Costa Rica: La agresión a niños y niñas

 

Dos noticias que me llegaron a través de las innumerables fuentes noticiosas a las que es posible acceder a través de internet me dejaron realmente furioso. Una de ellas decía que una pareja había tenido encerrado dentro de un closet, sin comer, a un niño de cinco años, al que los policías pudieron rescatar en gravísimo estado de desnutrición. Otra, que la madre y el padrastro de un niño de cuatro años lo habían asesinado a golpes y patadas, porque supusieron que sería Gay. ¿A los cuatro años? ¡Por Dios! Ambos casos se dieron en el país en donde la violencia recibe un culto casi religioso por medio de los medios de comunicación, Los Estados Unidos de América.

En ambos casos habían sido personas jóvenes los padres desalmados que cometieron semejantes barbaridades. Y me pregunto: ¿no hubiera sido mejor que ambas parejas conocieran los métodos anticonceptivos que existen, o que la legislación les hubiera permitido interrumpir el embarazo en su primera etapa? Porque, además de la información, venían las fotografías de ambas parejas, y a leguas se notaba su absoluta brutalidad, su bajísimo coeficiente intelectual, la posible ausencia de inteligencia emocional e inteligencia social. Son rostros embrutecidos.

Una gran parte de la violencia permanece oculta. En ocasiones, los niños y niñas se sienten incapaces de denunciar los actos de violencia por miedo a las represalias de su agresor. Puede ocurrir también que ni los niños y niñas ni el agresor vean nada malo o inusual en estas prácticas, o que ni siquiera piensen que estos actos violentos constituyen violencia, y los consideren más bien como castigos justificados y necesarios. Puede que el niño maltratado se sienta avergonzado o culpable, pensando que se trata de un castigo merecido. Esto es a menudo la causa de que el niño se muestre reticente a hablar de ello.

La violencia es omnipresente en las sociedades en las que los niños y niñas crecen. La ven en los medios de comunicación, y forma parte de las normas económicas, culturales y sociales que configuran el entorno del niño. La violencia tiene sus raíces en cuestiones como las relaciones de poder asociadas al género, la exclusión, y la ausencia de protección por parte de un tutor adulto y de reglas sociales que protejan o respeten a la infancia. Otros factores pueden ser el consumo de drogas, el fácil acceso a armas de fuego, el consumo de alcohol, el desempleo, la delincuencia, la impunidad y el encubrimiento.  

La violencia puede tener consecuencias graves para el desarrollo del niño. En casos extremos resulta en lesiones graves o incluso muerte. No obstante, también puede afectar a la salud del niño, a su capacidad de aprendizaje o incluso a su voluntad de ir a la escuela. La violencia puede ser causa de que el niño huya de su hogar, exponiéndole así a más peligros. Asimismo la violencia destruye la autoestima de los niños y niñas y puede imposibilitarles para ser unos buenos padres en el futuro. Los niños y niñas que padecen violencia son más proclives de adultos a la depresión y al suicidio

El maltrato infantil está relacionado con el valor social que se otorga a los niños, las expectativas culturales de su desarrollo y la importancia que se da al cuidado de los niños en la familia o en la sociedad (Saucedo, 1995 citado en González, R.V. y Araiza, G.C. 1998) y esto a su vez se relaciona con las pautas o formas de crianza y los mitos, creencias y actitudes que los padres albergan en éstas, entre ellas están las creencias acerca de la necesidad de inculcar la disciplina mediante medidas de corrección físicas o verbales inadecuadas, pues desde tiempos inmemorables se ha aplicado la cultura del castigo y el miedo para educar a los hijos y así desarrollar «hombres cabales y de provecho”, también existe la idea de que los hijos son propiedad de los padres. Gracias a este mito que data de la época romana, los progenitores creen que gozan de poder absoluto sobre sus hijos.

La violencia contra los niños y niñas nunca es justificable ni aceptable. Los Estados están obligados a proteger a todos los niños y niñas de toda forma de violencia. Las leyes internacionales sobre derechos humanos se basan en el respeto a la dignidad humana de cada persona. Los niños y niñas, como personas, deben recibir el mismo grado de protección que los adultos.

Las formas extremas de violencia contra los niños y niñas –como la explotación sexual y la trata, la mutilación genital femenina, las peores formas de trabajo infantil y el efecto de los conflictos armados– han provocado un clamor internacional y generado una condena unánime, aunque no hay soluciones rápidas para este problema.

Además, muchos niños y niñas son expuestos habitualmente a violencia física, sexual y psicológica en el hogar y la escuela, en instituciones de protección y judiciales, en los lugares donde trabajan y en sus comunidades. Gran parte de la violencia contra los niños y niñas sigue siendo legal, autorizada por el Estado

y consentida por la sociedad.

Solo una pequeña proporción de todos los actos de violencia contra los niños y niñas se denuncia e investiga, y pocos perpetradores son llevados a juicio. La violencia es poco denunciada por varios motivos. En primer lugar, los niños y niñas muy pequeños no tienen la capacidad de denunciar la violencia. Además, niños y niñas muchas veces temen una represalia de los perpetradores o la intervención de las autoridades, ya que ambas pueden agravar su situación general. A veces, los propios padres son perpetradores de violencia contra

los niños y niñas o guardan silencio cuando otros miembros de la familia o miembros poderosos de la comunidad o la sociedad cometen violencia contra los niños y niñas. La violencia que implica la muerte de un niño puede no identificarse como factor determinante si esa muerte no se investiga suficientemente.

