Colombia: ¿un modelo a seguir en Afganistán?

Este domingo 11 de octubre domingo ha salido en la revista semana un artículo sobre la inestable situación de la guerra de invasión norteamericana en Afganistán, y las posibilidades de replicar el “exitoso” modelo colombiano en el país centroasiático. Dos cosas saltan a la vista al leer dicho texto: una, que el concepto de “soberanía nacional” de las élites colombianas es funcional a su política económica, y más aun a los intereses estratégicos usamericanos; y dos, que la concepción geopolítica yanki se fundamenta en condiciones meramente técnicas, y por tanto fracasa a la hora de ejecutarse en el terreno.

Respecto al primer punto, desde principios de esta década ha sido tema recurrente de los “medios de comunicación” el acusar a Venezuela de intervencionismo en los asuntos internos de nuestro país, en particular, usando una matriz de información que alinea la política de Chávez con la lucha insurgente de las FARC. Dejando de lado el bombardeo de Colombia a Ecuador, el primero de marzo del año pasado, hay que decir que una constante del gobierno nacional, a través de los medios, de sus intervenciones en los organismos internacionales y, en general, en las declaraciones del ejecutivo, se centran en defender “el respeto a la soberanía nacional”.

De esta manera, se ha inflado un falso nacionalismo antivenezolano, antibolivariano y antilatinoamericano, que le ha valido a nuestra nación ser la oveja negra en el escenario regional, pero más aún, que ha ocultado la trágica situación económica, social, política, cultural, jurídica y de derechos humanos que vivimos, bajo el humo de un falso enfrentamiento con naciones vecinas.

Lo paradójico de la defensa de la “soberanía nacional” reside en las declaraciones de importantes académicos y miembros del gobierno noreamericano acerca de su participación en la estrategia militar del “plan Colombia”, y su concreción en la “políticas de seguridad democrática”. Al respecto, el artículo de marras dice lo siguiente:

“Hace dos semanas el Centro para los Estudios Estratégicos Internacionales (Csis) entregó un voluminoso documento sobre las lecciones que deja la experiencia de Estados Unidos en Colombia, y uno de sus más prestigiosos analistas, Anthony H. Cordesman, se atrevió a comparar ambos países. Colombia es el tercer país donde Estados Unidos está involucrado en un conflicto, y no en vano hay un permanente intercambio de diplomáticos entre ambos escenarios de guerra. Es muy llamativo, por ejemplo, que Anne Patterson y William Wood, ambos ex embajadores en Bogotá en tiempos del Plan Colombia, son ahora representantes de su gobierno en Pakistán y Afganistán, respectivamente”. (http://semana.com/noticias-nacion/modelo-exportacion/129864.aspx. Los subrayados son míos)

Bien, entonces yo pregunto: ¿cuál soberanía nacional es la que defiende el gobierno y los “medios de comunicación” burgueses? Hay dos injerencismos, al parecer, uno bueno y otro malo. El de Norteamérica es, por supuesto, al decir del gobierno, el bueno. Es el mismo que esta década ha generado más de un millón de muertes de civiles en Irak; que ha bombardeado con “drones” (aviones no tripulados) las regiones tribales del noroeste Pakistán, dejando centenares de muertos, muchos de ellos niños; que ha atacado intempestivamente, pero de manera ascendente, con sus tropas especiales, en Somalia, Filipinas y Yemen oriental; en fin, el que ha amparado bajo su sombra la política genocida del sionismo israelí, que en la operación “plomo fundido” asesinó más de 1400 palestinos, las dos terceras partes de los cuales era población civil, y en su amplia mayoría niños, mujeres y ancianos, usando, dicho sea de paso, fosforo blanco, un arma prohibida por los convenios internacionales. Es el gobierno de la “guerra infinita contra el terrorismo”, que le ha valido, en la figura del “progresista” Obama, el premio nobel de la pax…romana, la de los cementerios.

En honor a la verdad, hay que decir que la política militarista usamericana en el mundo guarda estrecha simetría con la del Estado colombiano en el último medio siglo. 4.5 Millones de desplazados, 30.000 desaparecidos, más de 2.500 sindicalistas asesinados, la UP exterminada literalmente, 6 millones de hectáreas expropiadas a la fuerza, 4 millones en la diáspora, y un largo etc., muestra una plena concordancia entre la forma como las élites políticas criollas resuelven los conflictos sociales en nuestro país, y como lo hacen los yankis en el escenario global. Y, también, son concordantes los motivos: el saqueo de tierras, recursos mineros, riquezas naturales, entre otros. Seguramente por eso no se habla en “injerencia en los asuntos internos de nuestro país”: si son gemelos en sus ambiciones, en sus acciones y en sus políticas de encubrimiento de las mismas (la llamada “guerra contra el terrorismo”, que es vertical y se lleva millares de civiles a su paso).

