Cuatro años más de Kirchner serán insoportables para el movimiento obrero

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Es la primera vez que doy mi voto por alguna fuerza política. Hasta las últimas elecciones mi voto en blanco tenía una justificación que de repetirse en los próximos comicios, tendrían para mí, la misma lógica. Pero en la coyuntura actual el apoyar un frente de izquierda y manifestar el voto a viva voz resulta de una estrategia estructural que tiene que ver con el actual momento político que vive el país. No se trata de decir que el voto por el FIT es un voto esperanzador por el cambio, pues más allá de conseguir alguna bancada provincial, el FIT no va a torcer el rumbo de la historia del muy posible triunfo del oficialismo. Sin embargo lo que si puede hacer el FIT, desde la conjunción de fuerzas que lo conforman, es instalar el debate sobre qué hacer y levantar en esos debates la bandera roja, hoy tan denostada por cierto pseudoprogresismo kirchnerista.

Si algo concreto dejó la convocatoria electoral proscriptiva del último 14 de agosto, es que el Kirchnerismo camina a re entronizar a Cristina en la Casa Rosada el próximo 23 de octubre. Algunos amigos kirchneristas que celebraron la victoria como si fuera histórica, por el caudal de votos obtenidos por el oficialismo, olvidan la historia electoral de las dos últimas décadas. Para más, se enojan cuando desde alguna posición de izquierda les cuestionamos el supuesto modelo “alternativo” al neoliberalismo y nos acusan de gorilas y de no ver que la mayoría apoya la gestión, razón por la cual, uno también debería apoyarla. Admiten por lo bajo “que faltan hacerse muchas cosas” pero que estamos en un proceso y que como tal hay que ir etapa por etapa y que no se puede transformar la realidad de la noche a la mañana. Tibios argumentos ambos. Sobre el primero, habría que recordarle a los kirchneristas que en 1995 Menem obtuvo la reelección con el 49,94% de los votos emitidos y que la alianza, encabezada por el “aburrido” De la Rúa obtuvo el 48,5% de los votos emitidos. Debo suponer que bajo la lógica de la mayoría de mis amigos kirchneristas, que en aquellos años acompañaron el modelo de Menem y con posterioridad el modelo aliancista. Bueno, en realidad, y para ser francos, el modelo no distaba de ser muy distinto al actual modelo. No voy a explayarme en explicar aquí el funcionamiento del capitalismo pero sí insistir en que el modelo “K” nada tiene de alternativo al que contribuyó con el hundimiento del país en los 90. Una vez más vale recordar el abrazo de Néstor Kirchner con Carlos Menem, seguidos ambos por la mirada de Cristina, mientras el extinto ex presidente decía que el riojano había sido el mejor presidente argentino después de Perón, mientras le guiñaba un ojo a las privatizaciones de los recursos estratégicos como el petróleo, recursos que tras 8 años de gestión no fueron renacionalizados.
Esto último me lleva a la segunda cuestión. Los kirchneristas no acusan recibo cuando se les plantea “la lentitud del cambio” y solo atinan a repetir como loritos que no se puede transformar un país de la noche a la mañana. Pero resulta que los Kirchner, en sus dos versiones, tuvieron OCHO AÑOS para transformar el modelo y terminar con las desigualdades sociales. En OCHO AÑOS es mucho lo que se puede hacer si hay voluntad política de “hacer”. En cambio, a lo que uno espera, en OCHO AÑOS se hizo muy poco, por no decir que no se hizo nada, para modificar las estructuras sociales, económicas y políticas del país. El hambre persiste en amplios sectores de la sociedad, mientras los K priorizaron el pago de la deuda externa, que no solo no nos liberó de los buitres, sino que postergó el pago de la deuda interna como todos los gobiernos anteriores. La inmensa mayoría de jubilados que gana la mínima es cierto que cobran 10 veces lo que cobraban en los 90, pero no seamos necios de pensar que con la mínima hoy, un jubilado puede subsistir, pues así como su salario se vio incrementado, la inflación le comió ese incremento en igual o mayor medida; pongo el ejemplo concreto de los jubilados pues los kirchneristas repudian a quienes exigimos el pago del 82% móvil, 82% que corresponde por ley y que, con la excusa de no querer “vaciar la caja” se niegan a pagar. Mientras utilizan los dineros de la Anses para pagar deuda externa (ilegal e ilegítima) y para sostener el modelo asistencialista versión K. Por las dudas aclaro que nadie está en contra de que el Estado se ocupe de los que menos tienen, pero hay que ver: 1) las formas 2) de dónde sale 3) qué se prioriza y cómo. Si de verdad el gobierno estuviera dispuesto a acortar la brecha entre ricos y pobres, la redistribución debería cortar el hilo por lo más grueso y no, como se hizo históricamente en este país, por lo más delgado. Y sacarle el dinero de los jubilados para pagar planes meramente asistencialistas a los pobres no es la fórmula de un gobierno que se diga “distinto a los demás”. Sigo sin que los kirchneristas me puedan explicar la diferencia de los planes Trabajar con los planes Jefes y Jefas de Menem o la entrega gratuita de aparatos para ver la propaganda oficial digital con las cajas PAN de Alfonsín. El listado de cuestionamientos al “modelo” es mucho mayor pero para muestra con dos botones alcanza. Para otro debate quedará ir desnudando las falencias de un modelo que, como ya expresé, en lo esencial no ha variado un renglón del modelo menemista.

