Confinamiento: La nostalgia por lo que nunca tuvimos

Hoy todos hablamos de la soledad de los hogares. Es triste vivir preso y es normal echar de menos, aunque hay algo curioso en la añoranza de estas últimas semanas y es que echamos en falta aquello que nunca tuvimos, aquello que no hicimos o que desperdiciamos. No éramos felices, pero creíamos serlo. El aislamiento, la soledad del confinamiento nos lo confirma: No estamos más solos hoy encerrados que ayer en libertad.

Hemos vivido asumiendo la lógica de mercado como parte de nuestra vida privada. En una sociedad en la cual el sujeto ha pasado de definirse por su pertenencia a un grupo, desde lo colectivo, a definirse desde lo individual, lo único e irrepetible y por tanto en continua competición con el resto. Y es que estábamos muy ocupados en vivir de puertas para adentro, encerrados en nuestros propios egos. Atrapados por las dinámicas de un ritmo rápido e incierto, el propio de un sistema que ha puesto a la economía por encima de la vida, hemos consumido hasta ser consumidos. Se trata de la otra cara del reemplazo del sujeto ciudadano por el sujeto consumidor, que también es producto.

Esta transformación del “yo” responde a la performatividad del libre mercado, no podemos interpretar un papel indefinidamente sin terminar asumiéndolo como propio. Si nuestra vida carece de la estabilidad suficiente para mantener una relación o tener hijos, nos entregaremos en cuerpo y alma a Tinder. Autodefinidos como seres independientes hemos cuestionado el papel de la familia tradicional sin proponer otra estructura de soporte colectivo, empoderados en la soledad y ausencia de cariño.

Esta situación se puede ver reflejada, incluso, en nuestros animales de compañía. Hoy el gato se encuentra en disputa por la hegemonía con el perro como compañero de piso ideal –por lo deleznable del asunto, no hablaré de los animales no domésticos/exóticos usados como complemento diferenciador del individuo-, ya que nos define y nos entendemos con él en perfecta sintonía como ese ser ermitaño que conecta con la sociedad de forma utilitarista, unas cosquillas, un ronroneo y vuelta a la privacidad, el arte de intimar como una necesidad solventable mediante el consumo. Pareciera que hubiéramos encontrado en el gato la materialización del famoso “miedo al compromiso” de los millennials.

Si el mercado laboral nos exige un curriculum actualizado asumiremos la formación académica como un nuevo hobby, entregando nuestro derecho a no hacer nada e incorporando la dinámica de la productividad como algo propio. De este modo, nos encontramos a nosotros mismos devorando la última serie de moda para mantener nuestro valor social, impedir la devaluación de nuestro yo-producto como un capital social relevante para el resto puede convertirse en nuestra principal ocupación. La infiltración del mercado en el ocio es tal que en nuestras RRSS interactuamos con nuestras marcas comerciales preferidas, la publicidad convertida en actividad lúdica.

Así, podemos observar como la cuarentena se ha convertido en la oportunidad de oro para especular con nuestro valor de tasación: lee, aprende idiomas, haz deporte, pero no seas improductivo. No solo se trata una cuestión de productividad, también de mercantilización. El producto debe salir a subasta. De este modo, invertimos horas en lograr el ángulo perfecto para lucir guapos en nuestra foto de perfil o añadimos filtros a nuestras ya de por sí opulentas comidas. Incluso nuestras emociones responden a la inercia de la mercantilización, ¿tienen los sentimientos expresados en una red social un valor independiente al número de “likes”?

Resulta curioso, competimos por diferenciarnos de los demás mientras somos adictos a su aprobación.

Pero, ¿teníamos opciones? Cuando lo primero que leemos cada mañana es el coaching barato que nos impone nuestra taza de mr.Wonderful durante el desayuno. Cuando la precariedad laboral nos empuja a olvidarnos del tiempo libre, de la posibilidad de socializar, de vivir despacio. Cuando conocemos a una persona realmente especial y sabemos que nuestras apretadas agendas -sin ser precisamente los directivos de una multinacional sino todo lo contrario- no nos permitirán volver a verla. Cuando no podemos permitirnos más alojamiento que una pequeña habitación sin ventanas y una dieta a base de grasas saturadas vía franquicia low cost. En definitiva, cuando nuestras vidas son material y emocionalmente una mierda, una frustración continua, no quedan muchas opciones que permitan mantener la cordura.

Tal vez, las contradicciones de la economía de libre mercado frente a la vida solo sean asumibles bajo el autoengaño: elegimos creernos independientes porque no podemos asumir la realidad de nuestra soledad. No podemos permitirnos amar a otros cuando nuestro día a día es una loca prueba de supervivencia en una jungla de asfalto, hormigón y antenas, leds y estéreos, luz y sonido, publicidad, hiperestimulación y vacío.

El confinamiento acabará y será el momento de decidir como colectivo qué sociedad queremos, volver a la “normalidad” y echar de menos lo que nunca hicimos cuando nos encontremos encerrados durante la próxima pandemia o reorganizarnos para acabar con la soledad. Es posible que las próximas navidades disfrutemos cada minuto con nuestras familias, con nuestros abuelos, en lugar de quejarnos de la manía de nuestra tía Pepa o de nuestro cuñao Jaime.

Tal vez, la próxima vez que nos veamos ante un jefe explotador decidamos llamar al sindicato en lugar de pagar por un título que nos permita cambiar de trabajo, competir y dejar un puesto libre en ese infierno laboral para que se lo coma otro más pobre que nosotros o que aún no ha pagado por dicho título. Quizás mañana salgamos a la calle con un perro y una persona especial, no para intercambiar nuestros cuerpos en un consumo puntual sino para conocernos y caminar juntos, hablar de abandonar la ciudad, volver al pueblo y formar una familia. Para abrazarnos y cantar juntos en una verbena.

Hugo Cuevas @CusoHugo

Fuente original: El Salto

 

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS