(Cont.) Aportes de un publicista al programa democrático y nacional de los comunistas (marxistas-leninistas)

El Estado

Marx y Engels al sentar los fundamentos de la doctrina comunista han centrado su atención en dos cuestiones claves: aquella de la propiedad sobre los medios de producción y de los medios de vida, y,  aquella sobre el carácter del Estado. Desde entonces  los más avispados ideólogos liberales y los reformistas, esto es los llamados “liberales socializantes” por el filósofo Ricaurte Soler, han manifestado su acuerdo con que los medios de producción sean en última instancias propiedad de la comunidad. Pero, para ellos dicha comunidad está representada por el Estado. Reinterpretando a Marx y al Engels, los que efectivamente han señalado que al final todos los medios de producción han de pasar a manos del Estado, esos mismos socialliberales y reformistas se han dedicado a realizar torcidas disquiciones teóricas alrededor de lo que suponen el papel de “arbitro”, de estar “por encima de las clases” y “de las peleas entre las clases” (sic), de ser “la voluntad de toda la nación”.

De ahí, deducen, independientemente de su real naturaleza de clase y de su real papel en la lucha de clases, la sugerencia de lo progresivo del “darle impulso al capitalismo estatal” (Rubén Souza, IX Pleno Ampliado del CC del Partido del Pueblo. Documentos Históricos, p. 68). Engels, en su momento, ha descalificado eso como “servilismo”; y de su lado Marx de sana planta les ha cortado toda ilusión: “el Estado es máquina de guerra nacional del capital contra el trabajo”.

Invalidar tal aserto, científico y revolucionario, es la tarea urgente que le imponen las clases dominantes a toda esa camada de eruditos a sueldo de la ciencia política. Echar arena en los ojos de los trabajadores y de la juventud estudiosa, es el cometido asignado. Y ciertamente, no hay fenómeno social más confundido por los académicos a sueldo del capital (llámense César Quintero, Moscote o Méndez Pereira), como hemos aprendido en las aulas universitarias,  que la del Estado. Y eso  porque no hay cuestión más vital para los intereses de las clases dominantes. Ellos han de representar al Estado como una especie de «fuerza sobrenatural» colocada por  encima de la sociedad y que ha existido de siempre. Proclamando de ahí, que el mismo “es de todos y vela por todos”, que no tiene carácter de clase alguno  y, por el contrario, por esencia  es neutral ante los conflictos sociales y políticos de desgarran a la sociedad; «instrumento de orden», un «juez de la paz ciudadana» llamado a resolver las controversias que puedan surgir entre las personas, ya sean ricas o ya pobres.  Esta teoría del Estado sirve para justificar y ocultar el monopolio del poder estatal por la burguesía y sus privilegios, más allá,  la existencia de la explotación y el capitalismo prehistórico, protoindustrial y burocrático-comprador existente en nuestro país.

A diferencia de los ideólogos burgueses, Marx y Engels  han demostrado que el Estado no es algo introducido en la sociedad desde el exterior, por obra de Dios o de un sabio legislador, sino un producto de los antagonismos irreconciliables  surgidos en el seno de la sociedad. El estado fue traído a la existencia por los cambios en la producción material y el establecimiento de unas nuevas relaciones sociales de producción superiores a las viejas relaciones de producción colectivista primitiva y a aquellas que Marx ha llamado del “despotismo asiático”. En su matriz se encuentran la propiedad privada y la aparición de clases sociales con intereses divergentes, propietarios y trabajadores; el Estado del interés de mantener sumisas a las clases dominadas, desposeídas de poder sobre sus medios de vida y de toda “autoridad” en la sociedad, y; con la función de defender, sobre todo con la violencia, los intereses colectivos de los grandes propietarios dominantes. El surgimiento del Estado y su perfeccionamiento continuo es el resultado de la feroz lucha de clases que ha rasgado desde entonces a la sociedad política.

En esta sociedad política, caracterizada como una sociedad dividida en clases antagónicas, desde la desintegración de comunismo primitivo (Neolítico) a hoy, el Estado es una maquinaria de dominación política, centralmente. De ahí, el apuntamiento lapidario de Marx  “El Estado es máquina de guerra nacional del capital contra el trabajo”.

