Crónicas de la revolución Cubana: David Gómez Pliego

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Por Lois Pérez Leira

David Gómez Pliego nació en A Gudiña (Ourense) el 11 de Agosto 1916.  Celestino, su padre, era originario de Santalha (Vinhais-Portugal), mientras que su madre Concepción había nacido en A Gudiña. Para ir de un pueblo al otro se debe atravesar la frontera,  llamada la ´raia´ seca, lo cual se consigue cruzando montes. Desde hace siglos, los paisanos de la zona le daban poca importancia a los límites entre países. Celestino, como tantos otros, llegó siendo muy joven a la zona gallega. Seguramente lo hizo atraído por las fiestas parroquiales o traficando café, costumbre bastante común por aquellos tiempos.

La familia emigró a Cuba con David, que era tan sólo un niño, y  otro hijo varón. Partieron del puerto de Vigo hacia La Habana y luego se instalaron en el Cobre, localidad donde fue inscripto como si hubiese nacido allí. En ese lugar nació Emilia, la ultima hija del matrimonio. Su padre trabajaba como oficial cantero, hasta que se enfermó a causa del llamado ´vomito negro´, y falleció en el Centro Gallego en Santiago de Cuba. Su madre tuvo que hacerse cargo de los tres hijos pequeños. Durante los primeros años contó con la ayuda de un tío, que sostuvo económicamente a toda la familia. Tiempo después Concepción contrajo matrimonio con el ingeniero de minas Manuel Nieto, y por aquel entonces David aprendió el oficio de carpintero.

La pareja adquirió una finca cerca de las minas de Peladero. “ Compraron la finca la Cerilla – cuenta David-, un campo de cuatro kilómetros cuadrados con una capacidad de ciento dieciséis caballerías. Las minas no sirvieron, entonces se asentaron en ese lugar, empezando el fomento de las tierras. Ahí me fui haciendo hombre y nuestro padrastro nos metió a trabajar en la finca; usted sabe como son los españoles, y nosotros en aquellos tiempos éramos muy rebeldes; creo haber tenido criterios, me daba cuenta de lo que ocurría cerca, en el país, y comencé a repudiar aquella política corrompida.”

Cuando el grupo de revolucionarios desembarcan del Granma, el 2 de diciembre de 1956, y se instalan en Sierra Maestra, David se convierte en una pieza fundamental del aprovisionamiento de la guerrilla insurgente.

En esa época David era el administrador de una enorme finca que pertenecía al latifundista Pepín Pujol. En aquella inhóspita zona, uno de los lugares más remotos de Cuba, se habían establecido varias familias gallegas que se dedicaban a la agricultura.

El desembarco del Granma y los primeros combates

El 5 de diciembre los expedicionarios fueron sorprendidos por las fuerzas de Fulgencio Batista. El día 18 se reencuentran en la finca de Mongo Pérez. De los 82 miembros del grupo insurgente quedan tan solo Fidel, Raúl, Almeida, Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdez, Faustino Pérez, Rafael Chao, Pancho González, Reinaldo Benítez y Armando Rodríguez. Los demás fueron asesinados o detenidos. La incipiente guerrilla cuenta con solo siete armas. En aquellas circunstancias tan adversas Fidel pronuncia la legendaria frase  “Ahora sí ganamos la guerra”.

El 17 de enero de 1957 se produce la primera victoria del ejército rebelde en la desembocadura del río La Plata en Sierra Maestra, donde había un pequeño cuartel. El triunfo de este combate generó un entusiasmo colectivo. Pocos meses después, el 28 de mayo de 1957, Fidel Castro tomó la decisión de atacar una guarnición militar que se encontraba en la localidad costera de El Uvero, en Sierra Maestra. La guerrilla tenía entonces 127 combatientes bien armados y entrenados, de los cuales la mayoría no había entrado abiertamente en combate.

La batalla fue particularmente cruenta debido a que los rebeldes no contaban con posiciones francas de ataque y debieron exponerse abiertamente. Luego de dos horas y cuarenta y cinco minutos de intenso tiroteo la guarnición se rindió. La guerrilla perdió siete hombres y tuvo ocho heridos, entre ellos Juan Almeida, mientras que de parte del gobierno hubo 14 bajas y 19 heridos.

