Confinadas y con hambre: “La comida llega para mis hijas y, si sobra, como yo”

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  • Antes de la pandemia, según la FAO, 821 millones de personas pasaban hambre en el mundo. En España, el 26,1 % de la población estaba en riesgo de pobreza o exclusión
  • Durante esta crisis, los bancos de alimentos han aumentado en un 30 % la cantidad entregada: “Viene mucha gente que nunca había necesitado recurrir a estas ayudas”
  • “Tengo 66 años, una pensión de 600 euros y pago 400 de alquiler. Antes iba a Cáritas, pero daban demasiada cantidad y no quería acumular habiendo gente a la que le hace más falta”

Son las 10:00 horas de un martes cualquiera en plena pandemia del coronavirus. En la sede de la Asociación de Vecinos Civitas –del zaragozano barrio de Las Fuentes– cuatro voluntarios preparan los packs de comida que sólo una hora después empezarán a recoger personas que, literalmente, no tienen ni para comer. Hoy llenan las cajas con lo que tres horas antes han comprado en Mercazaragoza: 617 kilos de comida; 632,50 euros. Las facturas están sobre la mesa.

Es la pitanza diaria desde el pasado 11 de marzo. A 17 de mayo habían repartido 14.305 kilos. 6.101 provenían del Banco de Alimentos de Zaragoza. El resto han sido donaciones y compras propias. En total, han gastado más de 5.000 euros. 3.000 de los fondos de la asociación y 2.000 que ha donado una agrupación.

El porcentaje ha estado en continuo descenso desde 2014, cuando alcanzó el tope del 29,2 %, tras seis años consecutivos de crecimiento (desde 2008). En ese año comenzó la anterior crisis sanitaria, entonces, los 54 bancos de alimentos de España pasaron de 700.000 a 1,7 millones de personas atendidas. En la actual, explica Ángel Franco, portavoz de la Federación Española de Bancos de Alimentos (Fesbal), parten de 1,1 millones: “No sabemos hasta dónde llegará, pero medio millón más, seguro”.

“Los que critican las ayudas nunca han pasado hambre”

En lo que va de crisis, los bancos de alimentos ya han aumentado en un 30 % la cantidad de comida entregada, respecto al mismo periodo del año anterior. La/s delegación/es de cada ciudad dan comida a distintas asociaciones colaboradoras y son estas las que después la reparten entre los ciudadanos. Por la Ley de Protección de Datos es complicado acceder a personas receptoras, aunque algunas han aceptado contar su historia a cuartopoder, que ha hablado con los bancos de alimentos de las cinco ciudades más grandes de España.

Una de ellas es Blanca Rivas que, desde hace tiempo, come gracias a lo que recibe de la Fundación Pattos, en Madrid. “Es triste, pero es así”, afirma. Decidieron pedir ayuda, años ha, cuando su marido sufrió un ERE que les dejó con 400 euros al mes. Hace ocho meses que su esposo falleció, y a Blanca, de 66 años, le ha quedado una pensión de 600 euros. “Con eso pago 400 de alquiler, agua y luz. No me da para comer”.

Antes, recuerda, me ayudaban mis dos hijos y mi hija, pero ahora todos han caído en un ERTE. Vive en Becerril de la Sierra, donde también lo hace su única descendiente femenina. En un principio, señala, iban a Cáritas, “pero era excesivo todo lo que nos daba y no queríamos acumular habiendo gente que lo necesitaba más”. Por eso, cambiaron a Pattos.

A todos los que critican las ayudas, les dice que “tendrían que ponerse unos cuantos días en la piel de los que estamos mal. Ellos no han pasado hambre”.

En mes y medio, desde su reapertura el 26 de marzo, el Banco de Alimentos de Madrid recibió y gestionó 624.644 kilos de comida. Supone un crecimiento del 30 % sobre el periodo pre-Covid. Como el resto de bancos, el confinamiento ha impedido que realizaran grandes campañas de recogida, por lo que han dependido de las ayudas directas: las donaciones de las empresas de Mercamadrid han crecido un 520%. A la vez, Fesbal ha abierto una campaña de donaciones de dinero con la que ya ha conseguido 2 millones de euros.

