Crisis triple ¿Derrota total y destrucción en este siglo?

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¿En qué punto nos encontramos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué futuros posibles nos esperan? ¿De qué recursos disponemos y cuáles son nuestras carencias? ¿Hay algo que podamos y debamos hacer ya? ¿Derrota total y destrucción en este siglo? ¿Tendremos responsabilidad, conciencia y fuerzas para salir bien parados? Procuraré ayudar a resolver estos interrogantes.

En su redacción inicial este documento incluía unas reflexiones sobre la cuestión del colapso del capitalismo y de la sociedad industrial (capitalista o no), también sobre la teoría de la plusvalía (clave en la comprensión del capitalismo) y su necesaria revisión, otras sobre el auge del narcisismo y su combinación con el autoritarismo en el capitalismo actual, y además sobre la amenaza de la inteligencia artificial. Pero esos temas alargaban demasiado este documento, por su variedad acababan por hacerlo inmanejable y además merecían ser expuestos con toda la amplitud que necesitasen, así que los publiqué como artículos independientes, y previamente a éste para poder remitiros a ellos, pues son muy importantes para entender bien lo que iré planteando en este texto. Cuando aquí llegue el momento oportuno, os los recordaré. Son los siguientes y conviene que ya os los guardéis en vuestro ordenador:

Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados” (20-12-2019) – estudio de la cuestión del colapso, y propuesta mundial de un eslogan-marco para la confluencia de las luchas y la elaboración política, sucesor del de “Otro mundo es posible” — — https://kaosenlared.net/horizonte-2050-superando-el-capitalismo-o-condenados/ ————- “Plusvalía y ganancia. Revisión urgente de una teoría necesaria” (9-1-2020) — un planteamiento nuevo de la teoría de la plusvalía — https://kaosenlared.net/plusvalia-y-ganancia-revision-urgente-de-una-teoria-necesaria/ ——– «“La sociedad autófaga” de Jappe. Capitalismo y narcisismo» (6-2-2020) – una presentación y comentario extenso del libro de Anselm Jappe, destacado miembro de la corriente llamada de la “critica del valor” (wertkritik en alemán) – https://kaosenlared.net/la-sociedad-autofaga-de-jappe-capitalismo-y-narcisismo/

También he publicado un estudio amplio y otros dos textos, dedicados a la inteligencia artificial y su amenaza para la Humanidad, que son convenientes conocer para entender globalmente mi planteamiento para el presente y el futuro, y a ellos y su enlace remito al final de éste.

Lo más conveniente incluso sería leer todos esos textos antes, pero tampoco es imprescindible.

Los temas básicos, de este documento, expuestos más o menos en este orden y desarrollados más ampliamente en los textos a los que remitiré en su momento, son: – Crisis triple: de civilización, sujeto revolucionario y teoría revolucionaria. – El capitalismo como civilización decadente, desde comienzos del siglo XX, ya una amenaza para la Humanidad; la relación entre decadencia y posible colapso; criterios objetivos y subjetivos para la decadencia, la “mirada marciana”. La crisis del sujeto revolucionario (protagonista con consciencia, de la revolución) y de la conciencia anticapitalista e internacionalista y contra los estados burgueses. La conciencia proletaria revolucionaria contra el capitalismo y también “contra sí” como clase inseparable del capital. La crisis de la teoría marxista de la plusvalía. Las tareas pendientes en la elaboración de teoría imprescindible y línea política. La crisis del internacionalismo proletario, ya en la Unión Europea; una gran oportunidad perdida en la lucha contra la política europea de austeridad, el precio que estamos pagando y el peor que pagaremos. Las falsas alternativas de refugio en el soberanismo nacional como vía al socialismo. La crisis de la caracterización del Estado burgués. La pequeña burguesía, sus rebeliones y el liderazgo de la clase trabajadora. – El independentismo en el caso catalán – – La conciencia revolucionaria bajo mínimos, y la pérdida de la memoria histórica. El futuro del capitalismo con las últimas innovaciones (cuarta revolución industrial). La crisis multifactorial (la llegada del límite interno del capitalismo a su acumulación, y encontrarse con los límites externos a su expansión), y el consiguiente peligro de colapso del capitalismo y de la civilización industrial. – La guerra y la represión futuras. – Espontaneidad e instinto de supervivencia ¿al servicio de quién? La degeneración de la psique humana con la deriva narcisista acompañando al autoritarismo. – La respuesta ante la emergencia climática y la oportunidad perdida. – La política y la ultraderecha. – Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados. La posible Inteligencia Artificial General (IAG) y su amenaza. – Nuestras debilidades, el curso histórico y el punto de no retorno. Las posibilidades de salir de esta situación. –Pero no os olvidéis del fosfato de roca.

El texto está ordenado. Me hubiera gustado poder estructurarlo al modo en que habitualmente lo vengo haciendo (secciones numeradas y tituladas), pero dado todo lo que abarca, que no hay una división absoluta entre los temas y a veces se mezclan, resulta una tarea demasiado ardua para mi estado, no quiero arriesgarme retrasando más su publicación, y para vosotros será un inconveniente muy menor pues os resultará fácil orientaros en el texto con la guía del párrafo previo y prestando atención a las negritas y subrayados, sobre todo si imprimís el documento. Gracias por vuestra comprensión.

Términos: Proletariado y clase trabajadora es lo mismo. Puede decirse también clase proletaria, pero clase trabajadora es más accesible y mejor que el clásico, pues reflejaría también la creciente feminización de la clase –más mujeres como trabajadoras asalariadas y protagonizando muchas luchas en sectores feminizados-; aunque al referirse a la solidaridad y unidad en la lucha internacional y oposición a la división por nacionalismos, racismos, creencias religiosas, etc., en la clase trabajadora, sigue siendo más sencillo utilizar el ya clásico término de internacionalismo proletario.

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– Vivimos una CRISIS TRIPLE: de civilización, del sujeto revolucionario y de la teoría revolucionaria. Y digo “una crisis triple”, no tres crisis, sino tres en una, pues las tres facetas lo son de una misma realidad y están estrechamente relacionadas. Sin las crisis de la teoría y del sujeto, el capitalismo no se habría perpetuado hasta hoy (ya lleva un siglo de más, cuando menos), llegando a semejante grado de decadencia y crisis de civilización; y su decadencia y crisis, con el pudrimiento de las condiciones objetivas y degradación de las subjetivas, dificultaría más el surgimiento del sujeto revolucionario y sembraría la confusión para el desarrollo de la teoría revolucionaria. Lo iremos viendo a lo largo del texto.

La crisis de civilización, aunque viene de mucho tiempo atrás (Primera Guerra Mundial), cada vez se hace más evidente para muchas personas, a cuenta de la crisis climática, la necesaria transición energética a las renovables, la gigantesca riqueza creada acompañando a una desigualdad social creciente, el ascenso de la robotización y a la vez la exigencia de trabajar para vivir (Manifiesto contra el trabajo http://www.krisis.org/1999/manifiesto-contra-el-trabajo/ ), la amenaza permanente de un armamento nuclear renovado en lugar de eliminado, la amenaza ya anunciada que supondría una Inteligencia General Artificial (IGA), la acelerada extinción masiva de especies (muchas imprescindibles para nuestra propia supervivencia), etc. Pero no basta con reconocer estos fenómenos. Necesitamos comprender a fondo la relación que existe entre todos ellos, las raíces que comparten, para no quedarnos en lo superficial, errar el diagnóstico y el remedio. Necesitamos comprender que si vivimos una crisis de civilización es porque esta civilización es capitalista, y el capitalismo es un modo de producción que se encuentra en una fase muy avanzada de su etapa de decadencia.

La crisis de la teoría se expresa en muchos campos, pero en particular, en la crisis de la teoría de la plusvalía, clave para el desarrollo de la conciencia revolucionaria de los trabajadores/as y su empoderamiento.

La crisis del sujeto es la crisis de la clase trabajadora como clase contra el capital y líder de los sectores populares oprimidos por el capitalismo y su Estado burgués. La crisis del sujeto es también la crisis de su subjetividad, y de su tipo humano que debe superar su perfil autoritario y narcisista.

El resultado de esta crisis triple puede ser la destrucción de la Humanidad, a grandes rasgos, a manos: de sí misma (como la guerra nuclear), de las consecuencias en el medio natural (como la crisis climática catastrófica), de sus creaciones (como la Inteligencia Artificial General –IAG- hostil a la Humanidad).

Frente a todo esto tan grave, ya va siendo hora de ponerle nombre al asunto y plazo provisional a su solución, y levantar un estandarte capaz de estimular, orientar y unificar las luchas por diferentes temáticas en un mismo torrente por un objetivo común, como “Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados”. También sería un marco orientativo para la elaboración de las políticas que ahora necesitamos (objetivo: empezar a superar el capitalismo a la mayor brevedad posible). Éste podría ser el eslogan general que ahora necesitamos pues el de “¡Otro mundo es posible!” de los FSM de Porto Alegre (Brasil), ya nos queda muy corto.

Con este texto, pretendo concretar este balance y pronóstico, y hacer unas propuestas. Para poder transformar la realidad hace falta comprenderla bien y planear con cuidado, y para ello es necesario un esfuerzo intelectual importante; no hay atajos ni trucos para evitarlo. La comprensión y transformación del mundo no se hará a base de jastags, tuits, me gusta, etc.

El modo de producción capitalista y su Estado burgués dan lugar a lo que podemos llamar una civilización, con sus diferencias de desarrollo y culturales, según los países. Esta civilización, como las demás, en una primera época (fases de ascendencia y madurez), pese a todas sus pegas y lado oscuro, juega un papel principalmente progresivo para la Humanidad (desarrollo de sus fuerzas productivas, cultura, humanización…). En una segunda época (decadencia y fase terminal), se acusan todavía más sus inconvenientes y lado oscuro, se acumulan sus efectos negativos, ya no aporta tanto como antes o lo hace por un precio excesivo, se convierte en una traba para la mejora de las condiciones de la Humanidad y, especialmente en el caso del capitalismo, en un obstáculo al desarrollo del ser humano aprovechando sus mejores potencialidades (cooperación, altruismo, creatividad, desarrollo armónico de la personalidad…), incluso en un peligro, una amenaza para la existencia de muchos millones de personas, hasta de la misma especie humana (guerras mundiales, armamento nuclear, químico y bacteriológico, agotamiento o imposibilidad de aprovechar más recursos naturales muy importantes, degradación medioambiental, crisis climática que puede llegar hasta la catástrofe total, posible Inteligencia Artificial General hostil a nuestra especie…).

La alternativa que sustituya y supere a una civilización en decadencia puede o no, surgir de su interior o llegar desde sus márgenes o totalmente desde fuera. Es entonces cuando, tras una decadencia más o menos prolongada, más o menos acusada en unos aspectos o en otros, con tiempos y ritmos diferentes, o es superada con algo más elevado y mejor, o se sufre un colapso de la civilización y una regresión histórica o aniquilación. También puede destruirse una civilización floreciente por causas externas (un enemigo mucho más poderoso) e incluso ajenas a nuestra especie (un periodo muy prolongado de sequía, etc.). Algo similar ocurre también con el ser humano que en plena juventud puede morir por una enfermedad invencible (la peste) o por accidente, etc. Pero a nosotros nos interesa lo que viene a ser la regla o más nos afecta con el capitalismo, esto es, el período de decadencia.

En la decadencia de una persona encontramos también la pérdida diferenciada –repentina, lenta, rápida-, de sus diversas capacidades físicas y mentales desde, digamos, los 40 (resistencia física), los 50 años o menos (menopausia) hasta los más de 100 años que pueda llegar a vivir, pero con muy probable demencia senil, Alzheimer… Sin embargo, antes de llegar a ese punto, con la decadencia, gracias al conocimiento de la vida, a un mayor equilibrio hormonal (menos testosterona en los hombres), también ha podido progresar en madurez psicológica y, con un poco de suerte, en algo de sabiduría, e incluso llegar a descubrimientos o logros importantes. Por tanto, no se trata de un blanco y negro: blanco en la ascendencia, negro en la decadencia. Dentro de la ascendencia, madurez y decadencia, podemos distinguir aproximadamente las etapas de prenatal con sus fases, bebé, infante, niño, púber, adolescente, joven, adulto en diversas fases, con la entrada en la etapa decadente ya antes de ser anciano y del anciano en diversas fases y fallecimiento. La decadencia puede cubrir, en los casos de mayor longevidad, hasta la mitad de la existencia. Este detalle sirve para entender mejor que la sociedad industrial capitalista pueda haber empezado con fuerza a comienzos del siglo XIX y ya entrar en decadencia a comienzos del siglo XX, y estar llegando a sus límites a comienzos del siglo XXI. La decadencia está muy avanzada, pero el término descomposición no me parece el más acertado para referirse a su fase actual, como última de la decadencia del capitalismo. Descomposición, en español, aunque puede significar “desordenar y desbaratar”, “averiarse, estropearse, deteriorarse”, nos lleva sobre todo (al menos a mí), a la imagen de un organismo muerto que se pudre, se corrompe. Más próximo a lo que está ocurriendo con el capitalismo, sería la imagen del cáncer, que con su extrema vitalidad desordenada, fuera de control puede acabar con la vida del sujeto, pues a eso se puede parecer el desarrollo del armamentismo nuclear, de la digitalización y automatización, de la Tercera y Cuarta Revolución Industrial, la robótica, la Inteligencia Artificial, y el posible avance a una Inteligencia Artificial General (IAG), que podría destruirnos, que comentaré y a la que ya he dedicado un extenso estudio, que menciono al final. El término de decadencia en su fase senil (decadencia física por edad muy avanzada), sobre todo asociado a demencia senil, también le va bastante bien, pues mantener la amenaza del armamento nuclear y estar jugando a aprendices de brujo con la inteligencia artificial, tiene un punto muy acusado de pérdida de la razón, de demencia. Puede que el de fase terminal de la decadencia se ajuste más, pero tampoco podemos estar completamente seguros de que, incluso a cuenta de una regresión del capitalismo a un estado más atrasado de la tecnología (tras un colapso del sistema), no continúe, luego no se haya terminado. Pero tampoco debemos “liarnos la manta a la cabeza” con esto, con buscar un término para la fase actual, y si recurro al caso del ser humano no es para pretender establecer paralelismos rigurosos, pues son dos cosas bien distintas, sino para ayudar a entender de qué estamos hablando, y evitar una visión simplista de la decadencia, como si en todo debiera ser negativa frente a una ascendencia o madurez en todo positiva, pues precisamente ese equívoco es parte de la explicación de por qué todavía muchos no reconocen la etapa de la decadencia o la retrasan demasiado en el tiempo.

Iré más a fondo, pero adelanto una consideración ilustrativa. Así, en el capitalismo, por ejemplo, podemos hallarnos con una clarísima manifestación de la decadencia, como es la más alta destrucción de bienes materiales y matanza despiadada en un país capitalista desarrollado, y a la vez, la muestra de la más alta capacidad de movilización organizada del conocimiento científico-técnico y control de la materia, en otro país todavía más desarrollado; todo junto en la forma de las dos bombas atómicas arrojadas por EEUU sobre Japón al final de la II Guerra Mundial, para provocar su final y también intimidar a la URSS (enviando al mundo un mensaje de poder omnímodo). Algo parecido se podría decir de la destrucción industrial sistemática de las ciudades de Alemania (como el caso de Dresde), la principal potencia industrial de Europa, además de los millones de muertos (URSS, China, Alemania, Japón, holocausto judío…). Pero lo cierto es que no nos hallamos por un lado con un signo de decadencia (destrucción total y matanza en los países más desarrollados) y por otro con uno de “juventud” (innovación científico-técnica revolucionaria), sino que esa misma creatividad, su origen y finalidad, viene marcada por la decadencia del sistema, pues no va orientada a las expansión de las posibilidades humanas, sino a la destrucción de la vida en un conflicto caracterizado por el choque de potencias capitalistas que quieren repartirse un mundo ya demasiado limitado para satisfacer las aspiraciones de todas, en concreto sus necesidades de extracción de plusvalía (explotación del trabajo para el beneficio) y de mercados para realizarla (venta de las mercancías y obtención del beneficio). Parecido podría decirse de la ingeniosa aplicación de métodos industriales y tratamiento de los seres humanos como ganado a la hora de matarlos: cámaras de gas en los campos de exterminio nazis; la combinación de lo más incivilizado con las técnicas más avanzadas de la civilización, dando como resultado el más refinado y escalofriante arte de matar; viniendo ambos determinados por la decadencia del sistema capitalista que en la lucha a muerte, competitiva y por perpetuarse, recurre a esos métodos. No podríamos decir que el caso de la bomba atómica revela la “juventud”, alocada sí, pero juventud al fin y al cabo, de un sistema, como en el caso del joven que conduce su vehículo por encima del límite de velocidad permitido y, lástima, atropella a alguien y lo mata. Habríamos vuelto del revés toda nuestra jerarquía de valores, si dijésemos que por el avance científico-técnico que supuso la bomba atómica (hemos visto luego su aplicación en las centrales nucleares, con sus desastres y residuos para la “eternidad”), bien valía pagar ese precio humano (pagado por otros, no por nosotros, claro está) y que, por tanto, formaba parte de la etapa ascendente del capitalismo con sus luces (cegadora la de la bomba) y sombras (las que dejaron grabadas en la piedra las personas totalmente desintegradas por la explosión atómica).

– La medida de la decadencia del capitalismo no es un criterio a manejar según el baremo que a sí mismo se pondría el capitalismo si pudiese, según sus valores, sino uno que manejamos los humanos ante el capitalismo según nuestras necesidades en su sentido más amplio (no sólo las biológicas). Si por el capitalismo fuese, se eternizaría, y se consideraría joven y progresivo si tuviese nuevas revoluciones tecnológicas que incluso a nosotros nos asombrasen, se autoimpusiese límites en la sustitución del trabajo vivo por máquinas (para seguir generando plusvalía con la explotación del trabajo), y pudiese impulsar la colonización de la Luna o de Marte, aunque en tanto hubiese exterminado a las tres cuartas partes de nuestra especie y otras (animales y vegetales) y hecho casi inhabitable nuestro planeta. Ya hemos caído en esa trampa mental, en ese economicismo senil o demencia economicista senil, cuando observando los “30 gloriosos” (1945-75), nos admiramos de su escalada de crecimiento y desarrollo, olvidando todo el sufrimiento y las catástrofes que previamente supusieron las dos guerras mundiales, otras colonialistas, y las crisis económicas (como la de 1929), que abonaron ese desarrollo (con sangre y destrucción “creativa”); y como si el culto al crecimiento económico que ese tiempo cultivó (surgimiento de la “sociedad de consumo”), no tuviese ninguna responsabilidad en lo ocurrido entonces y sobre todo después con el creciente despilfarro de recursos y la crisis ecológica, cuando ya en 1972 el informe al Club de Roma titulado “Los límites del crecimiento (al margen de lo acertado o no que estuviesen en sus predicciones, léase en https://es.wikipedia.org/wiki/Los_l%C3%ADmites_del_crecimiento ) advertía del peligro de estar consumiendo recursos cruciales de modo irreparable, y cuando para 1979 ya se sabía casi todo lo que hoy sabemos sobre el cambio climático (léase el libro “Perdiendo la Tierra. La década que podríamos haber detenido el cambio climático Nathaniel Rich, Capitan Swing 2020, 191 páginas), aunque la mayoría de la gente nos enterásemos de la gravedad del problema casi 30 años más tarde (en 2006), sobre todo por el documental “Una verdad incómoda” a cuenta de la campaña del exvicepresidente de EEUU, Al Gore (muy blanda y engañosa en su alternativa final). Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Una_verdad_inc%C3%B3moda y documental en https://www.documaniatv.com/naturaleza/al-gore-una-verdad-incomoda-video_417669111.html

Lo que ahora padecemos y lo que padeceremos, no se sembró sólo durante la época del neoliberalismo, sino durante esos “30 gloriosos” y también en el periodo previo (culto de los nacionalismos, del colonialismo, y de la guerra –dos mundiales-). Esta forma de pensar desde el “punto de vista” del imaginario del capital (productivismo, revoluciones tecnológicas…), se parece mucho a estar abducidos mentalmente por los valores intrínsecos a la Mega-Máquina capitalista, de la fetichización de la mercancía y su imperio, actuando como sus leales servidores, sea como gestores (capitalistas) o como productores (trabajadores/as). Es algo parecido a lo ocurrido con los científicos que crearon la bomba atómica, enfrascados en la solución de sus problemas teóricos y prácticos, aparentando servir “por amor a la ciencia” (como “por amor al arte”), sin tener debidamente en cuenta sus monstruosas implicaciones para la Humanidad, y considerando aquello como un gran avance científico, positivo por sí mismo.

Ved al respecto del armamento nuclear este extraordinario documental que pone los pelos de punta y nos recuerda la amenaza que todavía se cierne sobre la Humanidad y que, sin embargo, sus promotores han conseguido que casi tengamos olvidada “Trinity and beyond. La película de la bomba atómica” http://www.documaniatv.com/historia/trinity-and-beyond-la-pelicula-de-la-bomba-atomica-video_7a987b2f7.html

– La decadencia de un modo de producción como el capitalista y su civilización no se mide por el crecimiento o recesión en el PIB (Producto Interior Bruto), ni por la producción y crecimiento mundiales, ni por la tasa de ganancia ascendente o descendente, ni por la cantidad ni características del comercio mundial, ni siquiera por el número e importancia de sus innovaciones tecnológicas. Es una valoración global que considera todo eso y su relación con la vida humana, la vida en general y su sustentación por el planeta. De lo contrario podríamos asistir a una fase de crecimiento económico acompañada de tensiones geoestratégicas traducidas en conflicto bélico que en su escalada llevase al holocausto nuclear ¿y diríamos que semejante civilización no era decadente cuando desde mucho tiempo antes permitió que se pudiese dar esa deriva a la autodestrucción desarrollado y acumulando semejante armamento, o que sólo se convirtió en tal cuando se desencadenó la guerra o cuando se inició la escalada nuclear? O el escenario podría ser de continuo crecimiento económico sin control que desencadenase un cambio climático apocalíptico ¿diríamos que dado que las fuerzas productivas han seguido creciendo a buen ritmo, el capitalismo no sería decadente hasta que hubiésemos acabado con la vida tal cual ahora la conocemos? O el desarrollo científico, de la robótica, la Inteligencia Artificial, nos podría llevar a la Singularidad, el surgimiento de una IAG (Inteligencia Artificial General) capaz de someter e incluso extinguir a la especie humana ¿y diríamos que la civilización capitalista sólo fue decadente cuando desarrollando al límite la fuerzas productivas, realizó la mayor proeza de nuestra especie, dando lugar al “nacimiento” de una IAG con “personalidad” capaz de suceder no sólo al capitalismo, sino a nuestra especie, y en la cúspide evolutiva, a todas las formas de vida (biológica), dando lugar a otra historia de la evolución, pero mecánica y superinteligente? ¿no se podría hablar de decadencia del capitalismo hasta ese día y hora de la Singularidad? Que los síntomas de una enfermedad tarden mucho en detectarse no quiere decir que sólo exista a partir de ese momento.

Llegados a este punto, algunos marxistas, sobre todo quienes reconocen que el capitalismo es decadente desde comienzos del siglo XX (demostración, la I GM) pensarán que está bien mi esfuerzo por explicar las cosas sencillamente, pero que el marxismo esto ya lo tiene claro. ¿Seguro? ¿No será que eso no está tan claro y que por ello también existe hoy tantísima confusión y divergencias entre los enterados e ignorancia total a escala de las más amplias masas?

En ese tipo de situaciones catastróficas en lo práctico y absurdas en lo teórico que acabo de exponer nos encontraríamos si tuviese razón y nos atuviésemos a lo que decía MARX en la segunda parte de esta cita: Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. […] Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben en ella, y jamás aparecen nuevas y superiores relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua” (Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política, 1859) [el subrayado es mío]. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm

En la primera parte de la cita (hasta el corchete) podemos reconocer que cuando las relaciones sociales de producción se convierten en una traba, ya se abre una época de revolución social. Estaríamos por tanto en la etapa de la decadencia del sistema social. Sin embargo, en la segunda parte de la cita nos encontramos con que pese a estar en la decadencia no habría llegado el momento de la sustitución de unas relaciones sociales de producción antes de que todas las fuerzas productivas (fp) que cupiesen en ella se hubiesen desarrollado. No sería suficiente que la decadencia ya fuese prolongada, incluso con unas crisis económicas gravísimas, incluso con guerras mundiales causantes de millones de víctimas, incluso con un armamentismo capaz de acabar con la Humanidad en unos pocos golpes, incluso con un deterioro medioambiental capaz de causar en décadas un cambio climático que a la naturaleza le habría costado como mínimo siglos, incluso provocar la extinción en masa de especies como sólo contadas veces ha ocurrido en la historia de nuestro planeta, incluso avanzando en el desarrollo de una inteligencia artificial que, culminada, podría acabar con nosotros. Nada de todo esto bastaría. Habría que esperar hasta que hubiese dado de sí todo lo que pudiese, es decir, a que “muriese” de muerte natural, pues ¿cuándo podríamos estar seguros de que ya es incapaz de desarrollar más fuerzas productivas, que no está pasando un profundo y prolongado bache, superable, también posible en la decadencia? La segunda parte de la cita puede conducir a una relativización y hasta neutralización de lo que debemos considerar la decadencia y nuestras tareas en ella. Cuando debiera ser suficiente con estos términos clave: “traba”, “obstáculo a las satisfacción de las necesidades humanas en su sentido más amplio y elevado”, “amenaza”. Pensar en términos de decadencia quiere decir que ya para inicios del siglo XX, como tarde, debiéramos haber acabado con el capitalismo. Pensar en términos “todas las fp” significa continuar hasta el colapso por sí mismo del capitalismo, hasta que “muera” sin necesidad ni de adelantar su “muerte”, con el riesgo más que probable, de que en su muerte nos arrastre con él también a la tumba a cuenta de una III GM, el caos, la degradación medioambiental…

Siguiendo ese razonamiento equivocado no sería motivo más que sobrado para acabar con el capitalismo la existencia de una amenaza existencial como el gigantesco arsenal nuclear en constante perfeccionamiento, o lo que se nos vendrá encima con la crisis climática, o la extinción masiva de especies, y podríamos encontrarnos con que deberíamos dejar que el capitalismo siguiese desarrollando la inteligencia artificial, para acabar dándonos de bruces con la Inteligencia Artificial General (IAG), y que ésta, conforme “a las fuerzas productivas alcanzadas y su desarrollo” considerase que deberían imponerse unas relaciones de producción dominadas por ella. Efectivamente, el capitalismo habría desarrollado hasta el final sus fuerzas productivas, pero lo que le sustituiría no sería el poder del colectivo de los trabajadores libremente asociados, sino la IAG hostil a la Humanidad.

Creo que el verdadero pensamiento de Marx es lo que se concluye de la primera parte de la cita. La segunda es una expresión torpe (si no tiene algo que ver una mala traducción desde el alemán, que a veces pasa) con la que sin quererlo se contradice a sí mismo, pegándose un “tiro en el pié”. Habría bastado con que empezase en “jamás aparecen nuevas…”. También puede deberse el desliz a que Marx, en aquellas fechas (1859), todavía confiaba en el progreso y no imaginaba que el desarrollo de las fuerzas productivas pudiese tener una faceta tan destructiva, incluso deliberadamente, como la que ha llegado a alcanzar.

Las actuales fuerzas productivas están contenidas en las relaciones sociales de producción capitalistas, y éstas determinan tantas facetas de la existencia y se han extendido su influencia a través de la mercantilización a tantas facetas de la vida material y espiritual (cultura, costumbres, mentalidad, rasgos de la personalidad…), que constituye no sólo una conjunto social o “formación social” o sociedad, sino toda una civilización. El capitalismo no es sólo producción de mercancías-valores de uso, sino todo lo que implica el proceso económico-social-político, las relaciones laborales, la pobreza y desigualdad social, la política y el Estado (dependiente de los intereses de clase, y expresión de la dominación de clase, capitalista), la represión (dominación de clase) o las guerras (conflictos armados dentro de la misma clase o entre clases sociales). El capitalismo no sólo produce mercancías sino accidentes laborales evitables, sus “externalidades”, como la destrucción medioambiental (contaminación, accidentes en centrales nucleares, calentamiento global, extinción de especies…). Las fuerzas productivas tienen un aspecto destructivo (daño al medio ambiente, la salud…), además de la existencia expresa de fuerzas productivas destinadas al armamentismo, etc., que son directamente fuerzas destructivas. También condiciona el tipo de relaciones que establecen las personas (de dominación, competitiva, individualista…) y los pueblos (conflictiva, guerrera…). Incluso el tipo humano que lo sostiene y se adapta al sistema, y si es capaz de superarlo o no (rasgos autoritarios y narcisistas, o creativo-revolucionarios…).

El capitalismo no es un mecanismo, una técnica, un procedimiento, ni un modo de gestionar, administrar las cosas. Es ante todo una relación social, en primer lugar, una relación social de producción (capitalistas y clase trabajadora), pero con mil ramificaciones y consecuencias en todos los ámbitos de las relaciones sociales (desde la política a la cultura, el tipo de relaciones entre hombres y mujeres…) de la existencia humana (el tipo de personalidad humana producido y adaptado al sistema) y del planeta. Un motor puede funcionar perfectamente, estar en su momento óptico, ser el último modelo, y sin embargo ser muy contaminante. Pero no diremos de él que está decadente, sino que tiene unas externalidades negativas. Pero no ocurre lo mismo con el capitalismo, que es en sí una relación social, una relación entre seres humanos (por tanto, podemos cambiarla), y que para juzgarlo debe tener en cuenta no sólo los factores más estrictamente económicos (cómo se produce, cuánto, etc.) sino todas las implicaciones en las relaciones sociales, las directamente de producción y más allá. Por eso no se puede decir que la economía capitalista funciona estupendamente, y que lo que falla son las relaciones laborales, la política, el medio ambiente…, pues todo, en un primer o segundo o tercer plano, forma parte del mismo cuadro, y las relaciones sociales de producción (lo que se entiende como economía capitalista o capitalismo) determinan todo lo demás.

