Costa Rica : Reaccionemos con el cerebro, no con el hígado

6

Reaccionemos con el cerebro, no con el hígado.

Alfonso J. Palacios Echeverría

Jamás estuvo dentro de mis planes el haberme convertido en una persona que escribiera sus opiniones sobre temas diversos, nacionales e internacionales (y note usted que no me denomino analista, como pomposamente otros gustan de autonombrarse, pues no lo soy, sino que solamente expreso mis opiniones como ciudadano independiente), y mucho menos en el blanco de una serie de acusaciones ridículas de parte de, quienes al sentirse aludidos por ellas, reaccionan de forma virulenta y atrabiliaria hasta llegar al punto de endilgarme epítetos ofensivos, algunos, y honoríficos otros (porque de esa forma los considero aunque crean que me insultan), colocándome en los extremos del espectro político. Y es así como me han endilgado el sambenito de comunista (de m…, como expresó un atrabiliario anónimo) y de defensor de los intereses industriales costarricenses, alejado de los ciudadanos comunes, decantada expresión de la derecha más retrógrada, como osó insinuar alguien que comentaba mis opiniones sobre la actitud el Instituto Costarricense de Electricidad, al no querer devolverle a los ciudadanos lo cobrado de más en sus tarifas, sin haber analizado “cerebralmente” las razones de peso y los argumentos expresados.

Pues bien, ni una cosa ni la otra. Lo que ha sucedido es que en este país, en donde hay que pertenecer obligatoriamente a un colectivo político o de interés, les parece extraño que exista alguien a quien no pueden endilgarle un compromiso político con una corriente específica, por más que noten que el articulista se ha informado seriamente sobre el contenido filosófico de las diversas corrientes. Y les parece aún más extraño, el compromiso con la democracia auténtica –que no es el amago extraño que practicamos localmente- y con la ética de la conducta pública, lo que se considera en la actualidad, en un mar de corrupción y venalidad, una actitud revolucionaria.

Y el asunto llegó al punto de que, en un medio electrónico con el que colaboraba regularmente, por razones que no me han expresado pero que sospecho, dejaron de publicar mis colaboraciones sin mediar explicación alguna (muy a la tica), y para ello no valió, siquiera, el que uno de los artículos publicados allí fuera escogido entre los finalistas como candidato a un&nbsp premio europeo. Pero como siempre que se cierra una puerta se abre otra, continué con mis quijotadas en otro medio. Y lo ahora incomprensible para mí, es que en un tercero ubicado en el extranjero, con el que he colaborado desde hace ya bastante tiempo también, y donde se permite hacer comentarios sobre lo expresado por el articulista, han eliminado esa posibilidad.

Todo ello me ha hecho reflexionar muy seriamente. Y aclaro de salida que en ninguno de ellos tengo intereses ni ideológicos ni materiales, ni he recibido jamás un centavo por mis colaboraciones, aunque me he enterado por casualidad que repetidamente algunos de los artículos han sido reproducidos por otros medios de comunicación en diversos instrumentos, impresos y electrónicos, locales y extranjeros, tomándolos de los originarios sin que mediara comunicación alguna hacia mí. Lo que no me molesta, de hecho, sino que más bien me halaga.

Ya me habían advertido que esto sucedería, -lo de los insultos-, y algunos agoreros hasta habían llegado a indicarme que no sería extraño que llegara a ser objeto de agresiones materiales, por parte de quienes se sintieran aludidos por las verdades expresadas. Porque una cosa es cierta: no se me puede endilgar el que haya realizado aseveraciones sobre suposiciones, cálculos de ninguna índole, o malas intenciones. Todo lo expresado está fundamentado en hechos comprobados, la mayoría de ellos ampliamente difundidos por los medios de comunicación escritos y televisivos. Y los argumentos esgrimidos han estado fundamentados en la lógica, el sentido común, y expresiones de connotados tratadistas sobre los más diversos temas.

Son ciento ocho artículos publicados en poco más de tres años, desde que inicié esta actividad, la cual comenzó sin mediar intención alguna de mi parte. Les había enviado a unos amigos un largo escrito sobre la actitud imperial de los Estados Unidos hacia América Latina, y dos de ellos se tomaron la libertad de enviarlo a dos medios electrónicos, uno local y otro internacional, y el mismo se publicó enterándome yo que así había sido, para mi sorpresa y satisfacción. De allí en adelante continué remitiéndoles mis escritos y ellos, generosamente, publicándolos sin reparos.