Luego del combate, Fidel Castro le ordenó al Che Guevara, por entonces médico de la guerrilla rebelde, permanecer con los heridos. Guevara atendió a los heridos de ambos bandos.

El 3 de junio de 1957 fue un día especial para David, pues conoció al Che – en ese momento Guevara seguía siendo el medico de la guerrilla-. El encuentro se produjo en un lugar llamado Boca de Pinalito, muy cerca del río Peladero. David recuerda: “El Che estaba preocupado por la salud de los heridos en combate. Quería saber cuál era el estado de ánimo de la gente ante los éxitos de la guerrilla. Quería un mapa, una geografía de Cuba, un brújula. Todo eso hizo que desde ese día me sintiera un soldado más do Ejército Rebelde. Se puso a comer un limón, lo que me extrañó. Le dije que en las alforjas del caballo había comida y que podíamos comer juntos. Me contestó: ´La parte mía la reservas para llevarla arriba y compartirla con mis compañeros´. En el campamento tomamos juntos café que el mismo Che preparó”.

Juan Almeida, que posteriormente fue comandante de la Revolución, estaba entre los heridos que cuidaba el Che. En sus memorias Almeida relata como conoció a David: “Hoy conozco al mayoral de la finca del Peladero del que tanto hemos oído hablar, primero a Israel y después al Che, que prácticamente lo convirtió en el abastecedor y mensajero de la guerrilla. El hombre es un entusiasta. Nos vemos debajo de una piedra grande, apartada del trillo que hemos hecho hasta ella, donde ahora nos metemos. Caminamos sobre unos sacos que tenemos tendidos en el suelo y nos sentamos allí. Estamos el Che, Pena y yo. David, que así se llama este hombre, es de mediana estatura, delgado, fuerte, hombre de trabajo, de cara larga bien afeitada, con espejuelos, sombrero tejano, camisa vaquero, pantalón de monta color gris, crudo con cinto ancho, botas tejanas labradas; trae un revolver. Cuando se para lo hace con comodidad, apoyando una mano en la cadera y descansando el cuerpo en una pierna.

Nos saludamos. Con el Che más amistoso, con Pena y conmigo más formal, nos da la mano. El Che comienza preguntando de qué ha conversado con algunas personas de Santiago, los embarques de las cosas que ya tiene en marcha, de los guardias, la concentración de las familias campesinas en Uvero, algunas de ellas familiares de peones de él, y que no había permitido que se las llevaran para ese lugar por las condiciones deprimentes y por lo doloroso que resulta el panorama…Llevamos rato conversando con él mientras miramos al hombre blanco, moreno por el sol de Oriente, hablador. Fuma, con gusto refinado un cigarro superfino que presiona entre los dedos índices y del medio de la mano derecha, que a cada rato sube o baja desde la altura del pecho a la boca para tomar bocanadas de humo que absorbe y después lo echa por la boca y la nariz. Nos brinda cigarros, sólo yo acepto. En este momento más por imitación que por deseo. El Che fuma en una cachimba que el mismo David le ha regalado. Nos miramos mientras vemos disolverse el humo azul, prendo el cigarro que me había dado. Para iniciar la conversación de nuevo, porque me parece que tiene algo de extranjero, le pregunto:

-¿Qué edad tiene usted?

-Cuarenta años. Yo nací en España.

-¡Ah! ¿Si? Por aquí la mayoría son españoles o descendientes de españoles.

-Sí, yo nací en España, en un pueblo que se llama A Gudiña, soy gallego legitimo…

Luego se anima y sigue contando como se enteró de la existencia del movimiento revolucionario: “Un día, por un radio que había en la finca, oí del asalto al cuartel Moncada por el joven abogado llamado Fidel. Cuando llegué a Santiago unas semanas después, un periodista amigo mío que estuvo en el juicio de ustedes me explicó lo ocurrido”.

Yo le dije:

-¿Qué tú opinas de este joven abogado?

Se quedó mirándome y dice:

-Yo tengo no sé cuántos sténciles picados y tirados de La Historia me Absolverá.

Me hizo el relato de la valentía con que Fidel se defendió, cómo se enfrentó a los asesinos con su alegato; fue una explicación muy interesante.

