Crisis y recortes sociales | 29-S: La lucha continúa

Si alguien miraba la cara de circunstancias del ministro Corbacho en la rueda de prensa la noche de la jornada de Huelga General, parecía que la huelga hubiera sido un éxito rotundo. En cambio, si se leía la prensa al día siguiente, parecía que no hubiera habido huelga. A primera vista, la imagen de los polígonos vacíos y las masivas manifestaciones desacreditan esta visión. Al fin y al cabo, los titulares de la prensa no fueron más que el corolario de semanas de propaganda antihuelga pronosticando su fracaso. Tenían las editoriales escritas antes de la huelga.

La huelga

La realidad, sin embargo, fue bien diferente. A pesar de la controversia de las cifras de seguimiento, hay diferentes obviedades que demuestran el éxito de la huelga. Si bien la huelga no paralizó la vida cotidiana, el seguimiento fue total en el sector industrial y masivo entre el transporte o la distribución de energía. Los sindicatos cifran el seguimiento en un 70%. El baile de cifras siempre genera debate, pero hay dos datos claros: el consumo eléctrico bajó un 20%, similar a un día festivo, y los mismos empresarios afirman haber perdido 1.000 millones de euros aquel día.

Más allá de las cifras, hay otra valoración que se hace necesaria. La Huelga General ha politizado a la sociedad en un grado que hacía años que no veíamos. Después de dos años soportando los efectos de la crisis con resignación, y de que el desempleo y el miedo actuaran de freno para las luchas, la situación ha cambiado. Hasta el mayo pasado, la crisis era percibida como un ente abstracto e inevitable contra el cual no podíamos hacer nada. Después del anuncio de los recortes por parte de Zapatero, el enemigo se ha hecho más visible para miles de personas: el gobierno se ha posicionado ya sin ambajes a favor del capital y contra las clases populares. Con la Huelga General, la esperanza ha ocupado un lugar que hasta ahora parecía no tener. Las semanas antes de la huelga, en los trabajos, las escuelas y los bares la gente hablaba de los recortes, del gobierno, de los partidos, de la huelga general, y las ideas anticapitalistas se hacían más aceptables. Este aumento de la politización no desaparecerá de un día para el otro.

Pero hay que decir que ésta no ha sido la huelga más fuerte de la ‘democracia’, aunque la situación lo requiera. De hecho, la huelga ha sorprendido, porque todo el mundo pensaba que habría un menor seguimiento. La situación en realidad era difícil. Las razones son varias. Unas externas al movimiento sindical, y otras internas. La precariedad creciente de los últimos años y, sobre todo, el paro extremo (20% de la población activa) son factores que desmovilizan. La intensa campaña de propaganda del conjunto de los medios de comunicación antihuelga y antisindicatos ha sido un obstáculo muy fuerte. En parte, eso es responsabilidad de las cúpulas sindicales, convocando a tres meses vista, permitiendo a los medios prosistema hacer su trabajo. También es responsabilidad de la burocracia sindical, porque la propaganda de la derecha antisindical ha conectado con la larga experiencia de traiciones de muchos trabajadores.

Éste ha sido el otro factor. El largo ciclo desmovilizador que ha forzado la burocracia sindical en pro de la paz social y la larga lista de traiciones han hecho que la clase trabajadora del Estado español se haya encontrado ante una huelga general con un músculo militante atrofiado y un descrédito general de los sindicatos. De hecho, en este caso, los trabajadores y trabajadoras han ido a la huelga a pesar de CCOO y UGT. Ha servido para expresar la rabia acumulada de millones de personas. Ante este conjunto de obstáculos, no debemos tener miedo al considerar la huelga como un éxito total.

Al final, sin embargo, cualquier valoración de una huelga general se tiene que medir por sus consecuencias, sus victorias o sus derrotas. Zapatero salió al día siguiente de la huelga general diciendo que no retiraría la reforma laboral. No hay motivo de pánico, sin embargo. Eso es lo que han hecho todos los presidentes de gobierno al día siguiente de todas las huelgas generales, y al final han tenido que ceder. Es todavía pronto para pronosticar los efectos que tendrá la huelga. Pero ya ha empezado a tener algunas consecuencias.

Cuatro días después, Tomás Gomez ganaba las primarias del PSOE de Madrid, derrotando a Trinidad Giménez, la candidata de Zapatero, reflejando un claro voto de castigo al presidente del gobierno. Zapatero ha cambiado el gobierno para tratar de limpiar su imagen, y Díaz Ferrán se marchará de la dirección de la CEOE, la patronal española. Todas éstas son consecuencias que no pasan de ser simbólicas. Aún así, para saber qué podemos sacar de la Huelga General hay que analizar a qué nos enfrentamos.

