Publicado en: 17 octubre, 2018

Colombia. La influencia del fascismo y el falangismo en el Partido Conservador

Por Horacio Duque

En este tercer texto sobre el fascismo en Colombia queremos abordar la influencia del fascismo y el falangismo hispánico en dos importantes figuras del Partido Conservador.

 

La influencia del fascismo y el falangismo en el Partido Conservador y sus jefes Laureano Gómez y Gilberto Alzate Avendaño. Las expresiones regionales y locales del fascismo.

Algunos piensan que el fascismo es cosa de los años recientes en Colombia. Su presencia política en nuestra nación ya casi completa 100 años y su arraigo es bastante profundo en la cultura de las elites terratenientes, financieras y políticas. La violencia contrainsurgente aupada desde el Estado y promovida por el gobierno Norteamericano desde la feroz violencia de los años 50 del siglo 20; el Estatuto de Seguridad turbayista con todas sus bestialidades y acciones irracionales en materia de derechos humanos; el exterminio de la UP; la formación y consolidación en masa de los grupos paramilitares; la estrategia de seguridad democrática con sus “falsos positivos” y masacres sistemáticas que provocaron el desplazamiento de 8 millones de campesinos; la estrategia fementida de paz del señor Santos, con su exterminio de líderes sociales y excombatientes de las Farc; y la nueva variante pop del uribismo con la Presidencia de Duque, que ha dado continuidad al genocidio de los dirigentes populares y ex integrantes de las Farc, son las diversas caras del nazi fascismo colombiano, que presenta variantes y prolongaciones en la esfera conservadora del campo político, incluyendo obviamente la jerarquía de la iglesia, comprometida igualmente con esa corriente política despótica y totalitaria.

En este tercer texto sobre el fascismo en Colombia queremos abordar la influencia del fascismo y el falangismo hispánico en dos importantes figuras del Partido Conservador. Me refiero a Laureano Gómez (hechura de los jesuitas), el artífice de la peor violencia del siglo XX en Colombia, la de los años 50 y su medio millón de cadáveres; y me refiero a Gilberto Alzate Avendaño, el “Duce de Manizales” y a su cercano grupo de copartidarios entre quienes figuraban Fernando Londoño y Londoño (padre del actual cruzado nazifascista uribista, Fernando Londoño, el retorico grecoquimbaya que incendia, desde emisoras capitalinas, el ámbito político nacional, con arengas enloquecidas de corte oscurantista) y Joaquín Estrada Monsalve.

En la próxima entrega veremos el papel de la jerarquía católica en la promoción del nazi fascismo en Colombia.

En la historia de Colombia podemos identificar dos momentos claros del fenómeno nazifascista.

El primero corresponde a la década de 1920, cuando surgió el fascismo en cabeza de algunos intelectuales y políticos motivados e influenciados por los regímenes que se establecían en Europa por la misma época y a finales de la década de 1940.

Destacaron entre estos Gilberto Alzate Avendaño y el grupo Los Leopardos, políticos conservadores que encarnaron la lucha nacionalista en el país.

El segundo momento corresponde al surgimiento de Tercera Fuerza, una agrupación neonazi que promueve el nacionalsocialismo alemán y considera ser heredera de la sangre española y la cultura hispánica. Sus intereses se oponen a los intereses de los intelectuales de los años 20, pues responden a contextos distintos; en el primero, responden a una necesidad de identidad social para identificarse realmente como nación; en el segundo, responden a una necesidad de no perder la identidad, en un contexto de homogenización social.

En el anterior texto ya nos referimos de manera extensa a los Leopardos y a su cuerpo ideológico nacionalista, violento y racista.

Centrémonos ahora en el caso de Laureano Gomez y en el de Alzate Avendaño.

Laureano Gómez y el Estado totalitario. Un caso nacional.

Laureano Gómez ha sido sin lugar a dudas figura principal del partido conservador en el siglo XX. Personaje polémico, adulado o vituperado, Gómez no resiste un tratamiento concienzudo debido a la inconsistencia que reflejaron sus ideas y sus actos. Por ejemplo, los amigos de Laureano Gómez un día, se convertían al otro en sus peores enemigos. Algunas veces defendía a la Alemania Nazi y en otras la atacaba apasionadamente. Gómez podía pasar del gracejo fácil a la diatriba encolerizada en el tratamiento de un mismo asunto. De su sátira candente y de su palabra inflamada no se salvaron siquiera sus aliados más próximos ni tampoco, sus copartidarios. Era sin lugar a dudas, un oportunista a carta cabal que no perdía la ocasión propicia para dar un paso más por alcanzar el poder. Un político en toda su dimensión (Henderson, 2006).