-A partir de ahí ya comienzo a prepararme y cuando ustedes regresan en el Granma ya les tenía una gran admiración, me simpatizaban, por eso resultó tan fácil cuando Israel me dijo que querían ver al mayoral de la finca y que el encuentro sería con el Che.

-¡Ah, bien, bien! Tiene que tener mucho cuidado, hemos puesto toda nuestra confianza en usted y pensamos que, aunque sea  de esos hombres que mueren antes de hablar, le llamamos la atención porque ahora conoce de esta familia donde estamos viviendo y las demás que nos quedan cerca y eso es un riesgo para todos. No hay que olvidar que el ejército es fuerte.

-Claro, claro, entiendo.

El Che le dice que las ideas revolucionarias son invencibles, que en estos momentos el camino de lucha es largo y nadie puede hacerse ilusiones de que la libertad se logra sin combatir, hay que ser más activo en la lucha. “Para nosotros se reafirma más la convicción de nuestros ideales  y las fuerzas de la causa por la que luchamos”, concluye el Che.

David con rostro de aseveración señala:

-Yo entiendo todo, estoy completamente convencido.

Después de estas palabras se despiden de David que se marcha hacia la finca.

Al otro día por la mañana temprano, David regresa a visitar al Che y a sus compañeros. Al llegar se encuentra con Almeida, Pena, Israel Silesio y el propio Che preparando la partida. “Trae las cosas más apremiantes encargadas por el Che: el mapa, la brújula y el libro de geografía. Las balas, los fulminantes, y la dinamita, dice que tardan, están en gestión y no ha sido fácil. Trae alguna ropa, unos zapatos número grande, medicinas, penicilina para las curas, jeringuillas y agujas. Habla de las operaciones del ejército y que Santiago está efervescente, hay muchas actividades revolucionarias y la resistencia cívica esta creciendo. Le damos encargos: cartas para las familias, una libreta con escritos del Che y otra con apuntes personales míos, la que había atravesado la bala en el combate, para que las guardara en un lugar seguro. Le hicimos una marca a la envoltura de nylon que David observa. Hablamos largo rato, se deja todo puntualizado. David plantea que quiere ir con nosotros. El Che se lo niega, le dice que él es más importante y útil aquí de enlace nuestro, como lo ha sido hasta ahora, y que cada día tendrá más, mucha más importancia. Con nosotros se va una representación de él, Rodolfo. Nos despedimos, se ve triste cuando se marcha.”, finaliza el comandante Juan Almeida.

El propio Che en la revista Verde Olivo del 29 de abril de 1962 explica de qué modo conoció a David: “En la Costa del Río Peladero vivía el mayoral de un latifundista, David de nombre, el que cooperó mucho con nosotros; David nos mató una vaca y hubo que salir a buscarla. El animal fue muerto en la costa y partido en pedazos, había que trasladar la carne de noche…”

“Todo el mes de junio de 1957 – prosigue el Che – trascurrió en la curación de los compañeros heridos durante el ataque de Uvero y organizando la pequeña tropa con que habríamos de incorporarnos a la columna de Fidel. Los contactos con el exterior se hacían a través del mayoral David, cuyos consejos y oportunas indicaciones, además del alimento conseguido, alivió mucho nuestra situación… En aquellos días se había agravado algo mi asma y la falta de medicina me obligó a una inmovilidad similar a la de los heridos; pude mitigar algo la enfermedad fumando la flor seca de clarín, que es el remedio de la Sierra, hasta que llegaron los medicamentos de la civilización – traídos por David – y pude estar también en condiciones optimas para la partida.”

El 24 de junio estaban por salir cuando seguían arribando reclutas y la esperada llegada de David. “En un momento dado – señala el Che-  tuvimos que buscar una cueva para dejar algunos alimentos, debido a que por fin habían cristalizado los contactos con Santiago, y David nos había traído un cargamento bastante serio que era imposible transportar, dadas las condiciones de marcha de nuestra tropa de convalecientes y bisoños reclutas”.

Durante mucho tiempo, David desarrolló una intensa actividad conspirativa aprovechando su condición de encargado de la hacienda. En una oportunidad consiguió un salvoconducto especial  y utilizó un guardacostas de la Marina de Guerra para transportar alimentos destinados a la guerrilla. Con el argumento de que compraba alimentos para darle de comer a los peones, podía disimular las compras que realizaba para luego ser trasladas a la sierra.