Los recortes

La reforma laboral tiene tres ejes: la facilitación del despido, la precarización y el ataque a la negociación colectiva. Se abarata el despido cuando se amplían los colectivos a los que se puede aplicar el Contrato de Fomento de la Contratación Indefinida, que tiene una indemnización de 33 días por año trabajado en lugar de los clásicos 45. Se facilita el despido objetivo, permitiendo despedir con esta modalidad si el empresario argumenta “posibles pérdidas futuras”. Además, el Estado pagará al empresario parte de la indemnización. Se precariza el mercado de trabajo, porque se permite a las ETT operar en sectores que hasta la fecha tenían vetados, como la construcción o las administraciones públicas. La reforma perpetúa la temporalidad. Además, se permitirá que empresas privadas de colocación gestionen la adjudicación de trabajos y las prestaciones de los parados, dando así un paso más en la criminalización del parado y el paro.

La reforma laboral permite que las empresas ‘con problemas’ se descuelguen de los convenios colectivos en temas como horarios, movilidad o aumentos salariales. Éste es un ataque durísimo, porque convierte en papel mojado los convenios, que son la herramienta legal que tenemos para defender colectivamente nuestros derechos. Ante una crisis profunda como la que vivimos, se ven en la necesidad de hacer recortes salvajes. ¿Y qué mejor para poder hacerlo que cargarse los mecanismos de defensa de los derechos colectivos?

El ataque a la negociación colectiva no sólo es un ataque a las trabajadoras, sino que pone en cuestión el papel de los sindicatos, y en concreto el de la burocracia sindical, que ocupa un lugar de intermediario entre trabajadores y empresarios. La burocracia sindical siempre ha preferido la negociación –que es lo que le da poder– a la movilización –que es lo que da poder a los trabajadores–. Ahora que le sacan parte del poder negociador, la burocracia ha tenido que salir a la calle. Es decir, la ruptura de la paz social y el llamamiento a la huelga general responde, por una parte, a la presión de las bases ante unos ataques de tal magnitud y, por otra, a una respuesta sincera de los burócratas en defensa de sus propios intereses. Es por ello que, a pesar de su tendencia natural al pacto, en el contexto actual podemos tener a la burocracia sindical de nuestro lado en la lucha contra los recortes –al menos un trozo del camino.

Ante una reforma laboral tan contundente, se hace difícil pensar que el PSOE la retirará con una sola huelga general. Esto solo tendría que bastar para reclamar a las direcciones de CCOO y UGT que convoquen ya otra huelga general. Pero si tenemos en cuento el contexto actual, no se trata sólo de la reforma laboral. En mayo, el gobierno aprobó una serie de recortes entre los que había la rebaja del 5% de los sueldos de los empleados públicos. Todo parece apuntar a que, antes de que acabe el año, habrá una reforma de las pensiones con la que piensan aumentar la edad de jubilación de 65 a 67 años y el periodo de cotización de 15 a 20 años, lo que significará una reducción media del 5,5% de las prestaciones.

A estos recortes tenemos que añadir el posible copago de la sanidad y los presupuestos regresivos que se han aprobado para el próximo año. Todas ellas en el contexto del plan de austeridad que anunció Zapatero, con el que pretende recortar 50.000 millones de euros de los presupuestos del estado en tres años –una cifra inmensa que vaticina más recortes en un futuro próximo–. No nos encontramos ante unos recortes puntuales, sino ante un plan ambicioso de la clase dirigente para reducir las rentas del trabajo a favor del capital para mantener sus beneficios. Lo que hace falta plantear entonces es, no ya una nueva huelga general, sino un plan igual de ‘ambicioso’. Un plan de lucha que combine huelgas generales, huelgas sectoriales coordinadas y movilizaciones de todo tipo. Reivindicaciones parciales con reivindicaciones generales. Hace falta una oleada de huelgas para detener la oleada de recortes. Las movilizaciones de Grecia y de Francia son un ejemplo en el que reflejarse.

Después de prácticamente un mes en silencio, esperando la respuesta de un gobierno que no les hace caso, CCOO y UGT proponían el 17 de octubre una recogida de firmas para presentar una ILP (Iniciativa Legislativa Popular) al parlamento para que se derogue la reforma laboral. Es curioso pretender que el parlamento que ha aprobado la reforma quiera retirarla sin más. En cualquier caso, una recogida de firmas puede ser una herramienta útil 
para caldear el ambiente. Pero después de una huelga general exitosa, es un paso atrás. Días después, las dos centrales sindicales anunciaban manifestaciones masivas el 15 y 18 de diciembre en todo el Estado. Pero estas manifestaciones, si no tienen una continuidad más allá, si no van ligadas a un plan de lucha contundente y serio, son completamente insuficientes.

Francia

Salimos un momento fuera del Estado español. En Francia, el gobierno de Nicolás Sarkozy pretende imponer una reforma de las pensiones que aumenta la edad de jubilación de los 60 a los 62 años. La respuesta que se ha encontrado por parte de la clase trabajadora francesa ha sido espectacular. Después de seis huelgas generales durante el 2010, a partir del 12 de octubre se inicia una escalada de huelgas que parece imposible de detener. Huelgas indefinidas en diferentes sectores, manifestaciones masivas, bloqueos en las refinerías que amenazan con dejar a Francia sin combustible, huelgas reconducibles (en las que los trabajadores votan día a día si continuar con la huelga o no), asambleas intersindicales (que juntan a activistas de diferentes sectores y sindicatos), huelgas ejemplares de los estudiantes de institutos, etc., son las múltiples manifestaciones de este estallido de rabia (ver entrevista en págns. 11-13).

