Colombia. Mocoa: La avalancha del olvido

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Esa noche, minutos antes de que la inclemente masa de agua y tierra irrumpiera, Arturo Erazo, habitante de la Vereda San Antonio, escuchó el típico estruendo que provoca el desprendimiento de una montaña. Pensó que se trataba de otro derrumbe más y se acostó a dormir. Al mismo tiempo, en el pueblo, Francely Zuluaga y su hija intentaban evacuar el agua con un recogedor; los guardias de la cárcel no sabían si abrir las celdas de los reclusos; Gonzalo Portilla dormitaba, y Teresa, su esposa, lo despertó: “Mijo levántese que viene una avalancha”, le dijo ella. Él no le creyó. Dos años atrás la avalancha no fue más que un rumor que alteró la calma de San Miguel y de los barrios aledaños:

–Mami, no se preocupe que eso es lo mismo de la otra vez para hacernos correr, no se preocupe que no pasa nada, le respondió Gonzalo.

Minutos más tarde, cuando la masa ya arrastraba árboles, piedras, paredes y personas, Víctor Espinosa rompió un techo y subió allí con sus hijos y su esposa. Arriba, preso de la angustia y el desespero, envió un mensaje de voz: “Clever por favor si escucha este mensaje: hay una avalancha aquí en el barrio San Miguel, hermano. Por favor llame al Ejército, a la Policía…. Yo estoy encima de la caseta comunal. Clever, si puede llame a un número: 3132304070; es el número de mi hijo Fabián, hermano, por favor, se lo suplico”.

En ese mismo momento, Gonzalo escuchaba como la tierra bramaba y la avalancha arrastraba cuerpos, algunos sin vida, otros con las manos en alto. Guarnecido en su casa junto a su esposa, Gonzalo suplicaba que si la avalancha lo arrastraba no lo fuera a llevar muy lejos, que lo dejara cerca para que pudieran encontrarlo. Después de los 30 minutos fatales, cuando el desastre ya estaba consumado, Gonzalo temió por la vida de don Enrique y Doña María, la pareja de ancianos que vivía cerca de su casa.

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, del otro lado del teléfono una voz desbordada en lágrimas le preguntó a Guillermo Zuluaga, ingeniero oriundo de Mocoa y radicado en Medellín, si se había enterado de lo sucedido:

–Desapareció Mocoa, sentenció la voz.

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Las visiones no anuncian fechas exactas. José Evaristo Garcés -líder espiritual del resguardo nasa, uno de los 12 pueblos indígenas asentados en el Putumayo- no sabía cuándo pero presentía que la noche del 30 marzo del 2017 estaba por suceder. Tres meses antes de que Mocoa apareciera –por breve tiempo- en el radar de los medios de comunicación y de la Casa de Nariño, Evaristo tuvo visiones: vio nubes rojas “por todas partes”, escuchó el canto triste y desesperado de los pájaros, los grillos, las ranas… escuchó a la naturaleza llorar. Y a veces, mientras dormía, soñaba con un espíritu fuerte que lo sacudía: una serpiente que lo perseguía, lo abrazaba y devoraba ciudades enteras.

Para los indígenas nasa no fue fruto del azar que ese día, entre las 9 y las 11:30 de la noche, sobre la capital del Putumayo cayera la cantidad de agua que normalmente cae en un mes. El torrencial aguacero que desbordó los ríos Mulato y Sangoyako, provocó deslizamientos de tierra cerca a los nacimientos de las quebradas Taruka y Tarukita, y se convirtió en una letal avalancha que tan solo necesito de treinta minutos para cubrir más de 100 hectáreas, acabar con la vida de 336 personas, destruir 18 barrios y afectar otros 28, fue para los nasa una purga, un desahogo natural de la madre tierra.

“Sabíamos que iba suceder algo grave, pero para nosotros no es grave sino la forma como un ser superior remedia y limpia todo aquello que hace daño. Y quienes hacen daño somos nosotros porque quemamos los nacimientos de agua, tumbamos los arboles sagrados, hacemos minería, ganadería, explotamos el petróleo… ese espíritu que nos limpia y nos remedia se llama Kasnxakwe”, explica Evaristo con la voz serena de un maestro capaz de dominar sus emociones.