Continuando a su gran Maestro, Lenin escribe, “Según Marx el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra: es la creación de un <orden>. Que legaliza y afirma esta opresión moderando los conflictos de clase. Según los políticos pequeño-burgueses, el orden precisamente es la conciliación de las clases, y no la opresión de una clase por otra, moderar los conflictos, es concertar, y no quitarle ciertos medios y procedimientos de combate a las clases oprimidas en la lucha por el derrocamiento de los opresores”. Remarcando, además. “todas las revoluciones políticas no han hecho más que perfeccionar esta máquina lejos de destruirla”.

Y remarca: “Esta deducción es lo principal, lo esencial, en la doctrina marxista del Estado” y concluye: “… la esencia es saber si se conserva la vieja máquina estatal (enlazada por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta la médula de rutina e inercia) o se la destruye, sustituyéndola con otra nueva. La revolución no debe consistir en que la nueva clase mande y gobierne con la ayuda de la vieja máquina del Estado, sino destruya esta máquina y  mande y gobierne con ayuda de otra nueva”.

Así pues destruir, romper, hacer estallar esta máquina de guerra de los explotadores contra los explotados, que es el Estado, es tarea central de la “revolución democrática violenta” (Engels) de la clase obrera y de sus aliados sociales y políticos. Así procedieron contra el Estado feudal los revolucionarios burgueses franceses en 1789, los revolucionarios proletarios rusos en 1917 y los obreros y campesinos chinos contra el Estado burgués semifeudal en 1949.

Es la gran lección política que nos llega del pasado y del pasado reciente de las luchas revolucionarias conducentes a edificar una nueva sociedad, y que nosotros obreros y campesinos panameños no podemos dejar de lado: que sólo la dictadura de la clase revolucionaria asegura el derrocamiento completo del antiguo régimen y la exitosa realización y continuidad de la revolución. Ello ha sido demostrado a lo largo de dos siglos de feroz lucha de los oprimidos contra los opresores. Así la dictadura democrático revolucionaria del partido Jacobino, durante la Gran Revolución Burguesa francesa (1789-1795); la dictadura del proletariado materializada a través de la organización de los Soviets en la Rusia de Lenin y Stalin, y; la dictadura democrático-popular y su ininterrumpida transformación en dictadura del proletariado, realizada por Mao Tse-tung en China, nos indican claramente cuál es el desemboque ineludible de la revolución social moderna.

Si de veras se la quiere llevar a realizar consecuentemente sus tareas: eliminar y cancelar de raíz todo el viejo régimen político y social, barrer implacablemente a las antiguas clases dominantes y opresoras destrozando la base económica de la misma y construir la nueva sociedad.

En fin, si el pueblo –vale decir, los obreros y los campesinos- si de veras quiere conquistar la democracia y la libertad política no tiene otra vía que demoler la vieja máquina estatal de la burguesía compradora y de los terratenientes y sustituirla con otra nueva de la cual sea auténtico dueño, y cuya necesidad enraíce en lo hondo y profundo de la conciencia del trabajador colectivo y de la sociedad.

Consecuentemente, debemos concluir de todo esto, que la monopolización del poder estatal por una clase o por una alianza reaccionaria de clases sociales, pero siempre bajo la dirección de la burguesía, y que aparta del ejercicio del poder y reprime a las clases trabajadoras, le impone  como cometido inmediato suyo el destrozar la maquinaria política de  opresión y violencia reaccionaria. Esto independientemente cualquiera sea la forma que revista, ya monárquica o ya republicana, oligárquica o democrática, burocrático-policial o parlamentaria.

¿Cuáles son las características del Estado?

 

Lo qué es y lo que no es el Estado

 La característica principal del Estado es la existencia de una autoridad pública sobrepuesta a la sociedad toda, pero, como hemos visto, realmente  representa los intereses de las clases  económicamente dominantes, no a toda la población. Esta autoridad se apoya en una serie de destacamentos especiales de hombres armados, Policía,  Guardia Nacional y el ejército.

En sociedad dividida en clases, estos “destacamentos especiales de hombres armados”  están al servicio y en manos de las clases dominantes y son utilizadas para reprimir al pueblo, para subordinarlos al puñado de explotadores. Es lo que denomina sistema del Estado.