Las siguientes líneas tratarán de mostrar los momentos en que Laureano Gómez se aproximó a la ideología fascista. No por ello se desconoce en este análisis las diferentes posturas que asumiera en vida el personaje conservador. Empero, no es el objetivo primero del estudio emprender un discernimiento de todo el ideario de Gómez.

El racismo y el antisemitismo en Laureano Gómez.

Laureano Gómez se dio a conocer en los círculos políticos del país cuando apoyó, en 1918, al candidato presidencial Guillermo Valencia enfrentado al que sería el ganador de la contienda electoral y presidente de la república, Marco Fidel Suárez. Su postura elocuente en la campaña le procuró el título de «Hombre Tempestad». Más tarde, en la Cámara de Representantes, el joven diputado Gómez atacó severamente al mandatario Suárez, reforzando su postura combativa y agresiva. En 1924, el nuevo presidente Pedro Nel Ospina nombró a Laureano Gómez como Ministro, de Obras Públicas, cartera que desempeñó con méritos sobresalientes llevando a cabo proyectos de gran envergadura (Henderson, 2006).

Pero tan sólo fue en 1928, en las famosas conferencias del Teatro Municipal, donde Gómez ganó la dimensión de gran estadista y dirigente. Las conferencias fueron organizadas por López Pumarejo con el ánimo de debatir los principales problemas que afrontaba el país. Expositores de todas las vertientes y matices fueron invitados para discutir con altura temas de variada índole. Laureano Gómez, conocido por su prosa candente y su palabra airada, despertó el entusiasmo del público bogotano.

El 5 de junio, Gómez se dirigió a un teatro atiborrado y atento. La facilidad de palabra y el manejo sicológico dado por Laureano Gómez a su exposición dejaron en la audiencia un sabor de pesimismo sobre el futuro de Colombia. Las disquisiciones de Gómez giraron sobre dos aspectos. El primero, la composición étnica de los colombianos que representaba un freno indiscutible para el desarrollo del país. El segundo punto, hacía referencia especial a la Patria y a la Nación (Grajales, 2017).

Según Gómez, la mezcla racial de españoles fanáticos, indios salvajes y negros primitivos junto a las adversidades climáticas y geográficas habían resultado fatales para el porvenir de la nación. Más adelante señalaba: Bástese con saber que ni por el origen español, ni por las influencias africana y americana, es la nuestra una raza privilegiada para el establecimiento de una cultura fundamental, la conquista de una civilización independiente y autóctona (Henderson, 2006).

Las conclusiones de Laureano Gómez no eran, ni mucho menos novedosas, las teorías seudocientíficas de la época buscaban demostrar las diferencias raciales y la supremacía étnica de una cultura sobre otra. Hitler, como ya se vio, recogió las teorías racistas y llego a una hipótesis sorprendentemente similar a la postulada por Gómez: El conocimiento que tenemos de la historia suministra innumerables pruebas de esta ley. La historia establece con una horrible evidencia que, cuando el ario ha mezclado su sangre con la de los pueblos inferiores, el resultado de este mestizaje ha sido la ruina del pueblo civilizado. América del Norte, cuya población está compuesta en enorme mayoría, de elementos germánicos, y no están sino muy poco mezclados con los pueblos inferiores pertenecientes a las razas de color, presenta distinta humanidad y muy distinta civilización que América del Centro y del Sur, en los cuales los inmigrados, en mayoría de origen latino, se mezclaron a veces estrechamente con los autóctonos. Este solo ejemplo permite ya reconocer claramente el efecto producido por la mezcla de razas (Saenz, 2001).

Tanto Gómez como Hitler apuntaban a una misma conclusión: el mestizaje era la perdición de los pueblos. Colombia, según Gómez estaba condenada a vivir indefinidamente en el atraso.