Aunque sólo fuera por el riesgo de un cambio climático catastrófico para la agricultura y la vida en el planeta, por la lentitud, incompetencia, resistencias, intereses creados opuestos a la toma de medidas serias, y negacionismo mentiroso, todo el precioso tiempo perdido pese a las advertencias más competentes durante décadas (ya empezaron a finales de los 70s del siglo XX; ved el libro “Perdiendo la Tierra. La década en que podríamos haber detenido el cambio climático” Nathaniel Rich, Capitan Swing 2020, 191 páginas), las cumbres y reuniones del más alto nivel político sobre el tema, empeorando en tanto la situación, ya sería suficiente para caracterizar esta civilización como decadente desde hace tiempo, no desde cuando notemos las peores consecuencias. Esta civilización, tras más de medio siglo, se ha mostrado incapaz de acometer en serio el desarme nuclear, y ha conseguido durante décadas que la población acepte el miedo nuclear (guerra fría) o se haya habituado como si tal cosa (ni se acuerda) a la existencia de un arsenal que todavía puede acabar con todo (tanto más probable en el futuro, con un mundo en crisis multifactorial creciente y enormes tensiones internacionales), y sin embargo, sólo muy puntualmente se manifiesta contra ello, pero protesta y con muchísima mayor frecuencia por cuestiones de infinita menor trascendencia (piensa en todos los ejemplos que quieras), creyéndose poderosa y realizada si obtiene éxito. Aunque sólo fuese por esto, ya es sin duda una civilización no sólo decadente, sino demente, como tarde desde 1939-1945 (matanza guerrera, destrucción de ciudades, campos de exterminio industrializado, bombas atómicas). Es probable que nos volvamos a preocupar del armamento nuclear cuando estemos a un paso de su utilización, pero entonces ya será demasiado tarde, ellos demasiado poderosos y empeñados en apostar por ganar, y nosotros muy debilitados. Aunque sólo fuera por la falta de precaución con la que se avanza -impulsados por la competencia empresarial y la rivalidad militar-, en la Inteligencia Artificial General (IAG) que podría volverse contra la Humanidad (no es una especulación gratuita), ya sería decadente esta civilización. Y sería decadente aunque sólo fuese porque desde la Primera Guerra Mundial, y más con la Segunda, la clase trabajadora es incapaz (salvo excepciones nacionales y momentos puntuales) de desarrollar su conciencia como clase internacional (el internacionalismo proletario) superadora del capitalismo y de sí misma en cuanto que clase inseparable del sistema capitalista, y tampoco haya aprendido las más elementales lecciones de esas experiencias (las guerras imperialistas son causadas por el capitalismo, aunque los agentes provocadores sean monarquías, fascismos, democracias…), cuando sin embargo el internacionalismo proletario es fundamental no sólo para evitar las guerras y generar la revolución y su extensión mundial (haciendo frente a la contrarrevolución internacional), sino para tener éxito en objetivos muchísimo más limitados, como veremos. Aunque sólo fuera porque, en vez de multiplicarse un tipo humano creativo-revolucionario, proliferan cada vez más los rasgos autoritarios o narcisistas, ya sería una civilización decadente con visos de no ser superada y arrastrar consigo a la Humanidad, a su autodestrucción.

Miramos por encima del hombro a la gente del siglo XIX con todo su “atraso”, pero si le contásemos todo esto, diría que estamos completamente locos, que somos unos bárbaros. Y no sólo es decadente por el capitalismo, sino por el tipo humano (psique) hoy imperante (generado por el sistema y adaptado a él), pues la inmensa mayoría de la Humanidad es incapaz de arremangarse lo más mínimo ante estos y otro muchos problemas.

El capitalismo se ha convertido en una traba, estorbo, incluso ¡amenaza! para la Humanidad. Esto es más que suficiente para caracterizar al capitalismo como una civilización decadente. La civilización capitalista, considerada globalmente (como debe hacerse y no país por país), alcanzó su etapa decadente con la llegada de la I Guerra Mundial (1914-18), ya anunciada por los marxistas al observar las contradicciones consubstanciales al capitalismo y sus tensiones imperialistas. Previamente, aunque a las poblaciones y trabajadores/as de los países capitalistas les había tocado sufrir de sobra, los mayores costes del lado oscuro del sistema, los habían pagado las civilizaciones periféricas (pre-capitalistas) durante su expansión imperialista-colonialista con sus masacres y expolios. Ahora, toda su destructividad, en la forma más acabada de millones de muertos en la matanza militar, se volvía contra sí misma, su propio núcleo civilizatorio, Europa sobre todo. La principal víctima de la guerra fueron las masas trabajadoras, campesinos, y en particular la clase proletaria. Y no fue sólo una víctima de las armas, el hambre, etc., sino una víctima histórica, en el sentido de que la implicación de la clase trabajadora en la guerra imperialista (siquiera fuese obligada y resignada), destruyó su principal virtud y recurso político-ideológico como sucesora potencial de la burguesía y superadora del capitalismo, esto es, el internacionalismo proletario (unidad, solidaridad internacional de toda la clase trabajadora mundial como una sola clase), al atarla a los intereses de sus respectivas burguesías y estados bajo los más diversos pretextos nacionalistas según cada país. Con ello se desintegró la II Internacional obrera, carcomida por los intereses nacionalistas e imperialistas. Cierto que hubo algunos intentos revolucionarios, pero degeneraron muy pronto (la atrasada Rusia, URSS) o fracasaron (Finlandia, Alemania, Hungría). En estas condiciones, resultó más fácil una nueva gran derrota histórica de la clase trabajadora a raíz de la crisis de 1929 sobre todo, y alistarla nuevamente para la II GM (más terrorífica y criminal aun que la I GM, destacando, además del genocidio judío, los millones de víctimas en la URSS, y mucho más en China a manos de Japón), asestando un nuevo gran golpe al internacionalismo proletario, e impidiendo que la ya más decadente civilización capitalista fuese superada. Si la I GM, con todos sus horrores, no fue suficiente escarmiento para evitar -sólo dos décadas después y con muchísimos de sus protagonistas y testigos vivos-, la II GM, y vistas las guerras que posteriormente se han dado, con toda su crueldad (Corea, Vietnam, Irak-Irán, Congo, represiones genocidas en Asia –Indonesia- y Latinoamérica, Siria, etc.), y que hemos estado varias veces al borde de la guerra nuclear, no hay razones para pensar que sería imposible una III GM, cuando cada dos por tres estalla una guerra en algún lugar, y una podría desencadenar el conflicto generalizado o implicando a las principales potencias (nucleares también) si las condiciones fuesen propicias (graves problemas que ven su “salida” en un conflicto a gran escala). Si desde 1945 no ha estallado otra guerra mundial, no es porque el capitalismo se haya pacificado (múltiples guerras tras las cuales estaban también las superpotencias), sino por el riesgo de destrucción mutua en el holocausto nuclear, pero ese temor no lo convierte en algo inocuo en la práctica, pues sigue siendo una espada de Damocles que algún día puede caer sobre todos. La “paz” se ha logrado a costa de hacernos rehenes de la posibilidad de la autodestrucción total. El “progreso” posterior a la II GM (los “30 gloriosos”, el neoliberalismo, etc.) ha aumentado el lado oscuro del capitalismo: armamentismo nuclear, guerras, dictaduras, sociedad de la vigilancia (gracias a la I.A.), obsolescencia programada, consumo desaforado de recursos naturales de la mayor importancia con un horizonte de agotamiento, creciente degradación medioambiental produciendo el mayor cambio en la Naturaleza desde hace milenios (el calentamiento global y su amenaza para las especies y el mismo ser humano).

El progreso tecnológico ha permitido producir lo mismo con menor tiempo de trabajo. Esto supone una reducción del valor de la mercancía y por tanto del tiempo de trabajo no pagado incorporado en ella. Sólo se compensa con un aumento de la masa de mercancías producidas (gracias también a la obsolescencia programada) para la que hace falta demanda solvente (con capacidad de pago). Pero cuando los salarios no dan para tanto consumo, el capitalismo recurre al crédito en una medida desconocida en otros tiempos. Y eso ha dado lugar a la crisis iniciada en 2007-8 que en el fondo es una crisis por la dificultad para extraer (producción) y realizar (venta) la plusvalía. En tanto, el aumento de la producción y la obsolescencia programada aceleran el agotamiento de los recursos naturales (energía, materias primas…) lo que se acaba convirtiendo en otro problema para el capitalismo agudizando sus contradicciones internas, pues al ser su obtención más dificultosa, haría falta más trabajo (tiempo de trabajo) para conseguirlos.

En este punto tendríamos un aumento de los costes en medios de producción y también laborales. Al incrementarse el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir los bienes y servicios que consumen los trabajadores/as debido a la subida de los costes de la energía y otros materiales, subiría también el coste de la vida, y los salarios tendrían tendencia a elevarse también. Si se mantuviese la duración de la jornada laboral, al ocupar más tiempo de ella la parte correspondiente al salario, la consecuencia sería la reducción de la parte del tiempo de trabajo que no se paga y que se convierte en plusvalía, por lo que la tasa de plusvalía se reduciría (relación entre plusvalía/ salario). El aumento de los costes sería más pronunciado en la parte correspondiente a los medios de producción. El resultado sería un aumento de la composición orgánica del capital (la relación entre la inversión en medios de producción y en salarios). Al haber mayor inversión total (medios y salarios), sin embargo no haberse conseguido una mayor plusvalía, sino la misma (si se reduce los salarios reales o aumenta la jornada laboral) o incluso menos, tendríamos una menor tasa de ganancia (plusvalía / inversión total del capital).

Pero el problema no sería sólo para el capitalismo. El agotamiento de recursos, degradación medioambiental, catástrofe climática…, pondría en cuestión las posibilidades de progreso de una sociedad futura que quisiera superar a la actual.

La prueba adicional de la decadencia es que nada de lo bueno que ha producido el capitalismo desde el comienzo del siglo XX habría sido imposible con el socialismo, sino al contrario, y de forma sensata, con visión de futuro, con planificación, poniendo en primer plano los intereses humanos, de la vida a largo plazo, del equilibrio planetario, y no la ganancia del dinero, cortoplacista por naturaleza, contra los humanos y la Naturaleza misma. La economía socialista (de transición al comunismo, pero todavía muy lejos de él) era ya posible a comienzos del siglo XX, en Alemania, Gran Bretaña, EEUU, y a partir de ahí su extensión al resto. Pero si no ocurrió así, fue sobre todo por causas políticas, relativas a la derrota ideológico-política del proletariado (clase trabajadora), cuyos planteamientos sindicalistas, reformistas o de “socialismo estatal” (Capitalismo de Estado), y nacionalistas-imperialistas (colonialistas) no cuestionaron o no terminaron de romper con la lógica del capital.

El capitalismo, desde comienzos del siglo XX, no tiene nada progresivo que ofrecer que no pudiera hacerlo tanto y mejor una sociedad superadora del mismo; el capitalismo no tiene pendiente de cumplir ninguna tarea histórica, y lo que no hubiese llegado a hacer, mejor lo haría el socialismo. En ninguna parte del mundo (menos a escala general), es necesario, antes de plantearnos un cambio de civilización, esperar a que el capitalismo realice tareas progresivas que todavía no haya llevado a cabo. La necesidad de cambio es global y en cada país se tomarían, en su caso, las medidas más adecuadas para superar lo que se considerase un retraso con respecto a la situación general. Es, por tanto, una civilización globalmente decadente, que necesita su relevo, ya. Y si no se hace y, por ejemplo, es al capitalismo al que todavía le toca afrontar problemas como el cambio climático, no es porque sea el mejor candidato para esa tarea (la prueba está en lo que no ha hecho mi medianamente bien desde 1979), sino por nuestra impotencia para tomar las riendas del proceso productivo y la dirección política de todos los asuntos. Pero como no podemos esperar a tomar el poder para afrontar el problema y en tanto dejarlo todo a lo que por sí misma decida la burguesía, mientras continuemos así (luchando por superar nuestra debilidad), no tenemos más remedio que presionar al Estado burgués para que tome medidas (aunque sean pocas, y las ejecute a medias),más de lo que en principio estaría dispuesto a hacer, pues de ello depende que en el futuro podamos heredar algo sano y servible, y no un mundo en ruinas, en el que incluso la sociedad socialista resultase inviable o tuviese que avanzar arrastrando un pesadísimo lastre que hace sólo unas décadas no existiría. No hay que esperar unos años, unas décadas, para decir que el capitalismo es decadente, pues estaremos confundiendo la decadencia con llegar al límite interno y externos del capitalismo, el COLAPSO, como confundir en una persona los 40 años, con los 70, los 90 (consumiendo ya los telómeros) o su fase terminal y agonía.

Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados” (20-12-2019) – estudio de la cuestión del colapso, y propuesta mundial de un eslogan-marco para la confluencia de las luchas y la elaboración política, sucesor del de “Otro mundo es posible” — — https://kaosenlared.net/horizonte-2050-superando-el-capitalismo-o-condenados/

La decadencia no viene definida por una medida exacta que sea ajena a criterios humanos como sí la tienen los fenómenos que analizan las ciencias naturales. Aunque con una base objetiva, es ante todo un criterio humano de pros y contras, de balance. Objetiva, porque difícilmente se podía ir hacia el socialismo y comunismo en 1850 o 1870 cuando el capitalismo industrial estaba empezando a conquistar el mundo y se concentraba ante todo en Gran Bretaña. Pero también subjetiva, que no quiere decir ilusoria, sin fundamento, caprichosa, por prejuicios, etc., pues, imaginemos, pudiera existir una especie extraterrestre con una psique bastante diferente a la nuestra, con otro tipo de identidad del yo y del nosotros, en la que pesase mucho más la cooperación y la preocupación por el destino común, mucho más renuente a la violencia al interior de la especie. Estos seres, ante la aparición de una relación social como el capitalismo, lo hubiesen considerado decadente muy pronto (tal vez a la altura de la guerra franco-prusiana de 1870-1) al observar que algunas de sus características y consecuencias eran nefastas y atisbar lo que podría deparar más adelante, en lo que nosotros si llegamos a considerar decadencia. Así que se habrían planteado establecer algún otro sistema social basado mucho más en la cooperación y menos en la explotación (aunque tampoco se le pudiese llamar comunismo). Si fuese incluso todavía mejor especie (más considerada con la vida de sus semejantes), lo habría hecho antes de darse los primeros pasos en la dirección del capitalismo, esto es, el expolio, la violencia, la separación de los productores de los medios de producción que dio lugar a la acumulación originaria del capital, que tan bien denunció Marx en El Capital, o la asociación del capitalismo con los cambios en el armamento, la organización de los ejércitos y la necesidad de la producción industrial, como señala el estudio de Robert Kurz “Cañones y capitalismo. La revolución militar como origen de la modernidad”, enlace al final. Marx mismo se negó a establecer un curso necesario e inevitable del desarrollo histórico (comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo), como lo confirma su correspondencia sobre la comunidad rural rusa y la posibilidad de evitar, en determinadas condiciones, pasar por el capitalismo para llegar a una sociedad socialista-comunista.

Esta “mirada marciana” al problema, nos ayuda por tanto a comprender mejor la importancia del criterio subjetivo en la consideración de lo que debemos entender por decadencia. Es una cuestión de madurez como especie social, capacidad objetiva para organizar algo alternativo, y grado de tolerancia subjetiva a lo existente. A diferencia de nosotros, esa especie alienígena tendría menos tolerancia al capitalismo y más capacidad para construir algo mejor, pues sería más empática, compasiva, cooperativa, con mayor visión de futuro, e intransigente ante lo que considerase dañino y perverso. Por eso habrá personas a las que el capitalismo no les parecerá decadente ni el segundo antes del apocalipsis nuclear (echarán la culpa al enemigo), sobre todo si han disfrutado hasta entonces de una vida privilegiada. Por tanto, el criterio de la decadencia, si bien no es sólo un juicio moral, no se puede separar artificialmente del juicio moral, como si estuviésemos midiendo sólo el PIB o la inversión en I+D+i, o la tasa de ganancia. Porque los millones de muertos de las guerras, las víctimas de la represión y del terror, de las hambrunas perfectamente evitables, de la degradación del medio ambiente…, no son para nada ajenos al capitalismo y no pueden considerarse menos importantes que esos datos económicos, como una especie de “daños colaterales”. La destrucción de la vida humana la limitaríamos a su carácter de fuerza productiva, y si considerásemos que todavía no fuese decadente el capitalismo, la matanza de las guerras mundiales, etc., estaría al mismo nivel que el abandono de medios de producción caducos o sobrantes con las crisis económicas de “destrucción creativa”; sería el precio en vidas humanas que inevitablemente debería pagar la Humanidad por el desarrollo material, como si el desarrollo alcanzado y mucho mejor planteado no hubiese sido posible con otro sistema social alternativo y sin pasar por esas matanzas. Semejante concepción sería una muestra de nuestra degeneración mental, de caer en el economicismo crecentista (el crecimiento económico del PIB, del comercio mundial, etc. como criterio fundamental), y la tecnolatría, la adoración de la tecnología y del mundo de la Mega-Máquina, influidos por los valores espontáneos generados por la dinámica del capitalismo, y por toda el aura embellecedora que rodea a la mercancía con su fetichización. Las víctimas del capitalismo pasarían a la categoría de humanos ofrecidos en sacrificio a un dios considerado benefactor, el tributo que él se cobraría por protegernos y bendecirnos. Por esa regla de tres podríamos acabar aceptando un mundo dominado por la Inteligencia Artificial con tal de que creciese en su poder tecnológico (“desarrollo de las fuerzas productivas”) aunque fuese a costa de los seres vivos, empezando por nosotros. Para nada es ajeno a esta tolerancia y benevolencia con la historia del capitalismo, el crecimiento de los rasgos narcisistas en la gran mayoría de la población y en la cultura en general, con su falta de sensibilidad por el dolor ajeno; sólo nos importaría lo que nos pase a nosotros, y por eso, el capitalismo nos parecería decadente, en todo caso, a partir de ahora, pero no, cuando menos, desde hace un siglo, pese a tanto sufrimiento provocado y los millones de víctimas sacrificados en el altar de la mercancía.

Recordemos la cita de Marx “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben en ella, y jamás aparecen nuevas y superiores relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua” (Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política, 1859) [el subrayado es mío].

En el marxismo y en los que se han reclamado de él todavía más, pesa demasiado lo que se entiende por “necesidad del desarrollo de las fuerzas productivas”, y, de hecho, las fp como “juez” de la Historia, de cuándo se es progresivo, cuándo decadente, cuándo hay que dejar paso a otro modo de producción y civilización, y por consiguiente cuál es el comportamiento progresista o reaccionario. Pero la “mirada marciana” nos deja en evidencia, y evidencia que no debe dejarse depender el criterio ético de hasta qué punto y cómo es necesario el desarrollo de esas fp, de lo que ellas sean capaces de inspirarnos o de provocar espontáneamente (obligando a un cambio en las relaciones de producción). A cuenta de esa “necesidad” los mencheviques decían que había que dejar que en Rusia y su imperio se desarrollase el capitalismo, como en Occidente; a cuenta de esa “necesidad” muchos han justificado el estalinismo, como Estado obrero, o como “Estado obrero burocratizado” y Trotsky pretendió militarizar el trabajo en unas circunstancias de desastre; a cuenta de esa “necesidad”, diríamos que el capitalismo todavía nos puede aportar muchas cosas, que le corresponderían a él, no a nosotros, que todavía no ha llegado el tiempo de que las fp reclamen unas relaciones sociales de producción superiores, aunque eso nos lleve al límite de la autodestrucción; y a cuenta de esa “necesidad” algunos nuevos “mencheviques” podrán justificar su colaboración con la contrarrevolución porque “el capitalismo todavía no ha agotado su tiempo histórico progresista, como la demuestra la I.A. etc.”. Semejante forma de pensar nos lleva a dejarnos dominar por nuestra propia creación, las fp, como si fuesen ellas quienes dictasen lo que históricamente es progresivo o no, y en última instancia lo que es o no moral. Pues además, el enfoque predominante de lo que son las fp es que se trata de los medios de producción y los bienes materiales, esto es el trabajo acumulado, y no el trabajo vivo humano y sus aspiraciones (sean elevadas o no). Y no se pueden poner al mismo nivel, pues las máquinas no luchan, ni proyectan una nueva sociedad, así que por mucho que se desarrollen y multipliquen no podrán imponer cambio ninguno de las relaciones sociales de producción, y si fuesen incompatibles con los intereses de la clase dominante, ésta las rechazaría. De las fp son las humanas las que marcan el límite, “hasta aquí hemos llegado, es tiempo de mudanza”. Ese culto a las fp es en el fondo otra manifestación de la fetichización de las mercancías, pues los medios de producción y el trabajo vivo adoptan la forma de mercancía. Ahora serían ellas las que, cual oráculos, nos indicasen cuando son propicios los tiempos para el cambio de modo de producción. ¡Otra atribución de poderes fantasiosa al mundo de la mercancía!.

No existe ningún automatismo, y menos en el capitalismo, que espontáneamente nos vaya a llevar a nuevas relaciones sociales de producción. No serán las fp entrando en contradicción con las relaciones de producción las que generarán la conciencia comunista necesaria para una revolución victoriosa; no hay más que ver con claridad la Historia para comprobarlo. Sin un esfuerzo y lucha muy voluntariosos y conscientes de las masas trabajadoras y populares (empezando por los sectores más avanzados), a lo que llegarán es a revueltas, populismos, o intentonas revolucionarias fracasadas, si es que no se dejan arrastrar (como con las guerras mundiales) a la autodestrucción. Así como el pensamiento espontáneo de una sociedad es la ideología (la de la clase dominante, sobre todo), y no la búsqueda (esforzada) de la verdad científica (debe ir contracorriente de esa espontaneidad ideológica), el criterio objetivo y subjetivo de si todavía es necesario o no el capitalismo, no lo generará las fuerzas productivas alcanzadas (ni siquiera las aspiraciones en un momento determinado del trabajo vivo), sino una actitud racional y ética, que se pone por encima y desde fuera (para eso tenemos inteligencia y moralidad que deben ser cultivadas) de la ideología que espontáneamente generan esas relaciones sociales, que ya estamos viendo la miseria del pensamiento “anticapitalista” que producen. Si Marx, impulsado inicialmente por su rechazo ético al capitalismo, no hubiese hecho un esfuerzo colosal de muchos años de reflexión y elaboración a contracorriente, nadie habría escrito algo comparable a El Capital, pues la ciencia crítica no es algo espontáneo, ni generalizado, ni entre los más capaces, y la prueba está en la pobreza de las actuales elaboraciones teóricas, pese a todo lo que “ha llovido” desde Marx y el “diluvio” que amenaza venírsenos encima.

En vez de poner a las fuerzas productivas como la jueza de la historia, debemos guiarnos, al menos hoy día, por el criterio de las necesidades humanas (en su sentido más amplio y desarrollado). Y este criterio no puede quedar en manos de un capitalista, ni de un militar, ni de un nazi, ni de un psicópata, etc. Que la ciencia dominante no se preocupe por remarcar esto (debe su financiación al capital y su Estado burgués), no quiere decir que nosotros debamos resignarnos, en lugar de responder como el niño que señaló la desnudez del rey, pues además tenemos los descubrimientos de la ciencia (neurociencia, biología, psiquiatría…) de nuestro lado, pues permiten demostrar que el capitalismo frustra la naturaleza humana, la pervierte, pues el ser humano en su origen y potencial es mucho mejor que el mediocre tipo humano medio adaptado a esta civilización. Véase por ejemplo El cerebro altruista. Por qué somos naturalmente buenos” de Donald W. Pfaff (neurólogo), Herder, 2017.

Si el capitalismo todavía no fuese decadente, podríamos estar bastante tranquilos y esperanzados, pues el capitalismo todavía tendría tareas pendientes para completarse, mucho que aportar a la Humanidad, el balance sería favorable para él. Por consiguiente, no habría llegado todavía la época de las revoluciones, sino que estaríamos en un tiempo en el que quedaría un gran recorrido para la política de reformas económicas, sociales, políticas, que mejorarían la situación de la clase trabajadora y sectores populares. No podríamos a aspirar a más, por muy fuertes que fuésemos, que a un papel subalterno a la burguesía, que tendría, no sólo el poder sino, toda la iniciativa estratégica, incluso táctica, y no podría serlo de otra manera pues todavía no existirían las condiciones ni objetivas ni subjetivas para sustituir y superar el capitalismo; no tendría rival. Y aunque el inicio de la época de la decadencia estuviese próximo, teniendo en cuenta el tiempo que lleva ya el capitalismo y en concreto el capitalismo industrial, cabría esperar que la decadencia también fuese lenta, que durase muchas décadas, un siglo o más, pues me resultaría muy chocante que tras tanto tiempo ascendiendo, en muy poco tiempo llegase un colapso, así que la posibilidad del colapso seguramente estaría todavía más alejada en el tiempo. Quien quiera creerse esto, allá él/ella, es muy libre de autoengañarse del modo que más le guste, pero semejante fantasía sólo puede desarmarnos teórica y combativamente más de lo que ya lo estamos, acelerar nuestra derrota final y destrucción.

Mantener que el capitalismo todavía no habría llegado a su etapa decadente, o que no lo hizo hasta la década de los 70 de siglo pasado, querría decir que todo intento de revolución proletaria previo a un tiempo todavía por llegar, o cuando menos a la década de los 70, estaría fuera de su época histórica. Esto significa que cualquier revolución previa a su tiempo no reuniría las condiciones objetivas para salir adelante, estaría condenada al fracaso o la rápida degeneración. Como la Comuna de París de 1871, cuando el capitalismo industrial era una realidad potente en Gran Bretaña, pero apenas estaba desarrollado en Francia, en Alemania, EEUU…, y no digamos en el resto del mundo. Como no se puede pretender que las mujeres ya pudiésemos ser madres a los diez años.

Recordemos otra vez la cita de Marx “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben en ella, y jamás aparecen nuevas y superiores relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua” (Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política, 1859) [el subrayado es mío].

Si hasta el final de la década de los 70 del siglo pasado, o incluso todavía, no hubiésemos llegado al capitalismo decadente, estaría fuera de lugar pretender imponer nueva relaciones sociales de producción, o sea, la revolución-socialista-comunista. No sería más que voluntarismo. A lo sumo habría que empujar a la burguesía a cumplir bien con su papel histórico progresista, y limitar nuestras reivindicaciones al sindicalismo y al reformismo.

Si todavía no fuese decadente, querría decir que, pese a la crisis ecológica, a la emergencia climática, nuestro papel seguiría siendo subalterno a la burguesía y su Estado burgués y de momento no podríamos (por mucha fuerza que hubiésemos acumulado) y no deberíamos, aspirar a imponer el socialismo, sino ayudar a la burguesía a paliar los problemas que está causando. Es decir, el reformismo y el “capitalismo verde”, serían lo que tocaría apoyar.

Querría decir que la revolución rusa de 1917 fue totalmente inoportuna, por estar fuera de época, no sólo por las circunstancias concretas o la coyuntura, no sólo para el atrasado imperio ruso zarista, o por el difícil contexto internacional que dificultaba su extensión al resto de Europa en guerra. Otro tanto el intento revolucionario en Finlandia, Alemania, Hungría y posteriormente España. Esas revoluciones o intentonas no sólo podrían ser apreciadas, según los casos, como un tanto precipitadas (el control del tiempo político-militar es difícil, pues demasiado pronto o demasiado tarde puede ser fatal para una revolución, según las condiciones nacionales e internacionales de la lucha de clases), voluntaristas, con importantes déficits de maduración revolucionaria en la clase trabajadora, orientación, preparación político-militar, resolución, voluntad de sacrificio, etc., sino que claramente estarían fuera de época, al pretender acometer tareas propias de la decadencia del capitalismo cuando todavía no se estaba ahí, y que a lo máximo que se podría haber aspirado es a preparar la lucha ideológico-política para cuando llegase la época y en tanto acumular en el capitalismo las mayores fuerzas posibles, a la vez que mejorar las condiciones de vida. Es más, la inmadurez de las masas se debería en última instancia a las características, no del momento, de la coyuntura política, sino de la época histórica, aún no en la decadencia, y que por tanto no podía propiciar las condiciones subjetivas para la revolucionarización de las masas trabajadoras hasta el punto crítico necesario para vencer y sostenerse. De ahí que no sería todavía el tiempo justificado de las revoluciones proletarias, sino de las revoluciones burguesas o de sus tareas progresistas para la Humanidad, correspondiéndole a la burguesía acometerlas. El estalinismo y su Capitalismo de Estado en la URSS, dado su crecimiento económico, se consideraría históricamente progresivo, sobre todo si la decadencia no fuese hasta la década de los 70 o más tarde o todavía no hubiese llegado. El papel negativo en muchos aspectos del leninismo y reaccionario y contrarrevolucionario del estalinismo y su manipulación de la III Internacional, apenas se podría criticar, pues sería una estrategia y táctica realista, ya que el capitalismo todavía no estaría objetivamente maduro para ser sustituido. Todas las calamidades y monstruosidades de la primera mitad del siglo XX cuando menos (como las dos guerras mundiales), serían lamentables, pero en lo substancial inevitables históricamente y hasta justificables, bien por cómo terminaron (final de monarquías imperiales, del nazi-fascismo…) o en particular por el “progreso” que habrían traído cuando menos hasta la década de los años 70 (los “30 gloriosos”).

