Conferencia de Jaume d’Urgell en Las Palmas de Gran Canaria

“Cincuenta razones por las que España no es una democracia” no se reduce a una mera exposición de una serie de ejemplos que ponen de relieve otras tantas situaciones cotidianas en las que los más elementales principios democráticos brillan por su ausencia… esta propuesta, parte del análisis sistemático de aquellos elementos que deberían definir el modelo de organización de una sociedad basada en valores que tradicionalmente han estado vinculados al espíritu revolucionario que condujo a la proclamación de la República, y que lamentablemente, han perdido buena parte de su función y significado.


La situación general de nuestro país dista mucho de la utopía de More, y con todo, todavía hay quien se atreve a afirmar que “España va bien”, o que “Vamos a más”. En este sentido, el ponente no abraza ni el pragmatismo, ni la calculada ambigüedad, ni la hipocresía que suele presidir el discurso autolimitado de quienes aspiran a convertirse en “un factor de estabilidad gubernamental”. Aún a riesgo de ser tildados de “antisistema” por los medios de comunicación de masas, cada vez son más los intelectuales que se atreven a levantar la voz del pensamiento crítico, libre e ilustrado, para afirmar que lo suyo no es una contienda contra el sistema, sino más bien al contrario, lo que persiguen es defender la idea de que otro mundo no solo es posible, sino necesario.


En sus palabras: “…urge cambiar de sistema, porque el que tenemos es una mierda, y ya va siendo hora de que alguien empiece a llamar a las cosas por su nombre, no vaya a ser que el exquisito cuidado por las formas nos lleve a enmascarar una realidad que va más allá de lo que desde la ‘corrección política’ es posible describir…”.


Ahí fuera hay gente real muriendo, Seres Humanos con sentimientos, gente corriente, con dignidad, cultura, derechos, familia, circunstancias, sueños y proyectos; ahí fuera hay vecinos torturados por funcionarios cuyo sueldo es producto del trabajo de sus propias víctimas; ahí fuera hay una Universidad encorsetada; un sistema judicial perverso; una estructura de poder amorfa y opaca; una serie de estructuras y superestructuras económicas empeñadas en revivir y disfrazar la esclavitud; un sistema militar sencillamente terrorista; una jefatura de Estado en manos de militares no-electos, vitalicios y hereditarios, que son la marca de la casa de un régimen de intereses ajenos a la voluntad del Pueblo, un régimen que permanece inalterado desde que el último golpe de Estado dejara las cosas tal y como se encuentran en este preciso instante; ahí fuera se produce el tráfico masivo de Seres Humanos, que además cuenta con la aquiescencia del poder establecido; ahí fuera es prácticamente imposible comunicar pensamientos distintos al único, noticias divergentes o información real que incomode a los que deciden qué debemos saber, cuándo y cómo; ahí fuera nadie se atreve a exigir luz en la financiación de los partidos políticos, nadie exige observadores internacionales en la fabulosa instrucción de procedimientos judiciales contra partidos políticos, medios de comunicación, políticos, escritores y otros miembros de la sociedad civil: todo es embrutecimiento y juicios previos, si el pobre infeliz es de muy lejos, entonces es un insurgente –y debe morir–, si es de aquí mismo, se le tilda de terrorista; ahí fuera los tentáculos de la opresión diversifican su creatividad, sorprendiéndonos con la permanente amenaza de quitarnos nuestro hogar, deslocalizar nuestro futuro, privatizar lo que es de todos e intervenir para desintervenir hasta lo más esencial: no importa de quien fueran los teléfonos, aviones, hidrocarburos, trenes, hospitales, facultades, barcos, televisión, red eléctrica… si eran de todos, no eran de nadie… lo mismo los medios de producción que nuestras leyes, ideas, derechos, aspiraciones y hasta la justicia misma.


Nuestra supuesta democracia es en realidad una quimera, basada en un equilibrio de ambiciones que solo satisface a una reducidísima oligarquía, cuyo origen más reciente debemos buscar en el atentado terrorista masivo cometido contra nosotros por nuestras propias fuerzas armadas en 1936; unas fuerzas armadas –por cierto–, nadie se ha atrevido aún a des-ensuciar. El olvido es el padre de la impunidad.


Hoy más que nunca, decir la verdad es un hecho revolucionario: afirmar que nuestro último jefe de Estado electo fue Manuel Azaña; decir que nuestro Legislativo designa de entre sus miembros al Ejecutivo, y también al Judicial, al que periódicamente renueva por tercios; proclamar que la figura del rey no está sujeta a responsabilidad penal, y que –según la constitución vigente–, conserva entre sus atribuciones la jefatura suprema del Ejército; recordar que el Estado fuerza a los no-creyentes a sufragar gran parte de los gastos de la Iglesia Católica; que nuestro sistema penitenciario es un monstruo opuesto al precepto constitucional que lo define; que el Tribunal de Cuentas es un circo; que el Senado es un geriátrico de lujo y el Consejo de Estado, una unidad de cuidados paliativos; que las estructuras de mando de los cuerpos y fuerza de seguridad del Estado son redundantes, caóticas, medievales e ineficaces; que nuestras fronteras son una vergüenza a la vista de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; que disponemos de aviones de combate en “misión humanitaria”; que la corrupción y el ansia desmedida de poder son la brújula de la práctica totalidad de la clase política; que hace demasiadas décadas que no surgen mujeres ni hombres de Estado; que la instrumentalización del sufrimiento por causa del terrorismo es tan solo un elemento más de la confrontación electoral; que los supuestos antinacionalistas son en realidad ultranacionalistas de ámbito geográfico más extenso; que la izquierda institucional acusa el mismo déficit de honestidad de la derecha, con el agravante de que ser un hijo de puta en la derecha es lo correcto, lo normal, algo que no se oculta, pero serlo desde posiciones de la izquierda, supone vivir permanentemente en un engaño que insulta a la inteligencia del proletariado.


Ante todo esto, urge retomar los consabidos valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que llegan a nosotros enriquecidos con el producto de más de dos siglos de debate y reflexión. Hablar hoy de Libertad, Igualdad y Fraternidad, es hablar de la defensa de los intereses de las personas trabajadoras de toda clase; es hablar de pacifismo y desmilitarización, de buen gobierno, de abrir cauces reales a la participación en las instituciones públicas; es hablar de austeridad y transparencia en el gasto público; es hablar de separación de poderes, y de la creación de elementos de control y equilibrio que hagan posible y verificable esa separación; hablar de democracia es hablar de República, de una legislación electoral justa, proporcional, representativa, directa y universal; es hablar de no poner límites a la voluntad popular: es hablar de autodeterminación, de federalismo, internacionalismo; de la defensa de las culturas, de la protección de la riqueza lingüística, del arte y el pensamiento; es hablar de dignidad, porque es imposible respetar al Pueblo si ignoramos a uno solo de los individuos que lo componen.


Debemos poner el dedo en la llaga: saber qué ocurre, reflexionar y corregir. Sin traumas, sin violencia, sin odio ni rencor: serenos y alegres, valientes y osados… en sincera búsqueda del Bien Común, con honestidad, talento y empuje.

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El evento será grabado y retransmitido en vídeo a través de Kaos en la Red.

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