El otro elemento del discurso de Laureano Gómez hacía alusión implícita al nacionalismo con referencia constante y expresa al despilfarro de los recursos naturales, a la cesión de porciones importantes del territorio colombiano a países vecinos y la expoliación de las riquezas de la patria por parte de los extranjeros. Aunque a primera vista los asistentes creían oír una crítica a los exabruptos de la presidencia de Abadía Méndez; entre líneas, se podía apreciar una propuesta nacionalista. Acción y Racismo fueron, desde aquella tarde de mitad de año, los pilares de la ideología de un Laureano Gómez todavía en ciernes (Henderson, 2006).

El racismo siempre se manifestó en la vida de Gómez cuando buscaba denigrar a algún adversario o contrincante. Durante las elecciones de 1946, el jefe conservador criticaba a Gabriel Turbay, el candidato liberal, por ser un turco que no merecía ser presidente ya que por sus venas no corría ni una sola gota de sangre colombiana. Igual suerte afrontó Gaitán, el candidato liberal disidente. El Siglo, diario dirigido por Gómez por ejemplo, caricaturizaba y mostraba “Una tribu gaitanista” de negros que asesinaban a cuchilladas a un hombre blanco. La contienda electoral entre Gaitán y Turbay, en el año 46, era vista por El Siglo, cómo una batalla entre «el aborigen (Gaitán)» y el «anti patria (Turbay)» (Henderson, 2006).

En otras ocasiones, Laureano ideaba algún apodo o lanzaba una sátira resaltando los defectos físicos de sus enemigos políticos. Son memorables los debates en el Congreso, donde el líder conservador señalaba, detrás de los ambages de su discurso, la sordera de Urdaneta Arbeláez conocido en los medios políticos como el «sordo Urdaneta». Laureano Gómez, por ejemplo, en el debate decía: «La Cancillería negó sorda y sistemáticamente ( …). El señor Urdaneta oyó perfectamente.( …) pero no se pudieron obtener por la sorda resistencia del señor – Urdaneta Arbeláez». Si esto sucedía con sus copartidarios, mucho más ofensivos resultaban los motes que se ideaban para sus oponentes los liberales. A Carlos Lleras Restrepo siempre lo llamó el «microbio» debido a la estatura del líder liberal (Henderson, 2006).

Incluso, la conferencia de Gómez en el teatro Municipal, suscitó la aceptación de la teoría racista por parte de la prensa liberal. El diario liberal El Espectador, por ejemplo, expresaba un día después de la exposición de Gómez: «Zambos, mulatos e indios degenerados hay todavía en Colombia, pero otros países está aún peor poblados» (Henderson, 2006).

Otros conservadores, como el patriarca caldense Aquilino Villegas, hacían alarde de la composición blanca de su región amenazada por las hordas de salvajes de color. En su libro proliferaban frases de este tenor: «Y calcúlense los escrúpulos que la negrada conquistadora gastaría con una población blanca, rica y vencida. El ultraje y la persecución (serían) irremediables». La propuesta de Aquilino Villegas era sencilla y precisa: «Debemos cerrar implacablemente las puertas, con infinito rigor, a toda inmigración de color para no entorpecer la labor de la raza blanca en su tarea de digerir y absorber elementos de sangres inferiores. (…). Es preciso prohibir la entrada del negro, del indio, del hindú, del malayo, del chino, japonés y mongólico, en una palabra, del hombre de color. Y es preciso también resistirnos a la inmigración de toda raza que pueda crearnos en el porvenir problemas singulares que hasta este momento no confrontamos. Por ejemplo, la judía que viene invadiéndonos bajo las especies de ciudadanos alemanes, polacos, rumanos, checoslovacos, en una palabra, centroeuropeos, hebreos inmigrantes» (Henderson, 2006).

