Crimen

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Por José Luis Merino

El letrero luminoso parpadeaba neón sobre la ventana de un primer piso de hospedaje. Acostado en la cama, un hombre distraía su tiempo en vagos pensamientos, mientras fijaba la mirada en un automóvil aparcado al otro lado de la calle. Un desconocido permanecía al volante, a la espera de algo o de alguien.

De improviso, una barahúnda de hombres y mujeres irrumpió en la calle solitaria. Una voz sonó rotunda por encima del griterío: “¡Ahí viene!”.

Rodeado por una comitiva de hombres uniformados, un individuo gigantesco, de larga cabellera y boscosa barba, cubierto con una túnica azul ribeteada en oro, iba repartiendo bruscas monedas de plata a la muchedumbre. En ese momento, el hombre del automóvil llevó un fusil automático a su hombro derecho. Puso el punto de mira en el corazón de la tela azul. Sonó un chack seco. El cuerpo cayó fulminado. Las monedas rodaron por el suelo. Las gentes corrieron en todas las direcciones. El automóvil salió raudo hacia adelante. La aparición de cuatro hombres con uniforme le hizo frente. Volvió hacia atrás, pero ya otro grupo uniformado le cortó el camino de escape. El hombre miró hacia la ventana de hospedaje. En una décima de segundo cree ver la mirada de un hombre en esa habitación, cruzándose con la suplicante ayuda de su propia mirada. En ese instante, el tipo de la cama se incorpora de golpe. Se restriega los ojos. Ve al otro lado de la calle solitaria un automóvil, con un desconocido al volante, a la espera de algo o de alguien. El luminoso sigue parpadeando neón.

[Para María e Iñaki, con improvisado retraso]

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