Esto, en el fondo, no hace sino dar una tranquilizadora falsa explicación “objetivista” a las derrotas de la clase trabajadora (“históricamente no estaban maduras las condiciones objetivas que permitirían hacerla aspirar a la victoria con posibilidades reales de emprender el socialismo”), a la impotencia actual (“no es revolucionaria porque todavía no hace falta, no estamos en una crisis profunda del sistema, ni siquiera en la decadencia”), y ocultar por tanto sus causas (sean ante todo subjetivas –políticas, psíquicas- o relativas a su propia naturaleza de clase, aunque supuestamente sea potencialmente revolucionaria), de las que por consiguiente no podremos sacar las debidas conclusiones. Pero ese efecto tranquilizador sería también frágil, pues con ese razonamiento nos encontraríamos con la paradoja de que mucho antes de la decadencia (antes de los 70 o del futuro próximo) habría muchas más luchas y conciencia revolucionaria que ahora que, supuestamente, por fin habríamos llegado a la decadencia (desde los 70) o nos estaríamos acercando mucho a ella, con lo cual la cosa parecería pintar bastante mal para la revolución.

Decadencia significa que ya debería haber una superación de civilización. Esto no quiere decir que la revolución socialista-comunista esté a la orden del día permanentemente, en cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia, sino que la etapa histórica está abierta a la revolución socialista-comunista. Pero ésta sólo es posible en determinadas condiciones.

Para empezar, no sería posible si el capitalismo nos llevase a tal destrucción medioambiental, agotamiento de recursos, guerra nuclear generalizada, I.A.G. psicópata, etc., que acabase con las condiciones sociales y materiales imprescindibles para que fuese posible una revolución de esas características y con esos objetivos. Esto quiere decir que, la ventana de oportunidad de la época histórica no estará abierta permanentemente, y que pudiera cerrarse abruptamente y para siempre. Pero continuando abierta, para que la revolución sea posible, son necesarias determinadas condiciones de la coyuntura política, que en el capitalismo son la crisis revolucionaria, caracterizada por una gran crisis de legitimidad del capitalismo y su Estado, bien por crisis económica, guerra, intento de imponer una dictadura militar o fascista, o algún otro producto calamitoso del sistema (en el futuro podría serlo una catástrofe medioambiental generada por él –aunque entonces tal vez fuese ya demasiado tarde-, o el riesgo creciente de una I.A.G. psicópata), y que esa crisis de legitimidad llegue al punto de una situación política revolucionaria (los que dominan ya no consiguen hacerlo por fracasos, desorientación, división, enfrentamientos internos incluso violentos…, y los dominados ya no aceptan seguir siéndolo ni un día más, estando dispuestos a los mayores sacrificios –la lucha a vida o muerte- para conseguirlo). La crisis de legitimidad es requisito imprescindible para la crisis revolucionaria, pero lo importante es que llegue al grado del cuestionamiento revolucionario. Las crisis económicas pueden no dar lugar a una crisis de legitimidad del capitalismo y de su Estado, y por tanto, a una situación política revolucionaria, sino reaccionaria y contrarrevolucionaria. El ejemplo de Alemania, con la crisis económica de 1929 y el ascenso del nazismo al poder, está lleno de enseñanzas para curarse en salud de cualquier confianza en la espontaneidad no asistida, la creencia en un determinismo revolucionario, en la racionalidad de las reacciones de masas ante graves situaciones de crisis, en la búsqueda de la verdad y alternativas reales (en vez de la demagogia reaccionaria), en la determinación combativa indudable contra los enemigos reales y principales (en lugar de la resignación o la búsqueda de chivos expiatorios y cabezas de turco, etc.). Esas son creencias optimistas-buenistas, que sólo sirven para que bajemos la guardia, no hagamos lo que sólo puede hacerse por medio de la inteligencia política más aguda, la voluntad más firme y la acción más organizada (sistemática, coordinada, planificada), y por consiguiente seamos más fácilmente derrotados, aplastados y desmoralizados por mucho tiempo, quizás hasta que ya no tengamos más oportunidades. Para que se dé una crisis revolucionaria hace falta que predomine una conciencia proletaria revolucionaria.

Los trabajadores/as, como colectivo humano, no pueden aspirar a su autoliberación si carecen de una conciencia revolucionaria contraria a la existencia del capitalismo, incluso a la existencia de la clase trabajadora como clase inseparable del capital que es. Los nazi-fascistas y falangistas, eran, son, contrarios a la lucha de clases, prometen la colaboración y la conciliación de clases, pero eso es un cuento, pues la lucha de clases, sobre todo de la burguesía contra la clase trabajadora, es inevitable en tanto exista el capitalismo. La explotación diaria es una lucha de clases, de la burguesía contra el proletariado. Así que, lo que realidad ofrecen es negar la lucha de los trabajadores/as privándoles de derechos elementales, como el sindical, montando sindicatos controlados por el Estado fascista, servidor del capital.

Los trabajadores/as conscientes de sus intereses contra el capitalismo, no se oponen a la lucha de clases (como si pudiesen negarla o suprimirla), y tampoco a su lucha como clase trabajadora para conseguir mejores condiciones de trabajo y de vida en el capitalismo (salario, reformas legales, servicios públicos, derechos de huelga…), pero buscan la superación (no la negación ilusoria y voluntarista) de esa lucha, enfrentando a los ataques del capital, y aspirando a crear una sociedad en la que ni siquiera exista la clase trabajadora. Pero esto no supone ninguna renuncia o mitigación de la lucha, sino todo lo contrario, pues exige una lucha enorme contra el capital, hasta el final y hasta la raíz. Supone pasar de los objetivos sindicalistas y reformistas o “revolucionarios” al cuestionamiento total del capitalismo. Todo lo opuesto a lo que quisiera la burguesía y sus representantes democráticos o nazi-fascistas-falangistas o incluso estalinistas y similares. La conciencia empieza por el reconocimiento de la existencia de clases y de la lucha de clases. Pero los trabajadores/as, para autoliberarse, no deben aspirar a su consolidación como clase, incluso teniendo el poder, pues eso no funciona así con ellos. La burguesía, cuando todavía no tenía en control del Estado, sí aspiraba a consolidar su poder de clase contra la aristocracia feudal, y también contra el proletariado, pues su futuro como clase privilegiada es su aspiración. La de los trabajadores/as no debe ser la de “liberarse de la burguesía”, para consolidarse como clase (como aquella, de la aristocracia), sino la de desaparecer en cuanto que clase, no perpetuarse. Si los trabajadores/as consolidan su existencia como clase, sólo puede ser si también lo hacen con el capitalismo (aunque adopte la forma estatal “socialista”, “autogestionaria”, cooperativa…), pues su existencia en cuanto que clase es inseparable del capital, y de su otro polo, la clase burguesa. Deben consolidar su poder anticapitalista y anticlases, no un poder de clase, no su existencia como clase. Así que lo que se suele denominar conciencia de clase proletaria, sólo es correcto si se entiende como liberación de su condición de clase (propia del capitalismo), colectivamente, no por desclasamiento individual (convertirse en autónomo, empresario capitalista, miembro del Estado burgués…). La conciencia revolucionaria pasa por la conciencia de ser una clase en sí (para el capital), clase para sí (contra el capital, pero sin superarlo) y clase “contra sí” que supone la superación de las relaciones capitalistas hasta su raíz. Pero esta conciencia “contra sí” en cuanto que clase, no debe dejarse para cuando el socialismo ya esté consolidado, etc., pues entonces puede ocurrir que en nombre de la dominación de clase del proletariado, de su consolidación de clase, lo que se esté creando sea un Capitalismo de Estado o algo así, aunque se etiquete de “dictadura del proletariado” o “democracia popular”, y al proletariado se le adule mucho en la propaganda, se le ensalce como héroe, dueño y señor y, poco más, se le lleve a los altares. La verdadera dictadura del proletariado es la lucha del proletariado contra la existencia de sí mismo como clase, para pasar a constituir el trabajador colectivo libremente asociado. Por consiguiente, ya en el capitalismo, el proletariado debe conformar (por sus aspiraciones sobre todo, en tanto sus objetivos de momento deban ser más limitados) no un movimiento de clase, sino el movimiento de una fuerza social (colectivo humano de trabajadores/as en lucha) contra el capital y “contra sí”, en cuanto que clase que sólo puede serlo del capital. Esto no es un simple matiz, ni “buscar tres pies al gato”, pues se ve reflejado en la actitud de los trabajadores/as ante el trabajo, el culto que existió durante un tiempo a la condición obrera, el “orgullo de clase”, la magnificación del trabajo como vocación y destino humano que, aunque pretendían devolver a los trabajadores/es su sentimiento de dignidad y autoestima, también sutilmente los ataban a su condición de clase, y su destino a los requerimientos del capital, aunque fuese bajo otra forma (capitalismo de estado, “autogestión”, etc.). Para entender esto mejor y curarse de ello, conviene leer el Manifiesto contra el trabajo http://www.krisis.org/1999/manifiesto-contra-el-trabajo/

Esto sólo es posible aspirando al objetivo final que puede hacerlo realidad –la sociedad comunista y el período previo de transición o socialista- y adoptando el camino estratégico que de verdad conduce a ello. Sin una estrategia correcta, el objetivo final se parece demasiado a las aspiraciones religiosas de una vida beatífica o después de la muerte, o los sueños utópicos irrealizables, y puede convertirse en el nuevo “opio del pueblo” de la clase proletaria. No es conciencia revolucionaria tener un ideal genérico de sociedad comunista pero, para lograrlo, elegir un camino opuesto como son, por ejemplo, el nacionalismo, la división de la clase trabajadora internacional, o sustituir la propiedad privada por la estatal adoptando el Capitalismo de Estado. Por tanto, cuatro componentes fundamentales de la conciencia proletaria revolucionaria son: la crítica al capitalismo hasta su raíz (para no sustituirlo por el Capitalismo de Estado, la “autogestión”, etc.); la autoorganización y dirección por si misma de las luchas a partir de las asambleas, para acabar en los Consejos de Trabajadores que tomarán el poder; la eliminación del Estado burgués (modificado del modo “socialista” daría lugar al Capitalismo de Estado); y la conciencia y práctica internacionalistas como clase internacional, desde hoy (con particularidades nacionales a respetar).

– El internacionalismo proletario suele ser el gran olvidado, cuando es fundamental, pues sólo con una política internacionalista se puede generar la fuerza social proletaria, pues la fuerza sólo puede venir de la unidad internacional, no de la división, enfrentamiento, dispersión, aislamiento, cuando el enemigo, pese a sus conflictos y hasta guerras, siempre ha sido capaz de unirse hasta militarmente cuando de aplastar al proletariado se trataba, pues ahí se jugaba su existencia en cuanto que clase burguesa y el futuro del capitalismo. También porque sólo con el internacionalismo proletario se pueden crear las condiciones mundiales (económicas, políticas, militares) para la superación del capitalismo mundial y del Estado. Recordemos lo dicho antes “la implicación de la clase trabajadora en la guerra imperialista (siquiera fuese obligada y resignada), destruyó su principal virtud y recurso político-ideológico como sucesora potencial de la burguesía y superadora del capitalismo, esto es, el internacionalismo proletario (unidad, solidaridad internacional de toda la clase trabajadora mundial como una sola clase)”. Más adelante veremos como la lucha internacionalista no es algo especial, para luchas extraordinarias y para mañana, sino que ha tenido su tiempo, al alcance de la mano y de un modo muy fácil en los años recientes, en concreto durante la lucha contra las políticas de austeridad en Europa, y sin embargo se ha desaprovechado completamente. Si no se es capaz de aprender de esa lección, mejor nos dedicamos a otra cosa, directamente nos metemos en un agujero y a esperar que nos entierren vivos.

La conciencia proletaria revolucionaria sólo es real cuando es coherente, cuando viene acompañada por una práctica de respeto, cooperación, apoyo mutuo, solidaridad, en el seno de la clase trabajadora, tanto del territorio más próximo, como del otro extremo del mundo, o de culturas y etnias muy diferentes. Pero este comportamiento no atañe sólo al colectivo. Para que pueda darse, aunque un colectivo tenga su propia dinámica psico-social, debe existir en mayor o menor medida en cada uno de sus miembros, lo que exige un alto grado de sentido de la responsabilidad y compromiso social, sentido de la Humanidad como especie y su integración planetaria, sentido de la Historia y del momento histórico, sentido de la vida y del compromiso personal con ella. Claro que nadie es perfecto y que hay grados en la profundidad y coherencia de esta conciencia que, además, no puede nacer ya completa, “armada”, como Atenea de la cabeza de Zeus.

En marcado contraste con lo anterior, podemos afirmar que hoy estamos muy lejos de la conciencia proletaria revolucionaria cuando para grandes sectores de la clase trabajadora europea, de América del Norte y de todo el mundo, ni siquiera está clara su identidad como clase, pues se consideran de “clase media” o antes nacionales de tal país o Estado, que miembros de una clase internacional, cuando debiera ser al contrario: primero miembro de una clase internacional y segundo, de tal país. Del país también, pues el internacionalismo no es indiferente, ni cómplice a la opresión nacional sobre el propio pueblo o sobre otros, no es un cosmopolitismo, ni un globalismo, coartadas de las élites burguesas nacionales y del imperialismo opresor que pisotean los derechos nacionales al despreciar las peculiaridades nacionales (como la lengua) y reducir la capacidad para influir en las políticas que les afectan, que se fijan según la “gobernanza” (lo importante es conseguir gobernar; cómo, es lo de menos), no las reglas de la democracia, por limitada que esté en el capitalismo. El valor de la mercancía y el dinero, en su carácter genérico, abstracto, lo igualan todo (da lo mismo producir racimos de uva que bombas de racimo, con tal de que dé beneficios), y por tanto, también tiende a no reconocer las diferencias concretas existentes entre los pueblos, tiende a homogeneizarlos a través de la mercancía (productos fabricados en cantidades gigantescas para obtener la máxima rentabilidad, y para venderlos hace falta imponer los mismos gustos a todos), en lugar de permitir que se combinen, mezclen, y se depuren también, al ritmo de las necesidades humanas, no de la expansión de la mercancía.

En cuanto a la mentalidad de cada miembro de la clase y la relación con su práctica social y participación en el colectivo de su clase, se aleja tanto más de la conciencia proletaria revolucionaria y su comportamiento coherente, cuanto más autoritaria o narcisista sea su psique, como veremos más adelante.

– No puede haber una lucha revolucionaria que no incorpore en su trayectoria y objetivos la lucha económica (hasta contra la existencia misma del capitalismo) y la lucha política (hasta contra la existencia del Estado burgués sea cual sea su régimen: fascista o el más republicano democrático). Sin embargo, no existe ningún automatismo de escalada entre la lucha por reivindicaciones económicas, políticas y revolucionarias. En el caso de régimen abiertamente dictatorial de la burguesía (fascismos, dictadura militar…), la lucha por reivindicaciones económicas choca con la represión patronal (despidos) y policial, y apunta pronto a exigencias como la readmisión de los despedidos, libertad para los detenidos, libertad de huelga, de asociación obrera, de expresión, de manifestación, etc. que cuestionan la misma naturaleza del régimen, pero que puede desembocar en una democracia burguesa y no en una revolución proletaria contra el capitalismo y su Estado burgués. En España, durante el franquismo y antes de la democracia actual, hubo importantes huelgas generales en la Asturias minera, Euskadi (País Vasco), buena parte de Navarra, y la Cataluña industrial, pese a la durísima represión. Pero no hubo ni una sola huelga general a escala del Estado y menos para cuestionar la propia existencia del régimen. En democracia burguesa, las reivindicaciones políticas pueden llevar a cambios de gobierno, convocatoria adelantada de elecciones, incluso cambio de régimen (de monarquía a república, o dentro de la república, importantes cambios constitucionales…), pero no hay ningún automatismo por el que la acumulación o extensión de reivindicaciones ni económicas ni políticas lleven al cuestionamiento del capitalismo y de su Estado, y a la revolución.

La existencia de huelgas generales, e incluso políticas, pese a su apariencia, puede estar expresando no sólo una táctica a la defensiva de la clase trabajadora, sino orientada a su derrota. Por ejemplo, frente a las políticas de austeridad a cuenta de la pasada crisis, en 2012 se convocaron huelgas generales en Euskadi (26-Septiembre) y posteriormente conjunta en España y Portugal (14-Noviembre, formando parte de la jornada de lucha europea). Sin embargo, ni se mencionó, y por consiguiente, ni se denunció, lo que era el motor de esas políticas austericidas en el ámbito de los presupuestos del Estado, esto es, el tratado europeo TSCG, el pacto europeo PEC, y su aplicación española en la ley LOEPSF (muchísimo más que la generalidad en los términos del reformado artículo 135 de la Constitución), sobre las que trataré más adelante. Esto es como quejarse de los golpes, pero no tratar de quitar al agresor el palo con el que te está pegando, y ni siquiera ser capaz de identificar su arma. Eso era una orientación ciega. Para tener eficacia habría que haber buscado la unificación de todas las luchas, tanto a escala estatal como europea, bajo el objetivo común de derogación de la LOEPSF, y ruptura con el TSCG, el PEC.

Una lucha política, incluso con la participación entusiasta de la clase trabajadora, puede ser contraria a sus intereses. Por ejemplo, luchando por una independencia estatal cuando el Estado va a ser inevitablemente burgués (persiste el capitalismo), y la burguesía tiene la hegemonía del movimiento (esto se sabe ante todo por los objetivos, no por quiénes salen a la calle a exigirlos), lo que se evidencia en que la clase sí hace una huelga por la independencia, pero no está haciendo huelgas generales por sus reivindicaciones propias que chocan también con los intereses de la burguesía independentista, ni contra sus políticas de austeridad, etc., ni cuestiona todo aparato de Estado burgués, incluida la policía “independentista”; y a la vez se están desaprovechando todas las oportunidades para unir la lucha de esa fracción de la clase trabajadora con la del Estado en el que sigue integrada; y para colmo, se están tensionando, por cuestiones identitarias, las relaciones entre sectores de la clase trabajadora, tanto a escala de todo el Estado, como dentro de la nación que se orienta a la independencia (sector – sea minoría, la mitad, o mayoría- muy importante que tiene otra identidad nacional que le lleva a querer seguir en el Estado originario), generando una división que dificulta la lucha común hasta por reivindicaciones económicas.

– Las luchas no deben medirse por sí mismas, sino por su contexto, su dinámica, si apuntan o no a asumir las cuestiones principales de una época. Un objetivo que en un momento histórico pudo tener una importancia extraordinaria, en otro, aunque estuviese pendiente, puede no tenerla, como por ejemplo es el caso de la reivindicación de la jornada de ocho horas. Por ejemplo, es perfectamente imaginable (sobre todo en el futuro) que se dé una huelga general por el aumento de los salarios (como el mínimo interprofesional), etc., y a la vez no se esté cuestionando lo más mínimo la guerra imperialista (con ejército profesional) por el control de recursos como el petróleo, o más discretamente, de producción agrícola o del agua, aunque eso conduzca a la destrucción de otras gentes o a condenarlos a la subalimentación o muerte por hambre. En ese caso, el rechazo a perder nivel de vida o el deseo de mejorarla, no mira cómo se soluciona, cierra los ojos a que sea a costa, no sólo de disminuir la plusvalía que se queda la burguesía, sino de que, para compensar esa pérdida, se empeore las condiciones de vida de otros más débiles para resistir al capital, o peor incluso, de acumular recursos mundiales escasos a costa de privar de ellos a otros. Esto no quiere decir que haya que renunciar a la lucha de resistencia económica, sino que debe completarse con luchas de solidaridad con los más perjudicados y con mayores dificultades para resistir, aunque sean de otros países, y cuestionarse el reparto mundial de la riqueza. Poco nos dicen, en el sentido de un avance revolucionario, el aumento de las luchas por reivindicaciones económicas, incluso mediante huelgas generales, si siempre se deja a un lado cuestiones de una mayor trascendencia que ya no admiten demora, como por ejemplo, el cambio climático, la escalada armamentística, las agresiones militares, el apoyo a dictaduras terroristas, etc.

El aumento de las luchas económicas y políticas es perfectamente compatible con una táctica a la defensiva, con una falta total de iniciativa estratégica (apuntando a la toma del poder y los objetivos finales), con una estrategia abocada a la derrota más completa y destructiva. Ante el ascenso de nazismo, en Alemania, el sindicalismo, los movimientos huelguísticos y el parlamentarismo “rojo” en ascenso, se mostraron impotentes. En Francia, en 1936 hubo importantes huelgas e incluso algunas ocupaciones de fábricas, pero a la vez existía un fuerte espíritu de unidad nacional (tras el Frente Popular), que daría pie a la participación en la II GM con el pretexto del antifascismo para defender el capitalismo colonialista francés.

Incluso la huelga general de masas (como la denominaba Rosa Luxemburg, como el proceso de huelgas y extensión y unificación de luchas de la revolución en Rusia de 1905), aunque rápidamente tienda a dar el protagonismo a la autoorganización proletaria (no sindicatos, sino proceso asambleario, constitución de consejos de trabajadores…), rompiendo las barreras de rama, nacionalidad, etc., extendiendo y unificando todas las luchas, uniendo las reivindicaciones económicas con las sociales y políticas, dando objetivos comunes a todas las luchas…, aunque tienda hacia la escalada en sus metas, necesariamente no desemboca en un movimiento revolucionario, y puede ser víctima de muchas confusiones, astutas maniobras políticas para convertirlo en algo inofensivo para la supervivencia del capitalismo y su Estado y su posterior normalización, bajo la apariencia de participación en el poder o incluso de “toma” del poder, y provocaciones bien estudiadas para aplastar el movimiento de unas masas impacientes, demasiado movidas por sus emociones, la sensación de fuerza de sus concentraciones y acciones multitudinarias, en lugar de por el cálculo sosegado de la verdadera correlación de fuerzas y oportunidad de las acciones. No entender esto es expresión de una concepción espontaneista, economicista, y determinista mecanicista sobre el desarrollo real de la lucha de clases.

– Desde hace un siglo, demasiadas veces se ha dejado pasar el tren de oportunidades preciosas o se han descarrilado cuando podían llevar a procesos muy positivos, incluso revolucionarios. El fracaso de los movimientos revolucionarios surgidos a raíz de la I GM permitió que el capitalismo continuase y nos llevase a la II GM, y de ahí a todo lo que ha venido ocurriendo hasta hoy y lo que nos espera, todavía peor. Nada de lo que ha ocurrido con el capitalismo desde comienzos del siglo XX era imprescindible históricamente, ni necesario para que madurasen las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución, sino fruto de nuestra incapacidad para imponer nuestra alternativa desde entonces. No necesitamos de la crisis climática ni de estar a un paso del apocalipsis para que la revolución esté históricamente justificada, pues ya lo está desde comienzos del siglo XX. Si se hubiese podido hacer antes del estallido y como prevención ante la amenaza de la I GM, tantísimo mejor, y más nos vale que la revolución surja antes de una III GM pues a esa seguramente no sobreviviremos, ni durante el curso de la misma será posible una revolución, pues rápidamente escalaría al nivel nuclear. Posponer la revolución en la decadencia, por un criterio que no sea el de la oportunidad de la coyuntura (el momento político presente), no mejora las condiciones para los movimientos revolucionarios, sino que puede empeorarlas pues podría resultar más difícil en el futuro (ascenso de movimientos autoritarios postfascistas, sociedad de la vigilancia, IAG…) o aumentar el riesgo de que no quedase nada que permitiese una civilización superadora del capitalismo, por no hablar de la especie misma. Desde hace tiempo es tal el grado de desorientación estratégica y táctica, o peor, de desconocimiento básico de la realidad, no por dificultades para conocerla (nulo analfabetismo, todos tienen ordenador y/o esmarfons, publicidad de leyes y tratados, etc.), sino desinterés, que se pierden con demasiada frecuencia grandes oportunidades de fortalecernos en conciencia, autoorganización, confianza en nosotros mismos. Pero lo peor es que tampoco se es consciente de esto, así que se aprende muchísimo menos de lo que se podría, y de esta manera es muy difícil avanzar. Esta falta de inteligencia política no es un problema ante todo de “inmadurez de las condiciones objetivas” o de que no haya madurado lo suficiente la conciencia por falta de tiempo o ayuda. El problema es del “órgano de la conciencia” que, mientras puede, procura ser ciego y sordo, para no “complicarse la vida”; mirarse el ombligo siempre es más cómodo, de momento. Esto nos remite a la estructura del carácter o como queramos llamarla, en particular al ascenso de los rasgos narcisistas de la personalidad con su egocentrismo, individualismo, adicción al placer sin medir bien las consecuencias, e irresponsabilidad social. Y a esto no son en absoluto ajenos los pequeños grupitos que se proclaman comunistas (de una u otra orientación) que alcanzan cotas de incompetencia asombrosas, escandalosas (aunque la falta de inteligencia política no sea patrimonio de esta generación), tanto peor pues por su sectarismo no son capaces de reconocer que otros grupos o incluso individuos, pueden enseñarles algo importante, siquiera puntualmente tener mucha más perspicacia y razón que ellos, y ser humildes y consecuentes. Prefieren echar a perder una oportunidad histórica antes que admitir eso y ser de verdad responsables. Es mejor la autorreferencia a ciertas teorías o puntos políticos, etc., que definen al grupo (ombligismo político) que estudiar de verdad la realidad tal cual es, pues aunque incomparablemente más productivo cara a la práctica política y la transformación de la realidad, siempre es mucho más laborioso y puede resultar incómodo y desequilibrante para el grupo y la seguridad psicológica que sus miembros buscan en la vida sectaria (fuera y con una clase tan débil, hace “mucho frío”), pues puede obligar a revisar seriamente parte o todas sus posiciones teóricas, políticas básicas, y sus prácticas.

– El paso del tiempo en la etapa de decadencia necesariamente no aumenta las posibilidades de victoria y transformación social sino que puede disminuirlas al socavar las condiciones subjetivas y destruir las condiciones objetivas. En cuanto a las condiciones objetivas, destruir las condiciones para la vida material, económica y medioambiental, al desarrollar cada vez más fuerzas destructivas y el lado oscuro de las fuerzas productivas. En cuanto a las condiciones subjetivas, el golpe que para el internacionalismo proletario supuso la implicación en la I GM, dificultó que se levantase como obstáculo para impedir la II GM o darle una salida revolucionaria, y la consecuencia fue sepultarlo todavía más, y desde entonces está de capa caída, al punto de que ya no hay ninguna organización comparable a lo que fueron la I, II o III Internacional (sin olvidar todo lo que en ellas había de negativo). Al transformar negativamente la psique humana (acumulación de derrotas que pesan como una losa, pérdida de la memoria histórica proletaria, moldeamiento de la conciencia humana a los requerimientos del capitalismo, infantilización de las personalidades…), la hace cada vez más incapaz de mirar a la realidad de frente, asumir sus responsabilidades y enfrentarse a retos que se le presentan como un muro insalvable o una ola gigante que arrasaría con todo. Avanzar en el tiempo de la decadencia no es necesariamente maduración, sino pudrimiento, como una manzana alcanza su punto ideal para comerla pero tiempo después ya no se puede. Seguir a estas alturas sin comprender bien esto, supone un desarme teórico-político fatal, letal, pues nos impide sacar un balance adecuado de más de un siglo y hace que mantengamos la guardia baja cuando se nos viene encima las peores amenazas en la historia de la Humanidad; es una muestra más del grado de irresponsabilidad generalizada que se ha alcanzado y que afecta también al rigor teórico de las personas más conscientes y voluntariosas.

La decadencia de la civilización capitalista puede no dar paso a una civilización superior y mejor, sino a una regresión histórica e incluso a la autodestrucción de la Humanidad. Y la principal razón será la ausencia o fracaso de un sujeto revolucionario (protagonista consciente) capaz de liderar el cambio. No se puede contar con la buena voluntad de la burguesía y sus servidores (Estado, militares, científicos del aparato industrial-militar…) pues vienen dando muestras sobradas para sospechar que serían capaces de llevarnos a la autodestrucción total antes que ceder a un cambio radical y superior de civilización en el que dejarían de dominar y hasta desaparecerían en cuanto que clase (no individuos), pues por su propia naturaleza, como representante del polo dominante en la relación social capitalista (el capital frente al trabajo), la burguesía tiende siempre a la dominación de la sociedad, y el Estado representa y representará ante todo sus intereses al tener como su misión garantizar la “estabilidad”, esto es, la reproducción de la sociedad existente (capitalista). En cuanto a la clase trabajadora, si sus aspiraciones se limitan a mejorar su condición de clase, nunca arrancará las raíces del capitalismo, pues su condición de clase es inseparable de la existencia del capitalismo y de la burguesía en el otro lado de la relación. De ahí todo lo explicado antes del proletariado constituido en fuerza social contra el capital y “contra sí” en cuanto que clase social inseparable del capital.

Una característica muy importante del capitalismo es que en su decadencia no libera sin más las fuerzas de su superación, sino que se puede “llevar por delante”, arrastrar en su caída, no sólo las fuerzas productivas que contribuyó a elevar, sino también a las fuerzas sociales (empezando por la clase proletaria) que podrían aspirar a superarlo, que también tienen una faceta de fuerzas productivas (trabajo vivo). Precisamente la guerra es su mayor despliegue de fuerzas destructivas que acaban con las fuerzas productivas humanas o no y los bienes de consumo (duraderos o no). Y esa destrucción de la clase trabajadora no sólo es material (muertos, etc.) sino espiritual (conciencia, unidad, proyecto de futuro superador del capitalismo y su Estado), a través del nacionalismo y la matanza mutua. Por eso, la experiencia de más de un siglo demuestra ya que es equivocada la metáfora de que el capitalismo está preñado de socialismo y que sólo faltaría la revolución como partera de la historia, tanto más porque el capitalismo no puede contener en su interior las relaciones sociales de producción del comunismo, a diferencia de la coexistencia, durante un tiempo, de feudalismo y capitalismo.