El racismo fue un instrumento valioso de la oligarquía colombiana con el cual ejercía un dominio político sobre la población y preservaba su status como sector dominante de la sociedad. La exaltación de rasgos físicos blancos como una referencia de poder y supremacía se habían extendido desde los tiempos de la colonia para consolidar los sistemas agrarios de la encomienda y de la hacienda con la consiguiente explotación de indios y negros. Sin embargo, el mestizaje dejó sin piso esta división de la sociedad por razas. No era de extrañar, que en regiones del Viejo Caldas y de Boyacá se diera el caso de peones de raza blanca y cabello rubio empleados por un hacendado mestizo. La mezcla de razas, de manera profusa y difusa, ya no permitía la plena identificación de la oligarquía con los rasgos occidentales de color blanco. Lo anterior no obstó para que las alusiones racistas fueran recurrentes a lo largo del siglo XX. Sin embargo, a diferencia de lo que sucedía en Alemania con la raza aria, en nuestro país, había una fuerte indecisión por saber cuál era la <<raza superior>>. La contradicción resultaba cuando un representante de la oligarquía se veía obligado a defender la raza blanca siguiendo los axiomas provenientes de Europa que no se compadecían con sus características mestizas (Grajales, 2017).

En septiembre de 1930, Laureano Gómez fue nombrado embajador en Alemania. Allí presenció los momentos culminantes del ascenso del nazismo ante la caótica situación económica y social que no había podido sortear el gobierno liberal de Bruning. El racismo era un tema recurrente en la época y no pertenecía al discurso de un sector político en particular. Sin embargo, la extrema derecha del conservatismo aportó nuevos elementos a su retórica discriminatoria con alusión a los judíos y al antisemitismo. Gómez consideraba a la masonería junto con el comunismo y el judaísmo, los tres cánceres destructores de la civilización occidental. En palabras de Gómez la alternativa estaba dada por la entrega de la nación a los judíos o la expulsión de los judíos (Henderson, 2006).

El antisemitismo era, evidentemente, una teoría copiada de la experiencia europea. La persecución a los judíos era una actitud que había rastrillado la historia occidental durante largos años. El caso Dreyfuss, a finales del siglo XIX, vino a avivar una llama siempre encendida y señaló la posibilidad en el futuro de que los Estados europeos prohijaran la persecución y el hostigamiento hacia el judaísmo en todas sus manifestaciones. Posteriormente, los escritos de Hitler señalaron como política gubernamental prioritaria la eliminación del «bacilo» judío. Por lo tanto, ya no se buscaba la discriminación en enormes tratados seudocientíficos sino su aplicación práctica como un programa estatal.

La postura de Laureano Gómez no tenía razón de ser en Colombia donde tan sólo vivían 150 familias judías. Nada comparable a los varios millones que vivían en Europa al comenzar la década de los 30. Los judíos eran una minoría importante en Alemania, pero en Colombia, se podían contar con los dedos de la mano. En la medida en que los judíos emigrados a Colombia ganaron importancia en los negocios y el comercio, la oligarquía criolla comenzó a ver en ellos una nueva amenaza a su poder económico (Henderson, 2006).

La competencia dentro del régimen capitalista no se enfrentaba, en Colombia, con las reglas de juego propias del sistema sino que se buscaban canales alternativos y subterfugios para el enriquecimiento. La Violencia fue prueba fehaciente de este fenómeno. Una importante porción de la población colombiana se dedicó al pillaje, al robo y al asesinato para obtener un patrimonio considerable con tal de no enfrentar la lucha del libre mercado. En el fondo era una forma de reacción contra el naciente capitalismo que crecía rápidamente. La impotencia de enfrentar al libre mercado también generó una reacción alternativa, esta vez dirigida contra los judíos.

En el caso del judaísmo, la elite colombiana se sentía impotente para llevar a cabo una competencia económica leal y sana. Por ello, optó por frenar el crecimiento de ese «mal» con la crítica apasionada. Como el trabajo y el tesón de los comerciantes judíos no podían ser combatidos con una actitud similar la oligarquía propuso su discriminación en el terreno de la retórica y la palabra. Ya en 1938, Silvio Villegas, el Leopardo, mostraba su preocupación por cuanto «turcos, polacos y judíos» eran propietarios de 270 entre 370 almacenes de la ciudad de Cali.

El señalamiento de los judíos como una clase peligrosa se ajustaba convenientemente a una sociedad ultra católica, intolerante y parroquial. Los judíos eran claramente diferenciables por su dificultad al hablar y su forma de vestir. En Bogotá, se les llamaba despectivamente «polacos». Naturalmente, esto facilitaba su identificación para incitar la discriminación. Durante la Segunda Guerra Mundial, los judíos establecidos en Colombia, ascendían a 5.000.

