Cuba: Criticar, un derecho / deber ciudadano

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Ante la partida a la perpetuidad de Fidel, escribí que con mi pueblo me incrusto en el Corazón sus palabras con las cuales culminó al intervenir en la clausura del 7mo Congreso de nuestro Partido Comunista: “Emprenderemos la marcha y perfeccionaremos lo que debamos perfeccionar, con lealtad meridiana y la fuerza unida, como Martí, Maceo y Gómez, en marcha indetenible” —las negritas son de ahora.

Retomo la idea anterior, a propósito de Permiso para criticar a Cuba con la firma de Wendy Guerra en el periódico madrileño EL PAÍS, y asumiendo las últimas líneas de ese título como esencia del mensaje que esta escritora trasmite: “[…] De cualquier modo mis colegas deben saber que aunque los nacidos en esta isla no tienen permiso para criticar lo que ocurre dentro de Cuba, escribir, hablar o actuar sin permiso es, en el sentido literal, nuestro único acto verdaderamente revolucionario”.

Éticamente, me siento en la obligación de no pasar por alto la mezcla de invención con interés ¿revolucionario? incluida en el título de marras. Insisto en lo que redacté seis meses atrás con el rótulo Cuba: la Crítica y la receptividad y la inscripción “La primera debe exhibir sentido martiano, revolucionario; la segunda debe estar a la altura de la otra, luciendo genuina utilidad en el quehacer cotidiano”.

Reitero que para mí es un veredicto estimular de forma ascendente la Crítica revolucionaria, a saber: primeramente, hacer el máximo esfuerzo por encontrar el sentido positivo que esté implícito en la alusión contraria a lo que se profesa y/o se defiende; a continuación, precisar tanto como humanamente sea posible dónde radica lo que se percibe como errado, desatinado, insuficiente de lo que proviene del interlocutor, fenómeno o proceso; y además, situar todas nuestras energías en procurar hacer propuestas con sensatez tendientes a encontrar solución al problema objeto de análisis.

Esta percepción se distancia de ocultar que son muchas las veces en la que el empeño porque fructifique un señalamiento constructivo se pierde en un laberinto que escapa al espíritu con el cual se ha dejado a consideración popular los documentos emanados del 7mo. Congreso de nuestro Partido Comunista, sobre todo del que tiene que ver con los “Principios de nuestro socialismo que sustentan el Modelo”.

Con todo designio he develado mi convicción según la cual cuando un ciudadano/a ejerce la Crítica revolucionaria como consecuencia del esfuerzo común por mejorar la dinámica social y/o solucionar determinados problemas, debe encontrar oídos atentos en los actores hacia quienes va dirigida, básicamente los estatales cuyo protagonismo está en la obligación de combatir la insuficiencia y/o dificultad que atente contra el pueblo. Y acredité: Mas, no siempre es como la civilización demanda.

Entonces, careció de casualidad que en Junio de 2016 formulara las interrogantes que continúan con vistas a meditar:

¿Los actores que representan nuestro Estado realmente garantizan “el patrimonio del pueblo”, si una Crítica revolucionaria cae en saco roto? ¿Qué mecanismo de “participación y control populares” existe/garantiza efectividad para que un desacuerdo con el acontecer generado por equis directivo estatal responda al “poder soberano del pueblo”, en caso de no contestación o que esta sea injustificadamente desatinada? ¿Acaso se contribuye al “desarrollo del país y de más conquistas” de la Revolución Cubana haciendo caso omiso al poder referido”? ¿Hasta qué punto estas interrogantes encierran o no preponderancia de Receptividad?

Cuanto he subrayado es para evidenciar que Permiso para criticar a Cuba, cuando menos, constituye un insulto a quienes practicamos la Crítica revolucionaria y es un engaño a sus lectores/as, toda vez que Wendy Guerra sostiene que “los nacidos en esta isla no tienen permiso para criticar lo que ocurre dentro de Cuba” y que “escribir, hablar o actuar sin permiso [¿con el visto bueno de quién?] es, en el sentido literal, nuestro único acto verdaderamente revolucionario”.

En resume —al tiempo que confieso que escribo por cuenta y riesgo propios, sin solicitar autorización a nadie—, no solo certifico que en la Mayor de las Antillas Criticar es un derecho/deber ciudadano que en el quehacer pasado, presente y futuro exhibimos/hemos de exhibir los cubanos/as que con Fidel “perfeccionaremos lo que debamos perfeccionar”, sino que asimismo legitimo que la práctica consecuente de un ejercicio de tal naturaleza, como frecuentemente aparece para apreciar en su justa medida al Sol/manchas de nuestra Revolución —una prueba está en Cuba: propuestas a un documento de su Partido dirigente—, desmiente la ¿pifia? de la escritora en causa devenida ¿disidente? ¡Qué pena!

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