Consideraciones acerca de las estadísticas más problemáticas sobre la desigualdad en EEUU

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Las familias del 1% más rico de EEUU se están quedando con una porción más alta&nbsp de la renta nacional. Entonces, ¿por qué las últimas estadísticas de la Reserva Federal no muestran el correspondiente aumento en su porción de la riqueza nacional?

Desde 1790 los Estados Unidos realizan regularmente conteos de su población mediante censos. Pero el gobierno federal no comenzó a contabilizar los dólares que la gente tenía en sus bolsillos, con alguna regularidad, hasta 1983, cuando la Reserva Federal empezó a dirigir una «Encuesta de la Riqueza Familiar» [Survey of Consumer Finances; T.).

Mediante esta encuesta, que ahora se realiza cada tres años, se calcula el volumen de riqueza de las familias estadounidenses y cómo se distribuye. La Reserva Federal condensa toda esta información en un resumido informe donde se compara la riqueza de las familias pobres, las adineradas y las que se encuentran en una situación intermedia, una tarea relativamente sencilla.

Pero el informe no nos dice mucho sobre los estadounidenses que son verdaderamente ricos. Estos permanecen invisibles, perdidos en la difusa categoría: «10% superior», que incluye a muchas&nbsp familias que pocos estadounidenses considerarían excepcionalmente ricas. En la última encuesta sobre la situación financiera de las familias realizada por la Reserva Federal, dada a conocer en febrero, este 10% superior abarcaba a hogares que percibían tan sólo 140.000 dólares al año.

Al rescate salió Arthur Kennickell, el jefe de la unidad de encuestas de la Reserva Federal. En los últimos años, Kennickell ha analizado los datos de la Encuesta, concentrándose en las familias dentro del segmento de riqueza del 1% superior de renta, un grupo que la mayoría de los estadounidenses definirían como 'ricos'. Su último análisis ya está disponible en la red.

En 2007, el año que cubrió la última Encuesta de Riqueza Familiar, una familia necesitaba poseer un valor neto de al menos 8,3 millones de dólares para pertenecer al 1% más rico de la nación. En conjunto, estas familias del 1% más alto tenían una riqueza neta colectiva de 21,9 billones de dólares, 3,5 billones más que la riqueza neta combinada de todas las familias por debajo del 90% superior de renta.

En realidad, estos números subestiman la riqueza de los que integran el 1%. Cada Encuesta sobre la Riqueza Familiar, como señala Kennickell, «excluye específicamente» de la muestra a cualquiera que sea lo suficientemente rico como para estar en la lista Forbes de los 400 estadounidenses más ricos.&nbsp En 2007, los 400 de esta lista reunían conjuntamente un patrimonio de 1,5 billones de dólares.

Pero en 2007, aun sin incluir las fortunas de los 400 de Forbes, el 1% superior seguía concentrando la desproporcionada participación del 33,8% en la riqueza familiar total de los estadounidenses. Las familias del 90% inferior, conjuntamente, sólo participan del 28,5%.
Robert Frank, el periodista del Wall Street Journal que cubrió la noticia, encontró que estos números eran profundamente problemáticos –y no sólo por la obvia razón de que revelan una alarmante desigualdad en Estados Unidos-. Para Frank, estas cifras del 1% más rico de la población son estadísticamente incoherentes.

He aquí el por qué. De acuerdo con la Reserva Federal, el 1% más rico del país en 2007 poseía aproximadamente la misma proporción de la riqueza nacional que el 1% más rico en 1995. Es más, la participación en la riqueza del 1% superior en 2007 (33,8%), fue incluso un poco inferior al 34,6% que tenía el 1% más rico en 1995.

Sin embargo, curiosamente las cifras sobre la renta muestran una dinámica bastante diferente. Desde mediados de la década del 90, la renta familiar del 1% más rico se ha elevado sustancialmente, pasando de un 11,5% de la renta total familiar en 1994 al 16,4% en 2006.

¿Cómo se explica? ¿Cómo pueden los más ricos estar aumentando su participación en la renta nacional y no tener ninguna variación en su participación en la riqueza norteamericana?

La respuesta podría ser una singularidad estadística. Tal vez la Encuesta sobre la Riqueza Familiar de la Reserva Federal no está capturando en sus registros toda la riqueza que poseen los ricos.

