Cuba: El rescate de un colectivo transgresor

«Aunque no lo vivimos, la historia ha llegado a nuestros días. Magín es un referente, una herencia, una motivación para continuar el trabajo, sin importar los obstáculos», dijo Helen Hernández, una de las tres periodistas que desde 2011 coordina el espacio de debate sobre género y cultura denominado «Mirar desde la sospecha».

«Magín dejó de ser, pero sigue estando en la memoria y en la acción de las mujeres que la integraron», dijo a IPS la autora del libro «Mujeres en crisis. Aproximaciones a lo femenino en las narradoras cubanas de los noventa» (2011), tras asistir al primer rescate público de una historia que cambió la vida y obra de sus protagonistas.

Desde entonces, la escritora Daysi Rubiera publicó un libro sobre la violencia sexual en Cuba, la investigadora Gisela Arandia impulsó el proyecto «Color cubano» sobre el tema racial, la sicóloga Norma Guillard empezó a trabajar con grupos de la diversidad sexual y la cineasta Belkys Vega realizó obras imprescindibles sobre el sida (síndrome de inmunodeficiencia humana) en la isla.

El historiador Julio César González Pagés, uno de los pocos hombres sumados a la idea, se dedicó al rescate del pasado de las mujeres y del feminismo en Cuba y fundó la Red Iberoamericana de Masculinidades, un espacio académico considerado entrelos más importantes de los debates actuales sobre género en el país.

«Fue como un bichito que nace, genera una discusión y después empieza a extenderse desde diferentes lugares», comentó a IPS la antropóloga y «maginera» Leticia Artiles sobre un impacto que alcanzó la realización radial y televisiva, la literatura, la investigación en diversos sectores y, especialmente, los estudios de la mujer.

Considerado por no pocas personas como «un acto de justicia», la reivindicación de Magín se realizó en el coloquio internacional «Mujeres, circuitos de colaboración y asociacionismo en la cultura y la historia de la América Latina y el Caribe», que sesionó en la institución cultural Casa de las Américas hasta este viernes 24.

Rodeada por un velo de silencio desde su «desactivación», como se llamó en aquellos días de 1996 para evitar palabras más definitivas como «cierre», la Asociación de Mujeres Comunicadoras – Magín se formó el 15 de marzo de 1993 tras la celebración en La Habana del I Encuentro Iberoamericano «Mujer y Comunicación».

En medio de uno de los momentos más duros de la crisis económica que afrontó Cuba tras la desintegración de la Unión Soviética y la pérdida de sus socios del bloque socialista europeo, un grupo de mujeres comunicadoras identificó en aquel encuentro la necesidad de trabajar por una conciencia de género en los medios.

A la invitación inicial de la periodista Mirta Rodríguez Calderón, quien continuó después el trabajo desde su nuevo hogar en República Dominicana, se fueron sumando más de 100 mujeres, entre las cuales había desde periodistas, artistas y científicas hasta delegadas de gobiernos locales y diputadas nacionales.

Para identificarse escogieron la palabra «magín», que significa inteligencia. Sin embargo, la asociación no había recibido todavía en 1996 el registro legal solicitado y sus integrantes fueron informadas de que no podía seguir funcionando.

«Las palabras más o menos formales pronunciadas el día que nos convocaron, después de hablar de las intenciones de Estados Unidos de penetrar la Revolución por vía de sus intelectuales, fueron que no íbamos a ser legalizadas porque no era oportuno hacerlo», recordó Rodríguez Calderón a IPS vía correo electrónico.

El argumento fundamental esgrimido por los que tomaron esa decisión se asociaba al llamado carril II de la estadounidense Ley Torricelly, de 1992, que promovía los contactos pueblo a pueblo y el intercambio académico, cultural y de organizaciones de la sociedad civil, como una manera de propiciar cambios en el sistema político de Cuba.

Las verdaderas razones, según varias magineras, podrían ser otras: desde el «celo» de entidades acostumbradas a tener el «monopolio nacional» sobre determinados temas, hasta la transgresión que implicaba un proyecto como aquel en una sociedad organizada de forma verticalista y heterosexista, con una arraigada cultura patriarcal.

«¿Cómo un grupo de mujeres, comunicadoras de primera línea, iba a involucrarse así en un proceso de total innovación transgresora? Las crisis suelen generar desarrollo y Magín fue fruto de ese desarrollo innovador. Pero la estructura social no estaba preparada, entre comillas, para ese salto», aseguró Artiles.

De una forma parecida, se acerca al tema la psiquiatra Ada Alfonso. «Que a inicio de los años 90 un grupo de mujeres hiciera talleres de autoestima para hablar, entre otras cosas, de nuestros orgasmos, era muy transgresor. Todavía en 2012 no hablamos con libertad de nuestros cuerpos», opinó la especialista.

En apenas tres años, Magín realizó unos 50 talleres sobre diferentes temas y trabajó en proyectos que incluían colección editorial, revista trimestral, buró de prensa para producir materiales comunicativos con enfoque de género y capacitación, entre otras ideas que atesora la editora Pilar Sa Leal, reconocida albacea del grupo.

Tras el cierre formal de la asociación, Rodríguez Calderón se radicó en República Dominicana desde donde organizó actividades de intercambio y fundó la publicación A primera plana (APP) con colaboraciones desde Cuba. En la isla, en tanto, un grupo de magineras preparaban y circulaban por correo electrónico la Hoja de APP.

Para una de las fundadoras, Irene Esther Ruíz, más allá de la energía desplegada había «una magia» que ayudaba a «alumbrar las zonas oscuras del conocimiento» y a comprender «que otra mujer no era tu rival, sino tu contraparte». Justo, «esa magia fue la culpable de un sentido de pertenencia que todavía permanece», explicó.

A decir de la escritora cubana Sonnia Moro, «Magín fue desactivado, pero las ‘magineras’ existen».

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