Crisis económica: Aterrizaje gradual en América Latina

Para los gobiernos latinoamericanos la crisis sigue pareciendo algo lejano, como si fuera cosa de otros. Más despacio de lo que sería recomendable, se va aceptando que los problemas son más serios de lo previsto.

Fue Lula el primero en subestimar la gravedad de lo que se nos viene encima. Hacia septiembre de 2008, cuando la gravedad de la crisis era ya inocultable, dijo que el tsunami que afecta al primer mundo llegaba a Brasil apenas como “olitas” incapaces de hacer daño. En las semanas siguientes, miles de millones de dólares se esfumaron de la principal economía de la región forzando al Banco Central a inyectar una y otra vez dinero en una economía que se frenaba día tras día. El sector financiero y el automotriz fueron los primeros en sentir los impactos, pero de modo casi inmediato se estancaron las exportaciones y la situación comenzó a agravarse con reducciones de plantilla de algunas importantes empresas.

A mediados de febrero, los gobiernos de Argentina y Brasil decidieron dar un paso más. En vista de que el comercio bilateral, el más sólido de la región, cayó más del 40%, realizaron una megareunión ministerial en Brasilia, el 18 de febrero, para tomar medidas de reactivación y reducir los ya inevitables daños. Las importaciones argentinas de Brasil cayeron un 52% en enero mientras las exportaciones globales de ese país sufrieron un descenso de sólo el 22%. A su vez, las exportaciones argentinas a su vecino se encogieron un 43% en el mismo mes.

Aunque los datos son más que elocuentes, el problema supera con mucho lo cuantitativo, ya que la alianza argentino-brasileña es considerada una pieza clave de la integración regional y del ascenso de Brasil como global player. De hecho, sólo un funcionamiento fluido de las relaciones bilaterales es capaz de impulsar acuerdos más vastos y ambiciosos en un subcontinente que pugna por zafar de las garras de Washington.

Tras la reunión ministerial se resolvió crear una comisión binacional de alto nivel para evitar daños mayores, que se resumen en los amagues de proteccionismo esbozados por ambos países, en buena medida bajo presión de las grandes empresas de cada país. El canciller brasileño Celso Amorim es un ferviente defensor del libre comercio, una filosofía que ya no entusiasma siquiera a los gobernantes argentinos que, como buena parte de sus pares de la región, sienten que beneficia sólo a las grandes empresas. En efecto, si Argentina que es el segundo país de la región en términos económicos, se queja porque la mayor parte de sus exportaciones a Brasil son mercancías de muy bajo valor agregado (materias primas o productos agropecuarios), puede imaginarse qué sienten los países más pequeños que no tienen industria capaz de competir en el mercado internacional. De ahí que todos le pidan a la primera economía latinoamericana que contribuya a financiar importaciones de sus vecinos como forma de apoyar la integración.

Por otro lado, Brasil está tomando medidas para impulsar el consumo interno. Líneas de crédito para la compra de coches usados y para la renovación de maquinaria agrícola, se están mostrando eficaces a la hora de impulsar el consumo y, en consecuencia, evitar que la industria nacional colapse. Sin embargo, este tipo de medidas no están al alcance de todos los países, ya que ninguno de ellos dispone de instrumentos como el poderoso Banco de Desarrollo Económico y Social de Brasil, que cuenta con más recursos para invertir en la región que el Banco Mundial y el FMI.

La Fundación Getulio Vargas difundió un informe en Brasilia sobre el clima económico en Sudamérica, donde destaca que la crisis ya se instaló en la región. El trabajo desgrana cómo los impactos se distribuirán de modo muy desparejo, agudizando las diferencias ya existentes entre países. Brasil y Chile son los que emergerían en mejores condiciones mientras Ecuador y Argentina serían los más perjudicados. No es ninguna casualidad: éstos son los que sufrieron con mayor profundidad la crisis provocada por el Consenso de Washington, mientras los dos primeros son los más empeñados en seguir el rumbo de los países del Norte.

No sería una sorpresa que al cabo de una década, cuando la crisis en curso haya dado paso a la reconfiguración del mapa mundial, en América Latina se haya redibujado también el escenario. Todo indica que habrá, a grandes rasgos, dos escenarios diferenciados: México y Centroamérica seguirán constreñidos por las políticas de Washington, mientras Sudamérica estará en condiciones de poner distancias de un imperio que saldrá de la crisis sólo como potencia regional. Pero en el subcontinente, Brasil emergerá como nueva gran potencia, seguido de aquellos países andinos exportadores de minerales (Chile y Perú, tal vez Ecuador y Bolivia si se convierte en gran productor de litio). Los más pequeños tendrán menos opciones aún. Dos grandes incógnitas darán que hablar en el futuro inmediato: Colombia, por su insostenible alianza con Estados Unidos, y Argentina, por su eterna crisis de gobernabilidad.

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