¿Y por qué apoyar al Frente de Izquierda?

En primer lugar hay una razón de simpatía y afinidad conceptual con la izquierda. Entendiendo que cualquier opción de cambio solo puede provenir de la izquierda, es que la constitución de un frente, que reúna a partidos de izquierda, debe ser apoyado y alentado en su continuidad. En segundo lugar el Frente de izquierda, más allá de las personalidades históricas que nuclea, constituye en sí un espacio simbólico hacia el conjunto social. Aquí el voto estratégico que supone demostrar el apoyo de quienes no militamos orgánicamente a un frente cuyos componentes son fácilmente reconocibles. El punto más neurálgico del apoyo tiene que ver con las diferencias que uno, a priori, siempre tuvo con estos partidos. El verticalismo como práctica no es propiedad de la derecha y el hecho que la llamada “izquierda dura o radical” reconozca sus limitaciones, puede ser una señal de cambio que solo el tiempo podrá dilucidar.
Mientras tanto, será tarea de quienes apoyamos al Frente por fuera de las estructuras partidarias, contribuir a que ese Frente se abra a la sociedad, involucre a otros actores sociales y discuta horizontalmente una perspectiva de futuro. Esto, entroncaría entonces con el siguiente punto. No hace falta ser muy perspicaz para comprender que el Frente de izquierda surge de una necesidad electoral. Lo que en todo caso habría que conseguir es que ese Frente mire más allá de octubre. Cuando menciono la necesidad de mirar más allá de octubre, quiero decir que el éxito del frente solo depende de la construcción social que ese frente haga en lo estructural más allá de lo coyuntural. Las elecciones en este marco son meramente coyunturales y sobre todo, repasando los resultados de los comicios proscriptitos del 14 de agosto pasado. Lo estructural es lo que debemos cambiar en el país para la transformación social.
Si en el camino la experiencia neuquina se repite y algún miembro del Frente ocupa un espacio legislativo (provincial o nacional), será un plus para las fuerzas que lo componen. De lo contrario la mirada debe estar puesta en la apertura que implica el Frente, en la convocatoria a otros sectores a participar de la discusión, el debate y la resolución de la acción. Y si ese frente dice representar a los intereses de los trabajadores, debe, en primer término, convocar a los trabajadores (activos, jubilados y desocupados), debe permitirles a todos expresarse y decir qué quieren, debe abrir entonces el micrófono de cada debate y escuchar a los “laburantes” de base, quienes darán sustento a la consolidación del frente. De lo contrario en unos meses tendremos que decir que nos equivocamos y que este apoyo tampoco era la salida en la construcción de una alternativa de izquierda. Pero en el camino, el hecho de la existencia misma del Frente es una opción de futuro.
Además, otro punto clave en el apoyo al frente, es que uno conoce personalmente a quienes lo componen, nos cruzamos en las marchas, asistimos a los mismos debates y compartimos espacios comunes. Nos peleamos, disentimos y hasta nos puteamos. Sabemos que podemos discutir cara a cara y de igual a igual con quienes componen ese frente y sabrán que uno será la garantía de la apertura antes dicha. Seguramente no comulgaremos nunca con la totalidad de sus integrantes, pero déjeme preguntarle entonces a los kirchneristas progresistas si comulgan con un Moyano, con un Pedraza, con un Alperovich y estoy seguro que dirán que en el apoyo a “Cristina” deben tragarse algunos “sapos”. Hasta el momento ninguno de mis amigos kirchnerista lo dijo, pero estoy seguro que para ellos es mucho más incómodo ubicarse en el apoyo a una fuerza partidaria alineada con la derecha más retrógrada que para mi el indicar las críticas que pueda hacerse a algún miembro de los que componen el Frente.

