Cómo viven los moradores de una de las mayores favelas de palafitos de Brasil

 

«¿Aislamiento?» El cuestionamiento viene en tono de negación y podría hasta sonar como negligencia, pero es solo la realidad de los más de 7 mil moradores de la comunidad de Vila de la Barca, una de las mayores favelas de palafitos de Brasil, ubicada en Belém, capital del estado de Pará. Palafito es un tipo de habitación sostenida por estacas de madera en las márgenes de un río u otra área inundable.

La favela se ubica  cerca de uno de los barrios más ricos de Belém, que cuenta con apartamentos que alcanzan el valor de más de un millón de reales (US$ 187 mil dólares).

En la Vila da Barca, la población vive cotidianamente con la basura / Catarina Barbosa/Brasil de Fato

La comunidad sufre con el descuido de las autoridades públicas. Escenas inconcebibles como niños caminando en medio de la basura, falta de agua en los grifos, alcantarillado sanitario a cielo abierto y ausencia de energía eléctrica forman parte de la rutina de las personas.

Brasil de Fato estuvo en Vila da Barca y fue recibido por la líder de la Asociación de Moradores, Inez Medeiros. Ella denuncia el abandono a que están sometidos los moradores del lugar y que el problema de la falta de vivienda digna se intensificó con la pandemia.

«La falta de agua, la inexistencia del alcantarillado sanitario, (…) muchas casas no tienen agua en el grifo y muchas veces los moradores intentan arreglar eso y no lo consiguen. En este período de aislamiento social, se acentuó aún más este problema, dado que muchos necesitan, por lo menos, lo mínimo para mantenerse», afirma.

Vila da Barca forma parte de un proyecto de la Alcaldía de Belém que busca acabar con los palafitos y construir un conjunto habitacional con casas de albañilería en el lugar. Sin embargo, la obra está parada hace cerca de 15 años, según Medeiros. Ella afirma además que al abandono se suman otras cuestiones para la comunidad, como la concentración de dependientes químicos y personas en situación de calle.

Además de las escandalosas disparidades sociales entre personas que viven tan cerca, el lugar donde fueron construidos los edificios está en área de preservación permanente y terrenos de la Marina, por ley, inalienables.

En nota, la Secretaría Municipal de Habitación (Sehab) dijo que las obras del proyecto Vila da Barca están en marcha. «Se divide en tres etapas, ya fueron entregadas 168 unidades habitacionales de la Etapa I, 12 unidades de la Etapa II y ocho unidades de la Etapa III, restando para ser ejecutadas 78 unidades de la Etapa II y 120 de la Etapa III, que ya poseen empresas contratadas y están en marcha», afirma el organismo.

El equipo de Brasil de Fato visitó el lugar a las 11h del lunes último (13) y no constató las obras en marcha.

 

El equipo de Brasil de Fato estuvo en el lugar el lunes pasado (13) y no constató trabajadores en la obra / Catarina Barbosa/Brasil de Fato

 

Saneamiento y covid-19

El miércoles pasado (15), el presidente Jair Bolsonaro sancionó el nuevo marco legal para el saneamiento básico. La ley tiene por objetivo ampliar la presencia del sector privado en el área. Actualmente, el saneamiento es prestado, mayoritariamente, por empresas públicas estaduales.

A pesar de parecer una buena idea,  Pará tiene como ejemplo la privatización de la energía eléctrica. La concesionaria fue vendida en 1988 y, desde entonces, el aumento en la cuenta pagada por el ciudadano paraense llega a 500%.

Según datos del último censo divulgado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), Pará tiene más de 8 millones de habitantes.

La Encuesta Nacional por Muestra de Hogares (PNAD), a su vez, también realizada por el IBGE, señala que apenas 27,4% de las casas de la región Norte del Brasil poseen acceso a la red general de alcantarillado. En Pará, ese número llega solamente a 4,7% de los hogares con alcantarillado sanitario del tipo red colectora de alcantarillado, que trata el material recolectado.

Rosana dos Santos, de 24 años, nació en Vila da Barca y vive en la piel esa realidad. Ella habita una pequeña casa de cuatro cuartos donde vive con su madre, su padre, tres hijos, un sobrino y un primo.

A pesar de la gravedad de la pandemia, los problemas en la comunidad son tantos que parece no haber espacio para preocuparse por un virus letal. Cuando se le preguntó sobre el aislamiento social o las medidas de protección, ella fue categórica en responder que no hubo prevención.

Su madre, que es empleada doméstica, fue infectada por el nuevo coronavirus, porque a pesar de ser del grupo de riesgo, no fue liberada por su empleadora, que vive en Ananindeua, un municipio de la Región Metropolitana de Belém, distante cerca de una hora y media en bus de donde ella vive.