Vale decir, por tanto, que existe un doble rasero del concepto de “soberanía nacional”, cuyo criterio de demarcación lo constituyen los intereses económicos de la oligarquía nacional y el imperialismo norteamericano

Respecto al segundo punto, el fracaso estrepitoso de la intervención imperialista en Vietnam, que provocó una manifestación antiguerra sin precedentes en USA a finales de los sesentas y principios de los setentas, obligó a los planificadores del militarismo norteamericano a replantear los términos de su intervención en conflictos bélicos, anteponiendo la industria militar al uso de infantería. Se desarrollaron aviones no tripulados, de alto vuelo, para evitar el coste humano de invasiones; se elaboraron cohetes de gran alcance, helicópteros, tanques, armamento sofisticadísimo, en la pretensión de balancear la situación de cada guerra a su favor gracias a la hegemonía absoluta de la tecnología bélica. Además, se viene reemplazando progresivamente el personal de las tropas norteamericanas con inmigrantes, preferiblemente hispanos, o afroamericanos residentes en dicho país, bajo la promesa de nacionalizarlos o mejorar sus condiciones de vida. Por último, exmilitares crearon empresas de mercenarios “civiles” (léase “contratistas” en el lenguaje tan al uso de hoy día), dedicados a hacer el trabajo sucio del ejército en el campo de batalla, así como a poner los muertos.

Pero, con todo y estas transformaciones de sus fuerzas armadas, guiadas por la estrategia académicamente denominada “guerra de cuarta generación”, en el terreno real no es la tecnología, sino la política, la que decide el desarrollo de la confrontación, así como los vencedores y vencidos. Ya los franceses habían padecido en carne propia este axioma básico de la política: durante la guerra de guerrillas en Argelia, en 1958-1960, las tropas galas derrotaron en el terreno militar a los insurgentes del FLN, pero pese a ello perdieron la guerra, y al final se vieron obligados a reconocer la independencia del país musulmán. Igualmente, el millón de víctimas civiles en Irak no ha hecho a los Estados Unidos vencedores en la guerra de invasión y rapiña, y Obama busca desesperadamente una solución “diplomática” (=ganar por las buenas lo que no pudieron por las malas) para retirar sus tropas. Otro tanto está sucediendo con Afganistán, y es aquí donde se revela el fracaso de laintervención para “exportar la democracia”.

Afganistán no es un país común y corriente. Durante toda su historia, este Estado (por denominarlo de alguna manera) ha sido objeto de continuadas invasiones, de los romanos, persas, ingleses, soviéticos y ahora el tinglado de la OTAN, dirigido por los usamericanos. Si los Estados Unidos querían una “guerra infinita” la encontraron, porque se metieron con un país que ha vivido en la resistencia infinita, y este no será el último capítulo de ello. No en vano, Afganistán ha sido considerado “el cementerio de los imperios”, por razones obvias: todos los que lo han invadido han sido derrotados, y casi siempre con el saldo final de ser derribados en su condición de potencias hegemónicas.

Además, Afganistán es una yuxtaposición de tribus heterogéneas, la más importante de las cuales es la pashtun, tribu premoderna, de raigambre cultural ultraconservadora, y con un código de conducta donde la venganza ocupa un lugar central. Cuando un pashtun es ofendido, la venganza es una reivindicación impostergable, y no importa perder la vida en ello, no importa sacrificarse o sacrificar a los demás, la retaliación es el derecho superior, al costo que sea. Estas peculiaridades del país, sumadas a las condiciones hostiles del territorio, a la imposibilidad de superar esta condición tribal bajo un gobierno burgués, y cierto aliciente (no mucho, aclaremos) de la tradición religiosa, hacen de este país un pandemónium para cualquier cruzado que, en nombre de la “libertad”, los “derechos humanos” y la “democracia”, pretenda hacerse con el dominio del territorio y su población.

