Cuando muere un poeta

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Por Silvia Delgado Fuentes

Cuando muere un poeta no pasa nada, apenas ni nos damos cuenta,

ni la lluvia queda quieta,

ni las estrellas se descuelgan,

ni los niños dejan de jugar a la rayuela.

Nada. No pasa nada.

Todos los días nos morimos.

Limosneros de pan y de ternura,

dejamos la vida como si tal cosa.

Como dejamos los poemas sobre mesas,

o en paredes o en plazas donde se amontonan

las huellas de los besos y de las quejas.

No pasa nada cuando nos morimos,

porque somos muchos muriéndonos clandestinos,

en lugares sombríos de humanidad,

porque somos tantos,

tantos los poetas que vamos muriéndonos

huérfanos, errantes, solitarios.

Amados desde distancias remotas,

odiados por tener voz y estrofas,

aislados en un mundo hostil que

nos lleva de cabeza.

Nada pasa, nada.

O sí pasa.

Ocurre que si muere un poeta

cerca del fuego y de las lágrimas,

cerca de la sequía y de las guerras,

cerca de la memoria y de las picanas,

la muerte secuestra una garganta insomne.

Cuando muere un poeta y muere gritando a la barbarie

calla la voz vigilante de quien quiso vivir en pie,

en paz,

eternamente.

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