Contra la muerte prematura

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Somos demasiados, el Estado es para los demasiados. La demografía todavía no controlada  hace que tengamos mucha más administración, mucha menos libertad de la que quisiéramos. Francia permite asistir al suicidio. Nos matamos solos pero despacio, pero si se trata de hacerlo deprisa: con ayuda mejor. También se “asiste” al parto, pero mejor si hay alguien al lado, para echar una mano, por si llegara a necesitarse.

  La policía detiene a un sospechoso, eso es el Estado. Aparte de garante del orden y mamporrero del capitalismo también tiene una función asistencial. Los colectivos profesionales salen a la calle para exigir trabajo, pero algunos además dicen que no hay derecho a que se abandone la función asistencial que el Estado debe asumir. Pero pedirle que haga filosofía por nosotros y que si no puede garantizarnos una vida digna, al menos que nos garantice una muerte digna, es pedir demasiado.

  Recuerdo anteriores discusiones con los partidarios de la eutanasia, y como cuando los que estábamos en sanidad, recibíamos lecciones contra el encarnizamiento terapéutico y a favor del testamento vital y la eutanasia, optábamos por callar. Ya matamos bastante por cuestiones de presupuesto y sin permiso. Que nos lo den y verán.

  Como en el tema de las armas, que el que haya tantas hace que tenga que seguir habiéndolas para poder defenderse, en el tema del suicidio basta hablar de él como para que aumente. El primer problema de la filosofía es si esta vida vale la pena vivirla. Que a la salida del examen haya kits de suicidio al alcance de los que decidan que no, sería poco civilizado.  

   Como dijo aquel estudiante que asistía a clases de filosofía de un filósofo de ideas izquierdistas pero que vivía como un príncipe: “Quien no esté de acuerdo con el capitalismo que no coma, y el que coma que no tenga derecho ni a pensar en otra cosa. Todo lo demás es inconsecuente, simple y llanamente”. Contra tales artimañas solapadas y fulleras Adorno objetó con aquella cortesía tan suya, que la separación entre teoría y práctica es uno de los grandes progresos de la civilización.

  Una vez en el jardín hay que hacer por volver al guión original con un cierto decoro, una vez acariciado lo suficiente el círculo, sabiéndose en un círculo vicioso, hacerse al vicio. Que no hay pulsión a la repetición más allá del principio del palcer. Como canta Brassens: “Mourrons pour des idées, d´accord, mais de mort lente. D´accord, mais de mort lente”. El poeta dice que es una idea excelente, pero que dejar vivir en paz a los demás es mejor. 

  Los mayores dormimos peor, necesitamos venenos para dormir. Los locos tienen delirios, necesitan venenos para no tenerlos. Todos nos matamos un poco cada día con los venenos que tenemos a nuestro alcance o por los que están en nuestro medio ambiente, algunos además necesitamos un poco más de veneno al final de cada día y mucho más al final de cada vida. Ahora dicen los franceses que pondrán a nuestro alcance el que necesitemos.

  “¿Los pensamientos y pasiones más enérgicos representados delante de los que son incapaces de pensamientos y pasiones? ¿Qué es esto más que embriaguez? ¿Qué son aquellos sino un medio de llegar a esta? ¿Los media entendidos como narcóticos? ¡Ay! ¿Quién nos contará la historia completa de los narcóticos? ¡Casi  es la historia de la civilización, de lo que llamamos civilización superior!” Los dolores de cabeza de Nietzsche no le permitían beber vino, pero le permitían embriagarse “con otros medios”.

  ¿Contra qué tipo de muerte debe luchar la medicina?: Contra la muerte prematura. Muerte prematura social, espiritual  y biológicamente. Empezando por la muerte en soledad que desafortunadamente tienen que vivir muchas personas no sólo en los hospitales, sino incluso en otros entornos. Siguiendo por la muerte de la conciencia producida por la sedación aplicada precozmente. Y al final por la producida por la falta de recursos a destinar a los moribundos. En cuanto no hay dinero no sólo la cultura es lo primero sino que volvemos a la primera pregunta de la filosofía: ¿Para qué seguir viviendo? Pero que no filosofen por nosotros, por favor. Y menos el Estado.