Es por eso que resulta irrisorio la pretensión de “exportar” el modelo colombiano, basado en el aumento exponencial de las fuerzas militares, el uso creciente de tecnologías de última generación y la política de exterminio paramilitar. Primero, porque resulta de hecho imposible constituir unas fuerzas armadas criollas en reemplazo de los invasores (cada fusil entregado a un afgano es, casi siempre, un fusil donado gratuitamente a la resistencia de las tribus, en particular la pashtun); segundo, porque los asesinatos vías bombas, o en este caso vía descuartizamientos de paramilitares, no hace y no haría más que atizar aún la escalada de venganza de los insurgentes; tercero, porque es imposible crear un Estado sólido en Afganistán, dadas la corrupción galopante, la fragmentación del país y as condiciones propias de la guerra; y, por último, por la misma razón por la cual en Colombia la supuesta “paz armada” es imposible: el narcotráfico.

El narcotráfico parece ser la característica principal en la definición de los Estados fallidos: Colombia, México, y ahora Afganistán, todos tres denominados en consenso internacional como Estados fallidos o canallas, tienen el mismo atributo: ser grandes centros de producción o (en el caso mexicano) distribución de droga. Y se puede decir más: la mano “invisible” de los norteamericanos en el negocio de la droga en estos tres países es también una constante. Afganistán sólo producía el 10 por ciento de la heroína mundial al iniciar la invasión de los atlantistas (OTAN). Hoy día, produce el 90% de dicha droga. En nuestro país, ni que decir tiene, durante el desarrollo del “plan Colombia” la producción no ha disminuido sino que, por el contrario, o se mantiene estable o aumenta, ahora con cada vez más creciente consumo interno, que expone a nuestra población tanto como a la de otros países.

Y es que el narcotráfico no sólo está en la base del conflicto como financiador de los ejércitos en confrontación, o de los señores de la guerra, para hablar de algunas milicias afganas. Esto es solo una de las tres aristas del fenómeno. Las otras dos son el papel que juega como estabilizador de las condiciones de exclusión generadas por el modelo económico y los intereses de élites criollas y del imperialismo norteamericano.

En un país donde la mitad de la población vive en la pobreza como lo es Colombia (en Afganistán es peor aún), donde el otro 50% se reparte entre una pequeña burguesía en franco declive y una clase oligarca muy pequeña que concentra las enormes riquezas, el poder del Estado y el de los medios de comunicación, el narcotráfico y toda su red de economía ilegal fungen como relativos estabilizadores de la confrontación política. Basta mencionar las redes de lavado de activos: los casinos, san andresitos, restaurantes, hoteles, panaderías y muchos otros negocios que se dedican a blanquear el dinero de la droga. Esta red de economía ilegal genera millares de empleo, con lo que se presentan como paliativos de la situación de miseria que vive el pueblo colombiano. De ello resulta que el narcotráfico posee una base social ampliada muy fuerte, que sostiene el negocio, y con él el financiamiento de la(s) guerra(s) en nuestro país.

Pero, mientras por un lado palea la exclusión social (por lo bajo, valga afirmar), por el otro propicia una guerra fratricida de vastas proporciones, que hace imposible de hecho cualquier solución militar del conflicto social que vive Colombia. Los millones de desplazados que huyen de la muerte en los campos colombianos, vienen a insertarse a las redes delincuenciales en las ciudades, generando una violencia ascendente en las comunas populares. Es por ello que, ahora que parece que el Estado “gana” la guerra en las zonas rurales, esta emerge en las ciudades. Lo que hace el gobierno es pegar parches en el tejido social, en vez de simplemente cambiar de vestimenta. El modo capitalista de producción, con la miseria progresiva que genera, es la verdadera causa del conflicto armado que se vive en nuestro país, y es por ello que nuestra guerra, como la de los yanquis, es también “infinita”, en el sentido de que durará tanto como lo haga el capitalismo en Colombia.

Esta es la misma situación que se vive en Afganistán, un país donde, además, el narcotráfico no es sólo un renglón de la producción, sino LA economía misma. Con un caldo de cultivo semejante, no se necesita ser un perito en artes adivinatorias para entender por qué la guerra se explaya con tal voracidad en aldeas, campos y ciudades.