La experiencia nazi de los campos de exterminio al modo industrial con las cámaras de gas, los bombardeos de las ciudades alemanas y japonesas con bombas incendiaria y napalm, el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre grandes ciudades japonesas, los millones de muertos provocados por Japón en China, los bombardeos norteamericanos sobre Corea del Norte y Vietnam del Norte, el genocidio de Ruanda, la “limpieza étnica” en la guerra de Yugoslavia, el sufrimiento de los civiles en la guerra Siria, demuestran no sólo la barbarie del capitalismo, sino que el ser humano, en particular en las condiciones del capitalismo, en la búsqueda de la victoria sobre el enemigo, de destrucción, podría llegar fácilmente al genocidio mutuo. Y eso sería posible si se terminase en las condiciones extremas en la que la lucha por la supervivencia se entendiese como la de “todos contra todos”. Grupos armados con misiones de exterminio genocida, similares a los Einsatzgruppen nazis, surgirán sin problema, como champiñones; de todas partes reclutarán voluntarios de sobra, y en particular de grupos como los ultras del futbol, en las organizaciones de derecha y extrema derecha, entre guardas de seguridad, policías y militares, asociaciones de amantes de las armas, cazadores, bandas juveniles criminales a cambio de no ir a la cárcel y obtener botín… O las masas que hayan sufrido graves maltratos, si pueden se tomarán la revancha del modo más cruel hasta con inocentes, como ocurrió al final de la II GM contra los alemanes (prisioneros o civiles de todas las edades) masacrados o expulsados de territorios que no se consideraban ya alemanes. Y eso podría ocurrir con la catástrofe medioambiental (calentamiento global, etc.), el colapso del capitalismo (tendencia a la baja de la tasa de ganancia, déficit de mercados, escasez de recursos materiales para aumentar y mantener la producción al nivel alcanzado…), en concreto, la crisis agrícola mundial por causas climáticas y escasez de fertilizantes…Ya no hay razón alguna para la esperanza buenista. Fantaseamos con las invasiones extraterrestres genocidas, o el apocalipsis zombi, pero hasta la fecha no ha habido peor enemigo para nuestra especie (salvo algunos virus y bacterias) que sus propios miembros vivos.

El balance del capitalismo que hace la mayoría de la población mundial está distorsionado porque los vivos nos aferramos a la esperanza, y los muertos no hablan ni pueden votar, no cuentan y su recuerdo se acaba difuminando en una estadística, y además puede que muchos tampoco hubiesen escarmentado (“todo por la patria”, ¡hasta la eternidad y más allá!). Así que por muchos documentales que se emitan o libros que se editen sobre las guerras mundiales, etc., apenas hay empatía con el sufrimiento de las víctimas, y nos agarramos a la ilusión de “conocer para no repetir”, como si la experiencia de la I GM hubiese servido para evitar la II GM a los que la habían vivido de primera mano, o el genocidio judío para evitar otros como el de Ruanda, o las bombas atómicas sobre Japón o la “crisis de los misiles” de Cuba para llegar al desarme nuclear… Y si los autores de esas obras tampoco establecen la relación entre el capitalismo y esas monstruosidades, no se aprende nada de valor para el futuro, pues las condiciones objetivas para la repetición de aberraciones semejantes siguen sin cuestionarse, ni identificarse siquiera. Pero si hoy apenas hay empatía, sino lo contrario, por los que huyen de África u Oriente Medio y se embarcan en busca de la paz y bienestar europeo, para ahogarse en el Mediterráneo ¿cómo la habría para los millones de muertos que vienen dejando las guerras del capitalismo y que ya son historia?.

Plusvalía y ganancia. Revisión urgente de una teoría necesaria” (9-1-2020) — un planteamiento nuevo de la teoría de la plusvalía — https://kaosenlared.net/plusvalia-y-ganancia-revision-urgente-de-una-teoria-necesaria/

– China es hoy “la fábrica del mundo”. Sin embargo, su clase trabajadora difícilmente será capaz de ser la vanguardia mundial en la asunción de la teoría de la plusvalía aunque esté perfeccionada, pues siendo el Partido Comunista Chino el que detenta el poder, todo lo que tenga que ver con el marxismo y el comunismo estará siendo desacreditado, y el PCCh sabrá ofrecer en su caso una interpretación “correcta” del asunto para justificar su poder. En los países del Este (URSS, etc.) ya ocurrió que la “formación marxista” de masas no sirvió para nada a la hora de luchar contra el Capitalismo de Estado y evitar la deriva al capitalismo privado. Más bien lo que se dio fue un anticomunismo visceral de masas y un rechazo de toda la teoría marxista, e incluso del anticapitalismo en general. Cuando se ha terminado aceptando el capitalismo de mercado (incluso, deseado), quiere decir que no se han sacado las debidas lecciones del hundimiento de los regímenes “socialistas”, y que por tanto de ningún modo estamos inmunizados para volver a repetir algo parecido (paso de capitalismo privado a estatal). Cuando en China comparan su actual nivel de vida en el capitalismo de mercado con el que tenían en el “socialismo”, el primero sale, pese a todo, ganando en su consideración, por lo cual el socialismo no está en su horizonte de aspiraciones, y puede que el pasado “socialista” sea un lastre muy importante para que lo esté en el futuro. Además, las experiencias revolucionarias más importantes de las que necesitará aprender el proletariado chino no las encontrará ni en la historia de China ni de Asia, pues se dieron en Europa.

Pero la debilidad en la teoría no se limita a la de la plusvalía. Existen otros muchos campos imprescindibles de desarrollar, pues estamos muy atrasados con respecto a las necesidades del momento histórico. Para empezar, un análisis y balance serios del fracaso y lo que realmente han sido o son los llamados regímenes socialistas. Esto implica toda una teoría sobre el período de transición del capitalismo al comunismo. Si el comunismo es posible y cómo deberíamos entenderlo (no como el paraíso del consumismo y el hago lo que quiera porque ya no hay Estado). Sobre la naturaleza, características y papel del Estado, si también es necesario en ese período de transición. Sobre cómo se debe entender la superación hasta la raíz de las relaciones sociales de producción capitalistas. Las condiciones para la superación del mercado, con una planificación que no sirva al Capitalismo de Estado, ni tampoco una “autogestión” que reproduzca la ley de la valorización del capital. Aclarar las probabilidades para una transición energética que evite la catástrofe climática y medioambiental, continuando con el capitalismo, o aunque lo superemos. Aclarar si, por múltiples causas, la civilización industrial (bajo cualquier modelo social) es inviable, insostenible, y está abocada al colapso, y las características que tendría el mismo. Qué posibilidades habría de llegar al comunismo a partir del escenario real al que estuviésemos abocados por la crisis de esta civilización. Si fuese sostenible una civilización industrial y que utilizase la inteligencia artificial ¿cuánto sería el riesgo de que emergiese una Inteligencia Artificial General hostil a nosotros? La respuesta a la pregunta ¿qué hacer? sería extremadamente diferente si fuese posible y probable una transición al socialismo ecológico y a un comunismo no consumista, a que fuese inevitable el colapso de cualquier civilización industrial (no sólo la capitalista). Y muchos otros temas. Aparte los estudios históricos que también son importantes para aprender de ellos, pero sin perder de vista que lo más trascendental ahora es mirar al presente y al futuro, más complicado de lo que nunca imaginaron antes los revolucionarios/as.

Conforme a las conclusiones de esto (aunque no sean todo lo definitivas que nos gustaría), si es que todavía tenemos futuro, es inmensa la tarea pendiente de elaboración del programa político, la estrategia y táctica. Una contribución a esa tarea que debe ser colectiva la tenéis en mi libro “Capitalismo: modo de vida decadente. Notas sobre estrategia y táctica” (20-10-2016) – Libro, archivo PDF de 200 páginas — http://kaosenlared.net/capitalismo-modo-de-vida-decadente-notas-sobre-estrategia-y-tactica/ —- Para descargar directamente el archivo pdf — http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2016/10/Decad-capit-estra-tact-EN-PDF1.pdf

Cada problema es importante, sobre todo para quien lo padece, pero esto no puede llevarnos al narcisismo en el campo de la teoría, a la reflexión sobre mi ombligo, mi problema sectorial, mi injusticia particular, y pretender que el mundo gire alrededor de ello, cuando además la marcha histórica en otras cuestiones es determinante, pues en ciertas condiciones el problema podría resolverse fácilmente, y en otras, agravarse al extremo. Por ejemplo, y no quiero que se me entienda mal, para nada niego la necesidad de esa lucha ni su importancia ahora y siempre, pero de muy poco servirá la lucha de las mujeres (y de los hombres) contra la violencia de género, si dejamos en un segundo plano otras cuestiones quizás no tan urgentes, pero sí más trascendentes (con el peligro de siempre de priorizar lo más urgente y postergar constantemente lo más importante, hasta que “nos pilla el toro”), pues es perfectamente asimilable por el capitalismo y su Estado (aunque los fachas de Vox se resistan), puede dar a las mujeres una falsa sensación de reconocimiento y fuerza, pero nos deja igual de impotentes si podemos ir abocadas al colapso de esta civilización o a una III GM (cada vez más probable). Y lo mismo vale para la lucha por aumentos salariales, o lo que queráis, me da exactamente igual. Todo, incluidos nuestros esfuerzos teóricos y prácticos, los pasos tácticos, y las perspectivas de lucha a medio y largo plazo, deben ponerse en su contexto histórico y en su evolución probable, o de lo contrario, si sólo miramos al presente, seremos poco más que agitados pollos a los que les han cortado la cabeza. En este sentido, aunque tiene cosas que no me gustan, es de ayuda el libro “La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora” Daniel Bernabé (Akal 2018, 256 páginas), un llamamiento a la unidad frente a la fragmentación promovida por el actual activismo. Reseñas y video en https://www.akal.com/libro/la-trampa-de-la-diversidad_48986/ , Índice https://www.akal.com/media/akal/files/toc-48986.pdf —- También mi texto “Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados”, para proveernos de un eslogan-marco para orientar y unificar todas las luchas posibles.

El trabajo teórico-político exige un esfuerzo enorme, implicando a muchísimas personas (no es de esperar que surja un genio como, en la física, Einstein), y sobre todo en lo que respecta a la táctica, es imprescindible la práctica de la lucha política y aprender de ella, por tanto, una organización política para el proceso de elaboración de línea política-aplicación-elaboración, aunque no se dedique a controlar el movimiento, sino a presentar propuestas.

Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario capaz de triunfar y sostenerse hasta el final. La teoría revolucionaria y su praxis (práctica transformadora al estar guiada por la comprensión de la realidad, a lo que contribuye con el balance de sus resultados), son conocimiento transformador. La ignorancia y la falsa creencia suponen desorientación, desacierto, fracaso, desmoralización, derrotas totales y aplastamientos. Evitar esto exige leer libros, estudiar, escribir documentos extensos, debatir, llevarlo a la experimentación de la lucha, construir organización para esa elaboración y lucha… Un mundo totalmente diferente del de las performans, los jastak, los tuitts…, de los que se alimenta la reflexión y “práctica” de muchísima gente.

Nuestras fuerzas son escasas, mal orientadas muchas veces, enfocadas a problemas, tal vez importantes hoy, pero muy secundarios y de trascendencia histórica menor, perdiendo un tiempo precioso. Pues precisamente lo que nos falta es tiempo, pues corre en nuestra contra.

Alguna de estas cuestiones las abordo aquí. Y al final de este texto, invito a la lectura de otros que pueden ayudar en algo a toda esta reflexión y elaboración. Añado aquí, como un esfuerzo grande y una aportación muy interesante, aunque no esté de acuerdo necesariamente en muchas cosas de las que plantea, el libro de un español (¡!) José María Chamorro “Capitalismo, izquierda y ciencia social. Hacia una renovación del marxismo” (Gavagai, España, 2019, 581 páginas, tamaño grande, letra pequeña, muy denso).

El internacionalismo proletario es la expresión política de la clase con conciencia de tal, de ser una misma clase internacional, con los mismos intereses básicos, y opuesta a la misma clase mundial, la burguesía y sus estados. El internacionalismo proletario es la expresión más alta de la conciencia de ser el colectivo de trabajadores/as asalariados antagónicos con el capitalismo mundial, de su unidad y solidaridad por encima de las naciones, fronteras estatales, bloques militares… El internacionalismo proletario es fundamental, imprescindible, para poder vencer a la burguesía y sus estados y superar el capitalismo, que es un sistema mundial. El internacionalismo no dispersa nuestras fuerzas sino que, al contrario, las hace mucho mayores, pues el enclaustramiento nacional, estatal…, sólo nos aísla, debilita, y contribuye a envenenarnos con la ideología nacionalista, lo que lleva a mayor división, enfrentamiento por intereses económicos capitalistas y la guerra. No se insistirá nunca bastante en estas ideas, las que hoy en día más se echan en falta, y de ahí nuestra debilidad extrema.

Pero a estas alturas de la historia, sigue sin existir esa conciencia en la clase, y no forma parte de su cultura ni siquiera el conocimiento de que los dos acontecimientos más importantes de la historia reciente, las dos guerras mundiales, no fueron dos guerras entre monarquías y repúblicas, o entre democracias y socialismo contra fascismos, sino guerras capitalistas, inter-burguesas e imperialistas. No se ha sacado la debida lección de los dos acontecimientos más trágicos del siglo XX: su causa última es el capitalismo. Así estamos, así nos va. Esto supone una ausencia total de conciencia internacionalista, una demostración evidente de la falta de conciencia de clase contra el capital. Y sin esto, es inevitable que los trabajadores/as de todo el mundo compitamos los unos contra los otros, que nos pongamos detrás de nuestras empresas, detrás de nuestros estados burgueses en la competencia comercial y en el conflicto bélico. Fue la debilidad y hundimiento del internacionalismo proletario, expresado en la descomposición nacionalista e imperialista de la II Internacional de los trabajadores/as, y los votos de sus partidos a favor (salvo honrosas excepciones) de los presupuestos de Estado para la guerra, lo que permitió que cada cual se pusiese bajo la dirección de su Estado burgués para lanzarse a la I GM. Y de ahí, pese a una leve recuperación de la conciencia internacionalista debido a la revolución rusa, poco hizo falta para volver a caer con la II GM. Sin internacionalismo proletario, estamos condenados, una vez más, sin remedio, en un futuro de gravísimos conflictos internacionales, a la división, falta de solidaridad y enfrentamiento entre la clase trabajadora mundial, hasta la derrota total y la matanza mutua.

La Unión Europea y la zona euro merecen todas las denuncias por su construcción tan deficiente y subordinada (no podía ser de otra manera en el capitalismo) a los intereses de la clase capitalista, con hegemonía en particular de Alemania. Sin embargo ha sido una oportunidad extraordinaria, presentada por primera vez en la historia de Europa (desde las primeras luchas del 1º de mayo, o por la jornada laboral de 8 horas), para forjar lazos de unidad de la clase trabajadora europea con una base de lo más objetiva: la lucha contra la política común europea de austeridad pública impulsada por los tratados y pactos europeos, en particular del Tratado de Estabilidad Cooperación y Gobernanza (TSCG en ingles o TECG) y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, con su límite a la deuda pública al 60% PIB para 2030 y pico y al déficit estructural casi cero para 2020. Existía un extraordinario potencial, sobre todo en España por las características de su aplicación en la escandalosa Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera (LOEPSF) (límite deuda al 60% PIB para el ¡1-1-2020! y déficit estructural cero para la misma fecha), junto con las luchas contra el TSCG en Portugal y muy en especial en Francia. Con el escandaloso plazo de 1-1-2020 para bajar la deuda pública española al 60% PIB, nos lo habían puesto muy fácil en España (sigue sin modificarse la ley en este aspecto). Sin embargo ha sido desaprovechado totalmente, lo que demuestran el pacto de silencio, la claudicación, estupidez e inutilidad tanto de las organizaciones sindicales como de las de la izquierda más radical, incluida a la que más se le llena la boca de “internacionalismo proletario”. Pese a disponer de internet se ha sido totalmente incapaz de acceder a la información de las luchas (manifestaciones y paros) que se estaban dando en Francia contra el TSCG, y difundirlas, lo que sólo cabe calificar de sabotaje o de inutilidad. En el fondo responde a la falta de una orientación internacionalista proletaria que estaría al tanto para aprovechar cualquier oportunidad que se presentase para potenciarlo, incluidos los que no paran de declarase internacionalistas pero fracasan estrepitosamente cuando se les presenta la ocasión en bandeja. Los que en España han dirigido la lucha, la han orientado con el lema de “no al pago de la deuda”, objetivo demasiado ambicioso y que, por el riesgo de crear problemas serios en acreedores internacionales, dificulta la solidaridad y la lucha unida por encima de las fronteras, lucha que estaba centrada correctamente en Francia y Portugal contra el TSCG y la legislación nacional que lo aplica. En España también se ha enfocado erróneamente contra el reformado artículo 135 de la Constitución (prioridad al pago de la deuda), pese a que sólo establece un criterio muy genérico que para ser eficaz necesita concretarse en una ley (como la LOEPSF) como el propio 135 establecía, ley que a su vez concreta un tratado (el TSCG), y cuando parlamentariamente es mucho más difícil echar abajo un artículo de la Constitución que la ley LOEPSF. Con una orientación tan nefasta de la lucha, el resultado era el previsible: no se ha dejado de pagar la deuda, ni derogado la reforma del art. 135 C, y menos la LOEPSF (ni modificado sus aspectos más escandalosos y ridículos), y menos el TSCG y PEyC, ni avanzado en la unidad, por encima de las fronteras, contra la Unión Europea, y mucho menos dado un paso en la dirección de salir de ella (como pretendían algunos de los promotores de la orientación dominante).

Y no pueden alegar que no se le había avisado con tiempo. Con mi orientación podría haberse hecho retroceder la política de recortes, incluso obligado a derogar la LOEPSF y hacer inviable el TSCG y el PEC. Independientemente de lo que se consiguiese en mejoras, lo más importante habría sido romper con la dinámica de aislamiento y nacionalista en la clase trabajadora, avanzar en una perspectiva de unidad proletaria europea como nunca se ha conocido en las luchas desde hace un siglo cuando menos, que se podría haber extendido a otros temas (cambio climático, inmigración, refugiados por crisis climática y guerras – algunas, en parte, activadas con la crisis climática – , etc.) y que es vital para detener la deriva a la derrota total y la lucha de “todos contra todos”, hasta guerrera. Mi eslogan “¡De Lisboa a Berlín, al TSCG demos fin!” recogía muy bien esta orientación, de objetivo común y unión por encima de las fronteras.

Al haber desaprovechado totalmente este potencial, el resultado es el nefasto que cabía esperar: que en España, al no afrontar la lucha contra la loepsf-tscg-pec, y condenándonos al aislamiento nacional, se haya dado un enorme reflujo desde las protestas de 2011 (15-M) y 2012 (contra recortes y jornada de lucha europea y huelgas generales en España y Portugal) que dio paso a un ilusionismo electoral reformista (Podemos, sanchismo del PSOE, “nuevos” ayuntamientos) que ha demostrado su nula capacidad transformadora, contribuyendo así también a la falta de confianza y reflujo; que en lugar de reforzar la unidad de nuestra clase en España orientando la lucha contra cualesquiera recortes con el objetivo común de la derogación de la LOEPSF, y sobrepasar las fronteras uniéndola a la clase trabajadora europea con el objetivo común de acabar con el TSCG, con el abandono de esta vía se ha impedido que a partir del protagonismo de la clase trabajadora con las huelgas generales o sectoriales, sea esta clase la que lidere las protestas de todos los sectores populares perjudicados por los recortes sociales y el austericidio; de este modo, faltando al internacionalismo proletario y el liderazgo de la clase trabajadora, se haya facilitado la falsa salida independentista (con hegemonía de sectores burgueses) en Cataluña con el eslogan de “España nos roba” a la vez que se abandonaba la lucha contra la austeridad en Cataluña, siendo una prueba escandalosa la práctica ausencia de movilizaciones por las pensiones cuando en Euskadi (País Vasco) la lucha ha venido siendo ejemplar pese a tener unas características nacionales diferenciadas todavía más marcadas (lengua no románica ni indoeuropea; Estatuto de Autonomía con Concierto Económico); que parte de la clase trabajadora menos debilitada hasta hoy y más luchadora contra el TSCG, la francesa, huérfana de apoyo en Europa (sobre todo por parte de los españoles, los afectados por una legislación más austericida), se haya debilitado (repliegue en la lucha contra el TSCG, tragar con la reforma laboral “a la española”) y vaya pasando a la ultraderecha del Frente Nacional, o batallando en el confuso ambiente de los “chalecos amarillos”; que en lugar de un frente común en toda España de unidad de la clase y sectores populares contra el austericidio que, esto sí, habría sido capaz de hacer entrar en crisis (a nuestro favor), al Régimen del 78, sin ascenso del españolismo centralizador, e incluso al régimen político de la Unión Europea desde una perspectiva proletaria, hemos asistido a una mayor división nacional de nuestra clase en España tras diversas fracciones burguesas (muy marcada en Cataluña), y en Europa, al ascenso del “euroexcepticismo”, pero de derechas y ultraderecha; siguen el pie el TSCG, el PEC y la LOEPSF cuando podíamos haber acabado con ellos, y ¡ni siquiera se ha denunciado el escandaloso e imposible plazo español del 1-1-2020 para bajar la deuda al 60% PIB!; , Europa sigue siendo un continente fundamental como referente mundial en la lucha de clases (experiencias históricas, derechos democráticos y sociales…), y se ha perdido una gran oportunidad para hacer de esa lucha proletaria un faro para orientar en la ruta a todos los trabajadores/as del mundo, en particular de Europa del Este y EEUU, que se desvían a la ultraderecha, y de China que, como tiene como referente del “comunismo” al PCCh, la mayor farsa de la historia; , en un momento determinado, todos los funcionarios del Estado español, incluidos los miembros de los diferentes “cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado” (policía y guardia civil, militares…), fueron afectados por la congelación de sueldo; hubo incluso alguna ocasión en la que policías nacionales se manifestaron junto a otros funcionarios en protesta; en ese contexto, una lucha muy importante contra la política de austeridad, con movilizaciones de grandes masas a las que no hubiese sido fácil reprimir por su determinación y sentimiento de fuerza gracias a la unidad internacional, y que por tanto se lo hubiese puesto más difícil a la desviación de las preocupaciones fundamentales hacia el eje nacionalista (Cataluña), también habría puesto más difícil la cohesión crecientemente reaccionaria que se ha dado en los cuerpos policiales y militares españoles (gracias a la hiperventilación nacionalista españolista en reacción a Cataluña), observable por el extraordinario ascenso de Juspol (Justicia Policial), el sindicato policial más a la derecha jamás conocido en España (otros policías le llaman “el Vox policial”) que ha desplazado en la Policía Nacional al sindicato hegemónico durante 40 años (el SUP); sectores policiales y militares que en las elecciones políticas han dado su voto al ultraderechista y postfranquista Vox (“La emergencia de Vox. Apuntes para combatir a la extrema derecha española” Miguel Urbán, Editorial Sylone, colección Crítica & Alternativa, página 162); quien no juegue al hiper-revolucionario ultra-radical que sólo ve las cosas en blanco y negro y deprecia el valor de los matices de grises que pueden ser cruciales en el tratamiento inteligente de las contradicciones reales, y quien conozca algo del detalle de cómo son los procesos revolucionarios reales, sabe de la importancia que ya en las primeras horas y días (trascendentales) puede tener, no sólo el origen y características de la crisis política revolucionaria, y la conciencia, organización y combatividad de las fuerzas proletario-populares (determinantes), sino el grado de cohesión, determinación reaccionaria de los diferentes cuerpos represivos, y lo tiene en cuenta (este punto 8 me ha salido muy largo, pero había que explicarlo bien para no dar lugar a malentendidos, y que tampoco generase falsas ilusiones); se ha perdido una excelente oportunidad para forjar desde ya la unidad (empatía, solidaridad, colaboración) de los trabajadores/as europeos (y también con los de otras partes del mundo), que es la mejor forma de inmunizarnos contra el incremento del veneno nacionalista e imperialista que se dará según se agraven las contradicciones del capitalismo y tal vez nos acerquemos a las condiciones de su colapso, en las que el nacionalismo desplegará su rostro más egoísta, criminal y genocida; será entonces cuando, la nefasta política ante este asunto, nos pasará la factura que nos hundirá definitivamente, si antes no sabemos reconocerlo y ponerle remedio.

¡Un balance desastroso y de consecuencias históricas que estamos lejos de haber terminado de pagar!. Lo peor ¡un balance previsible! Se ha preferido desde la izquierda populista y extrema izquierda, políticas utópicas reformistas con respecto a la Unión Europea o la pretensión, llamada al fracaso, de salir de la Unión Europea, que sólo podían ir en una dinámica nacionalista o cuando menos de aislamiento de las luchas y derrota de todos, como así viene siendo. Sin embargo, de lo dicho, lo peor es que difícilmente se remediará más adelante si surge alguna otra gran oportunidad, pues sólo personas contadas con los dedos de una mano son conscientes del desastre, lo que demuestra el grado de desaparición efectiva de la conciencia de clase como clase internacional (empezando por lo más próximo, Europa), y de la necesidad de una estrategia internacionalista que ponga siempre por delante la potenciación de la unidad internacional de la clase, en los hechos, con políticas efectivas que han sido perfectamente factibles a poco que se hubiese tenido interés. Si en el futuro alguien hace un balance de estos años y de la experiencia de la Unión Europea, en lugar de centrarse en el brexit, deberá hacerlo en lo dicho, pues es lo que realmente más nos afecta a escala histórica, en la correlación de fuerzas en la lucha de clases. Es más, si se hubiese hecho lo que se debía y podía, posiblemente hubiera animado a los trabajadores/as británicos a una lucha común contra las políticas de austeridad y recortes sociales junto con los trabajadores/as franceses, españoles, portugueses y griegos… Sin una estrategia para la clase trabajadora europea, de lucha común, solidaria, sólo hay un futuro posible: la derrota más completa y la autodestrucción.

La total ausencia de reflexión sobre esta cuestión muestra la bancarrota de la táctica a medio plazo, bien por plantearse estrategias equivocadas (con mayor o menor peso de criterios nacionalistas, como la salida de la UE o de la zona euro, o de España), o por cortoplacismo o inmediatismo que sólo puede conducir a una derrota total. No se termina de comprender que lo que ocurra en el futuro ya se está decidiendo hoy, que lo que no afrontamos hoy (porque toca), nos debilita, y que cuanto más nos debilitemos ahora menos posible será la “remontada” cuando haga falta un salto más que titánico para ponernos a la altura de las tareas que reclamará la realidad sin posible demora, y porque el curso que tomen ahora los acontecimientos nos lleva, en cierto modo, por una vía u otra (una bifurcación en los caminos), con un desarrollo de la historia posterior, diferente. La inconsciencia sobre esta oportunidad perdida, que ni siquiera exista como problema, es la mejor medida de la esterilidad de las líneas políticas existentes. Los militantes más internacionalistas de las I, II y III Internacional, incluso de la IV trotskista de décadas pasadas, alucinarían si conociesen cómo se está desaprovechando el escenario de la Unión Europa para impulsar la unidad de la clase y su lucha por encima de las fronteras, y lo peor, que ni siquiera seamos capaces de darnos cuenta de lo mal que lo estamos haciendo. Las derrotas más importantes no son necesariamente las más visibles y sangrientas, sino la lucha que se ha renunciado a dar en un momento crítico en el que nos jugábamos dar un salto adelante o muchos atrás; de las primeras puede surgir una bandera, todo mito y ejemplo a seguir, pero de las segundas, ni se tiene conciencia aunque se sufran todas las consecuencias, por lo que ni siquiera se es capaz de aprender nada; y éste último es precisamente hoy el caso. Pese a mi enorme persistencia en la denuncia y explicación del potencial de la lucha y de las graves consecuencias de no hacerlo (confirmadas en los acontecimientos), es vergonzoso que, salvo personas contadas con los dedos de una mano, no se haya hecho el menor caso desde las organizaciones políticas y sindicales, lo que muestra la calidad política de la actual militancia en España, mucho peor que la de las década de los 60-70-80 (franquismo y final de la transición), que tampoco eran ninguna maravilla. Las pruebas las tenéis en mis numerosísimos artículos durante años que demuestran que no estoy hablando por dármelas de lo que no he hecho.

Sin hacer este balance y por ello, orientándose, en cierta manera, en dirección contraria, se está potenciando lo que se llama la política por “la soberanía y el socialismo”. Me remito al dossier incluido en el número de septiembre de 2019 (nº 80) de la revista “El Viejo Topo”. La denuncia que se hace de la Unión Europea es correcta. La UE es una institución supra-estatal burguesa, representante sobre todo de los intereses del capitalismo europeo globalizado. Irrecuperable para los intereses de la clase trabajadora y sectores populares, como lo son también los estados burgueses nacionales (lo que tampoco reconoce esa orientación “soberanista”). Sólo caben algunos cambios muy menores, y como resultado de la lucha popular. El europeísmo de la izquierda socialdemócrata no es más que la justificación “de izquierdas” de ese poder del gran capital sobre todo, y su cosmopolitismo de ninguna manera debe confundirse con el internacionalismo proletario, pues representa ante todo los intereses del capitalismo globalizado. Sin embargo, lo que no debemos hacer es volver a la mitificación de la “soberanía nacional” o “popular”, querer repetir las políticas, socialdemócratas de izquierda bajo el nombre de “comunistas”, que precisamente tuvieron su techo y nos confundieron y debilitaron tanto, abriendo las puertas a la deriva actual. La defensa de los derechos adquiridos debe hacerse denunciando las agresiones que vienen, tanto del propio Estado, como de la UE, atizadas en realidad por los gobiernos nacionales a través de los organismos inter-gubernamentales de la UE (así luego, “lanzan balones fuera”, dicen que no es cosa de ellos, que son unos “mandaos” de la UE, etc.). Pero en vez de creer que lo conseguiremos recluyéndonos cada uno en “su casa”, en su nación-estado (esto sólo lleva al aislamiento y la derrota), debemos lanzarnos a luchar por encima de las fronteras, buscando la unidad, bajo objetivos comunes, de la clase trabajadora y sectores populares de los diversos países de la UE. Con la marcha del capitalismo hacia crisis mucho peores que las conocidas y tal vez hacia el colapso, la educación de las masas en el mito de la soberanía nacional, se transformará en el nacionalismo puro y duro, reaccionario, que tantas veces ha llevado a la guerra bajo una justificación u otra, en defensa de aquella posición aventajada que todavía tenga la burguesía propia, contra otras que reclamen una mayor parte en el pastel, o siendo directamente agresivos para apoderarse de lo que otros tengan. Cuando según el capitalismo, el futuro será de lucha de “todos contra todos” (sobre todo en condiciones de amenaza del colapso multifactorial con escasez de recursos básicos como la energía, el agua o los alimentos), sólo podemos contrarrestar esa corriente y construir una ruta alternativa anticapitalista, si desde ahora ponemos el peso de la defensa de nuestros derechos a través, no del repliegue nacional, sino de la lucha internacionalista por objetivos comunes, que se extienda primero a Europa, luego a otros continentes. De lo contrario, primero contribuiremos a nuestra derrota vía el aislamiento nacional, como ya hemos visto en el balance previo; y en un segundo tiempo, a ponernos detrás de nuestra propia burguesía y Estado, en la lucha de “todos contra todos”, en la guerra comercial y militar.