Según la interpretación de este líder, la mancha de barro que destruyó Mocoa no era una mezcla de agua y tierra sino una gran serpiente de 150 kilómetros de largo y ocho metros de alto. La cola de Kasnxakwe, dice, empezaba en la parte alta de la ciudad, donde nacen las quebradas Taruka y Tarukita, y la cabeza llegaba hasta el río Mocoa, ubicado en la parte baja de la ciudad donde desembocó la avalancha. Según Evaristo, la serpiente, al enroscar la cola, arrasó casas, piedras y árboles. Kasnxakwe es la responsable del trabajo sucio, de limpiar las suciedades para que nazca el hijo/a del agua que viene en camino. “En este caso nació una niña pequeñita, la hija de la Taruka, que iba en medio del lodo… Se sabía que iba suceder, pero nunca se dan las condiciones para nosotros prevenir. Nosotros podemos decir que va suceder un gran fenómeno natural pero la gente no cree, dicen: ‘ese está loco’. Nosotros dijimos que iba a suceder algo muy grave, pero no sabíamos cómo se iba manifestar, podía ser con un temblor o un gran vendaval”. Fue una serpiente de lodo.

Evaristo, con una tranquilidad que asusta, asegura que la avalancha del año pasado es un aviso de algo peor que podría suceder en cualquier momento. Y agrega que los indígenas pueden conectarse con la naturaleza y armonizar las energías para evitar que suceda. Sin embargo, los quehaceres espirituales son costosos porque se debe movilizar personas de otras ciudades, comprar plantas sagradas, entre otros gastos. “En la mesa institucional no hay voz para los indígenas. ¿Si hay plata para ingenieros y una cantidad de extranjeros que vienen a investigar, por qué no hay para nosotros también? De nosotros depende que la naturaleza nos ayude a que eso no suceda”, remata el indígena nasa sin una pizca de euforia.

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Para llegar desde Pitalito (Huila) hasta esta ciudad andinoamazónica, enclavada entre la boscosidad del alto Putumayo y la zona selvática del sur del departamento, hay que recorrer durante tres horas una calzada serpenteante que pareciera terminar en el mismo punto donde concluye la nada. La carretera está bordeada por un mantel boscoso virgen e irregularmente perfecto. Cada tanto, una vaca, una flor morada, un pedazo deforestado, o una casucha con tejas de zinc rompe la monotonía verdosa.

Mocoa está construida sobre un abanico montañoso y atravesada por hilos de agua que parecen inofensivos e incapaces de causar tantos estragos. No tiene la parsimonia de un pueblo, pero tampoco el hostigante afán de una ciudad. Son alrededor de 345.000 personas las que viven aquí –de las cuales, 36.000 son desplazadas por el conflicto armado- repartidas por mitades entre la cabecera urbana y la zona rural. La capital del Putumayo funciona, aunque, como cualquier lugar de este país, podría funcionar mejor.

Hace un calor tenue, benigno. Es sábado. En el parque principal, cubierto por un cielo plomizo, hay más venteros ambulantes que transeúntes. Resulta difícil saber si los mocoenses hicieron el respectivo duelo o digirieron mal la crueldad del destino. De momento, en Mocoa la oferta comercial supera la demanda; no hay industrias y muchas personas dependen de trabajarle al empleado de la Alcaldía o de la Gobernación; se afilan serruchos; la gente tiene tiempo para ver pasar la vida desde las puertas de sus casas; cuesta no encontrar publicidad política en el campo visual; el centro del adulto mayor está cerrado; hay esqueletos de lo que algunas vez fueron casas, donde hoy duermen la maleza y la mugre; hay murales con rostros indígenas; escasea la indigencia, los embotellamientos vehiculares y los andenes en algunos sectores; sobre una de las avenidas principales, cerca del puente que fue mordisqueado por la avalancha, un hombre con traje de seguridad privada permanece sentado bajo una carpa sin nada más que cuidar que su tranquilidad; por decreto municipal solo debería venderse licor después de las 6 pm; las aves cantan, tímidas y diáfanas; una rubia pasa en carro mientras muerde una mazorca; en la peluquería varias mujeres se arreglan para algo que debe ser importante; gente de buenos modales y buenos modos toma café en tiendas vintages; mientras camino pienso en doña Rosa, en la esposa de Gonzalo, en sus vecinos, y en sus dramas que no combinan con esta ciudad capital.

