Costa Rica: «Ni Millones ni Limosnas, queremos Justicia»

 

Durante mi infancia en la República de Panamá pude contemplar muchísimas veces un monumento erigido al expresidente Remón, cerca de la Plaza 5 de Mayo, en el que se había escrito en el mármol que lo adornaba una de sus frases: “ni millones ni limosnas, queremos justicia”. Claro, se refería, en su momento, a la recuperación del Canal de Panamá, asunto que tomó decenios en realizarse, pero que al fin cuajó adecuadamente, dándole al país oportunidades únicas que de alguna forma han sabido aprovechar. Pero lamentablemente los beneficios se han concentrado en un grupo de personas –claramente identificadas por ONG´s que han estudiado concienzudamente el fenómeno- que conducen la más grandes empresas y entidades financieras, dejando al pueblo en una larga espera por recibir “algo” de los beneficios obtenidos.

Tan es así que, doce años después, todavía siguen esperando en ese país escuelas indispensables, bien equipadas, centros de salud adecuados para las poblaciones urbanas y rurales, el fortalecimiento de la Caja del Seguro Social, una reforma educativa que deje atrás el sistema actual, que solamente da un barniz de conocimientos básicos a las nuevas generaciones, para convertirlas en personas fáciles de engañar y manipular por las mafias político-empresarias que gobiernan, por su ignorancia supina y el desconocimiento de sus derechos ciudadanos. Y en cambio, se construyen obras faraónicas de infraestructura, muy hermosas y útiles de por sí, pero que esconden detrás enormes negociados entre los políticos de turno y las empresas a las que dichas obras les han sido adjudicadas.

La corrupción que se esconde detrás de lo arriba mencionado ha sido muy discutida en los últimos años, lo cual se considera una muestra más de que la misma es un producto del crecimiento de la corrupción que se ha registrado en el mundo, lo cual la convierte en una de los peores males de la sociedad moderna, caracterizada por la internacionalización de la economía y la formación de grandes bloques de países, aspectos estos que en forma similar se han reflejado en el tema de la corrupción a niveles locales. Y como reflejo a nivel de cada uno de los países, vemos a los bloques de empresarios y financistas que se toman el poder mediante la utilización de partidos políticos que se aprovechan de las necesidades insatisfechas de los pueblos y de las promesas que realizan, pero que evidentemente no cumplen.

Cuando se hace referencia a la corrupción administrativa, generalmente se piensa solo en el funcionario público, lo cual constituye un craso error, puesto que generalmente la corrupción se genera desde fuera del aparato administrativo del Estado, mediante la acción de personas que desde sus perspectivas personales, reclutan, corrompen y ponen a su servicio a funcionarios públicos, para que sirvan a sus propósitos. Y ello se percibe claramente en la contratación de obras públicas, la concesión de servicios públicos a manos privadas, y algunas otras medidas gubernamentales que tienden a favorecer a sectores vinculados con los gobernantes de turno.

Uno de los aspectos principales y que es el blanco favorito de estos señores, lo constituyen las compras que realiza el Estado y para ello se valen de un sinnúmero de actividades, dirigidas fundamentalmente a la obtención de información previa sobre precios oficiales, características de los actos, oportunidad de los mismos, colaboración en la calificación de las propuestas, así como en la recepción de artículos con características inferiores a las solicitadas, e incluso en la participación fraudulenta en los actos públicos, mediante la participación de varias empresas de un solo propietario en los actos. Como podrá observarse, se trata de un intrincado conjunto de actividades que se realizan en las sombras y que en muchas ocasiones no pueden ser detectadas con facilidad.

Por ello, la frase “ni millones ni limosnas, queremos justicia” tiene ahora un  significado más profundo, aplicable no solamente a nuestro hermano país, sino al propio, en el sentido de que los pueblos están esperando que los gobernantes cumplan con su deber: dejen de servirse con la cuchara grande, y que –como gente sensata que es el pueblo sencillo- no esperan que les den millones que no existen, pero tampoco limosnas caídas de las copas rebosantes de quienes se aprovechan de sus posiciones políticas para enriquecerse y enriquecer a sus colegas empresarios. Lo que pasa es que esta concepción es el núcleo de la forma de pensar del neoliberalismo: enriquece a un grupo para que los excedentes se derramen hacia la mayoría empobrecida, y que, además, se sientan agradecidos con las limosnas.

Durante el actual gobierno panameño se han realizado manifestaciones de descontento que han sido reprimidas con inusual violencia, hasta el punto de contabilizarse ya varios muertos como consecuencia de la represión ejercida contra ellas. Y la violencia como se sabe, es la expresión más severa y directa del poder físico. Como fenómeno colectivo, hace referencias a las acciones -cometidas por el Estado como por diferentes sectores sociales que conforman la sociedad- orientadas a provocar destrucción, daño o sufrimiento de manera deliberada en contra de otras personas, abusando de ellas. Actualmente, entre las y los ciudadanos, existe una relativa conciencia que la violencia debe ser rechazada y condenadas en todas sus formas. Por lo tanto, existe de manera generalizada y amplia una reprobación moral y ética de ella. Sin embargo, la violencia se manifiesta de múltiples formas en la sociedad.

En un sentido amplio del término, la violencia puede ser práctica (física) o simbólica, visible o invisible. Puede ser producto de la capacidad de un perpetrador individual (violencia privada) o de grupos al interior de la sociedad, incluido el Estado y sus agentes (violencia colectiva). Para los fines de este artículo, el término de violencia lo usaré para designar su expresión práctica, visible o invisible y que implica el uso o la amenaza de la fuerza física para resolver un conflicto (conseguir objetivos sociopolíticos) en los diferentes etapas del devenir histórico de la sociedad chilena.