Luis López de Mesa, canciller de la administración Eduardo Santos, prohibió que los judíos perseguidos por Hitler pudieran refugiarse en Colombia: « (que) los cónsules bajo su jurisdicción opongan todas las trabas humanamente posibles a la visasion de nuevos pasaportes a elementos judíos, sin establecer entre ellos distinciones privilegiadas por razón de su origen o nacionalidad. (…). De lo que se trataba ahora, es de impedir hasta donde sea humanamente posible, que entren a Colombia judíos rumanos, (Judíos) polacos, (Judíos) checos, (Judíos) búlgaros (Judíos) rusos, (Judíos) italianos» (Henderson, 2006).

En Bucaramanga, el Movimiento Nacionalista Revolucionario hablaba de una «ola de judíos, polacos rumanos, verdaderos vampiros que se chupan la sangre del pueblo bumangués». La preocupación más aguda del grupo era que los judíos, con sus actividades económicas, perjudicaban a los comerciantes locales. En 1943, el gobernador de Cundinamarca, Abelardo Forero Benavides, prohibió la creación de la Asociación Israelita Montefiore, aduciendo que la religión judía era contraria a la moral cristiana.

Como se puede ver, ni el racismo ni el antisemitismo fueron posturas exclusivas de Laureano Gómez. El político conservador no las inventó, ni tampoco fue su vocero más caracterizado. Sin embargo, dada la importancia de la figura de relumbrón de Gómez en la vida nacional, sus palabras eran más difundidas y, naturalmente, escuchadas con mayor atención.

Laureano Gómez planteó el peligro de una conjura dirigida por judíos, masones y comunistas. Esta fue sin lugar a dudas su mayor aporte a la ola antisemita en Colombia. A los judíos les imputaba «su egoísmo y su exclusivismo, su codicia implacable y cruel y el desenfado de sus procedimientos y métodos de organización y de trabajo» (Henderson, 2006).

Gómez utilizo la misma argumentación de Hitler para establecer que el judío era una amenaza al concepto de nación. El judío resultaba ser un germen disociador del Estado, por cuanto era incapaz de identificarse con la patria que lo acogía, sino que guardaba respeto tan sólo a su religión: el judaísmo. «(…) no tienen territorio, como no tienen Estado, como constituyen una nación, en el sentido jurídico del termino viven en los distintos países como miembros de esos países, pero no son tales miembros». Laureano Gómez hacía referencia explícita a su viaje a Alemania como embajador y mostraba las mismas preocupaciones que habían aquejado a los nazis. «Cuando yo estaba en Berlín era el gobierno de la social democracia y los judíos formaban parte de ese gobierno, y tenían tomados casi todos los puestos de comando de la nación; siendo en relación con el número de habitantes de Alemania una cifra mínima, habían logrado ser los banqueros, los periodistas, los dueños de todas las empresas de espectáculos, los principales médicos, en las profesiones liberales tenían casi todos los puestos, los principales almacenes, ¡Absolutamente todo aquello está dominado por judíos!» (Henderson, 2006) .

En su habitual alusión a la historia española, Laureano Gómez resaltaba a Isabel la Católica por haber perseguido y expulsado a los judíos, sin lo cual España no hubiese prosperado.

Laureano Gómez creía que debido a su condición de minoría, los judíos habían creado como medios de dominación la doctrina comunista y la masonería. << (El comunismo) es una creación judaica íntegra, total. Judíos fueron los promotores e iniciadores; sus filósofos, expositores, no hay en la fundación de la teoría comunista influencia de inteligencia que provenga de otra parte; todo nació de allí.(…).El judaísmo por detrás del comunismo, tiene la dominación que sin ese intermedio no tendría» (Grajales, 2017) .

Para acabar de completar la trilogía, Gómez afirmaba que al judío no le bastaba con el comunismo para mediar su influencia sino qué debía crear un nuevo instrumento para dominar a sus adversarios: la masonería. “la masonería es una creación típicamente judaica”. La demostración de esta relación era lo suficientemente evidente en la cabeza de Gómez. Masones y judíos tenían una misma simbología, ceremonias parecidas, oraciones similares, emblemas semejantes. Con esa particular «sindéresis», Laureano Goméz hilaba convenientemente todas las ideas para condensar un inmenso complot que buscaba desestabilizar las tradicionales instituciones, la moral y las costumbres.