Esto es lo que hay que hacer en vez de empeñarnos en que la solución está en salir del euro o de la Unión Europea, o en reconquistar las competencias para la soberanía nacional, como si el capitalismo no fuese mundial y el imperialismo no pudiese ejercer enormes presiones sobre las políticas nacionales, tanto más que en las décadas posteriores a la II GM. Todo eso es perder nuestra ruta, invertir mal nuestros esfuerzos y desaprovechar un tiempo precioso que no nos sobra. Incluso la mejor forma de que se pueda ejercer más presión a escala nacional, es la lucha unida internacionalmente que acabe con determinados tratados, pactos, etc. internacionales, que nos perjudican a todos. No debemos perder de vista que sin una fuerte unidad internacional de la clase trabajadora, será imposible resistir a la contrarrevolución internacional contra procesos revolucionarios nacionales, y que la superación del capitalismo es imposible a escala de un Estado, pues precisa de acabar con el capitalismo mundial, con la dinámica competitiva que impone la producción de mercancías, por lo que la soberanía de la clase trabajadora es ante todo internacional o no será.

– El Estado burgués, con su legitimidad democrática, su parlamentarismo, y todo su aparato burocrático, judicial, policial, carcelario, militar…, es un obstáculo formidable a la liberación de la Humanidad. El Estado tiene como finalidad impedir que la sociedad se desgarre por sus contradicciones de clase, debe dar estabilidad al desarrollo de la sociedad (capitalista) y por tanto, garantizar la dominación de clase de la burguesía. En función de esto se encuentra diseñado, con su sistema de representación, jerarquía, división de poderes, características de sus aparatos, selección de personal… El Estado burgués sólo puede llegar a tolerar políticas que sean compatibles con la reproducción del capitalismo y del mismo Estado burgués. Si se intentase llevar desde él políticas socialistas, que serían antagónicas con la finalidad y existencia misma del Estado, su personal las bloquearía, sabotearía, y echaría encima de los gobernantes todo el peso del aparato representativo, judicial (tribunal constitucional, supremo, etc.), policial y militar. Hay mil demostraciones de esto incluso para políticas mucho menos ambiciosas.

En tanto no se comprenda su naturaleza de clase y se confíe en que puede ponerse al servicio de la liberación de la Humanidad, de la revolución proletaria, no podremos prepararnos para librarnos de él y caeremos en sus trampas de “participación” que no puede resolver nuestros problemas, y mantendremos la guardia baja ante la represión a la que sin duda se lanzarán sus aparatos especializados. No hay más que ver la oleada represiva desatada últimamente por muchos países de Latinoamérica, Hong Kong, Francia contra los “chalecos amarillos”… Así como la monarquía absoluta no podía servir a las necesidades de participación y representación de la burguesía, el protagonismo, la participación de las masas trabajadoras, el ejercicio por ellas de su poder, no puede hacerse a través del tipo de cauces que ofrecen los estados burgueses, pues son demasiado estrechos y sólo sirven para ahogar, domesticar, neutralizar esa fuerza transformadora. Los órganos de lucha y representación de los trabajadores/as (expresión máxima, los Consejos de Trabajadores a partir del proceso asambleario) serán incompatibles con la existencia misma del Estado burgués (parlamentarismo, gobierno, magistratura, cuerpos armados…), y si no claudican (desaparecer, convertirse en una “cámara consultiva” subordinada al Parlamento, limitarse a tareas de tipo sindical, o cualquier otro bodrio), se dará un choque total, en el que se jugará la pervivencia de uno u otro modelo de organización política, pues los Consejos deben orientarse hacia la superación del capitalismo y de su Estado, y la finalidad del Estado burgués es garantizar su continuidad y la del capitalismo. El desconocimiento de esta cuestión de la naturaleza del Estado, es una muestra de la debilidad extrema de la conciencia de clase, de su desarme ideológico y político.

– Pequeña burguesía. La decadencia del capitalismo y su actual fase que puede llevar incluso a su colapso y autodestrucción, provocan, por diferentes motivos, la desazón y el disgusto de sectores amplísimos de la población que no pueden caracterizarse como burguesía y sus representantes políticos, ideológicos y represivos en el Estado u otros aparatos “independientes”, y tampoco como clase trabajadora (asalariada) o proletariado, pues no producen plusvalía ni contribuyen a su realización con un sobretrabajo explotado por el capital (como los proletarios/as de la fábricas, la banca, el comercio). Ocupan un estatus intermedio, tanto en la producción (agricultor independiente, artesano, encargado de bajo nivel en una fábrica, técnicos, ingenieros…), como en la distribución (propietario de pequeño comercio familiar), como en determinados servicios (sanitarios, como los médicos) o en tareas de tipo ideológico y cultural marcadas por la burguesía (profesorado, artistas, empleados de medios de comunicación…), gozando a veces de pequeños privilegios (por ejemplo, el estatus de muchos funcionarios de nivel bajo del Estado burgués, comparados con quien no lo es), pero también siendo víctimas de un intercambio desigual con el capital (por ejemplo, el pequeño agricultor propietario de su tierra que trabaja por su cuenta y el esfuerzo de su familia y que se ve obligado a vender su producción al poderoso intermediario o la empresa transformadora, a un precio por debajo de su valor, en tanto debe pagar los insumos por su valor…). Su estatuto jurídico puede ser el de asalariado (de una empresa o un organismo estatal; también el director-ejecutivo de una gran empresa cobra un “salario”) o el de propietario de una pequeña empresa (explotación agrícola, taller artesano, pequeño comercio familiar…), pero su realidad no es igual a la de la clase trabajadora asalariada, ni tampoco del propietario de una mediana o gran empresa que explota el trabajo de cientos o miles de empleados. Pueden estar muy próximos en ingresos y mentalidad al sector inferior de la burguesía (la baja burguesía, a diferencia de la media o alta burguesía a veces denominada oligarquía) que puede tener uno o pocos más empleados asalariados.

Se trata por tanto de una población extremadamente heterogénea que tiene cosas en común, pero más en el sentido de lo que no son que de lo que sí son (la principal, no son ni burguesía ni clase trabajadora), que puede compartir valores (familia que une fuerzas y capacidad para proteger patrimonio común; independencia económica a través de la propiedad o títulos académicos para ejercerlo por su cuenta…), aspiraciones (sobre todo de ascenso social hacia la burguesía, siquiera baja, o por jerarquía en el escalafón de funcionarios del Estado), y posicionamientos políticos muy similares en determinadas coyunturas, pero en otras, fraccionarse y enfrentarse hasta violentamente por su mayor o menor contradicción con el capital y su Estado, o por las peleas entre sus diferentes fracciones. A todo este amplísimo y variopinto sector se le encuadra tradicionalmente bajo la denominación de pequeña burguesía. Se parece bastante a lo que se denomina clase media, siempre que por ésta no se entienda también al obrero de fábrica de cierta cualificación que no tiene la categoría de trabajador/a precarizado y pobre que a duras penas, y ni siquiera con los ingresos de su pareja, consigue llegar a final de mes. Es decir, que no manejemos las subdivisiones por ingresos: pobre, clase media, rico, o baja, media, alta; pues desde el punto de vista científico, no valen nada, y sólo sirven para confundir las cosas, como que muchos infelices se crean que son ya algo especial diferente de los pobres o trabajadores, “clase media”. No se trata tanto de una cuestión de cuantía de ingresos, como de situación en la escala social que tiene en cuenta más factores (sobre todo la relación con el dominio de los medios de producción, sea su propiedad privada, cooperativa, estatal…, la posibilidad de trabajar por su cuenta sin ser un falso autónomo…). Pues un pequeño propietario que atiende solo en una tiendecita de barrio, puede tener que trabajar más horas y ganar menos que un trabajador asalariado fabril, pero su mentalidad será muy probablemente la de la pequeña burguesía a efectos de su respeto por la propiedad privada (aunque la suya en realidad no se parezca en nada a la de un accionista rentista) y posicionamientos políticos (respeto por la autoridad del Estado burgués, nacionalismo, etc.).

Tradicionalmente, la relación de la pequeña burguesía con el nacionalismo ha sido más fuerte que en la clase trabajadora, bien por formar parte del aparato de Estado (como el caso de los funcionarios), bien porque, dispersos y atomizados en su estatus intermedio en las empresas o sobre todo por la pequeña propiedad, adquieren sentido de comunidad sobre todo a través de la identificación con la falsa comunidad de “la ciudadanía”, de “todos por igual” que es la Nación. La pequeña burguesía aspira de entrada, a condicionar los presupuestos generales del Estado para obtener ventajas como funcionarios o ayudas a las empresas de pequeña propiedad (impuestos, límites a la competencia de la gran propiedad…), pero también puede tener aspiraciones de mucho mayor alcance, incluso de política exterior (aunque sea para poder colonizar otras tierras). El nacionalismo permitiría unir a burguesía, pequeña burguesía y proletariado (como si fuesen comunes sus intereses fundamentales), y enfrentarlos a los de otros estados, incluso con la guerra. Por tanto, con el nacionalismo, la pequeña burguesía toma una orientación totalmente opuesta a la del proletariado que ante todo debe ver su comunidad en la clase trabajadora mundial (respetando sus peculiaridades nacionales), para enfrentarse, para empezar, cada uno a su propia burguesía y Estado burgués, y cooperar a tope en la revolución mundial. No es lo mismo un programa contra la opresión nacional, compatible con el internacionalismo proletario (derechos lingüísticos, a la independencia estatal…), que un programa nacionalista (no digamos, cuando además es abiertamente imperialista y supremacista). La pequeña burguesía suele tender a considerarse la mejor expresión del “pueblo” y del “interés y bien común” por representar “el centro”, estar en “el punto medio” de grandes intereses opuestos (burguesía / proletariado), incluso creerse capaz de llevar a la burguesía y la clase trabajadora a la colaboración y conciliación de intereses (“superar” así la lucha de clases), y por no compartir el cosmopolitismo del gran capital globalizado, ni el internacionalismo del proletariado (opuesto tanto al nacionalismo como al cosmopolitismo que no respeta las peculiaridades nacionales, y ambos, dominando sobre la clase trabajadora y sectores populares), que les parece una “traición” a los intereses nacionales de los que ella se cree la mejor representante, aunque finalmente no haga más que beneficiar a otro sector de la burguesía o del gran capital. Por tanto, para ella, “su” Estado ya no sería un Estado burgués, sino un Estado expresión del “bien común” del “interés nacional”, sobre todo si son sus supuestos representantes quienes están en el gobierno y en la cubre de los aparatos de Estado (como en el caso del fascismo-nazismo), aunque la realidad sea terca y por muchas vueltas que le dé la pequeña burguesía “reinante”, la burguesía seguiría siendo la clase dominante en lo económico y por consiguiente también en lo político, aunque ese poder se manifieste indirectamente a través del personal político de la pequeña burguesía “rebelde”.

Fracciones de la pequeña burguesía pueden convertirse en importantes aliadas de la clase trabajadora revolucionaria (cuanto más capaces sean de cuestionar el capital y el Estado burgués), pero en otras coyunturas, las mismas u otras, pueden pasar a ser grandes enemigas. Por ejemplo, con el fascismo y nazismo, grandes sectores de la pequeña burguesía en “rebeldía” contra el orden imperante, se convirtieron en la base social de esos movimientos, y en fuerzas de choque contra el proletariado, beneficiando así sobre todo a los intereses del gran capital y sus proyectos imperialistas. En la II República española y estallada la guerra civil, muchos miembros de la pequeña burguesía se incorporaron al Partido Comunista de España (estalinista y apoyado por la URSS y sus aparatos represivos en España) para combatir a los anarquistas y poumistas (Partido Obrero de Unificación Marxista, sobre todo en Cataluña, y tachados de trotskistas por su relación –muy conflictiva en realidad- con Trotsky) y cualquier pretensión de hacer la revolución social a la vez que la guerra contra el alzamiento militar-fascista-monárquico-clerical (representante de los más poderosos sectores de la burguesía agraria-financiera e industrial) en alianza con el nazi-fascismo alemán e italiano. Así el PCE defendió la pervivencia del capitalismo y del Estado burgués en la zona republicana, jugando un papel contrarrevolucionario complementario del de los alzados del 17-18 de julio de 1936.

En la actualidad, similares sectores de la pequeña burguesía, protagonizan diversas formas de protesta y rebeldía contra el orden existente (determinados populismos, feminismos, ecologismos, nacionalismos…). Todos esos movimientos llevan su sello y confusión (aspectos progresistas pero también utópicos, o regresivos y claramente reaccionarios). Pueden tener muy poco recorrido y fracasar abiertamente ante la oposición de la burguesía y su Estado, y/o convertirse en instrumento de intereses superiores y más poderosos de determinados sectores del gran capital y del Estado burgués. Pueden intoxicar a la clase trabajadora más fácilmente –por su ambivalencia o ambigüedad o demagogia – que los discursos descarados del gran capital. Pero esto ocurrirá en la medida en que el proletariado tenga poca conciencia de sus intereses independientes del capital, esté muy desorientado ideológica y políticamente, esté desunido a escala nacional e internacional, sea incapaz de poner en primer plano su protagonismo y su orientación, y por tanto de ejercer su liderazgo sobre los demás sectores populares. Por consiguiente, el peso no debemos ponerlo tanto en la crítica y la denuncia de esos movimientos (imprescindible cuando las merezcan), como en ayudar a la clase trabajadora directamente en su empoderamiento, lo que la permitirá ser capaz de liderar también a importantes sectores de la pequeña burguesía y por tanto provocar la diferenciación política en esos movimientos y su ruptura con aquellos sectores que se pongan del lado de la burguesía. La crítica y la denuncia a los movimientos pequeño-burgueses, no servirán a un proletariado sordo-ciego y mudo (inconsciente, pasivo, impotente). Cuanto más débil e impotente de liderazgo sea la clase trabajadora, ante el agravamiento de los problemas reales, más tentada estará la pequeña burguesía de “rebelarse” por su cuenta, darles “su” solución, querer jugar a “reinar” sobre la burguesía y el proletariado, para caer –inevitablemente- al servicio de los intereses del gran capital, pues es impotente para levantar otra civilización superadora del capitalismo y su Estado burgués.

Sobre el independentismo en Cataluña, ver la NOTA 12 en mi estudio «“Ética para máquinas” de Latorre. La I.A. psicópata. Llamamiento» (19-11-2019) — un extenso estudio sobre el peligro para la Humanidad de la Inteligencia Artificial General y una orientación política contra ella https://kaosenlared.net/etica-para-maquinas-de-latorre-la-i-a-psicopata-llamamiento/

Que a estas alturas del capitalismo, y dejada ya muy atrás la época del analfabetismo en las amplias masas trabajadoras, tengamos todavía este bajísimo nivel de conciencia y conocimientos (naturaleza de clase burguesa de las guerras mundiales, del Estado, el origen del beneficio en la plusvalía…), muestra que estamos bajo mínimos y que la aceleración en el desarrollo de la conciencia podría no ser tan rápida y elevada como la necesaria (hechos, lucha ideológica y teórica…) como para estar a la altura de la aceleración de los factores de crisis de esta civilización.

Partiendo del nivel tan bajo de conciencia y autoorganización del proletariado y masas populares en el que nos encontramos, su superación es extraordinariamente difícil, cuando estamos faltos de recursos teóricos y se ha perdido casi totalmente la memoria histórica de masas sobre sus más importantes luchas de pasado. Incluso mayo-junio de 1968 y sobre todo la huelga general, aunque se haya conmemorado en 2018 el 50 aniversario, está muy lejos de la memoria viva, conocimiento e imaginario de las masas trabajadoras actuales. La memoria histórica no es importante sobre todo en el sentido de mantener la versión histórica de una fracción de lo que fue el movimiento obrero (sea socialdemócrata, comunista, estalinista, anarcosindicalista, trotskista, consejista…). Es importante porque el conocimiento, siquiera muy somero, de los más importantes jalones de la lucha histórica del proletariado mundial, da sentido de identidad de clase, de continuidad en el tiempo de la lucha internacional, de unas aspiraciones muy por encima del sindicalismo y de las reformas; memoria sin la cual, no hay pasado común, presente común, y menos futuro común, al faltar cualquier referente de las grandes aspiraciones de nuestra clase internacional, por mucho que las experiencias deban revisarse cara al futuro. Es algo parecido a lo que le ocurriría a una persona con amnesia, y que no supiese de sí más que su existencia presente, ignorase quiénes son sus padres, abuelos, hermanos, familia en general, lugar de nacimiento, trayectoria vital, etc., al margen de si tuviese o no que avergonzarse o lamentar determinados momentos de su vida.

Cierto que en el futuro, un ascenso de la clase llevaría a sus sectores más avanzados a buscar inspiración, lecciones del pasado, y tal vez recuperarían la memoria de lo que fuese más conveniente para su lucha (internet podría ayudar en esto mucho, al facilitar el encuentro con documentos de todo el mundo y de hace mucho tiempo). Pero eso supondrá una tarea más, entre otras muchísimas que deberían abordarse en una coyuntura convulsa y con el tiempo histórico-político acelerado, y quienes de alguna manera hemos participado más o menos en este tipo de tareas, sabemos de cuánto tiempo y energías requiere, no sólo individual, sino colectivas, y que muchas veces tanto esfuerzo de estudio para llegar a unas conclusiones lleva a “descubrir el Mediterráneo”, es decir, aquello que en su día, hace décadas, otros ya descubrieron, pero su conocimiento lo sepultó el olvido (con la colaboración de quienes estaban interesados en que así ocurriese) y no consiguió transmitirse hasta las generaciones futuras. Si ahora ya hubiese en la clase una mínima cultura en ese sentido, nos ahorraríamos muchos esfuerzos tanto de conocimiento como de divulgación del mismo. La burguesía acumula y actualiza sus conocimientos en sus instituciones (universidades, “tanques de pensamiento”, partidos, tribunales, militares, policías…) y tienen todo un ejército de expertos en mil materias a los que echar mano cuando les hagan falta. Además, la burguesía y su Estado no se estarán quietos, esperando a que nosotros recuperemos y preparemos todo lo que haga falta hasta estar bien fuertes y tener más opciones de vencerles; siempre que puedan recurrirán a todos los medios necesarios para desbaratar nuestros esfuerzos y evitar que lleguemos a ese nivel, incluida la contrarrevolución preventiva.

– El futuro inmediato del capitalismo parece ligado a un extraordinario impulso de la robótica mediante la digitalización y un salto de gigante en la comunicación de datos (en particular gracias al big data y el “internet de las cosas”). La microelectrónica, impulsada en la producción civil a finales de la década de los 70s (tras sus aplicaciones militares), supuso la entrada del capitalismo, ya decadente desde comienzos del siglo XX, en un nuevo período en el que se acerca ya a su límite interno como modo de producción enfocado al beneficio monetario a través de la extracción y apropiación de la plusvalía para la acumulación del capital en la inversión (aparte el consumo personal de la burguesía). La reducción del trabajo socialmente necesario (aumento de la productividad), aunque por un lado reduce la parte de la jornada laboral que corresponde al salario (aumentando por tanto la que corresponde a la plusvalía), cuando esa reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario para el conjunto de la producción social supone que se utiliza mucho menos trabajo vivo (el único que crea plusvalor o plusvalía), quiere decir que se reduce la fuente de la plusvalía, por mucho que a cada trabajador/a individual se le quiera conservar (o alargar) la jornada laboral en vez de reducirla, e incrementar la producción de mercancías. Aunque la tasa de explotación (tasa de plusvalía o relación entre el tiempo de trabajo no pagado y el pagado) se mantenga o incluso aumente (pero hay un límite de horario al día y fisiológico para que la actividad tenga sentido), al disminuir radicalmente a escala de toda la sociedad el uso de trabajo vivo, la masa global de plusvalía disminuye inevitablemente. El aumento de la producción de mercancías también tiene su límite, pues tendrán más problemas para venderse en ausencia de compradores/as solventes (con dinero), lo que llevará a un endeudamiento masivo, con los consiguientes problemas que acaban traduciéndose por ejemplo en la crisis iniciada en 2007-8. El aumento de la inversión en medios de producción, mucho mayor que en trabajo vivo, lleva a una agudización de la tendencia al descenso de la tasa de ganancia, resultado de la relación entre una masa de plusvalía menor para una inversión de capital total mayor, sobre todo en la parte dedicada a los medios de producción, no al trabajo vivo (plusvalía/ inversión total = % ganancia). Esto supone una dificultad creciente para su proceso espontáneo de acumulación de capital (inversión de las ganancias en la producción para una mayor producción, innovaciones tecnológicas que la permitan, etc.).

Esto quiere decir que las dificultades del capitalismo no se pueden superar a cuenta de alguna innovación tecnológica, de alguna mercancía que sirva de locomotora para toda la producción y para la expansión de los mercados para el capital, como en su día significaron la electricidad, el ferrocarril o el automóvil. Todo aquello se dio cuando para el capitalismo tenía sentido explotar esa tecnología o nicho de mercado pues todavía necesitaba de mucho trabajo vivo del que se podía aprovechar en forma de plusvalía y transformarla en ganancia. Pero ahora cualquier cosa que se produzca pasará por una altísima mecanización y hasta robotización. Puede cambiar muchas cosas (nuevas máquinas, nuevos bienes de consumo que afectan radicalmente a la vida cotidiana…), pero no revitalizará la fuente del beneficio que es la explotación del trabajo vivo. Pues la ganancia no la da una u otra tecnología, un tipo u otro de mercancía (eso forma parte de la fetichización de la mercancía – véase el texto sobre el libro de Anselm Jappe-), sino la explotación del trabajo vivo en la producción de mercancías que vayan a ser compradas.

La creciente digitalización y robotización, y a la vez la producción masiva de bienes y servicios, hacen totalmente anacrónico, injusto, todo el discurso capitalista sobre el trabajo, y también cómo se ha venido viendo desde la clase trabajadora. Imprescindible para comprender bien esto es el texto Manifiesto contra el trabajo http://www.krisis.org/1999/manifiesto-contra-el-trabajo/ .

Con la llamada Cuarta Revolución Industrial, que es la aplicación a la Tercera, del big data y el “internet de las cosas” sobre todo, una mayor digitalización y robotización, supondrá una reducción mayor del trabajo vivo y con ello, una pelea todavía mayor por una menor plusvalía. Al sobrar cantidad de mano de obra y por tanto estar en riesgo su capacidad compradora, la mayor masa de mercancías tendrá problemas para ser vendida, aunque se recurra al endeudamiento. El poder del trabajador/a en la empresa, su capacidad para controlar la producción, se reducirá todavía más al estar subsumido (absorbido, subordinado) por la inteligencia artificial. Sin embargo, el trabajador/a con empleo se verá como un privilegiado comparado con la gran masa de parados o subempleados que subsistirán tal vez como los nuevos proletarios de Roma (“pan y circo”) y que al estar desconectados de las tareas productivas se sentirá más desvinculada del interés por comprender el mecanismo de la plusvalía y del valor, la raíz de esta civilización, y por consiguiente, más desorientada a la hora de saber cómo superarla.

El tiempo de la robotización acelerada que señala la llegada al límite interno del capitalismo, que está en la extracción (en la producción) y la realización (en la venta de la mercancía) de la plusvalía, podrá coincidir con que el capitalismo industrial se encontrará con límites externos a su expansión y continuidad al socavar las condiciones materiales que han venido permitiendo su existencia, si agota o cuando menos reduce tanto las existencias de determinadas materias primas y recursos (petróleo, gas natural, minerales, fertilizantes, agua, alimentos…; más caros por exigir más trabajo para obtenerlos y, al menos durante un período, por el desequilibrio entre oferta y demanda) que la producción se hace imposible o tan costosa que para la misma producción de mercancías las inversiones de capital crezcan tanto y sin embargo el tiempo de trabajo convertible en no pagado (plusvalía) incluyo disminuya, por consiguiente, que la tasa de ganancia (plusvalía / inversión total) baje e inclusive desaparezca, y con ella la dinámica de acumulación del capital (inversión de las ganancias en más producción, innovación…), hasta la motivación para la inversión capitalista si no hay ganancias o se cosechan pérdidas, y por tanto se detenga la producción, desaparezcan los empleos, salarios, impuestos, etc., y con ello llegue el colapso del capitalismo. Pero también, tal vez la imposibilidad de cualquier civilización industrial si se han agotado recursos naturales esenciales o se ha producido un deterioro enorme del medio natural que dificulta su explotación (colapso de la agricultura a cuenta de un cambio climático más fuerte de lo tolerable).

(Ver la sección III y la Nota 2 de Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados”)

El enorme salto tecnológico de la digitalización, informática y robótica están marcados por el sello de la decadencia del capitalismo. La robótica no está planteada como liberación del trabajo, sino como creación de trabajadores/as sobrantes. La informatización e internet (de origen militar), en lugar de favorecer la libertad, se convierten en el sueño dorado del tirano que lo sabe y controla todo de sus súbditos, impidiendo que se le subleven, que se supere esta civilización. La informática orientada a la guerra cibernética podría paralizar las infraestructuras de todo un país (suministro eléctrico, de gas, agua potable…), o de una zona liberada del poder del Estado burgués por una revolución, sometiendo a un asedio total a su población, hasta su aniquilación. La creación de robots asesinos para la guerra (un proyecto real) y la represión, eliminaría el factor humano de la ecuación y por tanto serían imposibles de desmoralizar o persuadir, como puede ocurrir con un miembro de las fuerzas de represión, que en algunos casos, como los soldados no profesionales, puede ganarse a la lucha popular.

El futuro no será el de un superimperialismo a base de empresas transnacionales sin bandera nacional que se repartirían más o menos pacíficamente el mercado mediante oligopolios de rama o de empresas que acapararían diversas ramas de producción, y un debilitamiento de los estados nacionales destinados exclusivamente a proteger esos intereses ante sus poblaciones. La tendencia al aumento de las tensiones internacionales en la lucha por recursos básicos como el petróleo o el agua y la producción agrícola, hará que las empresas capitalistas deban identificarse con determinados estados, al requerir de sus recursos militares para la presión en la guerra económica y, llegado el conflicto, la militar. La tendencia del capitalismo a contraer su base de plusvalía y de demanda solvente, más el agotamiento de recursos primarios (energía, materias primas, agua…), llevará a un retraimiento del capital tras determinados estados que bien pueden ser los de origen de esas empresas u otros, lo que no quiere decir que dejen de tener un comportamiento imperialista. Controlar un mercado mediante barreras arancelarias, volverá a ser una tendencia, una opción para los países más poderosos, pues los más débiles y controlados por las potencias imperialistas no podrán hacerlo. Las contradicciones en el mercado mundial se resolverán también según sea el peso del Estado que esté detrás de determinas empresas o grupos de ellas. La guerra comercial y arancelaria entre EEUU y China no es un anacronismo, sino un anuncio de lo que está por venir.

Ya hoy día aumentan las tensiones militares, pues los acuerdos internacionales de control del armamento nuclear están siendo abandonados por los EEUU o a punto de terminar su plazo de vigencia, y no hay voluntad de avanzar hacia el desarme efectivo, a la vez que están lanzados a una carrera con nuevas armas (misiles nucleares hipersónicos, robots asesinos…) y campos de actuación (guerra cibernética, fuerza militar espacial o sea, en el espacio exterior, como astronautas), para lo que se destinan presupuestos militares crecientes en máximos históricos.

El futuro previsible del capitalismo está ligado, en sus factores internos (límite interno) y externos (límites externos), a contradicciones, retos y derivas que pueden llevar desde la multiforme degradación medioambiental, a la específica catástrofe climática (y consiguiente extinción de muchísimas especies vegetales y animales), crisis energética, de muchos recursos, y el colapso de la propia civilización industrial. En el curso de estas rutas, puede conducir a un agravamiento extraordinario de las tensiones inter-capitalistas, internacionales, que podrían terminar en guerras que a su vez podrían llevarnos hasta la autodestrucción de la civilización e incluso la extinción casi total o total de la especia humana. No hay garantías de que esto no pueda ocurrir, y hay medios de sobra para que ocurra, sólo falta la locura de la desesperación, odio y escalada belicista para que suceda. Recordemos la resistencia hasta el final, autodestructiva, del nazismo ante el avance de las tropas soviéticas en la II GM, y que Hitler entendía, en su visión darwinista-psicópata, que unos alemanes fracasados (pese a sus pretensiones de ser la superior raza aria), que le habrían fallado a él (el Führer), no merecían nada mejor que sucumbir totalmente. Las autoridades japonesas, para decidirse a no demorar más la rendición, necesitaron que los norteamericanos arrasasen sus ciudades con bombas incendiarias y dos bombas atómicas y el peligro de invasión por la URSS. Frente a esto, la clase trabajadora no sólo no dispone de la menor cultura internacionalista, sino que en la deriva a la lucha de “todos contra todos” (sobre todo en caso de colapso inminente del sistema capitalista mundial), fácilmente se dejaría llevar por la unión sagrada con su propia burguesía para intentar sobrevivir aunque fuese a costa de otros pueblos. Esto sería tanto más fácil porque previamente, dada su nula conciencia anticapitalista (en términos del valor, la plusvalía) e internacionalista, habría sido derrotada totalmente, incluso sin necesidad de aplastar procesos revolucionarios.