Esto es posible. La Agencia Impositiva de EEUU (IRS), después de todo, puede enviar a la cárcel a una persona si no declara honestamente toda la renta que está percibiendo. Los investigadores de la Reserva Federal tienen que confiar en las familias que entrevistan para que respondan sus cuestionarios y, como señala Kennickell, «es entre las familias más ricas donde se encuentra la mayor cantidad de preguntas no respondidas».

Pero los investigadores de la Reserva aplican métodos estadísticos razonables para minimizar este factor de «no respuesta». ¿Pero qué otra explicación podría darse para el «acertijo de la riqueza-renta» de Robert Frank?

La Reserva podría estar sobreestimando la riqueza promedio de las familias americanas. Cualquier sobreestimación del promedio de riqueza de los hogares, por supuesto, reduce el porcentaje de participación de los más ricos en el total de riqueza del país.

El economista de la Universidad de Nueva York, Edward Wolff, sospecha que esto es lo que puede estar sucediendo. La Reserva Federal podría estar sobreestimando la riqueza promedio de los estadounidenses al no tomar en cuenta el cambio masivo de los planes de pensiones de las corporaciones americanas para sus trabajadores, desde planes de reparto hasta regimenes de capitalización [del inglés Benefit-Plan y Contribution-Plan respectivamente; T.].

Robert Frank, del Wall Street Journal, tiene aún otra explicación para el problema estadístico del 1%; una explicación que, reconoce, nadie puede aun corroborar.
Estas inmensas rentas que fluyen a los bolsillos de los ricos, de acuerdo con Frank, no se transforman en una mayor porción de la riqueza nacional porque los ricos han estado demasiado ocupados gastando masivamente su dinero en «megamansiones, yates, aviones, bolsos de Gucci, botellas de Mouton Rothschild y relojes de 300.000 dólares».

Los ricos, en otras palabras, han estado consumiendo, no invirtiendo, una enorme porción de sus rentas. Algo de este consumo podría agregarse a los activos de un rico. Su yate, por ejemplo, puede aumentar su valor con el tiempo. Pero una buena parte de esta clase de consumo –como un boleto de 2.632 dólares para ver un derby en el nuevo Estadio Yankee- simplemente disminuye la riqueza neta de una persona.

¿Podrían realmente los ricos de EEUU consumir lo suficiente en placeres personales como para afectar de forma estadísticamente significativa su porción de la riqueza neta? Tal vez. No tenemos datos nacionales fiables sobre el consumo personal de los ricos. Pero muy a menudo podemos vislumbrar las inmensas fortunas que gastan los ricos estadounidenses para ser todo lo que pueden ser.

Uno de esas oportunidades se dio el mes pasado, en el juicio de divorcio en Connecticut del ex Presidente de United Technologies, George David –el ejecutivo mejor pagado de EEUU en 2004- y su esposa de 36 años, Marie Douglas-David.

Douglas-David presentó una demanda por 57 millones de dólares más de los que su ex ofrecía. Ella necesita un poco más de dinero, arguyen sus abogados, para cubrir sus gastos básicos. Estos gastos, para ser precisos, rondan los 53.000 dólares semanales, una suma que cubre, entre otros desembolsos, «4.500 semanales para ropa, 8.000 para viajes y 1.500 dólares para comer fuera».

¿Qué tan típica puede ser Douglas-David? No podemos saberlo con seguridad. El acertijo de la estabilidad de la riqueza neta de nuestro 1% más rico puede mantenerse irresuelto. ¿Debería preocuparnos? ¿Importa realmente este problema en el análisis final?
Con seguridad. El problema identificado por el periodista del Wall Stret Journal, Robert Frank, tiene una importancia que excede por mucho las cuestiones estadísticas. El principal fundamento para recortar impuestos a los ricos descansa, después de todo, en la idea de que los ricos «invertirán» estos dólares. Estas inversiones, sigue el argumento, fortalecerán la economía y redundarán en el bienestar general.

Pero si los ricos están malgastando sus fortunas, no están creando riqueza, están quemándola. Y eso, informa Frank, debería ser «una preocupante señal para aquellos que confían en que los ricos son reservas, sentados en el banco de suplentes con sus riquezas acumuladas, listos para conducirnos a la recuperación».

Sam Pizzigati dirige Too Much, publicación semanal digital sobre excesos y desigualdades.

Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider

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