijeron a menudo diferentes compañeros, muy sueltos de cuerpo, que si los chilenos los hubiéramos llamado a tiempo, ellos habrían derrotado a Pinochet en un dos por tres. Harta rabia me daba, pero era imposible explicarles la diferencia… mejor de esto no voy a hablar.

Por suerte los yanquis no se pudieron meter directamente en la guerra de Angola, porque venían saliendo de una bochornosa derrota en Viet Nam y el horno no estaba para esos bollos.

Los viajes en barco también fueron heroicos, épicos, porque al pueblo cubano le encantan las epopeyas. Esta se llamó Operación Carlota, en homenaje a una negra que así se llamaba y que dirigió una sublevación de esclavos en el siglo XIX, machete en mano y allí dejó su vida.

En enero de 1975 llegó a haber 15 barcos cubanos navegando hacia África. A estos barcos los hostilizaban constantemente los destructores y los aviones norteamericanos, pero ellos no podían defenderse, porque sus instrucciones eran tener mucha prudencia para no dar lugar a una guerra abierta, que impediría acudir en auxilio de Angola.

La guerra estaba casi perdida. Los sudafricanos habían recibido muchos fondos y armamento de Norteamérica y tenían uno de los ejércitos mejores del mundo. En cambio los angoleños no tenían casi nada: ni armamento, ni entrenamiento militar, y sí una gran miseria y un tremendo retraso cultural. Pero la ayuda cubana fue decisiva, aunque perdieron armas y todo tipo de enseres que habían llevado, perdieron hombres de tropa y oficiales muy calificados, entre ellos el comandante Raúl Díaz Argüelles, héroe de la lucha contra Batista y un hombre muy querido en Cuba.

Pero a fines de diciembre de 1975, Fidel Castro  informó al pueblo que las tropas enemigas que en noviembre se encontraban a 25 kilómetros de Luanda, habían tenido que retroceder a más de 100 kilómetros, y que las columnas blindadas sudafricanas que en un comienzo  habían avanzado 700 kilómetros, fueron frenadas a más de 200 kilómetros de Luanda y no habían podido avanzar más.

Ya en marzo de 1976, Fidel Castro y Agostinho Neto decidieron la retirada gradual de las tropas cubanas de Angola a un ritmo de 200 a la semana.

Durante el regreso por mar, la gente se exasperaba por la tardanza. Si a uno de los barcos le fallaba algo y se detenía o navegaba a marcha lenta, como venían en convoy, todos se retrasaban. Se hizo realidad entonces la máxima del Che Guevara, que sostuvo que la marcha de una guerrilla está determinada por el hombre que menos avanza.

Me contaba mi amigo Gabriel cuando volvió, que si bien los cubanos son valientes, los angolanos eran más arrojados todavía y se ponían adelante de los tanques y de los carros blindados llegados desde Cuba, caminando, casi a pecho descubierto, en una acción suicida que no se lograba evitar. Yo pienso que al ver a extranjeros luchando por su patria, ellos querían dar un ejemplo de  sacrificio.

El resultado es conocido: las tropas cubanas  no sólo liberaron a Angola sino que lograron también contribuir a la independencia de Namibia e influyeron de manera importante en la revolución sudafricana que, muchos años después, llevaría al poder a Nelson Mandela.

Pero la  guerra de Angola no terminó allí. Después de la muerte de Agostinho Neto, diversos países africanos dirigidos y financiados por Estados Unidos reiniciaron los ataques. Sólo con la victoria cubano-angoleña en Cuito Cuanavale en 1988,  se logró el triunfo definitivo. Pero esta es harina de otro costal y quizás de otro artículo.

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