Las entregas de los bancos de alimentos han crecido un 30 % desde que comenzó la crisis./Fesbal

Un 14 % más de entidades receptoras en el Banco de Alimentos de Barcelona

La comida de la que dispone la Associació Social Forma 21, de Barcelona, procede, mayoritariamente, de lo que compran en un conocido supermercado. Pueden hacerlo, sobre todo, porque son una entidad subvencionada por la Generalitat de Catalunya. Pero también hay una parte que les llega del banco de alimentos de la Ciudad Condal, que, desde el pasado 14 de marzo, ha repartido 2.856.341 kilos de alimentos, con un crecimiento del 14 % en el número de entidades receptoras, que ya son 347.

Entre ellas está Forma 21, que reparte los alimentos entre las alrededor de 30 personas que viven en los cuatro pisos que gestionan para gente que está en reinserción social después de caer en la droga o el alcohol. Sus necesidades alimenticias, lógicamente, no han cambiado con la crisis, aunque sí sus rutinas: “Ahora tienen terapias telemáticas, las educadoras los atienden online y sólo hacen salidas cortas, para comprar pan o tabaco”.

Madre sola, en paro y con una incapacidad permanente total

El Banco de Alimentos de Zaragoza reparte unos 300.000 kilos al mes desde que comenzó la crisis. Parte de ellos han ido a parar a Amasol (Asociación de Madres Solas). En España, a finales de 2019, había 1.887 hogares monoparentales y el 81 % (1.530) tenían a una mujer al frente. El 91,6 % son españolas, el 43 % están desempleadas y el 74,9 % llega a final de mes con algún grado de dificultad, según el Estudio sobre las Familias Monoparentales Perceptoras de Rentas Mínimas, elaborado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y financiado por el Ministerio de Sanidad.

Ester Andaluz vive en Zaragoza. Es una madre que está sola con sus dos hijas, de 20 y de 14 –ambas sin ingresos–. También está desempleada. Por si fuera poco, a sus 47 años tiene una incapacidad permanente total y se ha sometido a 16 operaciones. Lleva cinco años sin trabajar (era gerocultora) y está diagnosticada de diabetes y artrosis: “La única opción que me da la Seguridad Social es trabajar de teleoperadora”.

Sus ingresos son de 788 euros al mes y paga 525 de casa. Si no fuera por la ayuda, no comería. Incluso con ella, la realidad sigue siendo terrible: “La alimentación la tengo cubierta para mis hijas, si sobra, como yo, si no, pues nada. Ellas son lo primero”. Cuando todo acabe empezará a prepararse para trabajar como teleoperadora, dice con resignación al otro lado del teléfono.

Son las 11:30 horas. En la calle Leopoldo Romeo de Zaragoza, tres personas hacen cola ante la asociación de vecinos para recoger su ayuda. “Les citamos por teléfono a diferentes horas para que no haya aglomeraciones”, dice el presidente, Laureano Garín. Además de comida, van a empezar a dar kits de higiene (con gel, champú, dentífrico…) y también ropa. Por añadidura, han abierto una bolsa de trabajo para temporeros: “Se han inscrito 600 y ya hemos colocado a 40”.

Boussif Aziza habla muy a menudo con sus hijos, que están en Marruecos, de donde ella vino a España hace un año. Con una sonrisa contrarresta sus ojos permanentemente tristes por la remembranza familiar. Ya tiene el carro lleno, así que después de esta conversación se marchará a la casa donde una amiga le ha dado un techo. Desde que está en España no ha encontrado empleo y la de esta asociación es la única ayuda. Deja claro que no pretende conseguir más: “Sólo quiero trabajar”.

También lo ansía Binta Hydaru, de Gambia, que lleva ya dos décadas en España. Mientras espera su turno, explica que ha trabajado como temporera, “con la cebolla, la cereza, la pera, el melocotón…”. El marido ha vuelto a su país, así que vive sola con cinco hijos e hijas. El resto (tiene nueve) ya se han marchado. Cobra 250 euros de una ayuda del Ayuntamiento y 400 del subsidio que le quedó a su marido. “No me llega para nada”, afirma corroborando lo obvio.