Con el tiempo fui cubriendo los fenómenos locales, como fue la lucha previa al referéndum sobre el tratado de libre comercio, las campañas presidenciales anterior y presente, las barbaridades del actual gobierno, y tocando realidades de nuestra “forma de ser” costarricense con las cuales no congeniaba, -absurdas unas, ridículas otras-, siempre expresando con absoluta honestidad mis opiniones, pues creía que vivía en un país en donde se respetaba la libertad de expresión, y colocándome del lado que, según mi conciencia, debía ubicarme.

Y a través del camino recorrido aprendí mucho. Pero sobre todo confirmé lo que siempre había pensado: que la mediocridad es la cuna de todos los vicios del intelecto, y que la mayoría de las personas –por ausencia de argumentos y fundamentos serios de conocimiento sobre los temas- reaccionan con el hígado, no con el cerebro. Y empecé a respetar la valentía de algunos periodistas, no siempre la totalidad de ellos, que ubicados en medios controlados por intereses económicos, como es natural, se atrevían a expresar opiniones contrarias al status quo.

Descubrí hace ya mucho tiempo que el idealismo no era propiedad solamente de la izquierda, de la misma forma que el egoísmo y la codicia era solamente de la derecha. Que había de todo en cada bando, era natural: somos humanos, es decir, un ser de paradojas. Que las miserias humanas pueden más que las concepciones filosóficas y las buenas intenciones, y que como siempre a través de la historia, la ausencia de razones se compensa con insultos y golpes.

Como soy un lector asiduo y mis lecturas ocupan un amplio espectro de temas, alejándome de aquella postura de los fanáticos de una corriente determinada, que solamente leen lo que está dentro de ella, recordé reiteradamente en este sendero lo que expresaba Peter Bieri en su obra El Oficio de Ser Libre. Que nuestra idea del mundo es la idea de un mundo comprensible. Es la idea de un mundo en el cual podemos comprender por qué algo acontece. Es cierto que en hay en él muchas cosas que no comprendemos y probablemente seguirá siendo siempre así. Sin embargo, pensamos que el mundo es una totalidad de fenómenos sobre los cuales podemos arrojar luz, al explicarnos por qué los fenómenos son como son…..&nbsp Explicar fenómenos y hacerlos así comprensibles significa describir las condiciones de las que dependen…Cuando conocemos las condiciones que hicieron posible el fenómeno y las condiciones que determinaron su realización, tenemos la impresión de comprender por qué se da. Por el contrario, cuando el fenómeno se nos muestra misterioso, ello se debe a que no sabemos cuáles fueron las condiciones que lo hicieron posible y que en su conjunto fueron responsables de que efectivamente sucediera.

Esta fue la línea, quizá inconsciente pero definitivamente producto de mi formación académica, que descubro ahora que seguí durante estos años, porque la idea de la libertad está ligada a una perspectiva sobre nosotros mismos, que se halla en conflicto con el modo de ver descrito por los ideólogos de todas las corrientes, un conflicto que no podría ser más agudo e irreconciliable. Es la perspectiva de dentro, en la cual no estamos vueltos hacia el pasado sino hacia el presente y el futuro. De allí que podamos deliberar antes de hacer algo y en este deliberar se manifiesta un espacio de juego de varias posibilidades entre las cuales podemos elegir.

Y escogí la propia, la de la expresión de mi rebeldía ante la injusticia, la corrupción, la ausencia de libertad, la hipocresía y el doble discurso.

Por ello quedan pendientes algunas preguntas: ¿Qué significa para un ser humano ser libre? ¿En qué medida somos libres en nuestra voluntad? ¿Significa falta de libertad que nuestro querer esté condicionado por una biografía con todas sus contingencias? ¿Qué tipo de libertad presuponemos cuando juzgamos moralmente a seres humanos y les pedimos cuentas? ¿Por qué es tan importante la libertad de la voluntad?

Estamos atravesando una época de mentiras, manipulación y tergiversaciones como jamás en la historia de la humanidad se había manifestado con tal violencia. Ejemplo de ello han sido las acciones del anterior gobierno norteamericano con relación a las guerras provocadas por él, para satisfacer intereses económicos; los escándalos de miembros de confesiones religiosas cristianas, tanto sexuales como financieros, a nivel nacional e internacional, en ese “continuo histórico” de corrupción que le es tan propia; el doble discurso del actual gobierno costarricense y sus manifestaciones de corrupción, sobre todo ideológica; y así un largo etcétera.

Y escogí mi libertad, mi capacidad de rebeldía, a la que tengo derecho como ser libre, porque algunas cosas tienen que decirse, como reza el subtítulo de la columna que me otorgó un medio electrónico local, y porque no quiero ser cómplice de la corrupción, la hipocresía y el egoísmo que nos invade desde todos los ángulos de la vida cotidiana.

&nbsp