Costa Rica : EL SINDROME DE ASPEGER Y NUESTROS POLÍTICOS.

EL SINDROME DE ASPEGER Y NUESTROS POLÍTICOS.

Alfonso J. Palacios Echeverría.

Según Angel Rivière el síndrome de asperger es un trastorno cualitativo de la relación que se caracteriza por la incapacidad de relacionarse con iguales. Puede manifestarse a través de varias patologías, entre las cuales se encuentra la falta de sensibilidad a las señales sociales.

Otras muchas manifestaciones tiene el síndrome,  pero básicamente se trata de la incapacidad de relacionarse con otras personas. Falta de sensibilidad a las señales sociales. Alteraciones de las pautas de relación expresiva no verbal. Falta de reciprocidad emocional. Limitación importante en la capacidad de adaptar las conductas sociales a los contextos de relación. Dificultades para comprender intenciones ajenas y especialmente “dobles intenciones”.Pero, para los efectos de estas consideraciones, y para no enredarnos demasiado, resaltemos aquello de “falta de sensibilidad a las señales sociales”.

El descubrimiento más importante de la neurociencia es que nuestro sistema neuronal está programado para conectar con los demás, ya que el mismo diseño del cerebro nos torna sociables, al establecer inexorablemente un vínculo intercerebral con las personas con las que nos relacionamos. Ese puente neuronal nos deja a merced del efecto que los demás provocan en nuestro cerebro y, a través de él, en nuestro cuerpo y viceversa.

Aun los encuentros más rutinarios actúan como reguladores cerebrales que prefiguran, en un sentido tanto positivo como negativo, nuestra respuesta emocional. Cuanto mayor es el vínculo emocional que nos une a alguien, mayor es también el efecto de su impacto. Es por ello que los intercambios más intensos son los que tienen que ver con las personas con las que pasamos día tras día y año tras año, es decir, las personas que más nos interesan.

Durante esos acoplamientos neuronales, nuestro cerebro ejecuta una danza emocional, una suerte de tango de sentimientos. En este sentido, nuestras interacciones sociales funcionan como moduladores, termostatos interpersonales que renuevan de continuo aspectos esenciales del funcionamiento cerebral que orquesta nuestras emociones.

Las sensaciones resultantes son muy amplias y repercuten en todo nuestro cuerpo, enviando una descarga hormonal que regula el funcionamiento de nuestra biología, desde el corazón hasta el sistema inmunitario.

Quizá el más sorprendente de todos los descubrimientos realizados por la ciencia actual sea el que nos permite rastrear el vínculo que existe entre las relaciones más estresantes y ciertos genes concretos que regulan el funcionamiento del sistema inmunológico.

Bueno, hasta aquí tenemos alguna información básica sobre la patología del problema que vamos a plantear:

¿Padecen la mayoría de nuestros políticos el síndrome de asperger? Todo parece indicar que sí, dependiendo de la intensidad de su incapacidad para percibir las necesidades sociales.

Hay ocasiones en que el pueblo ya no aguanta más y se queja, se manifiesta, actúa, protesta, denuncia…pero a quienes va dirigida toda esa carga de rechazo parece que no se enteran y siguen en sus trece con posturas arrogantes, altaneras, partidistas, cegadoras, conflictivas. Ejemplo palmario de ello es cómo, después del alboroto de la concesión de la autopista a San Ramón, donde se descubre que el contrato es de nulidad absoluta, la actual Presidente de la República insiste en pagarles cuarenta y tres millones de dólares a la empresa delincuente. ¿Será porque allí se encuentran las coimas y comisiones de los involucrados que ocupan cargos en el gobierno? Lo mínimo que resulta es “sospechoso”, sobre todo cuando el ministro de obras públicas había sido consultor de la empresa antes de asumir el cargo. Lo menos que debió haber hecho, por ética, es abstenerse de intervenir en este asunto.

Estos aprendices de políticos, que nunca terminan aprobando esa difícil asignatura, se olvidan de lo que dijo en su día el gran filósofo español José Luis Aranguren: “La moral se esgrime cuando se está en la oposición. La política, cuando se ha obtenido el poder”. Estos señores que nos gobiernan y aquellos quienes les representan, patalean y claman en pro de la ciudadanía cuando no gobiernan y nos ningunean cuando están ejerciendo su mal gobernar.

