Cuando los bancos se derrumban…

Ahora que los bancos más grandes del mundo se derrumban y de un día para otro se esfuman valores de capital por cuantía de muchos miles de millones, políticos, los «expertos» en economía y periodistas temen los impactos de estos derrumbes en la llamada “economía real”. Esto es un hecho digno de consideración, porque hasta recién se desconocía la diferencia entre, por un lado, las cotizaciones bursátiles y rentabilidades bancarias y, por el otro, la riqueza que se infiere de la producción y venta de artículos útiles. Hasta a los ciudadanos de a pie, que no poseen acciones, los noticieros les informaban sobre las cotizaciones bursátiles pretendiendo que representaran el estado de “la economía”. Cuando los agentes de bolsa estaban de buenas y la capitalización bursátil aumentaba de nuevo, entonces crecía –fuera como fuera– la riqueza de la que vivimos “todos nosotros”. Sin embargo, como ahora los bancos se derrumban y la acumulación financiera ha dejado de funcionar –y probablemente mientras no vuelva a funcionar– los expertos sí conocen la diferencia entre valores especulativos y una riqueza real, la que se consigue trabajando, pues, en la “economía real”.

No obstante, ninguno de los expertos interpone centrarse en la producción de la riqueza real y dejar hundir tranquilamente el sector financiero con toda su acumulación especulativa. Impensable en una nación capitalista! Precisamente en el momento en que la magia financiera deja de encantar, los responsables se preocupan enormemente por el servicio que el sector crediticio haría de prestar a la economía real. Ahora y en nombre de este servicio culpan a los agentes en los mercados financieros de haber hecho todo mal. Resulta ridículo que los partidarios de un potente sector financiero repentinamente descubran la codicia entre los agentes bancarios a los que durante años no paraban ensalzar; que los mismos que exaltaban el riesgo como ventaja de la economía capitalista, ahora terminen criticando los bancos de inversión, en un principio admirados por sus réditos gigantescos, por haber asumido riesgos desmesurados.

Y esto que los inversores y administradores de los grandes fondos no se equivocaron! No hicieron nada terminantemente diferente a lo que solían y suelen hacer desde siempre. Impulsaron cada vez más el incremento de su sector hacia nuevas alturas y con ello su propio enriquecimiento, sirviéndose de un tipo de negocio que ya en su cauce tiene carácter especulativo.

El negocio de prestar dinero

Los bancos hacen lo mismo que cualquier empresario capitalista: convierten dinero en más dinero. Lo hacen, sin embargo, sin rodear por la producción y venta de artículos, medios a los que otros recurren para conseguir el mismo fin. Las instituciones bancarias no contribuyen con nada a la creación de las riquezas materiales. Prestan dinero – y lo aumentan mediante un contrato con el creditado: éste se lo tiene que devolver con intereses dentro de un plazo determinado. Hasta les da igual si su cliente invierte como capital el dinero prestado, recuperando así su dinero invertido con beneficios, o si lo gasta para el consumo. Su obligación contractual de reembolsar el dinero vale sin restricciones. No obstante, su capacidad de efectuar el pago depende de que si logra obtener el dinero requerido hasta la fecha de vencimiento. La relación crediticia pasa por alto esta cuestión: hace de cuenta –y si funciona, luego para el banco es así– que el dinero aumenta automáticamente con el transcurso del tiempo: En sus manos, el dinero se convierte inmediatamente en capital, pero sólo debido a que especula con su aumento en otras manos, lo que a su vez, obviamente, está fuera de su alcance.

La presencia universal y extensión del crédito implica que éste ya se está utilizando dentro de la acumulación capitalista. En el interés está plasmado la apropiación del banco de una parte del excedente creado en la producción y el comercio. Su poder de exigir del prestatario más dinero que el total prestado se basa en que el banco le pone en condiciones de sacar beneficios de un capital que no le pertenece. El prestatario paga el requisito porque el capital prestado le permite sacar más ganancias que limitarse hacerlo sólo con el suyo propio.

