Coronavirus: una luz al final del túnel

Mucho se ha comentado en el hervidero de las redes sociales, en las conversaciones presenciales y telemáticas de la vida cotidiana, en las tertulias televisivas y en los editoriales de la prensa hegemónica, en las declaraciones políticas de partidos e intelectuales, y hasta en los interludios que se dejan entre los intensos aplausos desde ventanas y terrazas. Muchísimo se ha dicho al respecto de la pandemia de COVID-19. Sin embargo, de entre todos estos discursos y diálogos lo que más nos intersa a continuación no son los temores exaltados ante la gravedad de la situación, ni las necesarias instrucciones higiénicas ni los datos estadísticos graficados en curvas desalentadoras, ni tan siquiera las dolorosas y tristes llamadas entre parientes y conocidos afectados, y ni mucho menos las crispadas y partidistas recriminaciones contra el Gobierno español.

Ahora bien, lo relevante, según creemos, de toda esta maraña de afirmaciones en cierto sentido políticas es esa profunda convicción en algunos sectores de la ciudadanía de que el coronavirus sirve y servirá para demostrar, con hechos y lágrimas, la absoluta superioridad de lo público a lo privado, la defensa  a ultranza de lo común, la solidaridad entre miembros del cuerpo social como premisa básica de una comunidad civilizada, e incluso, en perspectiva de género, la importancia de los cuidados y su ética como pilar esencial de la sociedad. El hilo conductor de este idealismo ha sido considerar la pandemia como una ventana, como una oportunidad de salto cualitativo hacia el establecimiento de un nuevo sentido común fundado en el compromiso con los demás, en la refutación del individualismo atomizante actual y en la construcción de un futuro comunitario que priorice necesidades sociales sobre beneficios privados.

A este respecto, varios elementos, se dice, avalan esta interpretación de la nueva crisis sanitaria y socioeconómica. Un juicio despiadado podría insinuar que la lógica subyacente recuerda a esos recursos motivacionales tan en boga que se sostienen sobre el cliché de que la escritura del concepto crisis en chino utiliza dos ideogramas: riesgo y oportunidad. Lejos de esta crítica, uno no puede menos que comprender que la magnitud del malestar y la incertidumbre sobrevenidos con esta crisis conlleva, en cierto modo, la constatación de la proximidad de un cambio amplio y quizá estructural de las condiciones presentes.

No obstante, lo erróneo es pensar que las transformaciones que se avecinan han de ser positivas por necesidad. ¿Y si lo que se ha abierto, en lugar de una puerta hacia la protección conjunta, hacia la priorización de la agenda social y hacia una perspectiva cultural que generalice la responsabilidad global y redes afectivas y materiales para garantizar el bienestar colectivo, es un trampolín hacia el autoritarismo y la barbarie?

¿No es posible, acaso, que esta crisis sólo agudice las contradicciones de la globalización capitalista y sus terrores respectivos? Donald Trump sentenciando con arrogancia el origen chino de la neumonía es seguramente un buen termómetro de la imprensión de enormes capas de la población: «esto es de fuera, viene de fuera y lo hace para dañarnos». El desprecio por lo extranjero, esté personificado en un inmigrante que pide auxilio a las puertas de la Hélade o en una infección vírica, es, como mínimo, una derivación tan probable de lo que está sucediendo como lo puede ser la implementación de un sentido de globalidad compenetrada y empática.

Quizá la búsqueda de un control férreo de fronteras. Tal vez la nostalgia de Ejecutivos duros, instransigentes, que impogan medidas y soluciones efectivas de modo rápido, sin trabas de procedimiento ni consultas democráticas y formales innecesarias. Sobre todo, ¿la vigente suspensión de determinadas libertades civiles, aunque totalmente justificada por criterios técnico-médicos, no sienta un precedente y en cierta manera normaliza por el propio hecho de materializarse la consideración que algunas problemáticas han de solventarse sin intromisiones paralizantes como, por ejemplo, derechos de la ciudadanía?

¿Y si precisamente, de darse una nueva actitud general de patriotismo social, de amparo del Estado de Bienestar como escudo imprescindible, ese nuevo predominio de lo común no fuera más que una tapadera o parche de las miserias existenciales que afrontan millones de personas en nuestras sociedades? En otras palabras, ¿es posible que los aplausos recurrentes hacia profesionales sanitarios, con independencia del mérito de su trabajo y esfuerzo en circunstancias tan adversas, romanticen esa heroicidad precaria y maquillen las desastrosas condiciones laborales de un sector desposeído y más vulnerable por años y años de privatizaciones? Por supuesto que hay personas que a las 20:00, puntuales, salimos a vitorear la resistencia y tesón del personal sanitario —y del resto de profesiones como cajeros y cajeras de supermercado, los trabajadores que distribuyen las provisiones, etc.— a la vez que nos enorgullecemos de la gratuidad y calidad de nuestros servicios públicos. Pero, ¿no es una duda pertinente el que quizá de este modo se dignifique lo que a todas luces es indigno, es decir, que se normalice la heroicidad de trabajadores sin recursos y sobreexplotados que no debieran ser héroes, sino nada más que lo que son, esto es, trabajadores? Por otro lado, junto a las patéticas alabanzas a empresarios filántropos y su condición de auténticos guías preparados para ayudarnos y conducirnos lejos de la amenaza, ¿no es este un corporativismo anticuado, que condena a los de abajo a sacrificios que no deberían jamás tener lugar y eleva a los de arriba a un estatus semidivino de admiración e incluso capacidad de dirección social?

Por todo lo dicho, considero oportuno acabar con una gráfica y brutal metáfora del analista cultural Slavoj Žižek, la cual, desde luego, encaja a la perfección con las posibilidades descritas en este artículo sobre una salida autoritaria a la tesitura presente. En efecto, al final de esta pandemia estamos vislumbrando una esperanzadora luz al final del túnel. Por supuesto que, radiante, vemos cómo se despliega allá a los lejos esta luz: se trata de otro tren que viene en nuestra dirección preparado para arrollarnos.

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