Cuatro años de Cristina y después

Haciendo futurología es de esperar que el 24 de octubre una cantidad de cosas sigan funcionando de la misma manera. Sobre todo porque es casi seguro, y sería necio negarlo, Cristina ganará cómodamente los comicios presidenciales. También Menem ganó cómodamente en 1995. También De la Rúa y la Alianza ganaron cómodamente en 1999. Y siempre fueron largos años para el movimiento obrero de base, para los jubilados, para los sectores más postergados de la sociedad. Y todo parece indicar que lo será después del 24 de octubre, sobre todo cuando escuchamos que el oficialismo llama a profundizar el modelo. El modelo ya lo conocemos. Tiene un nombre y fue perfectamente caracterizado por Marx en el Capital. Pero también es una oportunidad la que se ha abierto para comenzar a caminar en la construcción social de una fuerza obrera de base que contribuya, cuando las condiciones lo indiquen, con el cambio. Aquí es donde el Frente de izquierda y de los trabajadores puede jugar un rol central. Pero me gustaría en este punto realizar una observación constructiva del Frente si la idea de sus componentes es poder continuar caminando juntos tras octubre. Y es que este Frente debe priorizar su pata “obrera”. Cuando afirmo la necesidad de priorizar la pata obrera, me refiero a que el Frente debe ser capaz de convocar, en un diálogo fecundo, inclusivo y horizontal a otros movimientos, a otros sectores, a grupos claramente identificados con el clasismo. El frente debe plantearse entonces perspectiva de trabajo más allá de octubre. Y debe plantearse aún con las diferencias que puedan suscitarse entre sus componentes, debe sortear esas diferencias y buscar los puntos de encuentro en un debate franco y abierto. Quizás mi planteo sea un poco o bastante ingenuo. Quizás alguno me cuestione que la ilusión de una izquierda unida construyendo alternativa con los trabajadores no es más que una utopía del pasado. Pero a mis 36 años, casi 37, y tras haber vivido en un país en el que perdimos muchas oportunidades de construcción tras el genocidio que sufriera nuestro pueblo, quiero pensar que es posible la unión en serio de la izquierda y la construcción de alternativa para la transformación del mundo. Cuatro años más bajo este modelo serán insoportables para el conjunto de los sectores populares, pero si recuperamos algo de la experiencia de unidad de acción de los años que precedieron al último golpe de Estado, quizás podamos atrevernos a pensar en futuro distinto para nuestros hijos. Un futuro como el que soñó la generación que le plantó cara al capitalismo allá por los 60. Un futuro donde las desigualdades que genera este modelo sea cosa del pasado. De este presente que se hace necesario y urgente cambiar.