La masonería fue uno de los temas más recurrentes de Laureano Gómez contra sus adversarios: los liberales. La masonería, aunque cubierta por un inmenso velo de misterio, representaba para la religión católica un enemigo a combatir después de la condena proferida en su contra por el Papa León Xlll. Monseñor Miguel Ángel Builes en Colombia, en diferentes pastorales hablaba de los «atentados de la masonería» (1936) y apuntaba, entre otras cosas: «La masonería encarnada en el soviet ruso (sic) quiere destronar a Cristo de la humanidad (Grajales, 2017).

Laureano Gómez aseguraba de manera similar que la Revolución Francesa había sido obra de una conjura judeo-masónica con lo cual, entre líneas, estaba acusando a los liberales de haber encausado una conspiración de judíos y masones. Este era uno de los principales argumentos para condenar al liberalismo. El Siglo, en 1936 decía que toda la Cámara de Representantes era masona (Grajales, 2017).

Laureano y la Cofradía liberal­ comunista.

Laureano Gómez, desde tiempo atrás había atacado con vehemencia, al partido liberal y al liberalismo económico. En una columna publicada en el diario Católico La Unidad, fustigaba a los líderes liberales Uribe y Benjamín Herrera, enfatizando palabras como estas: «Oídlo bien ¡Oh liberales!, os habla un alma conservadora que detesta vuestras doctrinas corruptoras y antipatrióticas y sabe que si vosotros os lanzarais a la guerra, seríais vencidos por la última vez…». En el periodo de entreguerras Gómez arreció su posición de antiliberal recalcitrante. La crisis del liberalismo en el mundo entero, la recesión de 1929 y el surgimiento de olas contestatarias de obreros, lo hicieron creer que el liberalismo era un peligroso elemento revolucionario y disociador de la nación (Henderson, 2006).

Las principales ideas de Laureano surgieron en un momento económico en donde el sector industrial crecía lentamente; desvencijando al sector agrícola con sus tradicionales estructuras heredadas de los tiempos de la Colonia. El decenio de los 20 fue uno de los más prolíferos periodos en la historia colombiana debido al gran crecimiento económico y el inicio de la industrialización del país. La primera Guerra Mundial había permitido el surgimiento de este proceso industrializador en cuya base estaba la necesaria sustitución de importaciones (Saenz, 2001).

El flujo de dinero y una apreciable disposición de divisas gracias al aumento de los precios del café; la indemnización otorgada por los Estados Unidos al gobierno de Colombia para resarcir los perjuicios por la pérdida de Panamá (1903); y los cuantiosos préstamos de la banca norteamericana, le reportaron al país una base sólida para emprender una ambiciosa política de obras de infraestructura como carreteras, redes de ferrocarril, acueductos, etc.

Los trabajadores del campo emigraron a las ciudades como un efecto inmediato del pleno empleo que representaban las nuevas obras y la naciente, aunque aún precaria, industrialización. El auge económico se manifestó, primero, en el quiebre del orden social del campo que vino a evidenciarse con una dramática carencia de trabajadores en las haciendas. Los sectores más tradicionales de la sociedad veían cómo su poder oligárquico se erosionaba con la entrada del capitalismo a sus vetustos y cerrados centros económicos. La Iglesia se opuso a esta modernización que representaba para sus intereses una sórdida depredación. La influencia milenaria de la Iglesia sobre los pobladores del campo era cada vez más precaria con la urbanización. De ahí, que los prelados condenaran en sus pastorales, el desarrollo económico.

Los terratenientes, igualmente se sentían amenazados ante el influjo de los acontecimientos económicos. Su don de mando, basado en la subordinación del campesino por medio de la tenencia de la tierra, terminaba abruptamente cuando los trabajadores emigraban en pos de perspectivas supuestamente más halagüeñas que se le ofrecían en un nuevo empleo mejor remunerado. Por esta razón, la oligarquía del Viejo Caldas representada en los Leopardos, adoptó el modelo fascista en un intento desesperado por mantener el dominio vertical de la población y sostener las estructuras agrarias anacrónicas.