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Los días posteriores a la tragedia, el presidente Juan Manuel Santos, mesiánico y consciente de las cámaras, le aseguró al país y a los damnificados que Mocoa quedaría mejor de lo que estaba. Un año después de la tragedia, los mocoenses siguen esperando que se materialicen las promesas del Gobierno. Según las cifras consolidadas en el plan de reconstrucción, el Ministerio de Defensa, la Dirección Nacional de Planeación y la Presidencia de la República pusieron a disposición de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), entidad encargada de la reconstrucción de Mocoa, 434.000 millones que debían ser invertidos entre el 2017 y el 2019. Gracias a ese presupuesto, suponen los damnificados, hasta el momento se han regalado kits escolares y uniformes, se les dio cristiana sepultura a los muertos, se removieron los escombros, se reparó la planta de energía, se están arreglando puentes y carreteras, y se están entregando cada tres meses los 750.000 pesos que recibe cada familia damnificada.

Las irregularidades y suspicacias comenzaron ya en los días posteriores a la tragedia. Francely Zuluaga –manizaleña, profesora de vocación, y presidenta de la Junta de Acción comunal del barrio El Progreso– cuenta que en los albergues donde se refugiaron los damnificados hubo violaciones y que, mientras los afectados buscaban a sus familiares desaparecidos, personas de la comunidad y de otras ciudades aprovechaban para hacerse pasar como damnificadas. “Pasaron muchas cosas: niños que aparecían vivos y están desaparecidos…. Tengo el caso de un familiar de una vecina. El niño estuvo en el hospital. El hospital lo entregó a la Cruz Roja. La Cruz Roja lo entregó al Bienestar Familiar, el Bienestar lo mandó a un albergue y en el albergue se despareció el niño. Niños desaparecidos hay muchos. Y los muertos no fueron trescientos… los muertos fueron más de mil. Hubo gente que la enterraron en el Caquetá pero no decían que eran de acá porque no les conviene reconocer que son tantos muertos”, asegura Francely.

La adecuación del alcantarillado, la construcción de infraestructura educativa y de salud, la dinamización de la economía, entre otras, son necesidades prioritarias. Pero la principal preocupación en Mocoa es la demora y los vicios en la construcción de las nuevas viviendas para los damnificados. Aunque el secretismo y las constantes reuniones de los delegados de la UNGRD no permitieron corroborar el rumor, tanto Francely, como otras personas entrevistadas para este reportaje, aseguran que hubo un sobrecosto de más de 1.000 millones en la compra del predio donde actualmente se están construyendo las casas. Además, el Gobierno Nacional dijo que los damnificados debían sentirse privilegiados porque las viviendas de interés social que se iban a construir en Mocoa eran las más grandes que se han construido en el país, pero darle una casa de 64 metros cuadrados –como las que están proyectadas– a campesinos acostumbrados a convivir en lugares amplios con perros, gallinas y marranos puede convertirse en un castigo. “Nosotros somos campesinos y nos van a meter en un cuchitril. A mí me dan una casa de esas y yo me enfermo. Deben tener en cuenta la forma de vida de las personas. La gente en sus casas tenía negocios, vendía pollos, vendía huevos. Las casas no son ningún regalo, son una reparación”, dice Francely entre el enfado y la indignación.

