Cuanto menos Estado, mejor

Este año el equinoccio se retrasa, este año se declara que el 29 de Marzo es primavera, buen tiempo no sólo para ver crecer las plantas sino también para salir a la calle, para ventilar las casas. A los que pretenden privatizar el Estado pretenden pedirles que hagan la realidad más pública, más a la vista de todos, más de todos. Que hagan más de Estado. Que estamos aquí, nunca hay que cansarse de recordar a los neuróticos que nos toca soportar en nuestro día a día que los demás estamos también en el mundo.

  Si la política tal como se viene haciendo dentro de este orden de cosas no puede ya transformar el mundo, entonces no es más que un subsistema más, no el único capaz de articular, de aglutinar todos los demás subsistemas. No hay soluciones fáciles ni populistas a este mal rollo, si las hubo en su momento no se aplicaron o se aplicaron mal. Ninguna empresa ni institución puede sentirse ya libre de vinculación política cuando llega la pobreza, eso lo hacen las malas personas. ¿De dónde han sacado sus derechos a privatizar las demandas? ¿De tanto tiempo con ofertas públicas de pena? Pues ahora van a ser peores todavía, es lo que hay. 

      El envite consiste en considerar que  la clase media baja es más capaz de resistir los malos tiempos que otras clases como la política o la banquera. Gandhi decidió dejarse morir de hambre, para que otros no lo tuvieran que hacer sin querer. ¿Cuánta gente debe hacer pública su miseria en este país para que pensemos seriamente en hacer las cosas de otra manera? Horroroso final u horror sin final: elecciones generales de cada día.  

  La actual insatisfacción con el mundo tiene inconfundibles rasgos de pánico. El que no siente pánico no está al día, probablemente, vive apartado del mundo, en un reducto de otro tiempo, protegido, reservado, privatizado, quizá incluso feliz, encerrado en una provincia a la que no llegan noticias…  debe gustar todavía del viejo sistema inmunológico, que consiste en protegerse de las grandes cuestiones con preocupaciones inmediatas.

  Cuando se acerca el peligro las operaciones de salvamento acaban con la distinción entre conservar y mejorar. Cuando no quedan esperanzas el que hace como si las hubiera es un quintacolumnista de la catástrofe. A esto jugó el anterior gobierno. A medida que la sombra de lo irreversible va cerrando los caminos en las sociedades democráticas el difundir esperanzas debe ser sustituido por el establecimiento de protocolos en urgencias. Es lo que dice pretender este.

     Cuando tantos piden más Gobierno, más Estado, las acusaciones que se hacen a los anarquistas de propiciar el desorden con lo los de cuanto peor mejor, de ser unos meros quintacolumnistas del capitalismo, de dificultar que la clase política y empresarial pueda enlazar con lo mejor de la sociedad y que esta pueda cambiar así nuestro sistema de necesidades, sólo podemos decirles, y que quede entre nosotros, que el Estado Democrático, esa democracia que se dice y no lo es, es el verdadero mamporrero del capital internacional en cada país. Así que cuánto menos Estado mejor. Si verdaderamente pretendemos cambiar desde la calle nos tendremos que enterar a malas de eso.

  La democracia real siempre ha mirado al Estado como si fuera un mal bicho. Hace unas décadas, hubo un llamativo anuncio de cerveza en TV en Inglaterra. Su primera parte ponía en escena el conocido cuento de hadas: una chica caminaba por un riachuelo, veía una rana, la tomaba con cuidado en su seno, la besaba, y por supuesto, la fea rana se convertía milagrosamente en un bello hombre joven. Sin embargo, la historia aún no había terminado: El hombre joven lanza una mirada codiciosa a la chica, se le acerca y la besa tal que ella se convierte en una botella de cerveza que el sostiene triunfante en su mano. 

  Sin embargo desde el punto de vista de la democracia, de la mujer, es exactamente lo opuesto: Una besa a un hombre joven encantador y, después de acercarse demasiado a él, cuando ya es demasiado tarde, se da cuenta de que básicamente es una rana.

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