Colombia. Los que retan a Uribe

Por Camila Sanz

La política colombiana se caracteriza históricamente por dos extremos: el exceso de formalismo que comprenden las rutinas y mecánicas electorales al punto de crear la triunfante y “ejemplar” ficción de un Estado de Derecho; y de otro lado la sucesión de hechos criminales por la delincuencia de “cuello blanco” para el mantenimiento del statu quo, […]

La política colombiana se caracteriza históricamente por dos extremos: el exceso de formalismo que comprenden las rutinas y mecánicas electorales al punto de crear la triunfante y “ejemplar” ficción de un Estado de Derecho; y de otro lado la sucesión de hechos criminales por la delincuencia de “cuello blanco” para el mantenimiento del statu quo, o sea al servicio del orden establecido.

En cuanto a lo primero en 2018 la nota más destacada fue el cumplimiento del calendario electoral: las elecciones presidenciales y las de Congreso. Frente a lo segundo, existe claramente una continuidad de la racionalidad violenta y de depredación de los bienes públicos, para asegurar con impunidad las posiciones de poder, que sigue siendo de exitosa combinación de intereses del capital transnacional, enclaves mafiosos, empresas saqueadoras de recursos de todo tipo junto a élites locales, como el grupo de Sarmiento Angulo.

Este gran conglomerado interesado en que “todo cambie para que todo siga igual”, se alió entre abril y junio en apoyo de la candidatura de Iván Duque, heredero de Álvaro Uribe Vélez y su partido, el Centro Democrático.

En dicha competencia se vivió una paradoja: haber sido todas esas facciones grandes beneficiarias del modelo de negociación aplicado por Santos para acabar con las FARC, pero devenidas en críticos oportunistas de los Acuerdos de Paz, pues necesitaban montarse en el desprestigio de ese proceso para obtener réditos políticos y neutralizar o recortar las muy escasas concesiones o reformas que comprometió el Estado.

Para ello demonizaron lo hecho y prometieron desandar con recetas de mano dura “retomando el rumbo”, nunca perdido, pues en ningún momento los usos y destinos de la administración estatal han estado en peligro.

Cierta inflexión

En esa dimensión estructural y de largo aliento, es que 2018 puede pasar a la historia como un año de cierta inflexión.

La creciente persecución y asesinato de líderes, deja vislumbrar tendencias de disputa del espacio de la política y sus instrumentos. El régimen lo hace con guerra sucia golpeando las bases y proyectos populares, mientras por otro lado una constelación de resistencias busca cómo organizarse y encarar una batalla que será definitiva para Colombia.

En las elecciones presidenciales de este año, las dos candidaturas, la de Duque y Petro, reflejaron disyuntivas de alcance histórico.

Duque es no sólo la prolongación de Uribe, sino cumplidor de una estrategia que no ha tenido interrupción sino evolución, pues ni con Santos, criticado por su política de paz, ni con otro, se ha experimentado ruptura con las grandes directrices que hacen de Colombia un bastión de los Estados Unidos y de centros de poder hegemónico.

Dos resultados

Es frente a esa lógica que en 2018 se sintetizó un esfuerzo retador, con la concentración de una contradicción que podemos leer en al menos dos resultados. Uno, circunstancial y sometido al contexto de la propia maquinaria electoral: más de ocho millones de votantes -el 42 por ciento-, se activaron con diferentes niveles de conciencia, por un anhelo de cambio plasmado en Petro. Dos: un hartazgo que va ganando rasgos nuevos, cuando la gente de abajo y del medio, se procura unas formas superiores al debate electoral.

Nos referimos a la indignación ciudadana que irrumpe con voz propia, defendiendo no la pacificación, sino un enfoque de cambios básicos urgentes, siendo ejemplo en este último trimestre del 2018, las movilizaciones de estudiantes, y la gradual convergencia organizativa y en programas reivindicativos de diferentes sectores sociales.

Pompeo en Cartagena

De momento, Duque, con baja popularidad y escaso margen para desplegar iniciativas propias, cumple su papel de títere. Es ficha de poderes que están por encima de él, siendo sus actos de Gobierno, una demostración palpable de la nula voluntad de las élites para cambiar.

Ante esto, avanzan pasos en las luchas frente a problemáticas que no hacen más que agudizarse, máxime cuando Duque acoge los dictados militares de Washington, en materias como los cultivos de uso ilícito y la intervención de Venezuela. La visita del Secretario de Estado Pompeo a Cartagena de este 2 de enero, actualizará tales dictados para el régimen colombiano.

En esa proyección cuenta como enseñanza del 2018 la potencial aproximación o alianza que debe formularse desde las fuerzas de izquierda y centro, entre el realismo y los valores, a través de un amplio frente social y popular  en el que se forje una coherencia con ideales no vendibles, a la hora de ser con otros.

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