Contra la crisis económica, la Revolución Socialista es la única alternativa de la Clase Obrera

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La situación política pasa por unos momentos de ebullición, motivada por la crisis económica (sus efectos sobre las clases sociales) y las medidas que el gobierno del PSOE está impulsando para parchear la realidad.

El debate general se está orientando sobre en quién debe recaer las medidas con el objeto de salir de la actual situación de crisis: la burguesía, con sus dos grandes partidos al frente (PSOE y PP), sostiene que todos debemos arrimar el hombro pues todos debemos estar interesados en salir de la actual situación, aunque en realidad lo que pretende es cargar sobre la espalda de la clase obrera las consecuencias de la crisis; los partidos y sindicatos colaboracionistas (IU-PCE/CCOO-UGT-CSIF) sostienen que hay que repartir las cargas, sacrificándonos todos, aportando más quien más tiene; y las organizaciones comunistas a la izquierda del PCE, defienden con distintos matices, que la crisis tienen que pagarla los capitalistas, cargando las responsabilidades sobre la oligarquía, es decir, el gran capital.

Tanto unos como otros plantean la salida a la crisis desde el punto de vista economicista, buscando salidas a corto plazo, cada uno dependiendo de la clase que se dice representar. Desde nuestra organización, sin embargo, sostenemos que ese no debe ser el núcleo del debate y de la política a desarrollar, al menos dentro del seno de la clase obrera. Mantenemos, en síntesis, que la única salida real para la clase obrera es la defensa de una política que vaya dirigida contra las condiciones de explotación del capital, es decir, contra el sistema capitalista en su conjunto, aportando con ello la alternativa del socialismo como la única respuesta al capitalismo. Ello, en concreto, significa preparar las condiciones actuales para la revolución social, que empieza por la construcción de la organización que dirija dicha revolución, es decir, su línea de actuación y su ligazón con las masas proletarias interesadas en la transformación social.

No podemos defender, por el contrario, una política que somete la línea de actuación que prepara las condiciones para la revolución a la marcha espontánea de las masas trabajadoras, a algunos sectores en particular, o a los intereses electoralistas de las organizaciones que las domina. No podemos hipotecar, en ningún caso, la participación y la lucha de las clase obrera a medidas que tratan de reformar, de una u otra forma, el sistema capitalista, propiciando una nueva correlación de fuerzas a favor de sectores de la pequeña y mediana burguesía nacional y nacionalistas que junto con sectores de la arisrocracia obrera conviertan a la clase obrera en esclavos de los intereses de dichas fracciones de clases y de un régimen social que encadene sus reivindicaciones históricas a la coyuntura política inmediata (República y programa económico antimonopolista y antioligárquico).

Las organizaciones comunistas con un marcado carácter revisionista y oportunista, en donde se encuentra a la cabeza el PCPE, no dicen expresamente renunciar a la derrota de la burguesía y a la construcción del socialismo, pero lo someten al desarrollo de una alianza de clases y a un programa económico idealista (irrealizable en el imperialismo por la fortaleza del capital financiero y el sometimiento de la pequeña y mediana burguesía a los intereses de ese sector del capital) y reaccionario (se quieren buscar soluciones regresivas al desarrollo del capital, en su fase imperialista, para volver a su fase de libre competencia, cuando lo suyo, desde el punto de vista materialista, es buscar soluciones progresivas, es decir, basarse en las actuales condiciones para superarlas).

En la actual situación de desarrollo del capitalismo y de debilidad ideológica y política de la clase obrera, en donde ni siquiera tiene construido su partido y tiene definido quién es su enemigo de clase al cual tiene que derrotar, la alianza de clases con fracciones de la burguesía es ponerse a su regazo, a la disposición de sus distintos intereses de clase, sirviéndole de carne de cañón en la lucha de las distintas fracciones burguesas por el reparto de la plusvalía social, extraída de la explotación de la fuerza de trabajo asalariada. Lo que en realidad vende el revisionismo y el oportunismo con su “programa mínimo” es humo y falsas ilusiones democráticas a la clase obrera, o a determinados sectores, al proponer con sus argumentos que se pueden conseguir conquistas sociales, incluso el socialismo, con mecanismos democráticos sin tener en consideración la fuerza social con que se cuenta y el estado real de la lucha de clases.

Pongamos como botón de muestra la cacareada nacionalización de la banca o de determinados sectores económicos estratégicos. Se plantea las nacionalizaciones al margen de la toma del poder de la clase obrera, dentro de los márgenes del régimen de producción capitalista, es decir, del poder de clase de la burguesía. En estas condiciones, las nacionalizaciones no significan apropiación, sino transferencia, esto es, pasar a propiedad social del estado (burgués) lo que antes era propiedad individual o colectiva de la burguesía.

Ello sólo puede suponer que la burguesía a través del estado (burgués) planifique más “racionalmente” la economía capitalista, esto es, garantice una mayor tasa de ganancia general y su distribución particular entre los diferentes propietarios privados (capitalistas). La nacionalización de la banca incidiría en la extensión del crédito y en su reparto general entre el conjunto de empresas con el objeto de que se salven las más competitivas, cosa que ahora no ocurre porque está cortado el grifo ¿Con ello que gana la clase obrera? Seguir siendo esclavo de la economía capitalista al colaborar con las empresas a que salgan del bache económico general en que están inmerso.

La consigna de nacionalización fuera de la perspectiva de la transformación del régimen de producción capitalista supone alimentar las ilusiones entre los sectores más atrasados de la clase obrera que creen que el Estado está por encima de las clases, que tiene la función de redistribuir la riqueza social entre la población. Significa, además, potenciar la vía parlamentaria y la confianza en los partidos parlamentarios y la idea de que desde el Parlamento y sin lucha de la clase obrera pueden mejorar los trabajadores sus condiciones de vida y trabajo. Lo cual es completamente falso como indica la evidencia.

Mayo, 2010

Colectivo Comunista de Málaga (COCUMA)