Tanto la I como la II GM y multitud de otras, nos enseñan que no debemos subestimar lo más mínimo la capacidad de las burguesías y sus Estados para conseguir, bajo una u otra excusa ideológica, etc., la implicación de los trabajadores/as en la guerra, siquiera sea manteniendo la paz social, y en caso de protestas, de impedir que se eleven hasta un nivel demasiado peligroso para el poder de la burguesía. Esa capacidad será tanto mayor cuando menor la conciencia anticapitalista e internacionalista de la que se parta antes del conflicto.

– Los planes represivos de los estados. Desde siempre, y con indicios y pruebas de sobra aunque por su naturaleza sean difíciles de obtener (los estados procuran que se mantenga el secreto de sus actuaciones y más si son de las “cloacas” del estado), los estados de democracia burguesa (por descontando las dictaduras de corte más o menos fascista o militar y con métodos más extremos, hasta genocidas) a través de sus agencias especiales de “inteligencia”, de policía, y en general todos sus cuerpos represivos, incluidos los militares, ante las personas y organizaciones de oposición (por poco peligrosa que sea) se han dedicado a lanzar campañas psicológicas de intoxicación, descrédito y criminalización, vigilar, infiltrar, procurar controlar, crear disensiones internas, provocar, y hasta destruir, y asesinar a sus miembros. Y cuando les ha interesado se han servido de personas u organizaciones de ultraderecha e incluso del hampa, o de los atentados bajo “falsa bandera” (para atribuirlos a otros), para realizar las tareas más sucias de modo que fuese más difícil probar su implicación. Las democracias han impulsado y apoyado todo este tipo de planes también en otros países, incluidos golpes y dictaduras militares; el franquismo gozó del apoyo de los EEUU y muchos otros estados democráticos. Como recordatorio de la historia relativamente reciente del siglo XX, sólo tres casos que han sido plenamente probados (¡vete a saber lo que nunca llegaremos a conocer!): el programa Cointelpro (EEUU 1956-1971 contra la oposición interna), plan u operación Condor (dictaduras del cono sur y otros países latinoamericanos, dirigido por EEUU, década de los 70 y 80, desaparecidos y asesinados), atentado por los servicios secretos franceses del gobierno socialista de Mitterrand contra el barco Rainbow Warrior de Greenpace, con resultado de su hundimiento y un muerto (1985). Este “juego sucio” incluso con la oposición perfectamente legal, sólo puede multiplicarse en el futuro del capitalismo, facilitado por tecnologías que permitirán un tiple salto cualitativo en su efectividad (vigilancia masiva por internet, todo tipo de artilugios de espionaje a cual más difícil de detectar por el vigilado, drones de todo tipo y tamaño…).

– 1984 ha tardado en llegar pero ya casi está aquí, aunque en los detalles sea muy diferente. Antes de la digitalización, los estados, cuando lo consideraron necesario, mediante los encarcelamientos y las matanzas, ya lograron imponer el terror, dejando a las víctimas y sucesores traumatizadas y paralizadas durante décadas. La sociedad de la vigilancia total y el espionaje a todo el mundo, conducirá a un control extremo de las personas, de los movimientos de protesta, permitiendo la más completa intimidación, represión y aplastamiento de la resistencia, tanto más fácil cuando las nuevas generaciones pecarán de ingenuas, ignorantes de las lecciones de las dolorosas experiencias de la lucha de clases, ya muy lejanas en el tiempo o el espacio. Esto seguramente no impedirá completamente las luchas, siquiera sea por desesperación, pero lo más probable es que las debilite y las retrase en su ascenso, al punto de que lleguen sin fuerzas para una batalla final victoriosa. Para reprimir las luchas con pocos agentes y con el menor riesgo personal para ellos ni problema para su lealtad, se recurrirá a nuevos métodos gracias a la inventiva técnica. Los drones (de muy diferente tamaño y aplicaciones) estarán seguramente vigilando desde el aire las manifestaciones y probablemente lanzando gases o incluso balas contra ellas. Las palizas y torturas, las desapariciones y asesinatos selectivos de opositores a manos de agentes oficiales o “escuadrones de la muerte” tolerados o directamente apoyados por el Estado (siendo algunos de sus miembros funcionarios estatales) y protegidos ante los tribunales por la impunidad, se seguirán dando cuando lo consideren conveniente. Es decir, si les parece podrán recurrir a cualesquiera de los métodos de la represión que han sido y han proliferado en el siglo XX y hasta hoy, y que desgraciadamente ya se están olvidando por parte de la gente (memoria política de “pez”), aunque las recientes represiones, en muchos países de Latinoamérica en particular, están refrescando la memoria y desenmascarando la realidad represiva tras las fachadas de la democracia.

Sin embargo, pese a todo lo que ya sabe la gente sobre la vigilancia escandalosa a través de sus móviles, aparatos de televisión inteligentes, etc., se toma con fatalismo, resignación. No se ha convocado ni una sola manifestación en el mundo (que yo sepa) contra esta sociedad de la vigilancia, exigiendo responsabilidades a las empresas de internet, fabricantes de aparatos, y a los Estados por servirse de todo eso para espiarnos. Cuanto más se tarde en reaccionar, más difícil y arriesgado será hacerlo, pues más fuertes se habrán vuelto ellos. Una muestra más de la irresponsabilidad y falta de visión del futuro de esta generación. Perfectos candidatos para la derrota definitiva y convertirse en los siervos del mundo 1984 o de la Inteligencia Artificial General psicópata.

No hay una ninguna relación automática entre crisis económica y avance en la conciencia anticapitalista comunista. Así lo han demostrado, entre otras, la crisis de 1929, la iniciada de 2007-8. Tampoco habrá ningún automatismo en las futuras crisis, todavía más graves y terminales. Tampoco hay ninguna relación automática entre aumento de las tensiones entre estados imperialistas y mayor conciencia internacionalista; más bien al contrario, el aumento de los conflictos es posible en parte por la escasa conciencia internacionalista. El comportamiento general durante la I Guerra Mundial y sobre todo II GM, y los posteriores conflictos (Corea, Vietnam, Oriente Medio, etc.), lo demuestra. Dejadas a su tendencia espontánea, las crisis tienden a debilitar a la clase trabajadora en su resistencia con el capital (miedo al paro, menor capacidad de presión…), y a reducir su internacionalismo ante las exigencias de la competitividad internacional (“mi” empresa o “mi” nación se salvará aunque sea a costa de llevar a la ruina a otras), y el aumento de las tensiones inter-imperialistas con los riesgos de guerra (comercial o militar). Salvo que me equivoque y haya algún caso muy excepcional, desde 1945 no ha existido ningún movimiento huelguístico solidario de la clase (en las empresas) contra el colonialismo y las intervenciones imperialistas de su país en el extranjero (Indochina, Vietnam, Argelia, Cuba, Chile, Granada, Oriente Medio…).

La crisis iniciada en 2007-8, pese a su virulencia en algunos países, no ha dado lugar al desarrollo de la conciencia anticapitalista (no confundir con la denuncia del neoliberalismo, sistema financiero, gran capital, la Troika…) y el cuestionamiento del Estado burgués (salidas reformistas). En la crisis de 2008, la culpa no la habría tenido el capitalismo, sino a lo sumo el neoliberalismo (bastaría con volver al keynesianismo), o mejor incluso, la burbuja especulativa inmobiliaria y financiera de los bancos desregulados (bastaría con una regulación del sistema financiero), o mejor todavía, esos pobres que vivieron por encima de sus posibilidades al comprarse una casa cuya hipoteca no podrían pagar (bastaría con una política de austeridad y trabajar más duro). La crisis de la década de los 70 tampoco se habría debido a que al capitalismo se le había agotado el efecto de la cataplasma keynesiana y se acusaba la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, sino porque los países petroleros subieron el precio del petróleo.

El gas natural no es sólo una fuente de energía, sino la principal para la producción de los abonos nitrogenados imprescindibles en la agricultura, por lo que su agotamiento (ya se otea) nos estrangularía por dos vías. Según informe anual de la Agencia Internacional de la Energía, publicado en noviembre de 2018, para 2025 se podría desencadenar una gran crisis debido a un importante déficit en la producción petrolera. Leed http://crashoil.blogspot.com/2018/11/world-energy-outlook-2018-alguien-grito.html

El petróleo no sólo es una fuente de energía fundamental para esta sociedad, sino parte importante de numerosos procesos productivos (pesticidas para la agricultura) y de infinidad de bienes de consumo. Su escasez provocaría un ascenso importante de los precios, una retracción de la demanda, un descenso de la producción de bienes de equipo y de consumo, una recesión de dimensiones mucho mayores que la de la década de los 70. La implantación de las energías renovables no puede compensar esto, de entrada, porque sólo aportan energía, no materias primas. Ello puede suponer el inicio del proceso de colapso de esta civilización con todas sus tensiones internacionales y guerras.

¿Semejante crisis llevaría inevitablemente a la toma de conciencia anticapitalista? La burguesía y sus estados echarían la culpa a las empresas petroleras o a los países petroleros por falta de previsión, y los últimos, al consumismo de los países ricos, etc. Los partidarios del decrecimiento dirían que la culpa la tiene la dinámica de crecimiento ciego del capitalismo. Los más radicales lo achacarían a su búsqueda incesante de beneficios. Pero no se iría al fondo del asunto y no se cuestionaría de verdad el capitalismo si no quedase establecido que los beneficios son, en última instancia cuando menos, plusvalía (plusvalor del trabajo no pagado) y que la inversión del beneficio (no sólo del capital invertido recuperado con la venta) tiene como objetivo obtener más beneficios que en el ciclo anterior, que deben lograrse, a fin de cuentas, del trabajo asalariado, y que a esto se ven empujados por la competencia entre las empresas. De este modo, de una manera u otra, la burguesía conseguiría desviar la frustración hacia donde le interesase (formas de propiedad estatal, cooperativismo…, que no escapan a las leyes del capitalismo), desactivando el riesgo de revolución. Y entonces pagaríamos la factura de todo el trabajo político que previamente no se ha hecho por no asustar con el radicalismo, por comodidad, desidia, no hay prisas, etc.

Esta crisis, que habría sido previsible desde hace décadas, mostraría que la dinámica de crecimiento del capitalismo es contraproducente, y que el capitalismo es una civilización decadente al mostrarse incapaz de detener su marcha destructiva ni de potenciar alternativas a tiempo, pese a las previsiones. También sería una muestra más de la actual crisis a todos los niveles de la clase trabajadora y sectores populares más próximos a ella, y en particular de la actual generación joven que, teniendo muchísima información a su alcance, no ha querido responsabilizarse, prepararse para afrontar estos tiempos que son los que le ha tocado vivir a ella y su descendencia.

– El instinto de supervivencia no es anticapitalista, revolucionario. Es un instinto individual y no colectivo. No existe un instinto de conservación que sea capaz de salvarnos. Las guerras mundiales, las dos bombas atómicas sobre Japón, la “crisis de los misiles” (Cuba 1962), no originaron ningún movimiento de masas para detener la marcha hacia la guerra, ni evitar el conflicto nuclear. Sólo hubo algo semejante con motivo de instalar EEUU y la OTAN misiles atómicos en Europa (“euromisiles”) a comienzos de los 80, todavía en la guerra fría con la URSS, o a otra escala mayor en 2003 cuando EEUU iba a la guerra para invadir Irak con el pretexto de las inexistentes “armas de destrucción masivas” de Sadam Husein. Con los medios actuales se puede dar una escalada rápida de la guerra hasta la destrucción total, sin que dé tiempo para generar un movimiento de resistencia efectivo. Recordemos que pasaron más de dos años hasta que aparecieron los movimientos que pudieron frenar la I GM.

El instinto de supervivencia se convierte en una lucha contra todos por sobrevivir, cuando no sirve de nada la experiencia de las ultraderechas y fascismos (mil veces contada), y gente de la clase trabajadora o sectores populares empobrecidos, que antes votaron a la izquierda, apoyan a la ultraderecha y grupos neo-fascistas o neo-nazis. Es más, el instinto individual de supervivencia nos puede conducir directamente a la destrucción. A veces por la senda de la esperanza sin un fundamento serio: “la cosa no puede empeorar mucho más, ni seguir así por mucho tiempo, mejor esperar”, “mejor no luchar ahora pues en el futuro seguro que tendremos ocasión de hacerlo con mayores probabilidades de vencer”, “espero tener más suerte que otros”, cuando ocurre todo lo contrario, a peor y más débiles, y aunque algunos sobrevivan, muchísimos más perecerán. Si bien perseguir lo mejor, cuando es prácticamente inalcanzable, es enemigo de lo bueno conseguible, la dinámica de renuncias por el “mal menor” acaba siendo la amiga de lo peor. Por la senda del “mal menor” del “posibilismo” hasta que ya no queda nada que salvar y ya seamos incapaces de salvarnos incluso a nosotros mismos, como el recorrido de los judíos desde las medidas discriminatorias y la no resistencia, por miedo, sentimiento de impotencia y en “evitación de males mayores”, hasta las cámaras de gas nazis. Por la vía del “cada uno por lo suyo, sálvese quien pueda” que conduce a la impotencia total, colectiva e individual, frente a una fuerza organizada, y que acaba en el “de divididos a vencidos”.

Pero además, puede surgir un impulso de muerte (no “instinto de muerte”) cuando la psique humana se ha desequilibrado, empujándola a la destrucción de la vida ajena y también de la propia, sin obtener de ello más ventaja que la búsqueda de un equilibrio interno perdido, siquiera sea con la propia muerte. Una civilización deshumanizada, incapaz de ofrecer una comunidad que satisfaga las necesidades de aceptación, reconocimiento, pertenencia, seguridad, cooperación, búsqueda de sentido, creación de un destino común…, puede conducir a expresiones masivas de ese impulso de muerte que se expresarían en comportamientos crueles (empezando por el acoso escolar….), violencia gratuita, suicidios tras matanzas, etc., y una tendencia a la guerra genocida y temeraria hasta para la propia supervivencia (con tal de acabar con el enemigo, lanzarse a un ataque suicida; recordemos los kamikaze japoneses –aunque muchos eran menos voluntarios de lo que se decía-, o la inmolación de los terroristas yihadistas).

Si hemos llegado hasta este estado es, también, porque va acompañado de la infantilización de las masas, de corte narcisista, su deseo de consumismo, irresponsabilidad ante los problemas sociales, “rebeldía” transgresora de ciertos límites (costumbres, etc.), pero respetado absolutamente los límites del Capital y de su Estado, supuesto antiautoritarismo, pero sumisión al autoritarismo real del capital y del Estado, combinación de sentimiento de impotencia social y de omnipotencia infantil (con un clic de ratón puede hacer que llegue a casa una mercancía fabricada a miles de kilómetros), que pese a haber dejado muy atrás el obstáculo que el analfabetismo es para el conocimiento, muchas veces y en asuntos de importancia, no quieren saber la verdad, o sabiéndola hacen como si no supieran o admitiendo que saben, no son para nada consecuentes con ese conocimiento, aunque eso no suponga un riesgo importante para ellas. Un tipo humano que ya ni se atreve a imaginar que “otro mundo es posible” cuando debiera asumir que otro mundo (superando el capitalismo) es necesario, imprescindible, si queremos salvarnos; y que sin embargo se entrega fácilmente a las fantasías más apocalípticas e improbables, como la de los zombis (además, reaccionaria, por destructiva de la confianza mutua) o la invasión de una especie extraterrestre. Un tipo humano así, no permite albergar muchas esperanzas de que sea capaz de salvar a la especie de su autodestrucción o una gigantesca regresión en sus logros. Esto ya demuestra que es una civilización decadente, aunque no se la pudiese sustituir por algo mejor, y condujese a la destrucción de la Humanidad.

Para comprender el porqué y el cómo de la expansión a nivel de masas de los rasgos narcisistas de la personalidad y sus causas profundas en el capitalismo, es imprescindible el libro de Anselm Jappe “La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción” (Pepitas ed. 2019, febrero 2019), al cual, celebrando su primer aniversario de publicación, he dedicado un extenso documento, al que remito al final de éste. Para ilustrar cómo se manifiesta esto, de un modo fácilmente accesible, sobre todo para la gente joven, me viene muy bien que este mes de febrero de 2020 se cumple el 40 aniversario del comienzo del fenómeno cultural llamado la “Movida” (en particular, la madrileña), tras el concierto homenaje a Canito (fallecido, batería de un grupo musical) el 9 de febrero de 1980 https://es.wikipedia.org/wiki/Movida_madrile%C3%B1a . Conviene conocer cómo la Movida fue, aparte algunos méritos artísticos, como la “inyección en vena” de un “pico” de “droga dura” de mentalidad narcisista, individualista, frívola, adanista, amnésica históricamente, “cosmopolita” anglófila, pija y yuppi aunque estuviese disfrazada de punk, irresponsable socialmente, consumista, y aficionada a las drogas más desaconsejables. Porque huía del conflicto social real, del cuestionamiento del poder económico y político, y abrazaba la “modernidad” capitalista, fue impulsada por el PSOE en el gobierno municipal y central, con la ayuda de medios de comunicación como El País y RTVE, para romper con la dinámica de responsabilidad social y compromiso político que había existido en buena parte de la juventud (de modo desigual según sectores sociales y territorios del estado) a finales de la década de los 60s y durante la década de los 70s, y marginar del todo a los cantautores de contenido social y político (como el español Luis Pastorhttps://www.cancioneros.com/co/120/2/que-fue-de-los-cantautores-por-luis-pastorhttps://www.cancioneros.com/aa/1500/0/canciones-de-luis-pastor ) y acabar con el tejido asociativo en los barrios, también en su modo de organizar autónomamente sus fiestas. Para su comprensión viene bien el libro de Víctor Lenore “Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80” (Akal, 2018, va por la 2ª edición) — https://www.ruta66.es/2018/11/papel/espectros-de-la-movida-akal-victor-lenore/ . Interesante el programa de La Sexta Columna (la 6ª televisión) https://www.atresplayer.com/lasexta/programas/lasexta-columna/ del 7-2-2020, titulado “40 años de la movida: la cara b” (pero hay que apuntarse para verlo). La valoración que hoy hace rtve con videos de del concierto homenaje y de la época http://www.rtve.es/noticias/20200209/movida-madrilena-cuando-espana-dio-salto-del-blanco-negro-color/2000000.shtmlhttp://www.rtve.es/alacarta/videos/popgrama/popgrama-concierto-homenaje-canito-nacimiento-movida-madrilena/5505344/ —— Entrevista en Mundo Obrero a Víctor Lenore: “La movida fue un movimiento político, militante, dogmático y panfletario en defensa de la sociedad de consumo” https://www.mundoobrero.es/pl.php?id=8184 . Entrevista al periodista musical Víctor Lenore, autor de “Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80” (Akal) “El rock radical vasco y la rumba de barrio encarnaron los valores opuestos a la Movida” https://www.rebelion.org/noticia.php?id=252223 —— Entrevista en Cuarto poder https://www.cuartopoder.es/cultura/2018/12/11/lenore-almodovar-me-parece-muy-talentoso-pero-politicamente-es-lo-mas-reaccionario/ —– Entrevista sobre la Movida y sus equivalencias narcisistas hoy — “La movida fue realmente una continuación del franquismo” —- https://www.vice.com/es/article/ev35nn/victor-lenore-espectro-de-la-movida-entrevista —– Para la actual cantera cultural del narcisismo como modelo para la adolescencia, la juventud, un muestrario en “La dictadura del videoclip. Industria musical y sueños prefabricados” de Jon E. Illescas (El Viejo Topo, 2015, 600 páginas) https://www.elviejotopo.com/libro/la-dictadura-del-videoclip/ – entrevista — https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-dictadura-del-videoclip/ — y del mismo autor y en la misma editorial, y sobre el efectos en la infancia y adolescencia “Educación tóxica. El imperio de las pantallas y la música dominante en niños y adolescentes” (2019, 438 páginas) https://www.elviejotopo.com/libro/educacion-toxica-el-imperio-de-las-pantallas-y-la-musica-dominante-en-ninos-y-adolescentes/ y los audios https://www.ivoox.com/dictadura%20del%20videoclip_sb.html?sb=dictadura%20del%20videoclip —- https://www.ivoox.com/armas%20de%20sumisi%C3%B3n%20masiva_sb.html?sb=armas%20de%20sumisi%C3%B3n%20masiva —— https://www.ivoox.com/Jon%20E%20Illescas_sb.html?sb=Jon%20E%20Illescas

La Movida y fenómenos similares, demostraron ser profundamente regresivos (lo es el narcisismo), tanto en lo político-social, como en cuanto a madurez psico-personal, tras la fachada de seguridad y de “comerse el mundo”.

La cosecha. Elaborado en 1995 a petición del CSIC, dependiente del gobierno del PSOE (Felipe González), pero guardado en un cajón para no ser difundido (por su demoledor análisis), el llamado Informe Petras (encargado al sociólogo norteamericano James F. Petras), en su detallado análisis (véase “La nueva generación” página 31, “Conclusiones” página 49), muestra los estragos en la condición proletaria que fueron posibles gracias también a la debilitación de la conciencia, y del compromiso político a la que contribuyó también el narcisismo y la irresponsabilidad tan bien reflejadas en la Movida (madrileña en particular). No digo que la Movida fuese la causa, sino que refleja muy bien esa mentalidad y actitud ante la vida, y la fomentó entre la adolescencia y la juventud, contribuyendo a desarmarlos todavía más para enfrentarse a la dura realidad del capitalismo. https://plataforma.quieroauditoriaenergetica.org/blog/14-categoria-blog-1/304-informe-petras —- otro https://web.archive.org/web/20150405135130/http://www.jose-fernandez.com.es/wp-content/uploads/2013/06/informe-petras.pdf —- otro https://www.inventati.org/ingobernables/textos/anarquistas/informe-petras.pdf . Y desde entonces, todo ha ido a peor en el mundo del trabajo.

Aquí remito a las secciones IV.- El autoritarismo sigue aquí y también la naturaleza humana. Las dimensiones del narcisismo. V.- La pinza entre el autoritarismo y el narcisismo, amenaza nuestra supervivencia de «“La sociedad autófaga” de Jappe. Capitalismo y narcisismo» (6-2-2020) – una presentación y comentario extenso del libro de Anselm Jappe, destacado miembro de la corriente llamada de la “critica del valor” (wertkritik en alemán) – https://kaosenlared.net/la-sociedad-autofaga-de-jappe-capitalismo-y-narcisismo/

Si ya llevamos un enorme retraso en la adecuación de nuestra comprensión y movilización a los retos cada vez más difíciles que se nos presentan, lo más probable es que, ante su agudización extrema (no hay más que ver la aceleración de la crisis climática), se acabe reaccionado demasiado tarde, con debilidad, confusión, desorientación, de modo muy deficiente tanto en lo teórico como en lo práctico, e incluso al modo más reaccionario como lo único “realista” y “útil” dadas las circunstancias de cierre a las posibilidades de una victoria revolucionaria. Si se percibe que en la marcha a la crisis total, multifactorial y el colapso de la civilización industrial no hay bienes para todos, que conservar lo fundamental de mi nivel de vida es imposible con un reparto menos desigual, entonces se sentirá justificada la lucha de “todos contra todos”. Pero no será el simple caos. Si no puedo vencer a mi enemigo, uniéndome con él tal vez consiga algo aunque sea a costa de la miseria y supervivencia de otras víctimas, condenadas a la desaparición.

En la escalada de agresiones mutuas y deseo de aniquilar al enemigo antes de que él lo haga, y la búsqueda desesperada de poner fin al propio sufrimiento, aunque sea con la muerte, nuestra especie puede llegar a suicidarse gracias a las armas de destrucción masiva de las que ya dispone y las novedosas que seguro surgirán. A escala individual, ya vemos repetidamente el caso del hombre que se suicida tras matar a su esposa e incluso hijos pequeños.

La emergencia climática, por todo el mundo, está motivando a una nueva hornada de jóvenes y adolescentes, inspirada sobre todo en el ejemplo de la joven sueca Greta Thunberg, a lanzarse a la calle exigiendo que los gobiernos tomen de una vez medidas serias para evitar un escenario desastroso tanto para los seres humanos como para muchas especies animales y vegetales. Sin duda este despertar es un fenómeno positivo y permite albergar alguna esperanza en que todo no esté ya perdido. Pero aunque lancen eslóganes contra el capitalismo (incluso en la pancarta a la cabeza de alguna de sus manifestaciones, me ha parecido ver), esa denuncia corre un altísimo riesgo de quedar en un eslogan que sustituya el término “sistema” por el de “capitalismo”, pero sin asumir más allá, pues no hay comprensión del capitalismo sin comprensión de su mecanismo más básico, la valorización del capital a través del beneficio que no es otra cosa que trabajo no pagado o plusvalía. Hoy precisamente, desde el siglo XX, es el momento histórico en que está menos asumido ese conocimiento. Íntimamente relacionado con ello tenemos la incomprensión de la naturaleza del Estado burgués, garante ante todo de la valorización del capital. Por eso, en vez de ver en él un obstáculo como el capitalismo mismo, pese a las duras críticas que lanzan a los dirigentes políticos, las esperanzas se depositan en la labor de los buenos políticos responsables con conciencia ecologista, aunque burguesa. En suma, en los defensores de un “capitalismo verde”, que nunca garantizará una justicia medioambiental o climática, y que tampoco solucionará el problema por sus compromisos con el resto del capital y su defensa común del Estado burgués. De aquí que no debamos sobreestimar una manifestación de miles de jóvenes porque se hayan colocado en su cabeza quienes portan una pancarta que denuncie el capitalismo por degradar el clima, pues detrás de ella no hay miles de jóvenes con una conciencia anticapitalista y anti-estado burgués. El movimiento está tan “verde” que muy fácilmente puede ser recuperado por fuerzas del capitalismo “verde” y políticos reformistas. Que no le da miedo al capital ni a sus estados lo prueba el apoyo extraordinario que tiene en los medios de comunicación (de la burguesía), y su acceso a la tribuna en las más altas instituciones representativas de los gobiernos y estados, como la ONU, o las facilidades que se les dan en los centros de estudio para que hagan un día de protesta sin acudir a clase. El resultado más seguro de este movimiento, si no se supera radicalmente y a toda velocidad (cosa harto improbable), es que consiga bien poco y que por tanto hayamos seguido perdiendo un tiempo precioso, y lleguemos demasiado tarde a la última oportunidad de hacer algo serio y positivo para evitar una espiral de desastres. Y la frustración no dará paso necesariamente a una crítica mayor del capitalismo, sino quizás a la lucha de “todos contra todos”, por la supervivencia, en un mundo todavía más complicado y de condiciones adversas. Esa deriva es imposible de evitar si esos jóvenes que se movilizan siguen marcados por los rasgos de personalidad perniciosos (autoritario y sobre todo narcisista), contra los que deberán luchar en un ambiente que no es favorable a su superación, dada la postración de la clase trabajadora.

Los sectores de la burguesía que no están anclados a las energías fósiles, ven en la lucha contra la crisis climática una oportunidad para nuevas inversiones y beneficios, y también la escusa “verde” para nuevas medidas de austeridad para la clase trabajadora y sectores populares, vía supresión de subsidios, aumento de precios, nuevos impuestos, restricciones al consumo, etc. Medidas que no son las que la clase trabajadora tomaría, necesaria ni principalmente, para una transición energética y adaptación con justicia. Para colmo, quieren utilizar el asunto para lavarse la cara frente a otras potencias capitalistas más reticentes a tomar medidas, y eso sería un primer paso para la justificación de futuras guerras comerciales y por un nuevo reparto imperialista militar del mundo: “tenemos derecho a arrebatarles recursos a quienes los utilizan para aumentar la crisis climática”. Lo que se agudizaría sobremanera en caso de llegar al colapso del capitalismo.

Si en su momento se hubiese ligado la lucha contra el austericidio con la lucha contra el cambio climático en base al objetivo común de luchar contra las limitaciones en el endeudamiento público fijadas en el TSCG y Pacto de Estabilidad y Crecimiento (empezando por la española LOEPSF), que no sólo recortaban el gasto social, sino que reducían también las posibilidades de la actuación de los gobiernos en el problema mediante la emisión de bonos del Estado destinados a ese fin, se habría creado una dinámica europea más popular y proletaria contra la emergencia climática que la ahora existente centrada en los adolescentes y jóvenes estudiantes, y de seguro que la correlación de fuerzas ante el problema sería ahora mucho mejor.

Que esa orientación que aporté en su día era correcta lo confirma el hecho de que últimamente cada vez más gobiernos (de estado o territoriales) emiten, con los llamados “bonos sostenibles”, deuda con el objetivo de ayudar a financiar la lucha contra el cambio climático. Pero nuestros “lúcidos” estrategas de izquierda, revolucionarios y ecologistas fueron incapaces de reconocerlo pese a las advertencias, dejando pasar (por enésima vez) una extraordinaria oportunidad.

