Cuando el socialismo viene desde abajo

A lo largo de los años, se han hecho muchas cosas vergonzosas —y algunas terribles— en nombre del socialismo. Esto provoca mucha confusión respecto a su significado.

Debería ser obvio que no es lo mismo el ‘socialismo’ del PSOE o del SPD alemán —partidos que se suponen reformistas— y el de la izquierda anticapitalista y revolucionaria, de la que En lucha forma parte. Tristemente, sin embargo, la dicotomía reforma-revolución no siempre nos permite identificar a ‘los buenos’. Hay activistas ‘reformistas’ que hacen una labor importante y constructiva en las luchas sindicales o barriales. Algunos dirigentes ‘revolucionarios’, en cambio, han sido auténticos dictadores.

Por eso, hace medio siglo, el marxista estadounidense Hal Draper distinguió entre el ‘socialismo desde arriba’ y el ‘socialismo desde abajo’. Escribió: “Lo que une a las muchas diferentes formas de socialismo desde arriba es la concepción de que el socialismo (o un razonable facsímil de él) debe ser otorgado como limosna a las masas agradecidas, de una forma u otra, por una élite dominante que, de hecho, no está sometida a su control”. Se refería sobre todo a la socialdemocracia y al estalinismo, ambos obsesionados con actuar desde el Estado, en nombre de la clase trabajadora o del pueblo. Pero también incluía a las visiones anarquistas centradas en la acción (‘directa’) de una pequeña minoría.

El socialismo desde abajo, en cambio, pone todo el énfasis no en unos dirigentes, sino en la actividad de la propia gente explotada y oprimida. No se basa en un programa dictado de antemano por unos teóricos, sino que parte de las necesidades y demandas surgidas de la lucha. Bajo esta visión, la función de una organización revolucionaria no es substituir al movimiento real, sino contribuir a fortalecerlo, a la vez que participa en los debates acerca de cómo hacer avanzar la lucha.

El paso decisivo hacia una revolución social se da cuando los movimientos desde abajo sienten la necesidad de ir más allá de la exigencia de cambios puntuales —por ejemplo, de una ley o un presidente— y se plantean como objetivo tomar el poder. Esto no ocurre de forma automática; es el resultado de una serie de experiencias y debates, en los que la gente revolucionaria tiene mucho que decir, sobre todo si está organizada y coordinada entre sí.

En todas las revoluciones rupturistas se encuentran organismos de poder desde abajo, desde los consejos de fábrica y los soviets en la Rusia de 1917 hasta, a un nivel más incipiente, los comités populares de barrio y el nuevo movimiento sindical en el Egipto de hoy. La consolidación de esta organización de base, y su gradual concienciación, es la medida real del desarrollo de la revolución.

Las orientaciones ‘desde arriba’ y ‘desde abajo’ reflejan visiones opuestas del contenido del socialismo. El socialismo desde arriba puede definirse como un programa económico: nacionalización de las grandes empresas; planificación; más impuestos a los ricos y más prestaciones a los pobres, etc. También puede definirse en función de la política internacional del gobierno ‘socialista’… en realidad de su retórica frente a EEUU.

El socialismo desde abajo, en cambio, puede incluir algunas de estas cosas, pero no se define por ellas. Lo que lo distingue es su insistencia en la democracia de base, en el poder de la gente común sobre sus propias vidas. El sistema actual restringe la democracia a la posibilidad de votar de vez en cuando, dentro de una democracia política formal (actualmente bastante frágil). El socialismo desde abajo exige una democracia mucho más completa; no sólo política sino también social.

En resumen, el socialismo desde arriba se refiere a las políticas aplicadas por unos pocos dirigentes. El objetivo del socialismo desde abajo es que todas las personas puedan dirigir sus vidas, de manera colectiva, democrática y libre.

David Karvala (@davidkarvala) es militante de En lluita / En lucha

Artículo publicado en el Periódico En lucha Diari En lluita

http://www.enlucha.org/site/?q=node/18983

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