Pero no nos engañemos, un técnico que fue enviado a mi casa a realizar una reparación de un equipo electrónico, me contaba que en la Red de Cuido implementada por este gobierno, se habían dado casos de violencia contra los niños entregados a las organizaciones encargadas de cuidarlos y protegerlos, y que los periódicos locales nada habían dicho. No sé hasta qué punto será cierto lo dicho por este señor, pero no me extrañaría en absoluto. Nuestro nivel de educación general y particularmente en lo relacionado a la educación de los niños, dista mucho de ser inteligente. Es más, personalmente he sido testigo presencial, en lugares públicos y supermercados, de cómo una madre maltrataba físicamente o emocionalmente a un niño o niña.

Las consecuencias de la violencia contra los niños y niñas varían según su naturaleza y gravedad, pero las repercusiones de la violencia a corto y a largo plazo pueden ser devastadoras. La exposición a la violencia en la primera infancia puede afectar el cerebro del niño, en proceso de maduración. La exposición prolongada de los niños y niñas a la violencia, ya sea como testigos o como víctimas, puede alterarles el sistema nervioso e inmunológico y provocar trastornos sociales, emocionales y cognitivos, además de conductas que causan

enfermedades, lesiones y problemas sociales.

La violencia puede provocar conductas de riesgo, como el abuso de sustancias adictivas y la actividad sexual precoz. Algunos de los problemas sociales y de salud mental relacionados con la violencia son los trastornos de ansiedad y depresivos, el deterioro del rendimiento laboral, las alteraciones de la memoria y la conducta agresiva.

Estas reflexiones tiene la intención de que los lectores de Elpais.cr dediquen un poco de pensamiento a un fenómeno social, a veces oculto, negado o ignorado, que por lo general se manifiesta desde la escuela, en donde ciertos niños o niñas dan muestras de comportamiento inequívocos, que indican que pueden estar siendo víctimas de maltrato en sus hogares. Y la necesidad de que maestros y profesores se capaciten para detectar los signos de ello, a fin de poder colaborar en la solución del problema o denunciando los casos más evidentes.

Muchas veces, por ejemplo, la violencia que se manifiesta dentro de escuelas y colegios en contra de determinados niños o adolescentes,  no es más que la muestra de que algunos de los que la promueven lo hacen como un reflejo de lo que están padeciendo, física o emocionalmente, en sus hogares.

Hace algún tiempo, en Brasil, los titulares mostraron el caso de la procuradora de Justicia retirada Vera Lúcia de Sant’anna Gomes, acusada de agredir a una niña de 2 años adoptada por ella. El Ministerio Público fluminense la denunció por el crimen de tortura calificada. Con el shock que la noticia causó, muchos se preguntan qué es lo que lleva a un adulto a maltratar, torturar y hasta violentar a un niño, que, infelizmente, no es una realidad tan distante de todos. Día tras día aparecen denuncias de padres y familiares que maltratan a menores, niñeras golpeando bebés y violencia sexual contra niños y niñas – a veces cometida por conocidos de la familia.

El Hospital Nacional de Niños, en San José, podría darnos estadísticas escalofriantes acerca de cuántos niños llegan a él, víctimas de la violencia paterna o familiar. Algunos de cierta gravedad.

Pero, según la médica y psicoanalista Soraya Hissa de Carvalho, de Belo Horizonte (MG), el caso de Vera Lúcia de Sant’anna Gomes es, infelizmente, una excepción, ya que la mayoría de los casos de maltrato a los niños queda encubierta y los criminales continúan impunes. “Agresiones graves llegan a los hospitales camufladas en forma de accidentes domésticos, caídas o versiones fantasiosas inventadas por los propios padres para ocultar palizas y malos tratos hacia los hijos”, revela.

Pero, ¿qué es, exactamente, lo que caracteriza a la violencia? El concepto es muy amplio, y Soraya aclara. “Es todo comportamiento que causa daño a otro ser vivo, sea física, psicológica o moralmente. Contra los niños la violencia puede ser física, psicológica, sexual y por negligencia, que consiste en la omisión de los padres o responsables, cuando dejan de satisfacer las necesidades básicas para el desarrollo físico, emocional y social del niño y del adolescente.”

Según dice la médica, los daños de la violencia acompañan al individuo toda la vida si no tuviera el debido acompañamiento médico. “Las marcas dejadas en el cuerpo pueden ser curadas rápidamente, pero las psicológicas pueden dejar secuelas para toda la vida”. La psicoanalista informa que algunas de esas consecuencias, presentadas por la mayoría de las víctimas sondesordenes mentales y estrés postraumático, que causan volver a vivir el trauma, hiperactividad, hiperagresividad y disturbios del sueño. En casos agudos, están presentes sentimientos de infelicidad y pánico, regresiones a las fases anteriores al desarrollo del ego, así como un comportamiento autodestructivo y depresivo.

Otro dato infelizmente real, siempre detectado por especialistas, es corroborado por la psicoanalista de Minas Gerais: los individuos que fueron víctimas de violencia en la infancia pueden volverse adultos propensos a cometer las mismas crueldades sufridas por ellos. El agredido de ayer tiene grandes probabilidades de ser el agresor de mañana. No obstante, Soraya concluye: “No hay disculpas ni justificación para quien agrede a un niño.”

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