Publicado en: 5 diciembre, 2018

¿Complejidad? ¡Perplejidad!

Por Prudenci Vidal Marcos

¿Es posible adquirir una capacidad que nos permita a todos los ciudadanos el ejercicio de las funciones que se espera de nosotros en una verdadera democracia?

Por Prudenci Vidal

Como hemos podido comprobar, ante los resultados de las elecciones en Andalucía,  vivimos en una constante complejidad y la propia evolución democrática, los resultados de las urnas, incrementan todavía más esta complejidad hasta conducirnos a altos parámetros de perplejidad, porque esta complejidad puede llegar a amenazar la propia democracia.

Surgen dudas, atacan monstruos del pasado, resucitan fantasmas… Parece que la calidad democrática de la cuna de Séneca, Maimónides, Al-Farabi, Alberti, Federico, Machado… queda en entredicho. Sin una sociedad capaz de entender y de comprender lo que se dirime en el espacio político, no podemos hablar de calidad democrática. El voto marca soberanías, cierto; pero cabe preguntarse qué hay detrás de esos votos y de estos resultados. ¿Dónde residen nuestros problemas políticos? ¿No será, tal vez, que la democracia necesita de unos actores que , hasta ahora, ella misma ha sido incapaz de producir?

La población en general y los más desfavorecidos por la “crisis” han tenido cada vez más difícil observar de forma crítica las decisiones políticas y se ha visto sobrepasada para procesar tanta información; la misma complejidad de los temas que en los foros televisivos y de la prensa en general, han tratado hasta con displicencia a favor de sus propias ideologías y en defensa de unos intereses poco transparentes, y , por tanto, la incomprensibilidad de muchas decisiones. Las medidas y las negociaciones sobre el cambio climático, las condiciones actuales y el sostenimiento de nuestro sistema de pensiones públicas, las crisis permanentes del sistema financiero, las depreciaciones salariales, la complejidad a la que nos lleva la robotización son asuntos que están despertando miedo, rabia, indignación pero que apenas son comprensibles para la gente, para la buena gente de a pie que ve cómo van reduciéndose sus expectativas de una vida digna para ellos, para sus hijos y para sus nietos.

“ No hay verdadera democracia sin una opinión pública que ejerza un control efectivo sobre el poder, que formule sus críticas, y haga valer fundamentalmente sus exigencias” (Daniel Innerarity). En nuestra actual democracia no se dan estas circunstancias. La opinión pública se confunde con la opinión publicada y recurrimos a ella como fuente de autoridad para reafirmar nuestras convicciones; dejamos de pensar repitiendo lo que leemos en los titulares y aquello que los dirigentes de nuestro espectro político repiten hasta la saciedad. La complejidad hace que la verdadera opinión pública se desentienda de los procesos políticos y busque soluciones a sus exigencias en un cambio radical, que responde más a las vísceras del enfado que a una verdadera crítica.

La clase política, esa que se denominó “casta” en el 15M ha utilizado el poder público para fragmentarlo, dividirlo, mantenerlo pasivo bajo control, y con análisis imprecisos. Entenderlo de otro modo es librarse absolutamente a la frustración, porque una sociedad que ,no sea capaz de juzgarla , o que no quiera entender la política y que no sea capaz de analizarla con espíritu crítico es fácilmente manipulada, instrumentalizada y dirigida hacia parámetros que contradicen sus propias expectativas. Y, ¿a qué nos conduce esta irreflexión? A comportamientos políticos regresivos, al decisionismo autoritario, a simplificaciones populistas y, nadie podrá negarlo, a una escenificación pasiva y mediática de la política, porque el valor creciente de nuestra política ha sido el escándalo que ha sustituido el intercambio de diálogo y de argumentación.

Toda esta paráfrasis debería conducirnos a una única pregunta vital: ¿Es posible adquirir una capacidad que nos permita a todos los ciudadanos el ejercicio de las funciones que se espera de nosotros en una verdadera democracia? La respuesta para muchos de nosotros es clara: a través de los movimientos sociales porque de ellos surge un saber accesible, un análisis de la temática compartida entre todos, una participación en las deliberaciones y con difusión pública de las decisiones. Los políticos han de ser expertos, por supuesto. Los ciudadanos debemos ser más “generalistas”, pero cuando los expertos hacen dejación de su experiencia y se acercan a un umbral de incapacidad tal deben ser los ciudadanos quienes lleven a cabo ese juicio cívico, pacífico y razonado. Hemos dejado de entender la lógica de la política y de la justicia, hemos perdido la capacidad de identificación emocional con los problemas políticos, sobre todo por los innumerables errores de esos llamados “expertos” en política que, además, tienen grandísimas ventajas en los análisis, pero que no están a salvo de cometer equivocaciones porque el saber no es una garantía de que se vaya a adoptar una decisión correcta, justa, eficaz y mayoritaria. Este es un campo reservado a la ética, a los intereses que se defiendan, a las presiones a las que se estén dispuestos a claudicar etc.

Los que ha ocurrido en estos años es que más que una política para los ciudadanos tenemos una larguísima proliferación de informaciones, datos, estadísticas: spam político, omnipresente publicidad, opiniones multiplicadas, comunicación en direcciones opuestas y ruido, mucho ruido y toda esta proliferación conduce a la confusión y a la desatención del principal objetivo de la política: el bienestar de la ciudadanía.

Prudenci Vidal Marcos, miembro de Marea Pensionista

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