La, cada vez más numerosa, familia que se ha credo en derredor de la asociación tiene varias madres y padres: el presidente, Heidi (que colabora con ellos desde los 10 años y quieres ser abogada), el párroco venezolano que informa a las personas necesitadas, los colegios de la zona y todos los voluntarios y voluntarias que hacen (sobre todo en esta época) de la solidaridad su empleo.

Uno de ellos es Pedro Manuel Sopeña, que va de aquí para allá: carga, entrega, organiza, hace fotocopias (a todos se les pide una identificación), “soy voluntario profesional”, dice con sorna. Apunta que empezaron a repartir comida en la anterior crisis económica y que, durante esta, han pasado de 90 a 400 familias apuntadas. “Casi todas españolas”, subraya. No todos están de acuerdo con que se den estas ayudas: “Hay gente con muy mala leche, vienen y tiran comida en el contenedor de enfrente”, señala con rabia Sopeña.

Civitas ha entregado 721 lotes de comida durante esta crisis./ Óscar F. Civieta

821 millones de personas pasan hambre en el mundo

No es fácil dar una cifra, más o menos, exacta sobre cuánta gente pasa hambre en el mundo. El informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), ‘El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo’, señalaba que, en 2017, 821 millones de personas estaban subalimentadas, con 151 millones de niños menores de 5 años con retraso del crecimiento y 51 millones de menores con emaciación. La cifra total no ha cesado de crecer desde 2015.

Dicho estudio anotaba que, en España, las personas con problemas alimenticios rondaban las 600.000, sin embargo, un informe, también de 2017, de la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales subía el número hasta los 2 millones. Indicaba también que el 33,7 % de los españoles y españolas “tienen dificultades o muchas dificultades” para llegar a fin de mes y que el 2,6 % de los hogares “no pueden permitirse comer carne, pollo o pescado al menos cada dos días”.

Extremadura, la comunidad con más gente en riesgo de pobreza o exclusión

En la Comunidad Valenciana, el 30,2 % de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social, según AROPE. Al finalizar mayo, el banco de alimentos de la capital habrá repartido 1,1 millones de comidas. Cada día entregan 1.350 a más de 20 centros e instituciones, gracias al acuerdo al que llegaron con World Central Kitchen, la ONG del chef español José Andrés.

Un llamamiento a toda la ciudadanía es lo que hacen desde el Banco de Alimentos de Sevilla, cuyos beneficiarios se han incrementado en un 25 % desde la declaración del estado de alarma. Por lo tanto, resaltan, las existencias han descendido considerablemente, debido, también, a las campañas que se han tenido que suspender. Tiene claro que las necesidades “van a sufrir un incremento aún mayor, en la medida en que las previsiones de crecimiento del desempleo abocarán a muchas más familias a una situación insostenible. Van a ser, con toda seguridad, muchas más de las 45.000 personas que veníamos atendiendo las que necesitarán ayuda en el futuro próximo”.

Andalucía es la tercera comunidad o ciudad autónoma con mayor porcentaje de personas en riesgo de pobreza o exclusión social, un 38,2 %, sólo por detrás de Extremadura (44,6 %) y Ceuta (49,3 %).

Las cifras, desgraciadamente, no paran de crecer durante la crisis sanitaria y mantendrán una línea ascendente en la ulterior depresión económica. Una situación inesperada en algunos casos que, como afirma el portavoz de Fesbal, está llevando a pedir ayuda a personas que nunca habían tenido necesidad de hacerlo.

“Les das una cosita y no veas qué cara de satisfacción”

Ya son las 12:00 horas. Por la Asociación Civitas ha pasado mucha gente. Y no paran de llegar más. Una de ellas no viene a recoger, sino a entregar. Se llama María Begoña Baselga y lleva mucho tiempo colaborando con distintos centros sociales. “Mis amigas y familiares me llevan a mí la comida y yo soy la encargada de traerla aquí. Si no, no sé si vendrían”, reconoce.

Anima a todas las personas que tengan algo que dar a que vayan: “Hay muchas veces que la gente no se atreve a acercarse a estos sitios, pero deben hacerlo, hay que vivirlo in situ. Les das una cosita y no veas qué cara de satisfacción”.

Imagen de portada: En esta asociación de Zaragoza han pasado de 90 a 400 familias atendidas./ Óscar F. Civieta

Confinadas y con hambre: “La comida llega para mis hijas y, si sobra, como yo”

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