«Ella pasó bastante tiempo ‘decaída’ y con mucho dolor. A veces ella ni siquiera tocaba a los niños. Ellos se quedaban dentro del cuarto, pero, incluso así, ella iba a trabajar», dijo.

 

Comunidad de Vila da Barca en época de marea alta. / Lucas Weber/Arquivo

Pará es actualmente uno de los estados brasileños con más infectados y muertos por la covid-19. Según datos del Consejo Nacional de Secretarios de Salud (Conass), son casi 137 mil casos confirmados y más de 5,4 mil, contabilizados hasta este domingo (19).

Protección que viene del río

Para muchos pueblos, el río es sagrado, pues representa prodigalidad y abundancia. Los habitantes de la Bahía do Guajará, a pesar de vivir con una serie de privaciones, también son gratos por el río, porque a falta de agua limpia, ellos usan la bahía.

La presidenta de la Asociación, Inez Medeiros, detalla la contradicción de que cuanto más cerca del río, mayores los problemas de abastecimiento de agua para los moradores.

«Gracioso, porque hay una controversia ahí, las personas que están más cerca del río aquí en Vila da Barca son las que más sufren con la falta de agua potable y, con eso, ellos acaban teniendo que buscar una forma de conseguir esa agua y ¿cómo va a ser? A través del río. Y ellos acaban teniendo contacto con la bahía, que está contaminada, llena de residuos, porque como las casas de palafitos no tienen alcantarillado sanitario, entonces todos los residuos arrojados por las residencias entran en contacto con ese río y con eso acumulan suciedad, coliformes fecales, todos esos problemas que hasta de manera no experta conseguimos identificar que son serios», dice ella.

Moradora de la comunidad hace 10 años, Tatiana Beltrão, de 29 años, tiene cuatro hijos. Ella cuenta que las administraciones municipales cambian, pero los problemas permanecen y el agua es uno de los más difíciles de administrar.

A pesar de tener una linda vista de la Bahía do Guajará y bomba de agua en casa, Tatiana sufre con el abastecimiento de agua potable y reconoce que no todos tienen condiciones de comprar una bomba y que la solución acaba siendo sacar agua de una tubería con balde.

Desempleada, ella cuida de la casa mientras su marido, que es soldador, recibe como salario lo necesario para que ellos puedan sobrevivir.

Tatiana recibió al equipo del reportaje de Brasil de Fato en su casa de madera y se disculpó por el exceso de loza en el fregadero. Eso porque el día anterior el agua no había llegado al grifo. Cuando pasa eso, el remedio es usar agua de la marea. Durante la pandemia esa fue, casi siempre, la solución encontrada. «Llegamos, nos lavamos las manos, pero guardamos también el agua de la marea y la aprovechamos para mantenernos aseados», resume.

Inez Medeiros, presidenta de la Asociación de Moradores de Vila del Barca, às margens de la bahía do Guajará. Al fundo, casas de palafita / Catarina Barbosa/Brasil de Fato

Cuando se le preguntó si el agua del río le hace mal a su familia, ella dice que todos ya se acostumbraron. “Ellos toman baño constantemente con el agua del río, entonces, acabaron adaptándose. Yo digo que son anticuerpos. Ellos tienen bastante anticuerpos del agua”, dice ella.

Angélica Lopes, 44 años, otra moradora de la comunidad, también utiliza el agua del río para realizar las actividades del día a día.

Cerca de su casa, hay una tubería de donde ella saca agua con un balde. En la entrada de la casa, en una especie de patio, una máquina de lavar que no funciona más y diversos baldes sirven de recipientes para almacenar agua limpia.

Angélica explica que hay toda una mecánica para poder usar el agua de la marea: es necesario esperar que el río se llene para solamente así poder sacar el agua.

«La dificultad es esa, no da agua el grifo aquí, sólo con bomba, y cuando no hay agua y la marea está subiendo, esperamos hasta que la marea suba para poder tomar el agua para hacer las cosas, menos para lavar ropa y lavar loza”, explica.

El cuidado de esperar que la marea suba completamente es necesario, porque cuando la marea sube, trae el agua del río, pero cuando baja, lleva todo tipo de basura y residuos humanos inviabilizando su uso por los moradores.

A pesar de tanta dificultad y privaciones de derechos, Angélica admite que no piensa cambiar su hogar a la orilla del río. Al lado de sus recipientes llenos de agua, usada para lavar platos, ropa y cocinar, ella afirma que le gustaría que las autoridades reconocieran que los habitantes de Vila da Barca tienen tanto derecho como quien vive en un apartamento de 1 millón de reales.

Edición: Mauro Ramos e Vivian Fernandes

Traducción: Pilar Troya

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