Es importantísimo para nosotros que este movimiento acabe en victoria. No sólo por el efecto ejemplificador que tendría. De aquí a poco nos enfrentaremos a una reforma de las pensiones muy similar. El ejemplo esperanzador de la unidad y radicalidad de las luchas en Francia y de que es posible ganar será clave aquí. No sólo por eso, sino porque la victoria del movimiento en Francia significaría un cambio en la relación de fuerzas en la UE.

Los recortes actuales se enmarcan en una nueva etapa de la crisis, la que se ha denominado 2crisis de la deuda soberana”, o “de la deuda pública”. Esta crisis ha dejado al descubierto las diferentes dinámicas que hay dentro de la Unión Europea, que hay un centro y una periferia. Una periferia representada por países como Grecia, Irlanda, Portugal o el Estado español, cuya deuda pública supera el 100% del PIB. La crisis de la deuda pública es en realidad resultado de la enorme deuda privada que tienen los países periféricos, como el Estado español, con entidades bancarias sobre todo de Francia y Alemania. Se calcula que la deuda privada en el Estado español duplica la deuda pública. De hecho, parte del aumento de la deuda pública es resultado de la reconversión de la deuda privada en pública, con el famoso rescate de los bancos. Las alarmas han saltado por el miedo de los mercados internacionales al impago.

Así, los recortes se circunscriben en una doble dinámica. Los países exportadores como Francia o Alemania pretenden reducir los costes salariales para así aumentar su productividad. En el Estado español o en Grecia, se combina un interés propio de sus clases dirigentes con las presiones de los estados prestamistas para reducir el déficit de los países periféricos, asegurando así el retorno de los préstamos.

Esta dinámica “desde arriba” va ligada por debajo con un desarrollo desigual de las luchas. En países más empobrecidos como Grecia, con más precariedad y con una debilidad material de la clase trabajadora, en comparación con Alemania, por ejemplo, donde no hay un nivel de lucha de clases tan alta, se han producido luchas obreras enormes, por la crudeza de los recortes.

En el Estado español, sin embargo, donde también han hecho recortes profundos, no ha ocurrido lo mismo. La explicación está en la diferencia en los aspectos subjetivos: la tradición sindical, política e ideológica. Ahora bien, en países del centro, como Francia, donde también se han hecho recortes, aunque quizás no tan fuertes, hay un alto nivel de conflicto social con altas posibilidades de victoria porque los trabajadores ocupan el corazón del sistema. Estas dinámicas no son inconexas. Al contrario, una victoria contra los recortes en los Estados fuertes de la UE influenciaría al movimiento obrero de toda Europa. Y la radicalización de las luchas en Estados más periféricos afectaría a la clase trabajadora del resto de Estados.

Por eso, si los trabajadores en Francia consiguen retirar la reforma de las pensiones, el gobierno de Sarkozy lo tendrá muy difícil para presionar en el Estado español, Grecia o Portugal para que apliquen medidas que él mismo no ha sido capaz de aplicar. Precisamente porque está en juego la relación de fuerzas dentro de la UE, a las consignas ya argumentadas antes de continuidad del plan de lucha, hay que añadir la necesidad de una huelga general europea. Es una propuesta ambiciosa, pero factible. El problema está en el tapón que representan las burocracias sindicales.

Contra el sectarismo

¿Cómo lo hacemos para superar la burocracia sindical? Tenemos que construir una izquierda sindical fuerte, lo cual es inseparable de abandonar de una vez el sectarismo de la izquierda sindical. El sindicalismo combativo tendría que apostar por hacer frentes únicos con CCOO y UGT siempre que se pueda.

En primer lugar, como hemos dicho, la misma burocracia está ahora interesada en movilizar. El sectarismo favorece la burocracia, porque pone el énfasis en la división de siglas y no en la división trabajadores-burocracia. Para ampliar la izquierda sindical hay que radicalizar y conectar con las bases de CCOO y UGT y la gente que moviliza. Porque los sindicatos anticapitalistas tienen que superar también el sectarismo que existe entre ellos para promover espacios reales de unidad de acción y tomar la iniciativa a las centrales sindicales mayoritarias.

En este camino, la izquierda anticapitalista se encuentra ante retos importantes: ganar los debates de unidad y radicalidad dentro de los sindicatos, politizarlos y ganar a los activistas de los movimientos sociales a la necesidad de participar en los sindicatos. Se ha acabado la hora de lamentarse; es la hora de luchar.

Oleguer Bohigas es activista de En lluita / En lucha.

http://www.enlucha.org/?q=node/2390

[VERSIÓ EN CATALÀ: http://www.enlluita.org/site/?q=node/2979]

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