Aparte de los plazos incumplidos, a Víctor Espinosa, concejal afectado por la avalancha, lo intranquiliza no saber cuáles son los criterios que se van a tener en cuenta a la hora de entregar las viviendas una vez estén terminadas, ¿quién define los casos prioritarios cuando todos tienen la misma necesidad? “Nos dijeron que las casas estarían en tres meses. Luego que en seis. Luego que en diciembre. Pasó diciembre y ahora están diciendo que posiblemente en marzo. Al principio se dijo que serían 300 viviendas. Luego se habló de 200, y ahora se rumora que son 150. Hay más de mil familias damnificadas de forma directa. Si en un año entregamos trescientas viviendas, tenemos que esperar dos o tres años más para entregar el resto. Yo creo que a Mocoa se le puede estar avecinando una crisis social por la falta de viviendas. Debería haber tres o cuatro empresas construyendo las viviendas, no una sola. Se rumora que es muy poca gente la que trabaja en las obras, al parecer la mano de obra la están trayendo de otras partes.

La avalancha no solo destruyó el espacio físico de los mocoenses, también el espacio psíquico. La naturaleza se llevó el esfuerzo de años, los sueños, el apoyo del padre, el regazo de la madre, las esperanza de ver crecer al hijo, la sonrisa, el chascarrillo, y la solidaridad del vecino. Ninguno de los seis los pilares que edifican el plan diseñado por el Gobierno para reconstruir Mocoa incluye atención y acompañamiento al trauma que queda después de perderlo todo en treinta minutos, y que muchas veces ni quien lo vive puede explicarlo. “Cuando hablamos de atención… a nosotros nos dicen que se aplicaron dosis de vacunas, que se atendieron tantos casos en el hospital. Pero en el caso mío yo nunca he tenido una evaluación psicológica, y tranquilamente yo podría estar mal psicológicamente. De hecho, duré mal unos meses. No era capaz de sentarme hablar con usted, tranquilo sin llorar, como lo estoy haciendo. ¿Quién le ha hecho seguimiento a cada familia damnificada para evaluarlos como están psicológicamente? Para mí el damnificado maneja algo que llamamos hipocresía: que es aparentar que estoy bien cuando realmente puedo estar destruido por dentro. La mayoría de seres humanos somos orgullosos, pero realmente mucha gente está mal…”, confiesa Víctor Espinosa en la sala de sesiones del Concejo.

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–Por allá –señas de que debo girar a la izquierda– donde ya no hay nada –esa es la referencia que me da una señora sentada en el corredor de su casa al preguntarle dónde queda el barrio San Miguel.

San Miguel fue uno de los barrios más impactados por la avalancha. Este, y los barrios aledaños, fueron asentamientos construidos por personas desplazadas del conflicto armado. Conforme llegaba población de otras regiones, Mocoa crecía exponencialmente y de forma anárquica. Sin importar el riesgo al que se exponían, y sin nadie que se los impidiera, los desplazados construyeron en la zona, pues aquí se conseguían los predios más asequibles del poblado.

La herida quedó abierta. En los alrededores del barrio se ven piedras gigantescas desperdigadas al azar, lo más parecidas a un meteorito, que no podrían ser levantadas ni por varias docenas de hombres muy hombres. De algunas casas quedó desnudo el baño. De otras el primer piso, una pared, el silencio, las baldosas, una bicicleta, las tablas, o solo el armazón. Eso sí, ninguna salió ilesa.

Las demoras y la inoperancia estatal -y el incremento en el precio de los arriendos- obligan a habitar lo inhabitable. Por las calles de tierra todavía transitan motos, en las casas todavía se hacen sancochos… y aún viven familias enteras.

La avalancha arrasó la pared frontal de la casa de Rosa Erazo. La planta baja –lo que queda de ella– está divida en dos. En la parte posterior hay latas, tablas, concreto, oscuridad –la inminencia de un derrumbe– y dos gallinas negras sobre el empaque de un televisor. En la otra mitad, las baldosas cubiertas por una gruesa capa de polvo, los restos de una licuadora, un mueble rosado desvencijado, y Rosa Erazo conversando con las que eran sus vecinas. Afuera, sentado al pie de un fogón improvisado, un monolítico hombre de 57 años.