El volumen del capital disponible figura como la condición decisiva para sacar beneficios en un mundo donde la fuente real de las riqueza material es despreciable ya que funciona de manera tan fiable. En un capitalismo perfecto ya nada depende de la voluntad y disponibilidad de los trabajadores que producen los artículos de utilidad que después se venderán con beneficio: disponer de una oferta de mano de obra barata, de todos los niveles de formación, para todos los oficios, y en número más que suficiente, parece tan natural que hoy día ningún capitalista se siente dependiente de ella. Descaradamente cuenta los obreros como otro factor de producción más al lado de materias primas y otros insumos.

Bajo tales circunstancias, la capacidad de ganar beneficios efectivamente no depende sino del poder del dinero. Entonces hará el negocio el capitalista que pueda hacerse con los medios de producción requeridos, anticipar el capital necesario, también desembolsar fondos para fases de investigación y desarrollo, y pagar las innovaciones tecnológicas que le aseguran la superioridad frente a sus competidores, desvalorizándoles sus equipos de producción. El disponer sobre la cantidad necesaria de capital decide si una empresa o una nación logra impulsar los negocios en su territorio, la medida en que lo consigue, y qué armas logra emplear en la competencia. Por eso parece, en sí inexplicable y absurdo, que el dinero engendra dinero, como si el dinero fuera de por sí y en sí mismo capital.

Es el banco el que permite disponer de capital – liberando así el crecimiento del capital privado y nacional de las limitaciones impuestas por la ganacia ya acumulada y reinvertible. En este servicio a la maximización de los beneficios del sector industrial y mercantil se basa el poder del banco para participar de los aumentos que otros extraen de sus trabajadores.

La acumulación del capital financiero

Obviamente no es el objetivo propio del banco servir al beneficio de los explotadores del trabajo asalariado. No es que esté al servicio de la economía real, sino que arranca – como cualquier otra empresa capitalista – de la necesidad de otros para sacar provecho particular de ella. La economía real capitalista, incluyendo la producción y el consumo social que dependen de ella, es el medio de la autovalorización del capital financiero – y no lo es solamente en la mira estrecha de los magnates de las finanzas, sino en su papel objetivo: Los bancos deciden cuál empresa es digna de crédito y por lo tanto dispondrá de las armas necesarias en la competencia, y cuál empresa no. Igualmente, a quiénes les prolongarán las deudas, o a qué deudores morosos en cambio les tocará declararse en quiebra. Por eso es que los bancos constituyen los centros del poder económico que determinan la marcha del capitalismo.

Los bancos se aprovechan al máximo de su privilegio de convertir sin rodeos dinero en capital, o sea de aumentarlo únicamente por el acto de prestar y reclamar. Sin embargo, ese negocio no tendría ese éxito si consistiera solamente en el de prestar dinero – depósitos provenientes de la fortuna de propietarios privados – y esperar el retorno más intereses. Al igual que sus prestatarios, el banco también “trabaja” con dinero ajeno. Lo toma prestado del público reclutando depósitos y prometiendo intereses sobre libretas de ahorros, fondos a término fijo, a veces también sobre cuentas corrientes. Consigue así disponer de dinero ajeno, facilitando, por su parte, mediante pago de intereses más altos que otros dispongan de él. De esta manera, el banco disocia la propiedad sobre dinero de su disposición, haciendo un doble uso del dinero. Toma dinero de su prestamista, del titular de una cuenta, y lo traspasa como crédito a otra persona. El derecho de propiedad permanece en las manos del primero, en cambio su disposición pasa a las manos del creditado, que por su parte puede hacer uso de él como si fuera suyo. No obstante, a los depositores el banco les promete que podrán disponer siempre y en los plazos acordados del dinero invertido, dinero que ya no posee y que espera recuperar siempre y cuando su deudor se lo reembolse en alguna fecha futura, dependiendo de su éxito comercial y su solvencia. Aquí ya estamos frente al segundo nivel de la especulación.

Funcionen como funcionen los detalles de ese truco, el banco lo emplea no solamente en relación con sus depositores, sino también en relación con sus iguales: El dinero cedido y sobre el cual no dispone hasta sus deudores se lo devuelvan, lo considera como un valor de capital a su haber, y lo registra en sus libros como un «activo». Una vez más le parecería una imperdonable carga improductiva de su fortuna si sus títulos con derecho a futuro reeembolso los dejara dencansar en sus libros hasta que fueran amortizados. Las deudas de sus clientes las trata a manera de «assets», como capital a interés, revendible con beneficio a otros inversionistas o utilizable por su parte como base para tomar nuevos préstamos, iniciando de nuevo, sin necesidad de emplear más capital propio, y a escala cada vez mayor, el mismo ciclo de duplicación del capital-dinero.

