Crisis

Lo diré una vez más: lo obvio es lo más difícil de explicar. Por ello cuando unas minorías parapetadas en el poderío político y en la fuerza militar pretenden ensombrecer lo ob­vio deliberadamente para sus turbios fines, al no poder res­ponderles las mayorías con fuerza equivalente ni tampoco recluirles en una Casa de Salud, la respuesta no puede ser más que muestras de repulsión e indignación. Aquí, en esta clase de impotencia, se encuentra una de las raíces del ár­bol «terrorista».

[Aquí, en esa evidencia se en­cierra la im­presión de que todo lo que es “terrorismo isla­mista radical” está percutido por el “terrorismo cristiano radi­cal” irrefraga­ble –principalmente estadounidense- que le precede, a tra­vés de los generalizados abusos en el mundo del país nor­teamericano, mucho antes del 11 de se­tiembre y después con las atrocidades que está cometiendo en Irak y Afganis­tán y se propone continuar en Irán a no largo plazo]



  Por eso, aunque no nos demos cuenta pues los contempo­ráneos no son conscientes del alcance de las hondas transformaciones que experimentan -como el marido cor­nudo es el último en enterarse-, lo cierto es que Occidente, la civilización occidental y especialmente España viven tiempos especialmente críticos. Y no lo digo por la artificio­sidad que nos han preparado para que veamos lo que no hay: a dos civilizaciones enfrentadas. Me refiero al plano moral. Son tiempos en que pugnan claramente dos fuerzas éticas: lo que queda de una moral, y otra «no moral» emer­gente que intenta arrinconar a lo que queda. Tiempos que pasan viendo cuál puede más,o si entrambas alcanzan un compromiso para recuperar una estabilidad espiritual y psicológica per­dida. Pues no otra cosa es la crisis: la situación que se pre­senta cuando algo todavía no ha dejado de «ser» aunque está debilitado, mientras otro «algo» empuja y pugna por «ser» en su lugar intentando desplazarlo…


  Y lo que se empeña en ser y en llegar es un mensaje. Nos dice que nos conformemos a un «nuevo orden» mantenido por la fuerza. Mensaje que nos llega y llega a cada hora a la ONU, a través de la prédica del César y de toda su cohorte. El César, con sus ejércitos y dirigentes acólitos detrás, nos ha dictado dos mandamientos nuevos en sustitución con fórceps del 4° y 5° del Decálogo mosaico. Hasta ahora, y después de una ardua labor de pulimiento, el mundo civili­zado terminó poniéndose de acuerdo en la doc­trina sobre la «legítima defensa»: otra evidencia. Así pues, la doctrina de la legítima defensa, tanto en el derecho privado como en el de­recho público, rige unificada y es universal. Pero desde hace cuatro años César, con sus demoledores argumentos tan brutales como los de un videojuego, con la ya famosa doctrina «anticipatoria», nos propone, esto es, nos impone, dos pilares morales que ni siquiera se encuentran en los lin­deros de la Ley del Talión. El uno es: «si con tus mentiras y engaños vas a obtener ventajas, ganancias o po­sición influ­yente, no serás un embaucador; por el contrario, serás «efi­caz», competente y hasta puede que artista del embuste». El segundo: «la simple sospecha sobre la intención de otro aunque esté a 6000 kms. de distancia, me autoriza a ma­tarle, a pulveri­zarle y a arrasar sus propiedades y sus tie­rras. Apropiarme de su riqueza sólo es el precio de su inso­lencia por haberme hecho sospechar»…


  Así es cómo los valores políticos, sociales y morales no por tradicionales, sino por «viejos», están zarandeados y sometidos a un proceso de liquidación manu militari que se suma a la otra fuerza que mueve al mundo: la económica.


  Así pues, tenemos por un lado a los «avanzados», empe­ñados en la quiebra de esos valores pare ellos caducos, enfrentados a los «conservadores» que intentan por todos los medios mantenerlos a flote. El papel de los unos y los otros, invertido respecto a su respectiva posición en la polí­tica convencional. Y mientras eso sucede, mientras se libra la lucha en la infraconciencia de las fuerzas espirituales en­tre una causa noble y otra depravada, el juicio crítico de los ciudadanos sufre, ajeno a ello, fuertes embates que deter­minan a su vez la crisis que viven y que lo minan aunque poco a poco también los va predisponiendo e inmuni­zando… Aquí radica el máximo peligro.


  ¿Sabremos, ya o aún, deslindar con nitidez qué es lo justo y qué lo injusto? Si a pesar de contar con pautas rotundas: no mentir, no matar, no robar… saber con precisión qué hacer en muchas ocasiones no fue ni es fácil, ¡qué será ahora con esta nueva moral propuesta o impuesta! ¡qué sera si partimos de un código entresacado del hampa que se va abriendo paso con facilidad -dada la atracción de lo ilícito- que nos «autoriza» a usar las pistolas contra simple­mente quien nos ha mirado mal!¡qué será si, contando con una complicidad «oficializada», podremos apresar a cual­quiera y, bajo el mismo argumento de la sospecha, luego torturarle y arrojarle a un recinto donde seguiremos tortu­rándole para escarmiento de los demás!

  Por eso urge fijar conceptos, reforzar nociones, rescatar valores. Hacerlo puede despejar el camino tenebroso que re­corre toda crisis. Crisis como algo que ha nacido y trata de crecer saltando las barreras, y, que, aunque no las llegue a derrumbar, las debilita lo suficiente como para hacer vacilar a las conciencias en cuestiones que ayer fueron diamanti­nas…


  La sociedad, sobre todo la española con el posiciona­miento inequívoco que tuvo una parte de ella al lado del Transguesor, acusa la fractura de los principios en que se asentaba la conducta ideal desde el punto de vista de la ética universal. La sociedad española ya venía harta de una moral restrictiva y constrictora. Pero casi sin solución de continuidad, de repente, se ha encontrado no sólo con que Dios no existe y por tanto «todo está permitido», sino que puede hacer también incursiones hasta sus últimas conse­cuencias en la impostura y en el crimen. El Prometeo que ya rompió otras cadenas, se encuentra ahora con que, a poco que se anime, también va a poder, sin más miramientos ni restricciones que los que vengan de un Código Penal que asimismo zozobra, mentir y matar si cuenta simplemente con la fuerza material que le respalda.


  Otra razón ésta, la de librar esta batalla contra la insidia y la contravención gravísima de preceptos inviolables preci­samente de parte del país más poderoso del planeta, para aunar cuanto antes la fuerza moral en torno a la supraidea de una Europa unida políticamente. Los cimientos del orden social y del orden político no pueden estar agrietados por una crisis permanente sin resentirse la sociedad toda en to­dos los aspectos que requiere una convivencia cohesionada y pacífica. No hay Planes de Enseñanza que puedan suplir o remediar ni allanar el camino a la pedagogía ética dirigida a las actuales generaciones, si no recuperamos ín­tegro el decálogo mosaico sin permitirnos interpretaciones sesga­das, pervertidas e interesadas sólo porque le interesa a una parte -la más irresponsable- de la sociedad trasatlán­tica. Pues choca frontalmente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948, fun­damento de las más nobles y legítimas aspiraciones de la raza humana. Declaración que precisamente los voceros de la nueva «no moral» están despreciando y tratan de vo­la­tili­zar y dinamitar…

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