Crónicas de la soledad y el desarraigo

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Por Iñaki Urdanibia

Ciertamente los seres humanos no tienen raíces, como las plantas, mas tampoco parece asumible aquello que cantaba el otro de que ni soy de aquí, ni soy de allá, ya que no cabe duda de que existe el acá y el allá o viceversa. Aun pudiéndose definir al ser humano , como ha dicho más de uno, como homo viator, la tensión que se crea en algunos viajeros que lo hacen a pesar de su voluntad, quiero decir forzados por las circunstancias y no en plan viaje de placer, entre la tierra de origen y de la de llegada, imaginada como poco menos que el paraíso.

Si esto es así, sin ninguna pretensión de rigor sociológico , hay distintos modos de expresarlo y uno de ellos es el género de ficción , aun sabiendo que la realidad supera a esta última en no pocas ocasiones; y viene todo esto provocado por una novela ( dudo en acompañarla de documento / testimonio, adosados cualquiera de ellas con un guión añadido a la palabra) que nos conduce al corazón del problema, de los problemas: « Transterrados » ( Calambur, 2018) de Consuelo Triviño Anzola. Vaya por delante que la escritora nacida en Bogotá ( 1956) y residiendo en Madrid desde 1983, no escribe en vano, no se entretiene, ni nos entretiene, con los lindos lirios del campo y los cantarines pajarillos, al igual que no se dedica a la práctica de diferentes ejercicios de estilo con sus hábiles virguerías, no, la escritora nos entrega un retrato , en mosaico, de la vida y milagros, ninguno, que padecen los miembros de la comunidad de inmigrantes latinoamericanos . Nadie ha de pensar, con lo dicho, que se va a topar con un ladrillo, tipo ensayo, con sus cifras, estadísticas y demás cuantificaciones sin alma, ya que es claro que la obra es una novela con todas las de la ley, atravesada por una serie de personajes, unidos en red a modo de la tejida por una araña, que sirven de muestra de sus diferentes modos de vida, sus visiones con respecto a los tiempos pasados, de allá, y los nuevos de acá, y el balanceo entre el quedarse y tragar, o volverse para reunirse con lo allá dejado, y con una mirada ampliada por la experiencia, amén de que en una situación mejorada al menos en algunos aspectos cuantitativos, conseguidos con duros rasponazos de la vida.

A pesar de las diferencias señaladas, sí que sobresalen algunos puntos que pueden ser considerados como común denominador: la mala acogida, el desprecio a sus modos de hablar, la desconfianza ante su piel morena, los mil y un obstáculos para conseguir papeles y , en consecuencia como necesaria condición, tratar de hallar algún trabajo en condiciones. Todas estas cuestiones mentadas, y que son recogidas casi fotográficamente por la novela, favorecen, como no podía ser de otro modo, los empleos precarios, con la debida superexplotación, las chapuzas , bajo amenazas, que se dan el el filo del riesgo y la legalidad, y algunos seres sin escrúpulos que se aprovechan de la miseria y la inestabilidad de los demás, haciendo planear la sombra de oscuros pasados.

Como queda señalado a través de varios personajes, y bien medidas carambolas, se va urdiendo la historia que se compone del entrecruzamiento de varias, y que nos van siendo entregadas en medidas dosis que hace que estemos pendientes de principio a fin, ya que las cosas no son lo que parecen ser, o al menos pesa sobre ellas la duda y los límites borrosos, amén de que hay versiones distintas que obviamente conducen a la diferencia a la hora de extraer salidas a los interrogantes que planean sobre el caso, que estructura en cierta medida la novela, y que ahora paso a desvelar, dentro de ciertos límites, claro.

Son varios los personajes principales que deambulan y se cruzan por la novela: Leonel, su mujer, Patricia y el hijo de ésta, Duván; Luis Jorge Peña y quien fuese su mujer, Mónica; un tal Johanson, a los que se ha de añadir una mujer que responde al nombre de Sybill e Indira. No se puede ignorar, de ninguna de las maneras a Constanza, que sirve de nexo de unión de las diferentes versiones que sobre un acontecimiento, y sus protagonistas se dan .

