«Crisis o extorsión: Algo huele a podrido».

A estas alturas nadie puede dudar de que nos hayamos inmersos en una crisis económica grave e incierta. Grave porque millones de personas se están quedando sin trabajo, porque los países pobres son hoy más pobres que hace un año, porque el hambre amenaza a media humanidad; incierta, porque no hay nadie, absolutamente nadie que sea capaz de pronosticar su duración, de prescribir las recetas necesarias para que la economía se recupere a medio plazo o para imponer otro sistema que no se base en la depredación, la estafa, la explotación y la acumulación de capitales sin mesura.

Se ha repetido hasta la saciedad que los gobiernos no alertaron a tiempo sobre el alcance de la depresión, y probablemente sea cierto. Sin embargo, quienes así hablan cuentan una verdad a medias o sólo una parte de la misma: Cuando los gobiernos alertan a sus pueblos de cosas graves por venir, no lo hacen –sobre todo en los últimos tiempos- para pedirles sacrificios en pos de un mañana mejor, sino simplemente para imponérselos sin dar nada a cambio, para disminuir los derechos sociales, para aumentar la jornada laboral, para congelar salarios o dejar las manos todavía más libres a los capitalistas para que puedan cumplir mejor con su función esencial: Maximizar beneficios a costa de los trabajadores. Ver a un presidente del Gobierno hablar solemnemente ante el Parlamento o las cámaras de televisión, supone de inmediato una amenaza para el común de los mortales, excepción hecha de aquellos que por no ser comunes, por vivir encima de las leyes, nunca se verán afectados por las medidas restrictivas que se puedan aplicar. Del mismo modo, quienes insisten en esa falta previsión, olvidan –muchas veces intencionadamente- que cualquier persona con dedo y medio de frente que haya vivido estos últimos años en el “mundo civilizado” –ya hemos dicho en otras ocasiones que el resto no importa, son escoria, números, ni siquiera eso- sabía perfectamente que las prácticas económicas que se estaban realizando ineludiblemente llevarían a una situación crítica. Y no sólo los ricos, los jefes y gestores de las grandes corporaciones, los promotores y constructores, los banqueros, en este timo global participaron autónomos de todos los oficios que cobraban cantidades disparatadas por cualquier chapuza, abogados, ingenieros, arquitectos, delineantes, informáticos, alicatadores, enjabelgadores, ascensoristas, jardineros, carpinteros, electricistas que aprovechándose de la gigantesca marea especulativa pensaron en hacer de cada día su “agosto” particular y eterno. Así que, aquí, en lo que llaman mundo desarrollado, civilizado, en la vieja Europa y la joven América, el que no corría, volaba. Probablemente, sólo los obreros fabriles, los pequeños agricultores, los comerciantes modestos, los pobres –que los hay y muchos- y algunos despistados se mantuvieron al margen de la vorágine especuladora que implantó la corrupción como sistema magnífico para hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos sin dar palo al agua, aunque sí al prójimo, que para eso estaba.

Por otra parte, desde que la crisis se mostró en toda su dramática intensidad, también han sido muchos los que han depositado, con la mejor intención desde luego, sus esperanzas en el nacimiento de un sistema más justo, más libre, más democrático. El desbarajuste creado por los druidas neoconservadores ha sido de tal calibre que era fácil dejarse llevar por el deseo, por los espejismos, por la esperanza de ver desaparecer a un sistema tan injusto como criminal. Lamentablemente, pienso que, aunque la esperanza es lo último que se pierde, todos nos hemos equivocado, al menos de momento. Me explico o intentaré hacerlo. Para que se produzca un cambio de sistema económico son necesarias muchas cosas, pero sobre todo una: Que el pueblo sea consciente de lo que ocurre y se ponga manos a la obra. Por ningún lado veo a un pueblo consciente y dispuesto a enterrar para siempre al capitalismo, ni incluso ahora que aparece desmoronado. Lo que si veo es que en Europa, la izquierda se está diluyendo, llegando a casos como el italiano en el que ha desaparecido. Lo que si veo es que la mayoría de los gobiernos europeos están dirigidos por neoconservadores. Lo que si presiento es que el modelo político europeo dentro de muy poco tiempo, ante la indolencia de la ciudadanía, será similar al norteamericano, ni siquiera cabrá la opción de llevar al poder mediante el sufragio a un partido tímidamente socialdemócrata. Al europeo medio –que no sé quién es, pero creo que existe- le gusta la comodidad, el sillón, que no le molesten, que le exploten y le gobiernen los canallas, que le roben su libertad, que prime el orden y la mano dura, que quien la haga la pague, incluso si no la ha hecho. Con esos mimbres pocos cestos se pueden hacer, y si no se pueden hacer cestos mucho menos cambiar un sistema que aunque tocado, sigue teniendo la salten por el mango, es decir el dinero, la policía y las conciencias domesticadas.