El ejército comenzó a desconfiar de David, su ayuda a la guerrilla era más que evidente. Según parece, algún campesino le pasó la información a los batistianos del apoyo logístico que David le daba al grupo del Che y comenzó a ser vigilado. Lo detuvieron en varias oportunidades. La primera vez  en Santiago de Cuba, cuando había bajado a la ciudad para comprar mercadería para los rebeldes… Luego fue detenido bajo la acusación de intentar sabotear unas goletas del ejército. La última vez lo encontraron en la zona de Uvero, con varios mulos cargados con alimentos para la guerrilla y fue llevado a Palma Soriano. Fue torturado durante cuatro días sin soltar palabra. Había sido denunciado por un haitiano que trabajaba en la finca que administraba. Debido a las heridas sufridas tuvo que ser hospitalizado. Atravesó mil peripecias, incluso intentos de asesinato, hasta que logró refugiarse en casa de unos compañeros del movimiento 26 de julio. Cuando pudo recuperarse volvió nuevamente a Sierra Maestra, después de caminar varios días hasta encontrar nuevamente la columna del Che.

Años después, el propio Guevara recuerda en un artículo las características de David en sus inicios como colaborador de la guerrilla. “Tuve en esos días una larga conversación con el mayoral David, que me pidió una lista de todas las cosas importantes necesarias para nosotros, pues se iba a dirigir a Santiago y las buscaría allí. Era un típico mayoral, fiel al amo, despreciativo con los campesinos, racista… Sin embargo, el ejército lo tomó preso al enterarse de nuestros contactos y lo torturó bárbaramente; su primera preocupación después de aparecer, pues nosotros lo creíamos muerto, fue explicar que no había hablado. No sé si David está hoy en Cuba, o siguió a sus viejos patrones ya confiscados por la revolución, pero fue un hombre que sintió en aquellos momentos la necesidad de un cambio, aunque no imaginaba que debía alcanzarlo también a él y a su mundo, y entendió que ese cambio era perentorio hacerlo. De muchos esfuerzos sinceros de hombres simples está hecho el edificio revolucionario, nuestra misión es desarrollar lo bueno, lo noble de cada uno y convertir a todo hombre en un revolucionario, de Davides, que no entienden bien….”.

Uno de los encargos que realizó para el Che y para Almeida fue velar por el cuidado de las anotaciones que en forma de diario, realizaban ambos combatientes, guardándolas en un lugar seguro. También le sirvió al Che como correo, enviándole las primeras cartas a su madre desde Santiago de Cuba. Las mismas eran remitidas a Alfredo Gabela, marido de la ´gallega´ Carmen Arias, oriunda de Sarria, que había sido la niñera del Che y estaba considerada como una integrante más de la familia. En su interior, las cartas llevaban la firma de ´Teté´ apodo con el que era conocido Ernesto en la familia y que Carmen le había puesto cuando era niño y vivían en Puerto Caraguatay,  provincia de Misiones.

David continuó en Cuba y participó activamente en el proceso revolucionario. Según narra el escritor Xosé Neira Vilas, cuando triunfó la revolución en enero de 1959 David se encontraba en La Habana tratándose una úlcera estomacal. Al ingresar Camilo Cienfuegos a la ciudad con su columna, se unió a los revolucionarios entrando en los cuarteles de Columbia, donde estaba la mayor fortaleza militar del régimen de Batista. Junto con el Capitán Orestes Guerra ocuparon el Palacio Presidencial. A los pocos días se reencontró con el Che que participaba, en ese edificio, de una reunión del recientemente creado Concejo de Ministros.

Según el propio Gómez Pliego, el Che le dijo: “La pasaste dura, David”. Durante los primeros años de la revolución realizó distintas tareas: fue custodio del Palacio Presidencial, participó de la construcción de un embalse en el río Yara, se desempeñó como funcionario del Ministerio de las Fuerzas Armadas, fue administrador de una granja estatal en Sagúa de Tánamo y también formó parte del plan especial agropecuario de la región oriental. Terminó su vida laboral dirigiendo una fábrica de muebles.

 

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