Se perpetúan en el poder, y vuelven a él, porque el pueblo, en gran número, no tiene memoria histórica y además tenemos a esos otros hombres y mujeres que todo lo disculpan, que lamen lo que los poderosos les mandan, que se pliegan ante sus mentiras, que les defienden con excesivo baboseo, que mienten por hacer que el desconocimiento prime y beneficie al que nos gobierna.

Para los que no se manifiestan, a los que acatan, a los que callan, a los que sufren en silencio, a los serviles interesados pero, sobre todo, a los adoradores y lamedores de prebendas que, como decía el historiador inglés Arnold Joseph Toynbee: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”. El ejemplo lo tenemos en esta clase interesada, en  muchos casos, corrupta y que no piensan sino en el interés de partido y en el suyo propio y como muestra sus patrimonios y sus sueldos, inalcanzables para el resto de la ciudadanía. Esto es lo que tenemos y contra esa clase política, opulenta y deshumanizada, tremendamente insensible, y por ello escribo, porque no me pliego ante sus despropósitos y abusos, ante su cerrar sus ojos por aquello que afecta a sus semejantes y el abrirlos demasiado cuando su bienestar está en juego.

Cuando la ignorancia y la insensibilidad van de la mano en el ámbito de la política se generan resultados desastrosos. Y cuando éstas dos deficiencias intelectuales y emotivas anidan en un político, su actuar cae en lo que el filósofo alemán Emmanuel Kant, llamaba “entusiasmo exacerbado”, es decir, el estado emocional en donde el ser humano actúa precipitadamente y sin analizar en profundidad las situaciones donde quiere incidir, y lo que es peor, creer que se están haciendo bien las cosas.

En esta situación, el político es devorado por las prisas y por la búsqueda irracional de reconocimiento y legitimación ciudadana. Sus determinaciones son medidas pírricas, es decir, de impacto positivo inmediato, pero a mediano y largo plazo el resultado es negativo.

Los hechos confirman que los intereses de las y los ciudadanos transitan paralelamente a los intereses de la clase política. Esta dinámica lo único que genera es que la mayoría de la población crea cada vez menos en las y los políticos, propicia que las acciones del gobierno tengan menos legitimidad social, provoca una profunda desconfianza, inhibe la participación de la ciudadanía en las cosas públicas y produce cuestionamientos de fondo a la democracia como un sistema que efectivamente nos lleva a una mejor calidad de vida. Quizá este último saldo sea el más pernicioso.

La injusticia social se ha dado a través de la historia de la humanidad, y en cada país, localidad o región, la población se ha levantado en armas, porque están hartos de la tropelía de los políticos, de la tiranía de gobernantes, de la corrupción e impunidad del sistema. Por lo tanto, ya no se cree en la acción gubernamental. Varios países europeos ya no aguantan tal situación, y el pueblo se amotina y se rebela contra el estado de cosas. ¿Y nosotros?, bien gracias. Que nos ilumine el creador para armar una estrategia local y nacional de rebelión pacífica, como lo hizo Mahatma Gandhi en la India. Pero estos son otros tiempos.

La justicia terrenal no funciona, porque está basada precisamente en la injusticia social, en la venalidad de los políticos. En justicia social el Estado ha fallado a sus ciudadanos. Las movilizaciones sociales que ha emprendido la sociedad civil, no son únicamente por protestar por la corrupción generalizada; es una protesta mucho más profunda, por la mala planificación de la economía, de la educación, de salud, de la incapacidad total para erradicar la corrupción y la impunidad, de no poder impulsar el crecimiento económico y desarrollo social; y como medida de salvación por esto último, recurre a las políticas asistencialistas, entre otras cosas.

Y en el fondo de todo ello yace esa falta de sensibilidad a las necesidades sociales: una o varias modalidades del Síndrome de Asperger, mezclado con la codicia patológica de que hacen gala y han hecho en el pasado quienes han gobernado este país, al menos en los últimos treinta años.

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