Otra cosa es la cuantía, la orientación concreta de esas inversiones y su efectividad, asuntos que también se podrían haber entrado a cuestionar (no se trata tampoco de dar un cheque en blanco al Estado y sus bonos y a los objetivos del capitalismo “verde”). Pero lo más importante en ese momento (ya 2012 o 2013), lo que habría permitido ¡por fin! dar un enorme salto (y que ahora nos encontrásemos mucho más fuertes) era arrancar con el problema de modo que amplias masas lo asumiesen, ligar la cuestión ecológica a la lucha de miles de personas por cuestiones sociales, en un frente común, y politizarlo directamente en una lucha frontal contra el austericidio y la Unión Europea, quedando muy lejos de parecer una petición ingenua de que “los políticos elegidos por nosotros, para los parlamentos nacionales o europeo, cumplan de una vez con su responsabilidad”. Por eso, no tiene el mismo sentido pedir ahora que el Estado emita ese tipo de bonos que haberlo enmarcado en su día, en la lucha de masas europea contra un tratado, pacto, ley y medidas austericidas a cuenta de dar prioridad al pago de la deuda y reducirla en un plazo y ritmos determinados en la U.E.. Pues ahora esa reivindicación, desconectada de todo ese contexto, puede perfectamente hacer el juego a intereses del capitalismo “verde” y llevar a la gente a confiar que la dinámica de la obtención del beneficio monetario como criterio y motor central de la economía, combinada con “medidas verdes”, ya sería suficiente para resolver el problema y tendríamos una transición energética y a la sociedad descarbonizada, tranquila, suave…, sin necesidad de cuestionarnos ni el capitalismo ni su Estado. Pero el problema no es sólo el cambio climático (que tampoco resolverán, ya se ve el enorme retraso pese a tantísima conferencia y pacto internacional), sino la desigualdad social nacional e internacional que seguirá propiciando el capitalismo “verde”, el despilfarro y agotamiento de recursos naturales no renovables en tiempo humano, la prioridad a los combustibles renovables sobre la alimentación (biocombustibles), la pretensión de promocionar la energía nuclear (“limpia” por no emitir carbono), la consiguiente destrucción del medio natural que lleva a la extinción de numerosísimas especies que también son fundamentales para nuestra vida (como los insectos polinizadores), la contaminación de nuestra vida por artificializada (disruptores endocrinos…). Pues todo debe entenderse en su contexto, y lo que en uno puede ser perfecto, en otro puede ser todo lo contrario. Y la política revolucionaria es también el arte de saber manejarse con esto.

La crisis climática es un asunto que tiene un gran potencial internacionalista si se sabe aprovechar, pues en mayor o menor medida afectará a la gente de todo el mundo, y por tanto permite abrirse a una óptica planetaria y no centrada en mi país, mi nación, mi Estado. Pero me meto que dado el debilitamiento de la lucha de la clase trabajadora, no se sabrá hacer, lo mismo que se ha desaprovechado totalmente su ligamen indudable con la lucha contra el austericidio. El objetivo de la justicia climática o medioambiental es un buen deseo imposible de lograr sin un sujeto que dirija esa lucha contra los intereses capitalistas que van en sentido contrario. Si no se da una respuesta adecuada desde el internacionalismo proletario, la crisis climática, con sus sequías prolongadas, incendios, o enormes inundaciones o granizadas, pueden provocar el colapso de la agricultura, la crisis de abastecimiento de alimentos, y esto dar lugar a conflictos sociales y políticos que unidos a otros factores pueden terminar en fracturas sociales dentro del propio Estado (territorios urbanizados / rurales) y de lucha contra otros estados, marchando por tanto en dirección contraria al internacionalismo proletario. La lucha por los recursos escasos de agua dulce para los regadíos y potable para consumo humano, en particular en ríos compartidos durante su curso hasta la desembocadura por varios estados, podrá dar lugar a conflictos incluso armados, tanto peores si se considera que está en riesgo la estabilidad de un país, incluso su supervivencia como Estado y la de sus ciudadanos. El desplazamiento de miles y miles de personas huyendo de esas guerras o como simples refugiados climáticos, supondrán también una seria prueba al internacionalismo proletario, sobre todo en aquellos estados que más responsabilidad tienen en que se haya llegado a esa crisis climática, por su contribución a las emisiones de los gases de efecto invernadero (EEUU, Europa, China…) y que seguramente no querrán asumir la responsabilidad en las consecuencias, aceptando a esos afectados como asilados climáticos, en condiciones dignas (no campos de refugiados que se parecen cada vez más a campos de concentración).

Probablemente surgirán algunas minorías, más o menos organizadas, que tendrán un diagnóstico acertado de la situación en la que vivan y la prospección del futuro, con una estrategia bastante correcta, pero una táctica que, si bien pudiera ser racionalmente justa, tendría una implementación difícil. No sólo porque ya partirían de una gran debilidad (no existen organizaciones históricas importantes, una continuidad orgánica, de cuadros, bagaje teórico-político…), o porque la vigilancia y represión se cebaría en ellos, sino sobre todo por la falta de receptividad las masas. Éstas, aunque reaccionen intensamente en momentos puntuales, viendo que con eso no basta, que la lucha para ser eficaz es mucho más complicada e intensa, y careciendo de una memoria histórica de luchas que les muestren el camino y los medios, que si hay un largo pasado, puede haber y largo futuro, y partiendo de la debilidad extrema en la que ahora se encuentran, fácilmente tenderán, en lugar de mantener una lucha sostenida y cada vez más consciente, a eludir su conciencia de un futuro muy complejo y nada tranquilizador, o se aferrarán a soluciones ilusorias, o más que buscar la salida en la solidaridad competirían con otros por conservar lo que tienen. En esas condiciones de debilidad y falta de moral de combate, las minorías más conscientes y organizadas verán que las masas se hacen más fácilmente receptivas al mensaje emocional (explotando lo más bajo), irracional, simplista, de creación de una falsa y fácil comunidad, de búsqueda de cabezas de turco, culto a las armas y la violencia, etc. propia de la ultraderecha. Los sectores más conscientes de la clase trabajadora, se verán rodeados y aislados por masas de pequeña burguesía empobrecida, gente expulsada de la producción, desclasados, que rápidamente tenderán a orientarse del modo más fácil para el pensamiento espontáneo ideológico y menos arriesgado ante el poder, esto es, el reaccionario, imposibilitando así el liderazgo de ese proletariado más consciente. Tenemos una pista importante de esta deriva en el alejamiento por parte de importantes sectores de la clase trabajadora de todo lo que tenga alguna relación con la izquierda, socialismo, comunismo, y acercamiento a la ultraderecha, en el caso de los franceses y el Frente Nacional, o en Italia con la Liga, en especial en zonas desindustrializadas; y Francia e Italia no son cualquier país políticamente atrasado latinoamericano o del Este europeo.

No es que esto sea inevitable e insuperable, sino que las tendencias positivas de las masas seguirán sufriendo la pesada losa de un pasado de contrarrevolución, reflujos profundos y grandes derrotas, la total degradación de lo que fueron las izquierdas (partidos socialistas y comunistas), y la confusión y hasta incompetencia asombrosa de los revolucionarios. Los problemas de la decadencia y los específicos de nuestra época no harán una pausa en su agravamiento hasta que la clase trabajadora se recupere y pueda afrontarlos cómodamente. La reacción no estará quieta esperando a que los revolucionarios adquieran implantación para darle la batalla ideológica, política y policial. Ésta será la tendencia espontánea y sólo podrá ser vencida si los revolucionarios/as son bien conscientes de ello, no se abandonan a la confianza en que los momentos de lucha lograrán superar esos lastres (durante bastante tiempo no vivirán un flujo y ofensiva revolucionaria, sino sólo la detención y recuperación de la retirada general), comprenden lo mucho que deben prepararse en lo teórico, político y organizativo, y son capaces de elaborar el programa, la estrategia y táctica suficientes para ir revirtiendo ese curso, esperando que el flujo de las luchas eleve a esas tareas de elaboración y puesta en práctica a miles de nuevos luchadores/as, logrando llevarlas a un nivel muy superior.

– Hoy la mayoría de la ultraderecha no tiene las características de las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado, de fuerza de choque violenta contra los trabajadores/as y sus organizaciones (escuadras móviles italianas, SA alemanas, falangistas españoles…), pero tampoco hace falta pues la clase trabajadora hoy es extremadamente débil en comparación con la italiana posterior a la I GM y de las ocupaciones de fábrica en Turín, o de las intentonas revolucionarias en Alemania, o del anarcosindicalismo español de la década de los 30. Hoy ha aumentado la tolerancia al recorte de las libertades, como se ha comprobado en España con la tibia oposición de masas a la “ley mordaza”. Por eso, la menor agresividad de la ultraderecha no quiere decir que la clase trabajadora pueda fácilmente detenerla y librarse de ella, pues la clase trabajadora está incomparablemente más débil de lo que lo estuvo entonces, en conciencia política, autoorganización, combatividad, proyecto político propio, aspiración a un futuro socialista o anarquista… Por eso mismo puede ser también más fácilmente candidata a apoyar a esas fuerzas de ultraderecha, como se viene viendo en las votaciones a esos partidos. Porque el mensaje de la ultraderecha es mucho más simple, con aparentes soluciones fáciles, que el mensaje comunista que exige una mayor racionalidad, comprensión de la complejidad del mundo, que se propone gigantescas tareas de transformación que requieren enfrentarse mental y físicamente a todo un modo de producción y su Estado. El mensaje de ultraderecha invita a dejarse arrastrar por las pasiones más primarias, y la orientación comunista exige también una superación psicológica en la dirección de la comunidad humana planetaria igualitaria, opuesta al comportamiento predominante durante toda la historia humana. Así que lo tenemos muy cuesta arriba.

El ascenso de la ultraderecha se ve facilitado además por la derecha que busca su apoyo, pacta con ella, asume sus planteamientos para que no emigren hacia ella votantes hasta entonces fieles; por la tolerancia y complicidad de aparatos del Estado, como los servicios secretos, policías, militares y jueces; por la financiación capitalista; porque la izquierda no ofrece más defensa que reclamando el voto para sí y atarse a la democracia burguesa (incluso cuando la clase capitalista está dispuesta a restarle todo su apoyo y deshacerse de ella optando por la dictadura abierta), y hasta ¡apoyándose! en la ultraderecha, como ocurrió con el sector de derecha de la socialdemocracia alemana, en el gobierno, recurriendo a los Freikorps (grupos paramilitares reaccionarios bien equipados y financiados, cuna de muchos nazis) para aplastar brutalmente las intentonas revolucionarias tras la I GM.

La debilidad de la clase trabajadora es hoy tan grande que los revolucionarios no debemos alentar a nada que contribuya a una debilidad aun mayor. Si una parte de los trabajadores/as se pueden orientar hacia el populismo de derechas y la ultraderecha, otra parte (quizás la misma en una fase previa) puede sentirse tan desilusionada por el régimen político, por las elecciones, que se incline a la abstención. Esta abstención está carente de toda potencialidad revolucionaria dada la debilidad extrema de nuestra clase; no se debe confundir ni por asomo con la abstención que cuestiona el Estado burgués y aspira a instaurar un poder de los trabajadores/as. Es absolutamente imposible que esa abstención sea la otra cara del levantamiento de organizaciones de poder propias (tipo consejos de trabajadores, soviets, comités de unidad revolucionaria…). En las condiciones existentes, una abstención importante no supondría ninguna crisis del régimen, menos del Estado burgués, menos del capitalismo. Lo que sin duda ocurrirá es que será aprovechada por la derecha y ultraderecha que raramente se abstienen (siempre ganan más de las elecciones que los trabajadores). Una vez con más poder, tomarán medidas que, dada la escasa capacidad de resistencia de nuestra clase, contribuirán a debilitarla más (reformas laborales, recortes sociales, restricción en las libertades, aumento de la represión…). Por tanto, en esas circunstancias, los revolucionarios, si tienen alguna posibilidad de llegar a los trabajadores/as, deben llamar a votar del modo más útil para reforzar el mal menor frente al mal mayor; un voto desconfiado (sin alentar la creencia en el cumplimiento de las promesas electorales positivas), un voto para no ponérselo todavía más fácil a los peores enemigos de la clase, un voto para entorpecer siquiera algo la marcha de la reacción más descarada, un voto para ganar algo de tiempo para recuperarnos, pues el tiempo discurre hoy en nuestra contra. A esto no se le puede llamar “apoyo crítico”, ni siquiera “voto útil”, sino en todo caso, la actitud menos inconveniente posible, dadas las circunstancias, ante la llamada electoral. Esto significa que el voto en las elecciones al Estado hay que desacralizarlo, desdramatizarlo, no hacer de ello una cuestión principista, como la del abstencionismo, sea o no anarquista. El ejercicio de votar no cuesta nada (un poco de tiempo para dejar una papeleta), no hay riesgo de ser reprimido, etc. Sin embargo, entre votar y no hacerlo, la diferencia puede ser muy grande, como se vio en España en 1936 con el voto anarquista que dio la victoria al Frente Popular que, aunque suponía una política burguesa, al menos permitió la liberación de los presos políticos de izquierda y anarquistas, en particular los reprimido a raíz de la revolución de octubre de 1934 en Asturias, estimulando así nuevamente la lucha. En sentido contrario, la abstención puede facilitar la llegada al gobierno de la derecha o la ultraderecha, que no desaprovechará el tiempo para debilitar todo lo posible a la clase proletaria. Esta es la actitud más correcta incluso aunque en el futuro las elecciones sean todavía más engañosas, manipuladoras, tramposas y de juego sucio que en la actualidad, pues el capitalismo y su Estado poco positivo podrá ofrecer y deberá asegurarse de tener bien sometida a la clase trabajadora.

– El capitalismo puede dejarnos una hipoteca que sería insuperable a tiempo para construir una civilización mejor. Una revolución podría encontrarse con un escenario no sólo indeseable, sino muy difícil o imposible de superar, con una “herencia envenenada”, viéndose obligada a tomar medidas muy alejadas, e incluso contrarias, a las que se habían venido soñando, aspirando a poco más que un “control de daños”, impedir que las cosas empeorasen hasta la catástrofe total y definitiva. De modo que incluso en caso de haberse dado una revolución proletaria anticapitalista, no podría evolucionar hacia la desaparición de las clases sociales, hacia la abundancia material, la extinción del Estado, el comunismo completo, sino que muy probablemente acabaría habiendo una involución hacia el Capitalismo de Estado, hacia la sociedad de clases y de explotación, por atenuada que fuese en comparación con lo que hemos venido conociendo en el capitalismo. En el mundo de la escasez se impondría la división y explotación de clases y alguna forma de Estado, por poco sofisticada que fuese, en forma de grupo de hombres armados protegiendo los intereses de los explotadores. Esto a condición de que todavía sea posible la agricultura, pues se haya evitado el invierno nuclear provocado por la guerra nuclear, y el cambio climático no haya ascendido la temperatura media hasta ese punto.

Horizonte 2050, superando el capitalismo o condenados” (20-12-2019) – estudio de la cuestión del colapso, y propuesta mundial de un eslogan-marco para la confluencia de las luchas y la elaboración política, sucesor del de “Otro mundo es posible” — — https://kaosenlared.net/horizonte-2050-superando-el-capitalismo-o-condenados/

La gran incertidumbre sobre el futuro, complica todavía más una tarea fundamental para inspirar a la clase a luchar por un futuro diferente y mejor, pues resulta mucho más difícil imaginar un escenario de transformaciones socialistas en todos los campos de la existencia y el avance hacia el comunismo. El objetivo revolucionario no se concreta en un programa detallado, resulta demasiado impreciso y sus pretensiones parecen más utópicas. La debilidad programática se traduce en una debilidad estratégica que tiene graves consecuencias en la táctica; se hace muy difícil relacionar las necesidades inmediatas con los objetivos programáticos; el pensamiento se divide entre el “realismo” cortoplacista y la utopía incapaz de articularse en un proyecto que pueda imponerse en la realidad. La clase se ancla en el presente, en reaccionar a la defensiva ante lo que le cae encima, en el sindicalismo, el cortoplacismo o las pretensiones reformistas irreales.

Sería peor que ingenuo, irresponsable y suicida, confiar nuestro futuro, dejarlo en las “sabias manos” de este sistema social (con la “mano invisible” del mercado), de su clase dirigente (la burguesía) y su Estado burgués, cuando tiene en su currículum un historial de guerras mundiales, despilfarro, dictaduras, genocidios, irracionalismo, negacionismo, malicia, irresponsabilidad y estupidez al por mayor, un posible colapso de la civilización industrial, una posible catástrofe medioambiental y de extinción masiva de especies todavía mayor, y la guerra nuclear total.

También debemos tener cuidado con la utilización perversa que la clase dominante (o quienes aspiren a sucederla en un mundo que perpetúe la injusticia social), hará de los horizontes catastróficos del capitalismo, pues pueden servirles para atemorizarnos, paralizarnos, o movilizarnos según su conveniencia contra otras fracciones de la élite dominante. En nombre de “la necesidad”, “la urgencia”, “la eficiencia”, pretenderán imponernos un régimen de mayor sumisión. Pudieran ser los mismos o los herederos de quienes precisamente han provocado la catástrofe, los pirómanos, los que quieran seguir mandando, pero como “bomberos”. En vez de denunciar el carácter farsante de la democracia burguesa y de ayudar al empoderamiento popular y su responsabilidad, dirán que los asuntos en juego son tan importantes, complejos, graves y urgentes, que no pueden dejarse en manos de una masa ignorante, frívola, caprichosa, que sólo mira por sí y el corto plazo, y que deben ponerse en manos de la élite de los supuestos sabios, de quienes nos dirigirán como si fuésemos menores de edad, “por nuestro bien”, “por el bien general”, etc. El caso es, por una u otra escusa, seguir negándonos el derecho a ejercer el poder por nosotros mismos. Y lo peor es que dejarlo en sus manos para nada garantiza la solución de los problemas, sino la creación de otros peores, pues ya no habrá garantías para nosotros de impedir el poder absoluto, y está comprobado que el poder absoluto corrompe absolutamente. A esto nos empujarán quienes propugnen solucionar el problema del cambio climático a base de centrales nucleares, fantásticas medidas de ingeniería medioambiental; o la amenaza de hambrunas o falta de otros recursos, a base del exterminio (por medios cruentos o no, como dejarlos morir de hambre, discretamente, sin ruido) de una parte de la población mundial, mientras otros gozan de toda clase de privilegios.

Esta es la extraordinaria complejidad y gravedad de los futuros posibles y probables. Frente a esto, no valdrán las improvisaciones. Estamos extremadamente débiles desde hace décadas. Hemos sido derrotados o hemos estado muy desorientados en las últimas oportunidades que hemos tenido para levantar cabeza (lo dicho sobre la falta de alternativas eficaces a escala europea a la política de austeridad; la prioridad al eje nacional en Cataluña y España…). No podemos depositar nuestra confianza en que la indignación, las revueltas repentinas, etc., sean capaces de levantar un programa, unos objetivos lo suficientemente claros para vencer o para sostenerse en el poder, sin todo un trabajo de clarificación previo y durante el movimiento. Sin embargo, la burguesía ha mantenido la continuidad en la sistematización de su experiencia histórica a través de medios muy diversos (partidos, “tanques de pensamiento”, universidades…) y en particular los estados burgueses acumulan una enorme experiencia en la vigilancia, represión y “contrainsurgencia”, mejorando siempre su arsenal. Los gobiernos vienen y van, los aparatos policiales, militares, servicios secretos y de espionaje, “cloacas” del Estado, aparatos educativos (públicos, eclesiales, privados) y de control de la “opinión pública”, permanecen durante décadas y siglos, y además existen organizaciones de las patronales, sus grupos de presión, sus fundaciones , sus variados medios de comunicación… Sin embargo, las organizaciones obreras son vencidas, aplastadas, integradas en el sistema. En otros momentos históricos el espontaneismo, pese a su enorme impulso inicial, no funcionó para triunfar; menos ahora y en el futuro cuando los problemas y objetivos son todo menos transparentes, sencillos, intuitivos, o fáciles de resolver con la mera iniciativa de las masas desaparecidos los frenos represivos. Existe un riesgo altísimo de que los objetivos resulten reformistas, utópicos e incluso abiertamente reaccionarios. El nuevo período histórico exigirá un nivel de responsabilidad, compromiso, conocimiento científico y teórico, autoorganización de masas y combatividad, como nunca se han conocido, y precisamente, cuando más alejados estamos de todo ello. Cuando la burguesía y sus estados disponen de más medios que nunca para la vigilancia, control y represión (policial, militar), un movimiento revolucionario que no esté bien organizado, centralizado, coordinado, planificado, sino que sea a base de estallidos aquí y allá, primero en un lugar, más tarde vuelta a intentarlo en otro, como las numerosas experiencias de los estallidos revolucionarios del anarcosindicalismo español, o las repetidas intentonas de los revolucionario alemanes desde 1918, está condenado al aislamiento incluso dentro de la propia nación, facilitando al enemigo la concentración de sus fuerzas en cada punto, el agotamiento y la derrota total de los movimientos, uno tras otro. Porque aunque los movimientos revolucionarios en diferentes países se den próximos en el tiempo, digamos en muy pocos años, pueden bastar semanas para aplastar un movimiento, y luego ir a por otro, y así sucesivamente. Y sin embargo, estamos más lejos que nunca de tener esta visión, no digamos de disponer de organizaciones estables a escala nacional y para qué hablar de algo parecido a una Internacional de los trabajadores/as.

Si ni quiera parece que seamos conscientes de que ya vivimos en la Unión Europea (incluso compartiendo la misma moneda y “gobernanza” institucional), pues nos comportamos como si las luchas contra la política de austeridad, las reformas laborales regresivas, el ataque al sistema de pensiones, etc., que se dan en otros países, incluso al lado nuestro, como en Francia, no tuviesen nada que ver con nosotros, cuando están impulsados por la misma estrategia común a toda la burguesía europea y sus estados (expresada además a través de la Comisión Europea o el Banco Central Europeo…), aunque ellos, incomparablemente menos estúpidos que nosotros, lanzan ataques no simultáneos, sino por países, para que nuestra estupidez no se despeje y no nos demos cuenta de que es como si nos estuviesen atacando a todos a la vez con la misma política (aparte diferencias de detalle según las peculiaridades nacionales), pues esa es su verdadera política. Tan evidente, como que la reforma laboral en Francia era la reforma laboral “a la española” (reconocido así por las autoridades francesas), pero nosotros no nos dimos por aludidos para aprovechar esa lucha y retomar la nuestra en un frente común, también porque nuestra pasividad había alentado que los capitalistas franceses copiasen las mismas medidas para atacar a su clase trabajadora (o sea que, una responsabilidad, también teníamos en ese asunto). ¿Así podemos extrañarnos de que nos machaquen? ¡Si nos lo ganamos a pulso! Con semejante grado de inteligencia por nuestra parte, a la burguesía no le hace falta afinar el casting de sus líderes y por eso se conforma con las mediocridades imperantes.

Es muy posible que se consigan mejoras en la igualdad de mujeres y hombres, derechos para homosexuales, lesbianas, transexuales, etc. También contra la opresión nacional, o religiosa. Sin embargo, todo esto no cuestiona la raíz de esta civilización, el capitalismo, ni el Estado burgués. Y parte al menos de esos progresos podrían perderse cuando esta civilización entre en crisis y se impongan estrategias reaccionarias. Por tanto, los progresos en esos campos no alterarán el curso principal de la lucha de clases y de la historia. En tanto se den esos avances, y los afectados se vean especialmente aliviados, puede contribuir a que hagan un balance irreal de la situación global, de la línea principal en la marcha del curso histórico, reduciendo quizás el efecto de las demás señales de alerta, que se tenderán a ignorar tal vez hasta que ya sea demasiado tarde, al sobrepasarse el punto de no retorno de cada caso particular y de la globalidad de la civilización. Por ejemplo, la importante solidaridad internacional entre las mujeres por sus reivindicaciones de género, no pueden suplir de ningún modo al gran ausente, el internacionalismo proletario. Es más, algunos de estos campos, sobre todo en lo que afecta a la cuestión nacional, pueden reforzar el dominio ideológico de la burguesía sobre la clase trabajadora y la legitimación del Estado burgués, tanto en la parte dominante (salvar la unidad de la patria-estado en peligro) como en la que aspire o consiga más libertad, y ser incluso el argumento o pretexto para un conflicto interestatal capitalista, más o menos extendido a otros o incluso generalizado (el polvorín balcánico, desencadenante –no causante- de la I GM; la escusa de la unión y “liberación” de los alemanes que llevo a la anexión de Checoslovaquia –empezando por los Sudetes-, la invasión de Polonia, y el inicio de la II GM…). Más próximo, referente a Cataluña, es indispensable el libro “No le deseo un Estado a nadie (Pepitas de calabaza, SL, 2018), en especial los textos de Corsino Vela.

– Como la clase trabajadora está hundida en su conciencia, es imposible el surgimiento de organizaciones comunistas que no tengan características de sectas. La clase trabajadora necesita de organizaciones comunistas que estimulen su autoliberación con su permanencia y capacidad organizativa para impulsar las luchas en la buena dirección gracias a la elaboración de teoría y línea política (programa, estrategia, táctica…), que las conviertan en instrumento de la lucha diaria de la clase, no en aparatos electorales y parlamentarios. Pero ese proceso sólo puede desarrollarse de modo materialista, con los pies en la tierra, correctamente, si la clase trabajadora ayuda a toda esa clarificación y contribuye a ella porque está en marcha, luchando por sí misma, creando experiencias, ofreciendo lecciones, y sectores cada vez más amplios de la clase que se incorporan al proceso de elaboración de táctica, estrategia, programa. Lo que debiera ser un círculo virtuoso, dado el grado de postración de la clase, se convierte ahora en un círculo vicioso, en “la pescadilla que se muerde la cola”: sin clase en lucha no hay organizaciones serias y sin organizaciones serias no se puede estimular a la clase. Así que nos encontramos en una situación tan desastrosa que ni siquiera existe el peligro de organizaciones “comunistas” que pretendan auparse en la clase para tomar el poder como partido, en lugar de dejarlo en manos de la misma clase a través de sus organizaciones de masas con base asamblearia, tipo Consejos de Trabajadores/as. Con una clase hundida, la “cantera” para el reclutamiento y selección de los revolucionarios, que siempre son reflejo de su época, se reduce al máximo. De ahí que, aunque puedan ser los mejores que existen, y haya personalidades muy notables entre ellos, en general sean mediocres para las tareas programáticas, estratégicas y tácticas que exige la época y que, por parte de todos, se están asumiendo con un gigantesco retraso. De ahí también en parte su incapacidad sorprendente para aprovechar grandes oportunidades que, si tuviesen una visión claramente anticapitalista e internacionalista, con análisis de la realidad concreta, permitirían ir rompiendo con el círculo vicioso, aunque el principal impulso sólo puede darlo la clase poniéndose en marcha.

En otros momentos históricos, la característica principal de las grandes derrotas fue el aplastamiento de importantes luchas proletarias y populares, incluso con gran derramamiento de sangre, porque existía una gran combatividad, y había que doblegarla, aterrorizarla por mucho tiempo. Pero las grandes derrotas, también pueden darse sin grandes batallas, por rehuir el combate, por dejar que el enemigo avance sin resistencia digna de ese nombre, que ocupe posiciones clave que antes fueron nuestras y que ahora le permiten dominar todo el “territorio” político. Esta es la dinámica predominante que se observa en las últimas décadas: la falta de combatividad, la desidia, el abandono, el fatalismo, la resignación; más quejarse que verdadera indignación que lleve a la rebeldía. Por tanto, hoy no se puede decir que la clase trabajadora no esté todavía derrotada porque conserve intacta su combatividad, no esté desmoralizada, etc., pues es precisamente esto lo que está fallando, y fallará cada vez más cuanto más consciente sea del poder enorme (mayor que nunca) al que se enfrenta, y que aumentará según se deje pasar el tiempo sin reaccionar debidamente.

– La Inteligencia Artificial General (I.A.G.), lo que hace sólo unas pocas décadas era tema para la especulación de la ciencia-ficción, apunta cada vez más como un horizonte posible (casi inevitable si es dejado a la dinámica del sistema), considerado seriamente por muchos científicos, alarmados, con motivo, por los gigantescos riesgos que entraña para nuestra especie.

Esto no es más que un breve apunte sobre la cuestión. Para profundizar mucho más en la génesis los detalles de este problema, os remito a mi estudio «“Ética para máquinas” de Latorre. La I.A. psicópata. Llamamiento» (19-11-2019) — https://kaosenlared.net/etica-para-maquinas-de-latorre-la-i-a-psicopata-llamamiento/Y a los artículo “Vigilancia masiva y castigo. China 2020 ¿nuestro futuro?” (6-12-2019) — https://kaosenlared.net/vigilancia-masiva-y-castigo-china-2020-nuestro-futuro/ —– “Consciente o no, la inteligencia artificial es y será una amenaza” (12-2-2020) — https://kaosenlared.net/consciente-o-no-la-inteligencia-artificial-es-y-sera-una-amenaza/

Dicho todo esto, queda claro que es totalmente falsa la creencia en la inevitabilidad de la revolución proletaria y más aun de su éxito y más incluso de que eso acabará por llevarnos inevitablemente a la civilización comunista mundial. Los desastres que pueden llegar (colapso económico, caos climático, guerra nuclear, Singularidad e I.A.G. contra los humanos…) no son un accidente, sino resultado de la decadencia del capitalismo. Un accidente sería el impacto de un asteroide como el que exterminó a los dinosaurios, un nuevo virus moral de origen totalmente natural que afectase a la mayor parte de la Humanidad… Pero no son el caso (de momento). Hoy, la gran mayoría de los huevos, están en la cesta de la derrota definitiva y de la autodestrucción de nuestra especie. ¿Es esto irreversible? ¿Podemos todavía hacer algo para evitarlo y tener alguna probabilidad de llegar al comunismo?

Si es que existe alguna posibilidad de que salgamos bien parados en el próximo futuro, lo que estaría ahora en nuestra mano no sería condicionar el desarrollo del capitalismo, ni de sus estados burgueses, ni evitar el cambio climático o la escasez de materias primas, etc., sino incidir en la conciencia anticapitalista e internacionalista. Y esto pasa en primer lugar por algo muy modesto, pero muy importante, pues sin teoría revolucionaria (conocimiento correcto y que sabe cómo transformar de raíz la realidad), no hay movimiento revolucionario triunfante y que no degenere. Lo más inmediato en el campo de la teoría es resolver los problemas de la teoría de la plusvalía. Lo que significa que los economistas marxistas deberían pensar en la realización de una especie de congreso mundial (aunque fuese vía internet) para resolver de una vez los principales problemas teóricos y poder ofrecer a la clase trabajadora un “canon”, un manual, que fuese como su biblia de la economía, unas verdades fundamentales bien establecidas, con las que sentirse segura ante toda la avalancha teórica e ideológica de la burguesía para impedir su avance hacia la revolución.