Por último, para nadie es un secreto que los Estados Unidos tienen intereses especiales en el negocio de las drogas, que generan alrededor de 150.000 millones de dólares al año, una cifra nada despreciable, en especial para una nación cuyas economía hace agua, producto de su desindustrialización progresiva desde el final de la segunda guerra mundial. Es un hecho conocido que el tráfico de drogas fue usado para financiar la guerra intervencionista yanqui en Vietnam e indochina, en los años sesentas y setentas; en Nicaragua y Centroamérica, en los ochentas, así como también para armar a los muyahidines afganos en su guerra antisoviética por los mismos años. Así mismo, la expansión del consumo de drogas en Estados Unidos fue una política conscientemente implementada por el FBI y la CIA, entre otras razones, para contener los movimientos de resistencia, como en el caso de las panteras negras. Luego, arribar a la conclusión de que las drogas, los yanquis y las guerras son elementos convergentes no sería más que decir una perogrullada, sino fuera porque el velo ideológico tendido sobre nuestro país hace necesario repetir estas cosas continuamente.

Más todavía hay un elemento medular que explica el papel de los yankis en el tráfico de estupefacientes: la relación que guarda con el sistema financiero mundial. En un artículo de Enrico Piovesana, titulado ¿qué hay detrás de la guerra en Afganistán?, se expresa este último punto de manera cristalina, por lo cual lo cito un fragmento in extenso:

¿Narcodólares para salvar a los bancos en crisis?Antonio Maria Costa, director general de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), en una entrevista al semanario austríacoProfildeclaró: ''El narcotráfico es la única industria en crecimiento. Las ganancias son reinvertidas sólo en parte en actividades ilegales, el resto del dinero se coloca en la economía legal mediante operaciones de blanqueo. No sabemos cuánto, pero el volumen es impresionante. Esto significa la entrada de capital de inversión. Hay indicios de que estos fondos también acabaron en el sector financiero, que está bajo presión evidente desde la segunda mitad del año pasado (debido a la crisis financiera mundial, N. del autor).

El dinero del tráfico de drogas es actualmente el único capital líquido disponible para inversión. En la segunda mitad de 2008, la liquidez era el principal problema del sistema bancario, de ahí que este capital en efectivo se haya convertido en un factor importante. Parece que los préstamos bancarios han sido financiados con dinero que proviene del narcotráfico y otras actividades ilegales. Es, obviamente, difícil de probar, pero hay indicios de que algunos bancos se han salvado por estos medios.» (http://www.telesurtv.net/noticias/opinion/1347/que-hay-detras-de-la-guerra-de-afganistan/)

Conclusión.

El capitalismo multinacional hace agua por todas partes, el barco se hunde, sin posibilidad de solución, y los yanquis abren en todo el mundo mercados favorables a sus intereses, a su voluntad de poder permanente, para sostener su ya deteriorada hegemonía global. La “guerra infinita” es sólo la sanción de esta cruzada imperial por su sobrevivencia como potencia hegemónica. Afganistán fue el primer escenario de guerra, pero no será el último. El problema surge porque la resistencia con que se han topado cae por fuera de sus consideraciones técnicas, instrumentales, por el olvido, consciente o no, de la política como factor decisivo del balance de toda guerra. Ahora, buscan desesperadamente un modelo para invertir la tendencia derrotista que se manifiesta diáfanamente en el país centroasiático.

Por esa vía, los “resultados” del “plan Colombia” los hacen fantasear con la exportación de un modelo “exitoso” para su guerra de rapiña imperialista. Pretenden hacer lo mismo que aquí: modernizar y ampliar las fuerzas armadas locales, dotarlas de tecnología militar, echar mano de bandas paramilitares, construir una “institucionalidad política” sólida (de ahí las elecciones de septiembre) etc. Se supone, erróneamente, que la clave de las guerras en oriente medio se ha hallado en su forma de intervenir en nuestro país.

Pero esto no es más que la fantasía de quien se niega a reconocer la realidad de su estrepitosa derrota, de quien pretende salvar el escollo huyendo hacia adelante, atizando las causas estructurales del conflicto bélico. En Afganistán, como en Colombia, existen condiciones económicas relativamente semejantes, en lo que respecta a la miseria generada y al narcotráfico como elemento de contención política (y sólo eso), pero que a la vez promueve la guerra por su propia esencia inmanente.

La solución, en Colombia como en Afganistán, pasa por otro modelo económico, por el socialismo, como condición deposibilidad de eliminación de la pobreza, de construcción de una democracia popular y soberana, sin narcotráfico y sin intervenciones militares yanquis. Lo otro es, para decirlo con el título de una novela criolla, “opio en las nubes”.

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