Está claro que la solvencia que crea la banca usando deudas ajenas como valores vendibles o hipotecables, no la emplea sola ni mayoritariamente con el fin de prestar crédito a las ambiciones de crecimiento y competencia de sus clientes de la “economía real”, sino más bien la invierte en todo lo que le promete un aumento: en acciones, materias primas, metales preciosos y también en títulos de valor a interés que emiten y comercian otros bancos. De esta manera, el capital financiero desata su crecimiento y su rédito, liberándose de las necesidades limitadas y oportunidades de crecimiento que se le presentan en el sector industrial-comercial. A esta altura, ya no queda mucho que ver del servicio a la economía real por parte del sector financiero: Este segmento de capital, que tanta importancia tiene para el resto de la economía capitalista simplemente aprovecha su posición privilegiada y acumula de por sí mismo. Radicaliza una vez más su capacidad de convertir directamente dinero en capital, sin utilizar dinero alguno, sino más bien dinero que no posee, dinero al que está a la espera, que le tienen prometido – o sea crédito -, utilizándolo como capital que se valoriza en sí mismo. Un banco adquiere solvencia tomando crédito de otros bancos por medio de vender valores propios – títulos-promesas de reembolso con interés – emitidos en base al éxito previsto de su negocio. Y a su vez concede crédito a otros bancos comprándoles a éstos los valores que ellos emiten. A través de este círculo, el sector bancario crea continuamente nuevas oportunidades de inversión al mismo tiempo que crea los medios de inversión requeridos para aprovecharlas. Conceden y toman crédito mutuamente, abonan así en sus registros fortunas cada vez mayores, y pagan y cobran cada vez más intereses e ingresos parecidos. Lo que en caso de un banco en solitario sería puro fraude, resulta ser un negocio honroso cuando todo el sector bancario se lanza a acumular montañas de crédito: el sistema crediticio se acredita a sí mismo.

Esto funciona – mientras los inversores, o sea en mayoría los bancos mismos con sus fondos de inversión y hedge fonds, no quieran hacer otra cosa con sus fortunas – abonadas en cuenta y mantenidas en continua rotación en los mercados financieros – que invertirlas prontamente en inversiones rentables. Sin embargo, en cuanto surjan dudas – provocadas por lo que sea- sobre la continuabilidad de esta espiral, y cuando no sean pocos sino muchos los que quieren ver el dinero en lugar de nuevos títulos que pretenden responderlo, entonces, y de forma inmediata, toma cuerpo que ningún banco tiene y puede pagar el dinero que debe y promete a sus acreedores. El peligro de la reacción en cadena que existe cuando un banco importante se derrumba, es buena prueba de esto: ¿Por qué supone el derrumbe de Lehman Brothers un peligro eminete para el sistema financiero mundial? Precisamente porque la fortuna de los bancos no consiste en otra cosa que en las deudas de otros bancos. El hecho de que uno de ellos ya no puede pagar sus deudas, pone de manifiesto que las fortunas de los demás ya no valen nada. Esto demuestra por lo menos una cosa: En un sistema financiero desarrollado los bancos no practican sus negocios meramente con dinero, sea propio o prestado, sino con la credibilidad que disfrutan por ser los grandes centros del poder del dinero. La confianza por parte de sus competidores, y con ella la de la sociedad entera, de que siempre puedan pagar cuando tengan que hacerlo, forma la base de su negocio. No es que gocen de confianza porque puedan pagar, sino que pueden pagar porque y mientras gocen de esta confianza.