Otra característica lo es la organización de un poder gubernamental, en la cual se concreta el poder político del Estado. Los órganos representativos (Ejecutivo, Legislativo y Judiciario) y un sistema complejo institucional, una enorme máquina burocrática administrativa con todo un ejército de funcionarios, policía política y agencias de inteligencia, tribunales, fiscalías y cárceles, todos los cuales son utilizados con el mismo fin. En su conjunto constituyen el sistema de gobierno.

En sociedad política, no olviden que bajo esa denominación he estado haciendo  referencia a toda sociedad clasista, todo Estado está sustentado en el agrupamiento territorial de la población, es decir, en provincias, distritos, corregimientos, comarcas y otros. Esto como resultado del desarrollo de la producción, la creciente división social del trabajo y de la diversificación creciente del trabajo social, la ampliación del comercio y del intercambio de mercancías y, en particular, la creciente complejidad de funciones del aparato estatal mismo.

El Estado burgués, sea cual sea su forma, es la dictadura de los capitalistas, una máquina para la opresión de la clase obrera y todos los trabajadores. En medio que siempre empleará la coerción y la violencia institucionalizada en contra de sus enemigos de clase en distintos grados y formas. 

Con la apertura de la nueva época histórica del imperialismo y de la revolución proletaria, iniciada con la gloriosa Gran Revolución Socialista Proletaria en 1917, en la otrora Rusia de los zares, a nuestros días,  el Estado burgués en las condiciones del capitalismo imperialista ha arrojado por la borda  el ropaje de democraticidad y se nos presenta tal cual es una dictadura terrorista abierta sobre la clase obrera y la humanidad trabajadora. Deviniendo, desde ese mismo momento, en traba para el disfrute de la libertad y del progreso social de la humanidad.

Pero, fijaos bien, hasta ahora he estado hablando del Estado, en general, e incidentalmente del Estado burgués en particular, con prescindencia de las condiciones económicas y políticas concreta, histórico nacionales, que predeterminan la dinámica interna de su desenvolvimiento. Esto es, de los cambios esenciales ocurridos en el seno del Estado burgués a consecuencia del paso de la época del imperialismo a la del imperialismo y la revolución proletaria  socialista internacional. Más aún, concretamente y en particular, de la forma con que se ha materializado en las condiciones de ésta época histórica en un país de capitalismo comprador-burocrático  como Panamá.

En país que, pese a la existencia secular de un movimiento nacional reivindicador, se encuentra aún al presente coronado por un Estado no homogéneo nacionalmente ni nacionalmente independiente.

De ahí, por un Estado de existencia jurídica y políticamente formal, por ende no puramente burgués como expresión del posesionamiento nacional-estatal sobre su mercado interno, sin integral soberanía territorial, subsumido en el poder soberano de una potencia imperialista extraterritorial. Ello como resultado de la colusión de la burguesía monopolista estadounidense, en expansión, y el puñado de familias terratenientes, conformantes del núcleo dominante de la minoría nacional blanca de origen español, que monopolizadora de la propiedad de la tierra y heredera del aparato administrativo-militar colonial español sirve de base real formativa de las clases sociales económica y políticamente dominantes en la sociedad aquí asentada.

De lo que se ha tratado es de un pacto anti-natura entre una potencia neocolonizadora, opresora, y una camarilla de plutócratas latifundistas y de empleados a sueldo del capital monopolista yanqui (de la Cía. del ferrocarril transístmico, de la compañía del Canal y de los grandes bancos de Wall Street).

Debido a lo cual, desde su erección en 1903 a la fecha, no ha sido ni es nacional-burgués independiente y el que su forma de gobierno nunca haya tenido auténtico carácter democrático-burgués. Nacido atado a fuertes resabios feudales provincianos y bajo la férula del imperialismo yanqui, se ha desenvuelto degenerativamente como Estado neocolonial y por su sistema de gobierno convertido en una auténtica República bananera más exactamente canalera.

“¿¡Cómo!? ¿Qué dice “estado no-nacional” y, además, “república bananera”? Nos insulta Usted y, además, escupe al rostro del nacionalismo panameño, me parece escuchar a algún sincero patriota panameño.

 ¿Cómo están las cosas hoy?

Dos puntos saltan a la vista hoy, con la entrada del siglo XXI: el imperialismo es la guerra y el Estado burgués, imperialista o no, ha completado su viraje de la democracia a la reacción.

 

(El Estado burgués y el fascismo hoy)

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