Pero la cosa va mucho más allá. Durante los primeros meses de la actual crisis, al contemplar la desmesura calamitosa de su obra, los neoconservadores callaron, se escondieron en sus dorados salones a esperar que pasara la tormenta, pues estoy convencido de que creían que se iba armar una y muy gorda. Pasaron los días y vieron como ninguno de ellos era procesado, como los diferentes gobiernos, asustados ante la quiebra del sistema financiero, invirtieron miles de millones de euros del pueblo en tapar los agujeros creados por los plutócratas, como los ciudadanos, atemorizados por el futuro, se volvieron hormiguitas ahorradoras y llenaron con su austeridad las vacías cajas de los bancos arruinados; contemplaron la quietud de las clases trabajadoras, incluso de los que habían sido expulsados del “mercado laboral”, la subsistencia de los paraísos fiscales, los apoyos multimillonarios a las transnacionales, la insolidaridad internacional con los más afectados por el desaguisado. Se dijeron: Aquí no ocurre nada, esta crisis es lo mejor que nos ha podido pasar puesto que en vez de meternos a todos entre rejas para toda la vida, nos están dando dinero, se pliegan a todas nuestras peticiones y ni Dios –que todo lo puede- dice esta boca es mía, salvo cuatro pirados que protestan contra Bolonia, la masacre de palestinos o las violaciones contra los derechos humanos, cosa que a nosotros nos tiene sin cuidado. Pasemos al ataque.

Primero fueron los bancos quienes dieron la voz de alerta clamando por una rápida intervención del Estado en forma de euros o dólares, pero quedando la propiedad de los mismos en las mismas manos que estaba. Después las constructoras, ahogadas en su codicia pero con los beneficios de años a buen recaudo en los paraísos fiscales, que para eso los hicieron, leñe. Más tarde, las textiles, las periodísticas, las agroalimentarias, las siderúrgicas y, por último, las automovilísticas. Mientras tanto, la estrategia del miedo tan bien urdida por los neoconservadores, surtía los efectos deseados y los trabajadores en vez de dar un contundente puñetazo en la mesa, de gritar hasta que su grito se hiciese insoportable para los habitantes de los palacios de invierno, guardaron silencio, se acobardaron, se aquietaron como si hubiesen dejado de saber que, en última instancia, son ellos, unidos, quienes tienen todo el poder. No cabe mejor ejemplo de lo que aquí digo que lo sucedido en SEAT: Asustados por el panorama catastrófico que a diario describen los medios, los empleados de la empresa automovilística aceptaron varias regulaciones de empleo. No bastó. Aprobaron en referéndum congelar sus salarios. No bastó. Cuando todo parecía medianamente encarrilado gracias a las cesiones obreras, Eric Schmitt, presidente de la empresa, muy sonriente, muy complacido, orgulloso de su obra, dice en voz alta que si el Estado no le da no sé cuantos miles de millones –he perdido la cuenta-, la continuidad de SEAT podría ser inviable. Vamos que la cierra. Y ante una situación como esta, que se ha repetido en los últimos meses cientos de veces en todos los países, yo me pregunto, ¿estamos ante una crisis o ante una monumental extorsión a la clase trabajadora muda?

Sin ningún género de dudas, me inclino por la segunda opción y me atrevo a pronosticar que se saldrá de la crisis, ya lo creo que se saldrá, pero con menos derechos, incluso con menos ropa, casi desnudos, como los hijos de la mar. Las cartas están boca arriba, descubiertas. Los que fabricaron la crisis van a por todas. Ni el mejor de los gobiernos podría hacer frente a semejante ofensiva sin una contestación masiva y global de los trabajadores de todo el mundo. Entre tanto, el G-20 se reúne para hacer la corte a Obama y hablar del sexo de los ángeles, sin plantear un solo cambio estructural, poniendo encima de la mesa otro montón de oro para ver si la máquina vuelve a funcionar como antaño, sin una sola resolución que pueda molestar a los emperadores de la cosa nostra. Cuando el pueblo se olvida de la democracia, la democracia se olvida del pueblo.

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