Gonzalo Portilla lleva gorra y una camisa azul celeste desteñida, tiene pliegues pronunciados en la cara, mirada melancólica, y recuerdos punzantes como pedazos de vidrio. Llegó a Mocoa hace nueve años, huyendo del conflicto en el bajo Putumayo junto a su esposa. Con los 16 millones de la indemnización por la violencia compró un lote. Trabajó como constructor, ahorró dinero, y construyó la que era su casa.

Como tantos otros damnificados, ni Gonzalo ni su esposa Teresa están inscritos en el registro de víctimas de la avalancha, por lo tanto no reciben ninguna ayuda económica. Ocho días después de la tragedia, él y su esposa se desplazaron a Sibundoy, municipio ubicado a tres horas de Mocoa. En la terminal de transporte, funcionarios de la UNGRD les compraron los tiquetes, les dieron cien mil pesos, y les dijeron que no se preocuparan que el gobierno no los iba a desamparar, que a Sibundoy llegarían las ayudas. Confiados, Gonzalo y Teresa se presentaron en la Alcaldía de Sibundoy como damnificados de la tragedia de Mocoa y les respondieron que no tenían nada para ellos. Regresaron, y hasta hoy la UNGRD no los ha incluido en el registro. “Me mandaron a sacar unos papeles: una declaración extra juicio con dos testigos bajo juramento en la que yo haga constar cómo conseguí la plata para comprar el lote y construir la casita. Aquí me conoce toda la gente. He trabajado con arquitectos, ingenieros, con los curas… Yo a nadie le he robado un peso ¿A quién se le ocurre preguntarle a uno cómo consiguió esa plata?”, pregunta Gonzalo como esperando que alguien explique lo inexplicable.

Le pido a Gonzalo que me lleve a la que era su casa. Caminamos por entre la maleza y rompemos el silencio de esta catatumba a cielo abierto. “En este pedazo –dice Gonzalo señalando un lugar a cinco metros de nosotros– se murieron como 35, se ahogaron. Y el gobierno dice disque 300 personas muertas…”. Luego me dice que este era un barrio tranquilo, que allí, en ese rastrojo lleno de piedras, había una cancha de vóley, y a esta hora, a las cuatro de la tarde, estaba llena de niños.

–Esto era lindo, hijueputa –exclama.

La casa de Gonzalo quedó destruida al borde de un boquete por el que fluye una corriente lechosa de color café. Del otro lado varios hombres cargan arena en una volqueta. Según Gonzalo, antes de la avalancha el cauce no existía y se podía pasar de lado a lado por una carretera extinta. Del boquete, sin avisar, brota un anciano que supera los 60 años.

–¡Qué vecino! ¿camellando? –le pregunta Gonzalo.

El anciano de sonrisa silvestre saluda y nos da un apretón de manos. Lleva botas y una camisa rosada. Sin conocer sus nombres, él y Gonzalo conversan como si se conocieran de toda la vida, como si fueran familiares de la misma desgracia. Recuerdan personas, la forma cómo se salvaron, el pánico durante la avalancha, comparan el antes y el ahora, se indignan por las personas que reciben indemnización sin ser damnificados.

–Quedamos desamparados ahora. Ni remesita, nada –dice el anciano.

–Y estos vergajos robándose la plata que le pertenece a uno –responde Gonzalo.

–Sí, se la robaron.

–Cada que uno viene a mirar la casa es un martirio. Venir aquí y ver el trabajo de toda la vida hecho escombros… y ya la vida no le alcanza a uno para recuperarla.

–No, ya uno viejo… –dice el anciano al tiempo que suelta una carcajada infantil.

–Yo aquí tengo una herramienta enterrada. Hay días que vengo a buscarla. Cómo serán de sinvergüenzas que me anotaron para darme la herramienta que perdí. Lo hacen emocionar a uno. ‘No, tranquilo, su herramienta se la devolvemos…’, pero hijueputa es que no me han dado ni siquiera un nailon para pegar ladrillo –dice Gonzalo.

–Yo perdí toda la herramienta para trabajar en el río. Todo lo perdí en el Alto del Bosque, y no me han regalado ni una aguja, nada.

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