– La crisis de la teoría de la plusvalía es innegable, tanto por su nula implantación entre sus destinarios naturales (los trabajadores/as) como por sus debilidades teóricas. En estas condiciones es imposible que se genere la suficiente seguridad y convicción para el surgimiento y desarrollo de organizaciones comunistas que quieran asumir los enormes retos futuros en estas condiciones tan desfavorables. Sin una convicción profunda, extendida también a amplios sectores de las masas trabajadoras, será imposible resistirse a los cantos de sirena del reformismo utópico, de las promesas siempre finalmente incumplidas por la burguesía, de “alternativas” que son dar “gato por liebre” o “cambiarlo todo para dejar intacto lo fundamental”, en suma de pérdidas de tiempo y energías irrecuperables, desorientación, desmoralización y derrota final.

Si ni siquiera somos capaces de resolver esto de la teoría de la plusvalía, casi seguro que estamos condenados a la derrota más absoluta y al futuro más oscuro para la Humanidad, y también para la vida tal como la hemos conocido. Pues de poco sirve que se clarifiquen otras cuestiones teóricas también de la mayor importancia (demasiadas siguen sin estarlo) si los trabajadores/as son incapaces de iniciar un movimiento anticapitalista orientado hacia la revolución pues carecen de las herramientas teóricas y la firme convicción para ello, como para resistir a toda la ideología burguesa, con un arsenal teórico de más de un siglo y una enorme cantidad de profesionales, cátedras, publicaciones y publicistas a su servicio para desacreditar las teorías, pretensiones y movimientos revolucionarios.

– Pese a todos los problemas del capitalismo, la burguesía sigue teniendo la iniciativa estratégica, pues son sus planes y proyectos de futuro los que se imponen (globalización, recortes en el Estado de bienestar, precarización del trabajo, digitalización, robotización, su ritmo frente a la crisis climática…) sin que seamos capaces de ofrecer una resistencia mínimamente efectiva, pues también carecemos de un proyecto propio que no sea más que defendernos como podamos para no retroceder, y casi limitado al terreno salarial. También lleva la ofensiva táctica, imponiendo toda clase de medidas contra la clase trabajadora y sectores populares. Por tanto, ellos son los que imponen la música, la letra, el ritmo, los pasos, y nosotros siempre vamos varios pasos detrás de ellos. Muy lejos de la situación en la que los trabajadores/as estaríamos en la ofensiva táctica, obligándoles a retroceder y ceder en cantidad de cuestiones, y la ofensiva estratégica porque la burguesía estuviese muy desorientada sobre lo que hacer, el proyecto de futuro, etc., y los objetivos y el programa socialista calasen cada vez más en las aspiraciones de amplias masas.

En tanto ellos tienen organizaciones poderosas (patronales, partidos políticos, los aparatos del Estado), los trabajadores/as apenas tenemos experiencias de autoorganización (a partir de las asambleas, sus coordinaciones…), carecemos de organizaciones revolucionarias dignas de mención, y los sindicatos y partidos de izquierda (si es que existen y no han desaparecido ya) están bien integrados en el sistema (un apoyo más) o son impotentes contra él.

– Desde mediados de la década de los 80 estamos definitivamente en una dinámica de retroceso, derrotas, desintegración política de la clase. Esto va dejando un poso de sentimiento de impotencia y desorientación enormes, una mochila, un lastre cada vez más pesado según pasan los años sin que se rompa esa dinámica, sino que al contrario, se haya profundizado tras la crisis iniciada en 2007-8. Los trabajadores/as que todavía eran jóvenes en las importantes luchas de la década de los 70 ya están jubilándose o jubilados, y por tanto cada vez más se hace notar la ausencia de un puente generacional para la transmisión personal de las experiencias de lucha a los jóvenes que se integran al trabajo por primera vez, y en condiciones de desindustrialización, precarización y atomización del trabajo (falsos autónomos, etc.). Pensemos que hasta la década de los 30 del siglo XX, y desde digamos la década de los 70 del XIX, pasaron 60 años más o menos y una misma persona podía haber vivido grandes oleadas de luchas (incluso intentonas revolucionarias) o cuando menos tener un recuerdo de ellas, y existía una continuidad generacional muy grande en forma de sindicatos y partidos. Desde 1968 ya han pasado poco más de 50 años, pero han sido en gran parte (sobre todo desde final de los 80) una auténtica travesía del desierto en lo que se refiere a grandes luchas y no digamos movimientos revolucionarios en Europa; la distancia es todavía mayor con los movimientos previos a la II GM. Se podría pensar que lo natural sería que desde el siglo XIX hasta hoy hubiésemos asistido a un reconocible ascenso de la conciencia de clase, a una importante acumulación de fuerzas que nos estuviese preparando, pese al atraso, para afrontar los retos inmensos del presente y futuro próximos. Tendríamos una línea quebrada (por los reflujos y derrotas), pero con una clara marcha ascendente. Sin embargo, la realidad es precisamente la inversa: en general y mundialmente no avanzamos, sino que retrocedemos.

El tiempo, en líneas generales, juega en nuestra contra. Hoy es tal nuestra debilidad, pero sobre todo nuestra desorientación y falta de espíritu de superación, voluntad y coraje que, cuanto más tiempo pase, más se fortalecerán las capacidades represivas de los estados, más se difuminará la memoria histórica de nuestra clase, más difícil será la “remontada”, más sensación de impotencia ante unos problemas que se irán agravando cuando ya son descomunales, como jamás se han enfrentado en la historia, ni durante las épocas de la peste negra. El curso histórico no apunta hacia grandes enfrentamientos de clase que nos den opción a la revolución mundial, sino hacia la derrota definitiva y la destrucción; salvo que saquemos fuerzas para reorientarlo, que deberían surgir del sentido de la responsabilidad y de su herramienta, la fuerza de voluntad.

Si nuestra clase sigue tan debilitada o se debilita todavía más, es imposible que ante el colapso, la guerra imperialista, el caos climático o la Singularidad de la IAG, sea capaz de reaccionar a tiempo y con la suficiente fuerza como para imponer la revolución o siquiera detener esos procesos. Si se observa la marcha decidida a la catástrofe, será un indicador del debilitamiento extremo o derrota total de nuestra clase. El curso histórico es la expresión ante todo de la correlación de fuerzas entre la clase trabajadora y la burguesía.

El conocimiento del futuro tiene el problema de que apenas podemos tener certezas al 100%, así que eso hace que nos relajemos, o que no sepamos bien qué hacer, con el gran riesgo de que actuemos equivocadamente o demasiado tarde. Y lo peor es que las amenazas hoy existentes, pueden desencadenarse aceleradamente, sin apenas previo aviso (escalada del cambio climático retroalimentándose hasta la catástrofe total, guerra nuclear, Singularidad…). A las generaciones de los países ricos que no hemos sufrido los traumas de las guerras mundiales, nos cuesta creer que algo tan dramático o peor pueda ocurrirnos a nosotros o a nuestra descendencia. Así que corremos el riesgo de no hacer nada serio hasta que no haya remedio; lo que entonces queramos hacer ya no evitaría la catástrofe pues las medidas deberían haberse tomado desde mucho antes, desde ahora, e incluso más atrás.

En el proceso de la lucha de clases, siempre hay derrotas de mayor o menor trascendencia. Con algunas, basta con aprender la lección para no volver a repetirlo, y recuperar, con el nuevo flujo, el terreno perdido. Pero puede haber otras derrotas que ya no admitan la vuelta atrás, ni la recuperación, en ningún sentido. Puedes ir corriendo, detenerte a un paso del precipicio, y retroceder para cambiar de rumbo. Pero si ya estás en el aire, sin suelo sobre el que apoyarte, ni nada a lo que agarrarte, has pasado el punto de no retorno y te espera el suelo y la muerte, sí o sí. Durante un breve espacio de tiempo que puede parecerte más largo que a un testigo, serás consciente de tu caída, pero por mucho que agites piernas y brazos, grites a pleno pulmón, no hay nada que hacer para evitar tu final, ya es tu destino. En un partido de fútbol, tras la prórroga de 30 minutos, cada equipo tiene derecho a lanzar 5 penaltis, pero si un equipo consigue meter un número de goles que el otro ya no podrá superar, será campeón aunque no se hayan efectuado todos los tiros (cada uno lleva 3 tiros, pero van 3 a 0 tantos). Ese será el punto de no retorno del encuentro. Ya de nada sirve que tuvieses 5 oportunidades, incluso que, si se siguiese jugando, el resultado final fuese de 3-2. Pero en nuestro caso, el símil no nos sirve, pues no tenemos la oportunidad de la tanda de penaltis, pues no hemos empatado en un tiempo de prórroga que ni siquiera ha existido, ya que tampoco empatamos durante los 90 minutos de partido, pues todavía no ha terminado, pero vamos perdiendo y avanzado el segundo tiempo.

Como ha venido siendo tradición, siempre habrá quien diga “cuando la gente no pueda más, entonces se rebelará”, o “cuanto peor estén las cosas, mejor para el surgimiento de un movimiento revolucionario”. Más vale que nos quitemos esas ideas de la cabeza. En un tiempo lejano y en algunas circunstancias pudieron ser ciertas, pero no ahora cuando las consecuencias de los problemas pueden ser apocalípticas (catástrofe climática, extinción de especies imprescindibles para nosotros, guerra nuclear, colapso de la civilización industrial, I.A.G. psicópata…). Primero procurarán que las masas se resignen a una mayor austeridad y vida sacrificada, o a que pongan sus esperanzas en sobrevivir a costa del sacrificio de otros, en particular de otros países, aunque eso también pueda costarles un precio alto (como morir en la guerra de agresión). Esto las corromperá moralmente y hará menos aptas para pretender un mundo diferente y rebelarse. Cuando la gente no pueda más, entonces puede ser ya demasiado tarde para rebelarse (el enemigo demasiado fuerte) o para resolver los problemas o evitar las catástrofes, pues cuanto peor haya quedado el mundo que heredemos, peor para construir un futuro para nosotros. La actitud correcta no es la de esperar a que las condiciones estén maduras pues el tiempo correría a nuestro favor, sino la previsión, la prevención, no perder el tiempo, pues lo tenemos en nuestra contra, ya que las condiciones empiezan a pudrirse. Esto supone todo lo contrario a confiar en el desarrollo espontáneo y a tiempo de las fuerzas y rebeldías necesarias. Y exige un gran cambio en la psicología de la gente, de cuándo toca esforzarse y asumir sacrificios, de hacerlo aunque de momento la situación resulte aceptable, y no parezcan necesarios, pues todavía parece que las cosas van medio-bien, ya que cuando se manifiesten en toda su gravedad, no podremos arreglarlos con casi seguridad. Esto nos lo pone más difícil para conseguir que la gente se mueva. Por ello es importante también el bombardeo con el eslogan y el marco del Horizonte 2050 para ir cambiando esa mentalidad, hacerse más previsores, pensar ya en el futuro como algo que debemos construir desde hoy, con nuestra lucha. También es imprescindible potenciar al máximo el internacionalismo proletario para desarrollar la empatía y solidaridad y aprovechar al máximo las potencialidades de la lucha, y lograr la revolución antes de que todo se vuelva casi imposible con la llegada del colapso.

Me parece que ahora ya no estamos en el tiempo de ciclos históricos, de derrotas enormes a las que sucedieron grandes recuperaciones que terminaron en otras grandes derrotas pero que finalmente fueron superadas, etc. El tiempo histórico se está acortando aceleradamente. Me pregunto si no habremos sobrepasado ya el punto de no retorno, es decir, que en lo fundamental la suerte ya está echada, que no conseguiremos evitar el curso a la derrota final, que ya es demasiado tarde, pues no hemos hecho los deberes a tiempo. Visto que ni siquiera hay consciencia de lo ocurrido últimamente, la nula comprensión del problema y por tanto intención para ponerle remedio a la menor ocasión, el punto de no retorno puede que sea la desaprovechada gran oportunidad de iniciar una lucha a escala europea dirigida por la clase trabajadora, desde 2012, a raíz de las políticas de austeridad. Lo de menos es el motivo de la lucha. Lo verdaderamente relevante es traspasar las fronteras, presentar un frente común, simultáneo, con objetivos comunes de clase, y con lazos organizativos basados en procesos asamblearios. Ahí tuvimos la gran oportunidad histórica de empezar a pensar y luchar en términos internacionalistas proletarios, al menos europeos; romper con el estrecho horizonte y marco de lucha arraigado durante casi un siglo. Empezar a desarrollar la conciencia y la lucha internacionalista, en lugar del sectorialismo, localismo, y nacionalismo (estatal o “regional”). En lugar de eso, y precisamente por eso, hemos retrocedido enormemente, visto una ofensiva de la burguesía en forma de ascenso de la ultraderecha, ante una clase proletaria, no sólo a la defensiva o retirándose para recuperar fuerzas a la espera de mejor ocasión, sino en constante retirada desordenada y sin ningún plan estratégico y de batalla, pues está desorientada hasta sobre cuál es su identidad (de clase). Tanto peor porque ni siquiera se es consciente de que se ha perdido esa oportunidad, de que eso es una gran derrota, y no se está atento para aprovechar cualquier oportunidad para lanzarse en esa dirección, sino al contrario. Esto apunta a que en el futuro, en vez de tirar en la dirección de unir al proletariado europeo en una lucha por objetivos comunes, se buscarán salidas nacionales y populistas a problemas que son compartidos, y esto sólo puede conducir a avanzar en la senda del aislamiento, la derrota y el desastre total. Una señal de esto es lo que ya he criticado de la orientación de “soberanía y socialismo”.

La derrota definitiva de nuestra clase pudiera expresarse sobre todo como el desconcierto y desmoralización de un ejército incapaz de defenderse con eficacia, y menos de pasar a la contraofensiva y ni soñar con la ofensiva, sin plan para ganar la guerra pues tampoco tiene claros sus objetivos, que ni si quiera se dedica a la guerrilla, sino a reaccionar como puede ante los ataques que sufre, que no presenta batalla ni cuando podría ganarla si supiese apreciar la oportunidad, que se retira y huye desordenadamente y deserta, desintegrándose. No es inevitable que la derrota final se dé en forma de pocas y grandiosas batallas decisivas como, por ejemplo, las que dieron la victoria de Alejandro Magno; ni como consecuencia de grandes matanzas como las registradas en la represiones del siglo XIX y XX. Todo puede resultar muchísimo más gris, carente de la menor épica y heroísmo. Casi sin darnos cuenta de que está ocurriendo, y sin comprender bien su trascendencia, como la cosa más banal.

Aunque quizás las cosas fuesen peores si se confirmase, por ejemplo, que el fósforo, imprescindible para la vida y como fertilizante para la agricultura, verá agotada su actual provisión en la roca fosfórica dentro de poco más de un siglo, pero superando la demanda a la oferta ya entre 2035-75 (según revisión de Dana Cordell), y que sólo podría haberse preservado, y evitado una catástrofe demográfica mundial (más una guerra generalizada para controlar un recurso tan escaso, concentrado sobre todo en el Sahara exespañol ahora ocupado por Marruecos), si ya muchas décadas atrás desde hoy, se hubiesen empezado a tomar medidas serias al respecto. Como no consta que se hayan tomado, el punto de no retorno para nuestra especie no estaría más adelante, sino que lo habríamos sobrepasado hace tiempo. Pero no puedo ser concluyente en esto y aprovecho para repetir mi llamamiento a investigarlo en serio. Ver mi texto “Fósforo y fosfatos ¿moriremos por hambre o guerra? Investigarlo ya”, con enlace al final.

Aquí la sección VI Salir de esto ¿cómo? de «“La sociedad autófaga” de Jappe. Capitalismo y narcisismo» (6-2-2020) – una presentación y comentario extenso del libro de Anselm Jappe, destacado miembro de la corriente llamada de la “critica del valor” (wertkritik en alemán) – https://kaosenlared.net/la-sociedad-autofaga-de-jappe-capitalismo-y-narcisismo/

– ¿Servirá este escrito para algo más que poner en orden mis ideas e interesar a alguna persona aislada? Lo que se viene imponiendo, desde hace demasiado, es la pereza mental y la falta de sentido del momento histórico, y del manejo del tiempo, bazas seguras para el peor resultado. Pero recientemente parece que, a cuenta de la crisis climática, y pese a sus todavía enormes limitaciones críticas y prácticas, ha surgido en sectores importantes de la juventud la conciencia de que vivimos un tiempo histórico excepcional, trascendental, y que con nuestra acción debemos hacer historia. Esperemos que no quede en una especie de moda juvenil y que esto se extienda a una conciencia mucho más amplia de nuestros problemas, hasta llegar a la raíz de esta civilización capitalista y su Estado. Las viejas luchadoras necesitamos que no penséis que todo empieza con vosotros (adanismo típico del narcisismo), que nos escuchéis pues todavía tenemos cosas importantes que deciros para que vuestra inexperiencia no os lleve a cometer demasiados errores, y para que nos toméis el testigo, sobre todo cuando no estamos ya para muchos esfuerzos como éste.

RECOMENDADOS

Para la elaboración de este texto me he inspirado, claro está, en la experiencia y lecturas de muchos años, y en reconocimiento de los méritos de otros es obligado mencionar al menos algunas fuentes. Además de los libros de Anselm Jappe, tenemos la obra colectiva (Immanuel Wallerstein, Randall Collins, Michael Mann, Georgi Derluguian, Craig Calhoun) titulada “¿Tiene futuro el capitalismo?” (Siglo XXI editores 2015, 246 páginas bien densas).

Vuelvo a recomendar el libro de José María Chamorro “Capitalismo, izquierda y ciencia social. Hacia una renovación del marxismo” (Gavagai, España, 2019, 581 páginas, tamaño grande, letra pequeña, muy denso).

De Robert Kurz: “Cañones y capitalismo. La revolución militar como origen de la modernidad” https://www.exit-online.org/textanz1.php?tabelle=transnationales&index=4&posnr=106&backtext1=text1.php —- Otros de Kutz en mi texto sobre “La sociedad autófaga…”.

Los de Corsino Vela .- Capitalismo terminal. Anotaciones a la sociedad implosivahttps://traficantes.net/libros/capitalismo-terminalCorsino Vela.- La sociedad implosivahttps://traficantes.net/libros/la-sociedad-implosivaCorsino Vela y otrosNo le deseo un Estado a nadie. A propósito del “conflicto catalán” seguido de unas consideraciones para entenderlo. Pepitas de Calabaza. 2018. ——— Audios. Sobre Corsino Vela, “La sociedad implosiva” — https://www.ivoox.com/sociedad%20implosiva_sb.html?sb=sociedad%20implosiva — Sobre Corsino Vela “Capitalismo terminal” – https://www.ivoox.com/capitalismo%20terminal_sb.html?sb=capitalismo%20terminal —- Sobre Corsino Vela — https://www.ivoox.com/Corsino%20Vela_sb.html?sb=Corsino%20Vela ———

Murray Smith La Ley del Valor de Karl Marx en el ocaso del capitalismo” (9-2-2020) https://kaosenlared.net/la-ley-del-valor-de-karl-marx-en-el-ocaso-del-capitalismo/

Para no ser prolija con respecto a mis textos, además de los ya aconsejados al principio, necesarios para entender bien lo que planteo en este texto, aconsejaré materiales que tienen especial interés pues a su vez comentan libros o dossiers de otros autores de lectura muy recomendable, mencionan a numerosas fuentes de importancia, y se pueden conseguir fácilmente sin más gastos que los de internet. Por si hubiese un cambio futuro en Kaos que los eliminase, conviene que os descarguéis ya los archivos pdf.

Pensiones y nuevo ministro de la austeridad y la derrota” (15-1-2020) — un balance y una propuesta https://kaosenlared.net/pensiones-y-nuevo-ministro-de-la-austeridad-y-la-derrota/

Consciente o no, la inteligencia artificial es y será una amenaza” (12-2-2020) — https://kaosenlared.net/consciente-o-no-la-inteligencia-artificial-es-y-sera-una-amenaza/ —– “Vigilancia masiva y castigo. China 2020 ¿nuestro futuro?” (6-12-2019) — https://kaosenlared.net/vigilancia-masiva-y-castigo-china-2020-nuestro-futuro/ ——– «“Ética para máquinas” de Latorre. La I.A. psicópata. Llamamiento» (19-11-2019) — un extenso estudio sobre el peligro para la Humanidad de la Inteligencia Artificial General y una orientación política contra ella https://kaosenlared.net/etica-para-maquinas-de-latorre-la-i-a-psicopata-llamamiento/

Jóvenes, sois la generación PS, de políticamente suicida” (6-5-2017) —- http://kaosenlared.net/jovenes-sois-la-generacion-ps-politicamente-suicida/

Programa político. Más allá del electoral, de mínimos-máximos y de transición” (14-3-2017) — http://kaosenlared.net/programa-politico-mas-alla-del-electoral-de-minimos-maximos-y-de-transicion/ —— “Programa, Programa, Programa. Tan necesario es” (22-2-2008) – — https://kaosenlared.net/programa-programa-programa-tan-necesario-es/ -(el nuevo Kaos ha recuperado los artículos de old-kaos, aunque no con el nombre del autor/a y tampoco la conexión a los documentos en pdf aportados, caso de libros, textos muy largos)— También está, con titulo ligeramente cambiado, tomando del texto de la imagen del artículo: “Necesitamos el Manifiesto del siglo XXI”, en http://marxismolibertario.blogspot.com.es/2008/02/aurora-despierta-necesitamos-el.html

Fósforo y fosfatos ¿moriremos por hambre o guerra? Investigarlo ya” (19-4-2017) — Llamamiento e informe para la investigación del asunto de los fertilizantes de fosfato de roca que puede ser crucial para la Humanidad en las próximas décadas. Documento completo con gráficos, cuadros, etc., en el archivo PDF de 30 páginas. En la web http://kaosenlared.net/fosforo-y-fosfatos-moriremos-por-hambre-o-guerra-investigarlo-ya/ —– Para la descarga directa del archivo PDF http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2017/04/Fosforo-y-fosfatos-Investigar-PDF.pdf ——- El número de la revista que se menciona https://edoc.pub/investigacion-y-ciencia-395-agosto-2009-pdf-free.html

Cuenta atrás hacia el colapso, y nosotros ¡en Babia!” (23-6-2017) —- http://kaosenlared.net/cuenta-atras-hacia-colapso-babia/ ——- «“La izquierda ante el colapso de la civilización industrial” de M. Casal. Debatiendo» (18-2-2017) — http://kaosenlared.net/la-izquierda-ante-el-colapso-de-la-civilizacion-industrial-de-m-casal-debatiendo/ — ERRATAS: En la página 100 del documento en pdf, o punto 13 del capítulo XIX.- ¿QUÉ SÍ HACER?”, dice:“porque el pico del petróleo ya se habría alcanzado en 2015”, y debe decir: “porque el pico del petróleo ya se habría alcanzado en 2006”. Y un poco más adelante, donde dice: “la culpa al capitalismo (a la gente por su consumismo, etc.)”, debe decir: “la culpa al capitalismo (no a la gente por su consumismo, etc.)” — Para descargar directamente el documento completo en archivo PDFhttp://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2017/02/Colapso-libro-debatiendo-PDF.pdf

Capitalismo: modo de vida decadente. Notas sobre estrategia y táctica” (20-10-2016) – Libro, archivo PDF de 200 páginas — http://kaosenlared.net/capitalismo-modo-de-vida-decadente-notas-sobre-estrategia-y-tactica/ —- Para descargar directamente el archivo pdf — http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2016/10/Decad-capit-estra-tact-EN-PDF1.pdf

El Mayo del 68 real, contado a la generación 15M y del precariado” (11-5-2016) — con versión PDF con imágenes, —- http://kaosenlared.net/el-mayo-del-68-real-contado-a-la-generacion-15m-y-del-precariado/ — Enlace directo a la versión pdf http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2016/05/Mayo-68-para-15M-en-PDF-a.pdf

Tu enemigo está en ti. Mírate en este espejo. Una clave de lo que nos pasa” (29-3-2016) con un análisis detallado del concurso-experimento “La zona extrema” del documental “El juego de la muerte”—— http://kaosenlared.net/tu-enemigo-esta-en-ti-mirate-en-este-espejo-una-clave-de-lo-que-nos-pasa/ ———- “Zombis: un género contra el precariado (trabajador precarizado)” (24-8-2015) http://kaosenlared.net/zombis-un-genero-contra-el-precariado-trabajador-precarizado/

Libro: “Rutas sin mapa” de Emilio Santiago Muíño. Comentarios” (10-2-2016) — http://kaosenlared.net/libro-rutas-sin-mapa-de-emilio-santiago-muino-comentarios/ —— “Contra el Cambio Climático: deroguemos la austericida ley LOEPSF” (20-11-2015) —– http://kaosenlared.net/contra-el-cambio-climatico-deroguemos-la-austericida-ley-loepsf/ ————– “¿Quiebra energética y capitalista desde 2030? Revolucionarios, su chip y pilas. Libro de Fdez. Durán y Glez. Reyes” (10/2/2015) ——- http://kaosenlared.net/quiebra-energetica-y-capitalista-desde-2030-revolucionarios-su-chip-y-pilas-libro-de-fdez-duran-y-glez-reyes/

Recopilación textos de Aurora Despierta en el viejo old.kaos” (29-5-2017) —- Recopilación selección documentos de diciembre 2007 a diciembre 2011 en el viejo Kaos en la red, en archivo PDF — http://kaosenlared.net/recopilacion-textos-aurora-despierta-viejo-old-kaos-2/ — y descarga directa del archivo PDF en http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2017/05/Recopilacion-textos-de-Aurora-Despierta-en-OLD-KAOS-PDF.pdf

AGENDA. SEMINARIO IMPORTANTE: Así como he publicado mi largo texto sobre el excelente libro de Anselm Jappe (La sociedad autófaga) y como la obra de Corsino Vela también me parece muy importante, tengo el gustazo de publicitar que los días 24 y 25 de febrero se celebrará un encuentro y seminario bajo el título “Crítica de la finanza, crítica del neo-liberalismo o crítica del capitalismo? Encuentro y seminario con Anselm Jappe. Participa Corsino Vela”. Toda la información, condiciones de la inscripción y vía de contacto para el evento, las tenéis en https://kaosenlared.net/critica-de-la-finanza-critica-del-neo-liberalismo-o-critica-del-capitalismo-encuentro-y-seminario-con-anselm-jappe-participa-corsino-vela/

Como veo que en la noticia no lo dicen, por su web http://www.kaxilda.net/es/ se puede saber que el lugar del encuentro es en la librería (local de comidas también), llamada Kaxilda, en Donostia/San Sebastián, Guipúzcoa, País Vasco.

Información adicional sobre la temática del seminario en http://www.kaxilda.net/es/blog/critica-de-la-finanza-critica-del-neo-liberalismo-o-critica-del-capitalismo-encuentro-y-seminario-con-jappe-participa-corsino-vela/

Para ACCEDER a mis artículos, informes y libros. Los artículos del 11 de enero de 2015 hasta hoy, los podéis encontrar poniendo esta nueva dirección https://kaosenlared.net/autor/aurora-despierta/ a la que también os lleva si hacéis clic en mi nombre en el artículo. Para vuestra comodidad, tenéis la relación y enlaces correctos a los textos previos al 20-10-2016 en “Capitalismo: modo de vida decadente. Notas sobre estrategia y táctica” (20-10-2016) – Libro, archivo PDF de 200 páginas — http://kaosenlared.net/capitalismo-modo-de-vida-decadente-notas-sobre-estrategia-y-tactica/ —- Para descargar directamente el archivo pdf — http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2016/10/Decad-capit-estra-tact-EN-PDF1.pdf —– Ahí funcionan los enlaces de los artículos desde el día 21-12-2011 hacia hoy, y también la descarga de los archivos pdf adjuntos, aunque los artículos anteriores al día 15-1-2015 (cuando se adoptó el sistema Word Press) se hayan pasado en diciembre de 2019 al Old Kaos y pone como autor/a no su nombre sino el común a todos de “Autor de Old Kaos” (ese nombre se llega a prolongar, compartiendo con la previa denominación genérica de autor, hacia atrás hasta el 21-10-2011) y los anteriores al 17-12-2011 como común “Autor de Kaos 2014”, que corresponde al old kaos original (se prolongan hacia atrás hasta el 7-11-2003). Pero yo empecé a publicar en kaos a finales de 2007. Os recomiendo que os descarguéis los archivos pdf, no sólo por su interés, sino por si hubiese más cambios en la web que llevasen a que se perdiesen. Desde el 26-5-2014 para atrás ya no están accesibles para descargar los archivos pdf. Los míos previos al 11-12-2011 corresponden a lo que antes de diciembre de 2019 y durante años fue el Old Kaos en la red. En los años recientes los artículos fueron inaccesibles al estar desactivado old-kaos. Ahora se puede acceder, pero las direcciones URL se han modificado, por tanto, no sirven los enlaces que incluí en mis documentos. Tampoco figura como autor/a el real, sino uno genérico como “Autor de Kaos 2014”, y los archivos pdf adjuntos han desparecido. Pero los míos se pueden identificar porque en el texto tenía la costumbre de explicar cómo localizar fácilmente mis materiales, por lo que ponía mi nombre. Para conocer los míos más importantes tenéis la “Recopilación textos de Aurora Despierta en el viejo old.kaos” (29-5-2017) —- Recopilación selección documentos de diciembre 2007 a diciembre 2011 en el viejo Kaos en la red, en archivo PDF — http://kaosenlared.net/recopilacion-textos-aurora-despierta-viejo-old-kaos-2/ — y descarga directa del archivo PDF en http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2017/05/Recopilacion-textos-de-Aurora-Despierta-en-OLD-KAOS-PDF.pdf –. Los últimos cambios en la web de kaosenlared han hecho que desaparezcan los comentarios que ya había en los artículos. Eso ha supuesto una pérdida importante en aquellos en los que mediante los comentarios había profundizado o aportado datos y pruebas relevantes a cuestiones planteadas en el texto y mantenido un debate interesante con algunos de los comentaristas.

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