Cuando llegan las sociedades de riesgo.

No estar de acuerdo con la democracia en democracias, o con el  derecho a decidir en Cataluña recuerda cómo era hablar mal de Franco cuando Franco o de Dios cuando Dios. Sobre todo si no creías en ellos, en su bondad, y eras de los que estabas entre personas que no pensaban como tú. A unos se les quemaba, fusilaba, encerraba o expatriaba, hoy como ayer a los disidentes de uno y otro pelaje se nos margina. Camus fue marginado por creer que Stalin se estaba pasando, no sólo por ser un rompepelotas. Sartre que no le puso tantos huevos a lo de la resistencia, no dijo de lo malo que era Stalin más que cuando ya estaba al totalitarismo soviético viéndosele el plumero. 

  ¿Es preferible una verdad desmoralizadora que una falsedad unificadora? Sartre fue vilipendiado por haber confesado en sus últimos días que siempre había sabido de la existencia del Gulag pero que no había dicho nada para no desmoralizar a la clase obrera. Sin embargo, ¿es la verdad siempre el valor más elevado y, los que insisten que así es, qué precio están dispuestos a pagar por ella? La unidad nacional no es poca cosa. Es difícil de alcanzar y fácil de perder. Sólo el que no haya nunca conocido la guerra civil puede creer que la paz y la justicia son siempre compatibles. Lo mismo puede afirmarse de la verdad y la paz.

   Siempre hay gente que espera revolver las aguas del río para pescar algo. Puedes no querer lo mismo, pero como no odies lo mismo te la has ganado. Decía Pier Paolo que  “el hombre medio pide todavía, como en la noche de los milenios, el “chivo expiatorio”; es decir, siente la necesidad del linchamiento. Las víctimas que linchar siguen buscándose regularmente entre los “diferentes”: estamos aún, con otras palabras, en plena civilización himmleriana. Los Lager, los campos de exterminio, aguardan”.

  En la dinámica de su evolución, las sociedades protosocialistas siguen unidas por el ideal de igualdad. La situación es diferente cuando llegan las sociedades de riesgo. Su contraproyecto normativo, que es su fundamento y motor, es la noción de seguridad.

 Mientras que la utopía de la igualdad tiene gran cantidad de objetivos de transformaciones sociales de contenido positivo, la utopía de la seguridad sigue siendo regularmente negativa y defensiva: en el fondo ya no se trata de alcanzar algo “bueno” sino simplemente de impedir que se produzca lo peor. El sueño de la sociedad igualitaria es el siguiente: todos quieren y deben tener su parte del pastel. El objetivo de la sociedad de riesgo es diferente: todos deben librarse de lo que es tóxico.

  Según una antigua costumbre japonesa para cruzar el mar solían los japoneses llevar un santo: «Cuando atraviesan el mar para llegar a China eligen a un hombre que no se corta el pelo, no se despioja, mantiene su ropa llena de suciedad, no come carne y no yace con mujeres… Si el viaje termina con buena fortuna todos se prodigan con él otorgándole esclavos y tesoros. Si alguien enferma u ocurre algún incidente lo matan inmediatamente, diciendo que no había respetado los tabúes con dedicación”. Es héroe o chivo expiatorio según la empresa. Pharmakós o phármakon, habrá fiesta catártica o comunidad de linchadores. Pero la cohesión del grupo no se verá comprometida.

  Por su presencia, por su necesidad la multitud deviene muchedumbre. En las muchedumbres lo heterogéneo se rinde a lo homogéneo y prevalecen las cualidades inconscientes. Las muchedumbres son fundamentalmente irracionales, vulnerables a las influencias externas, y tienden a seguir natural y necesariamente a un líder que las dirige o un chivo que repartirse. Así se mantienen unidas: por medio del contagio y la repetición. 

   Más que el líder o el ejemplo, para ser precisos podríamos decir que la emoción primordial de las muchedumbres es el pánico. El Dios Pan, de cuyo nombre deriva esa palabra conduce a las masas y las enloquece: las turbas linchan a personas inocentes, los mercados se colapsan, las monedas se hunden, se desencadenan las guerras. La opinión pública sería uniformizadora y, según eso peligrosa. Porque tiende a homogeneizar la masa y es susceptible de manipulación. Al mercado le es mucho mejor enfrentarse a una muchedumbre que a una multitud. A través de muchos mecanismos intenta propiciarla.

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