Pues bien, Luis Jorge Peña, hombre que se dedica al periodismo y que hubo de salir de su país debido a algún oscuro suceso en el que se vio envuelto, asunto que le pesa como una pesada losa, vive en Madrid – lo digo por los nombres propios de lugares- y tras haber pasado algunas dificultades debido a los controles de entrada, en el aeropuerto, y a la discriminación propia de la gente que arriba y haber realizado diferentes oficios, se dedica a escribir en El Emigrante latino. Vive con Patricia y su hijo Duván, ya que ella a pesar de estar casada con Lionel, se ha separado de el lo que no es obstáculo para que siga colaborando con él en algunos espectáculos callejeros en los que participan y que les hacen sacarse algunas perras; esta relación o es que ponga muy contento que digamos a Luis Jorge que si ya de por sí tiene tendencias controladoras, los celos le corroen en este caso como en bastantes otros. Él está locamente enamorado de Patricia y la verdad es que hace buenas migas con el hijo de ésta, al que camela sin mostrarse autoritario ni impositivo. El caso es que desconfianza para con Patricia, y el férreo control que sobre ella mantiene ( llamadas del móvil, salidas y entradas…), hace que ella esté harta y hasta parece haber tomado la decisión de abandonar la relación…un día, ella aparece muerta , estrangulada, y todo hace pensar que ha sido Luis Jorge el autor del estrangulamiento, la verdad es que él no recuerda cómo fueron las cosas, pero la verdad es que tampoco se resiste a aceptar su autoría.

La narradora, Constanza-mujer implicada en la Fundación Garcisalista- ante la oscuridad que rodea al hecho, comienza a tirar de todos de los hilos para intentar aclarar la realidad de los hechos, no la verdad judicial, y con tal fin toma contacto con algunos amigos y gente cercana a la pareja, y por supuesto con el propio culpable, así se decidió en el juicio lo que acabó con él en la celda 264 de un centro penitenciario; con el descontento de la abogada defensora de éste por la actitud pasiva que había mantenido tanto en el juicio como en los tiempos posteriores. Las diversas conversaciones que mantiene la narradora, Constanza, hace que conozcamos a un siniestro Johanson, que luce un lujoso Rolex , y que se dedica a negocios turbios que tiene que ver con la prostitución y con el tráfico de drogas, y que ya había llegado acá con un pasado un tanto sospechoso, de muertes varias, como esbirro de gente con poder y fuerzas militares; el carácter bravucón y amenazante hace que la gente le tema, teniendo en cuenta que hacerle la ola puede suponer el conseguir algún trabajillo; Sybill, es – según cuenta una show-girl cuya vocación desde los tiempos de allá era el teatro, y trabaja en un antro que pertenece al sujeto mentado…Esta mujer saca dinero a troche y moche, dinero que gasta a dos manos y que aún le llega para enviarlo a su país con el fin de construir una casa, vive, no obstante , amargada por la presión de su trabajo y las presiones a las que se ve sometida tanto por el tal Johanson como por los adinerados clientes con sus impertinentes exigencias. Sybill mantiene relación con Patricia y le pide ciertos favores que se ve obligada a llevar a cabo , bajo la estrecha vigilancia amenazante de Johanson. También conocemos a Mónica que fue compañera del encarcelado, allá, y que es recién llegada, y nada bien acogida por su compañero que la trata sin mayores contemplaciones, e igualmente tendremos la ocasión de conocer a Irina, íntima amiga de la asesinada, y conocedora de los entresijos de la relación entre el encarcelado y la fallecida, del mismo modo que también conoce las cuitas de Sybilly de todo el resto.

Por medio de distintas conversaciones, visitas al encarcelado, y la introducción de algunas cartas y confesiones, nos acercamos al ambiente en que viven estos transterrados, y naturalmente también somos conducidos a distintas vueltas y revueltas sobre la muerte y la responsabilidad de ella …A lo largo de la polifonía de la que somos testigos vamos siendo invadidos por un sentimiento de duda que se balancea entre algún otro posible culpable o por el condenado como tal, arrastrado por algún momento de enajenación mental…Todo ello, acompañado de algunos artículos publicados de los que se nos hace partícipes, y en los que se denuncian las tropelías que los señores han cometido y cometen en las tierras latinoamericanas, y también en otros lares.

Consigue así, Consuelo Triviño Anazola, en ese entrecruzamiento de la investigación de la responsabilidad o no del declarado culpable, las dispares opiniones sobre éste, y la toma de pulso del ambiente que pretende retratar, una novela que se sigue con atención de cabo a rabo y que cada página que se pasa es esperada como reveladora de la esquiva verdad…y no es mérito menor la medida dosificación en que se nos entregan las pinceladas y una escritura que huyendo de cualquier abalorio estilístico da muestra de una bien engrasada eficacia – ¡ qué palabra!- narrativa.

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