La violencia política (colectiva), objeto de esta reflexión, constituye una acción social y un comportamiento político que busca conseguir determinados fines provocando una destrucción material de bienes ya sea físicos o incluyendo, incluso, la vida humana de grupos o personas involucradas en un conflicto político. Por otro lado, la violencia puede tener objetivos políticos difusos y sin elaboración teórica previa, o puede estar enmarcada en un plan de acción consistente y sólidamente elaborado en base a una perspectiva teórica-política que le da sentido y la justifica. Estas reflexiones político-históricas buscan exponer que la violencia política tiene una explicación política e histórica posible: el miedo que permanentemente han sentido las clases dominantes y sectores medios a los sectores populares.

Luego del desmantelamiento de la dictadura militar Torrijos/Noriega se ha transcurrido por un proceso de reconstrucción de la economía en medio de la crisis mundial provocada por los grandes conglomerados financieros mundiales, y esta crisis  profunda se combinó con el auge mundial de las recetas neoliberales -contextualizadas por la globalización- que supuestamente resolverían dicha crisis: desmantelamiento del Estado benefactor, disminución del proteccionismo y apertura de los mercados nacionales, reorganización espacial de la producción, movilidad extraordinaria de capitales, innovación tecnológica que provocó desempleo y abatimiento de los salarios, flexibilización laboral, represión al descontento social y laboral, flujos migratorios extraordinarios, apertura y explotación de los recursos naturales, lucha feroz por recursos naturales estratégicos y por ello mismo, necesidad de presencia imperial en territorios también considerados estratégicos.

La globalización nos indica que la tajante separación entre lo interno y lo externo no existe ya. Pero la globalización que hoy vivimos tiene un carácter imperialista. Por imperialismo entendemos la expansión política, militar, ideológica y cultural de un Estado o de un grupo de Estados con el propósito de hegemonizar territorios, controlar recursos naturales, expoliar a enormes masas humanas, y con todo ello reproducirse ampliamente.

En la América Latina del siglo XXI, la soberanía de sus naciones se encuentra desvirtuada -además de las debilidades provocadas por la deuda externa y el neoliberalismo-  al menos por tres signos ominosos de carácter imperial: el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el Plan Puebla-Panamá y el Plan Colombia. El ALCA, que tendría que entrar en vigor en 2005, está pensado como uno de los instrumentos esenciales de la dominación estadounidense en la región. Para los Estados Unidos de América, contar con un mercado estable se ha convertido en una prioridad estratégica, dado su papel de  principal comprador en el mercado internacional.

Cabe plantear que las esperanzas puestas en la democracia representativa, como “forma óptima de la dominación burguesa” en América Latina, no se vieron cumplidas. En un mundo globalizado en el cual la soberanía es redefinida incluso en los países centrales, la reivindicación de la nación, que las políticas económicas de las dictaduras militares habían desvirtuado, no se observó. Más aún, al profundizar las políticas económicas neoliberales, las democracias representativas surgidas en la región profundizaron su desmantelamiento.

El balance de la restauración de la ciudadanía en el contexto de los regímenes posdictatoriales, también es magro. El surgimiento de nuevas formas de autoritarismo que se visten de democracia, la persistencia de la represión política, sobre todo, en los momentos de rebelión, la existencia de poderes invisibles (narcotráfico), las institucionalidades informales que desvirtúan a las formales, la intensificación de las ausencias estatales merced al neoliberalismo, el surgimiento de poderes y actos de justicia informales en campos y ciudades,  el crecimiento desenfrenado de la pobreza urbana y rural, el incremento del crimen organizado y la delincuencia común en los cascos urbanos, el énfasis en el recurso punitivo para frenar la delincuencia, la demanda de significativos sectores sociales para que los derechos ciudadanos se maticen  en el caso de los delincuentes, son todos factores de violencia y desciudadanización  para la mayor parte de la población.

Ciertamente, lo popular es un hecho crecientemente significativo en la región. Pero esta presencia creciente no  necesariamente se da en un juego de interlocución que provee al Estado de insumos para negociar la satisfacción de la  “justicia sustantiva”. Más bien lo popular está surgiendo en el contexto de un creciente y contradictorio espíritu antiestatal y antipartidos políticos y en el marco de crecientes dificultades del Estado para resolver las demandas sociales.

La situación de Panamá resulta para Costa Rica, proporciones guardadas, un espejo en donde mirarse. Allí se manifiesta con la más cruel crudeza el papel de los “empresarios” ejerciendo el gobierno de un país, es decir la expoliación total de los bienes públicos por manos privadas. Y aunque nuestra situación es bastante diferente: no tenemos su economía, sus ventajas, ni hemos padecido una dictadura militar con todas sus manifestaciones; si notamos localmente los resabios de esa avalancha neoliberal que asola el continente.

Los últimos incidentes políticos acaecidos en Costa Rica empiezan a señalar cuál es la mentalidad que prevalece detrás de las decisiones de gobierno, y por cuál camino estamos siendo conducidos hacia una mayor pauperización, no solamente material, sino ética y moral, típica de los países que han caído en las garras de una corriente que preconiza lo individual sobre lo social.

Ha llegado, pues, el momento de hacer un alto, reflexionar, buscar soluciones, organizar la sociedad civil en contra de las mafias que se han apoderado de los resortes del poder, expulsar del templo de las instituciones democráticas a tanto delincuente colocado allí por los partidos políticos –tradicionales y nuevos- y buscar a través de alianzas honestas y diálogo fecundo un “detente” a la rapiña que estamos padeciendo.

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