Que la desconfianza surja periódicamente es más que justo. Pues los valores que se crean y se acumulan en cantidades gigantescas no existen en forma de dinero, el medio de acceso universal a la riqueza producida, sino en forma de promesas de un pago de dinero en el futuro. Mientras la confianza en el pago futuro esté intacta, los títulos pueden convertirse en dinero siempre que se desee, o sea, son valores que equivalen a dinero. Siendo así que la propia confianza de los inversores es el único fundamento para seguir a tener confianza, este círculo periódicamente cae al otro extremo; motivos para ello abundan y no tienen que, pero pueden ser negocios fallidos en la economía real. El fin de la confianza y el desesperado intento de convertir títulos en dinero – aunque implique pérdidas – es otra prueba más de lo expuesto: El derrumbe pone de manifiesto que las fortunas financieras no son la riqueza real medida en dinero que pretenden ser – contrariamente a lo que se ostenta en el negocio y en los pagos realizados en las bolsas -, sino nada más que anticipaciones especulativas y títulos de derecho sobre una riqueza futura que – como más adelante se nota – no existe. Tan pronto como surja la duda de que si existe en realidad el dinero que prometen los títulos de valores, el dinero creado e incrementado por medio de la explotación del trabajo resultará siempre demasiado poco. El hecho de que riquezas creadas por la especulación se derrumben, no es nada nuevo. Que de momento resulten más dramáticos que otras veces, que no sólo se derrumba este o aquel sector del mercado financiero, que no sólo tenga uno que otro país que declararse en bancarrota, sino que el sistema financiero mundial corra peligro de quebrar o que quiebre de verdad: eso se debe a que la acumulación del capital financiero, que precedió a este final, ha sido especialmente cuantioso y global.



Los Estados rescatan su sistema financiero – ¡Qué confesión!

Ahora intervienen los gobiernos para salvar los bancos con miles de millones. Al parecer, las bancarrotas de todos los grandes especuladores no son un asunto privado. Haciendo el esfuerzo de salvar los bancos, los Estados confiesan que el fluido funcionamiento del sector de la especulación es el elixir de la vida de su economía y de sus propias finanzas. En el mundo capitalista hoy día, la capacidad de movilizar solvencia ilimitadamente – tanto para las inversiones necesarias de la economía nacional como para las exigencias del presupuesto nacional, aprovechando únicamente la confianza en el poder crediticio de las instituciones financieras – es la potencia económica decisiva de una nación, y los Estados se clasifican según la disposición de esa potencia. Los que no logran acumular o pierden esta potencia del crédito, seguirán siendo pobres e impotentes para siempre o lo serán muy pronto.

El imprescindible servicio a la patria por parte de los capitalistas financieros rinde aun mejor cuanto más sean libertados para aumentar de manera especulativa sus ganancias bancarias y sus títulos de deudas y fortunas, es decir, sin estar sujetados a cualquier servicio concreto. Por eso es que son poco sinceras las acusaciones por parte de los políticos hacia los “jugadores y especuladores” de las agencias financieras. Los gobiernos mismos les otorgaron durante décadas las libertades necesariamente cada vez más generosas para impulsar el crecimiento y el rendimiento del sector financiero. Una vez que estalla la burbuja especulativa de los codiciosos financieros, el Estado sacrifica cualquier cuantía de dinero para salvarlos, “asegura” todo, quema su crédito, grava los presupuestos futuros y pone en peligro su moneda nacional. De esta manera, se carga al pueblo entero con la responsabilidad de salvar las agencias de crédito. El servicio de los capitalistas financieros al bienestar general consiste en su enriquecimiento; para que éste resulte exitoso, la gente de a pie no sólo tiene que prestar sus servicios en la economía real rindiendo mucho a bajo costo; sino asegurando en tiempos de emergencia que se salven las instituciones bancarias que juegan con miles de millones.

Y no es que sea injusto, sino va conforme a las reglas del capitalismo: El capital financiero encarna frente a los diversos capitales industriales y comerciales el capital como tal. Su negocio, que consiste en convertir sin más vueltas propiedad en forma de dinero en fuente de mayor propiedad, debe tener éxito para dar éxito a los demás. La vida económica de la nación entera se ha vuelto dependiente del enriquecimiento especulativo de los magnates financieros, y así también el trabajo y el salario de las masas desprovistas de propiedad. Y el que no quiera atacar esta locura, que entonces no se queje de que el Estado ahorra cada céntimo con respecto a la miseria de los pobres mientras para desahogar a los bancos le quedan fondos de miles de millones.

Peter Decker, colaborador de la revista marxista GegenStandpunkt, Múnich, Alemania. traducción: Daniel E. Mismahl

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