Si esto sucedía en las provincias, los políticos conservadores en la capital contenían el aliento cuando observaban el crecimiento de una masa obrera que perseguía reivindicaciones laborales cada vez más audaces. En la década de los 20, los obreros colombianos comenzaron a organizarse en sindicatos y asociaciones. Laureano Gómez, entre otros políticos, comenzó a identificar las actividades de los obreros con la configuración de una revolución comunista, sobre la base de lo expresado por el Komintern -Internacional Comunista de 1919: «Nadie debe sorprenderse si en el momento en que sean impresas estas líneas, ya no existan tres sino seis o más repúblicas de tipo soviético. La vieja Europa va rápidamente al encuentro de la revolución proletaria» (Henderson, 2006).

Las figuras contestatarias del régimen como María Cano, la «flor del trabajo» e Ignacio Torres Giralda consolidaron la organización obrera en 1926, en el III Congreso Nacional y en el Partido Socialista Revolucionario.

La oligarquía del centro del país, no podía convivir con una clase trabajadora que pregonaba a los cuatro vientos la palabra revolución y, mucho menos podía aceptar un cuestionamiento sobre su poder y sus prerrogativas. Los gobiernos de Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez promovieron una enérgica acción en contra de las protestas laborales, utilizando la violencia frente a los huelguistas, la contratación de esquiroles y el encarcelamiento de los agitadores más importantes. Los gobiernos conservadores de los años 20 frenaron el ímpetu sindical con la promulgación de la Ley Heroica que ponía en entredicho las posibilidades políticas de la oposición trabajadora. En otras ocasiones, se favorecieron las multinacionales norteamericanas como la Tropical Oíl Co y la United Fruit por encima de las necesidades de los obreros colombianos (Grajales, 2017).

Sin embargo, la crisis de 1929 hacía pensar a los sectores conservadores que la revolución proletaria seguía latente, a pesar de los intentos gubernamentales de Abadía por disolver el movimiento obrero. Mientras el gobierno conservador controló los brotes de protesta, Laureano Gómez pareció tranquilizarse frente a la posible amenaza comunista. No obstante, el cambio de gobierno y el fin de la hegemonía conservadora hicieron crecer el desconcierto ante la inminente «conjura bolchevique».

La crisis de 1930 y el terror rojo.

La depresión mundial afectó a Colombia por el cierre de las exportaciones y el debilitamiento del sector industrial que dependía, en gran medida, de los insumos del exterior. De igual manera, la inversión extranjera decayó y los empréstitos se redujeron al mínimo, llevando a una paralización de las obras emprendidas por el Estado. El desempleo no se hizo esperar cuando la industria y el gobierno entraron en una peligrosa etapa recesiva sin posibilidad de que mediara una solución real al problema, indefectiblemente subordinado a lo que sucediera en la economía mundial. «(…) El índice del quantum de la producción industrial llegó en 1930 a menos de la mitad del nivel alcanzado en 1929» (Henderson, 2006)

Los salarios declinaron y el descontento social se agudizó haciendo prever un desenlace violento del cual el recién creado Partido Comunista (1930) pensaba sacar jugosos dividendos. La masa obrera, ahora desempleada, se dirigió a los campos en busca de trabajo, generando procesos conflictivos y luchas agrarias para reivindicar la propiedad territorial. Todos estos elementos crearon un ambiente de «terror rojo» propicio para el desenvolvimiento de expresiones reaccionarias tal como se habían dado en Europa. La posibilidad de una revolución proletaria auspiciada por la Unión Soviética mantenía en constante zozobra a las clases más pudientes, especialmente al partido conservador (Henderson, 2006).

El miedo por una conspiración comunista internacional fue un punto reiterativo en el discurso político del partido conservador. La revuelta del <<Bogotazo», el 9 de abril de 1948, fue utilizado por los conservadores como un argumento contundente para demostrar las posibilidades reales de dicha conspiración. Durante largos años, la prensa conservadora utilizó la conmemoración de la muerte de Gaitán para establecer las posibilidades reales de dicha conspiración. Durante largos años la prensa conservadora utilizo la conmemoración de la muerte de Gaitán para establecer la inspiración comunista del movimiento popular. La presencia de Fidel Castro en Bogotá, por esa época, fue señalada repetidamente como una prueba insoslayable de que un complot había sido urdido desde afuera para propiciar una revolución.

Con el final de la hegemonía conservadora y el inicio de los gobiernos liberales, la política del ejecutivo pareció girar moderadamente hacia la izquierda. Mientras en toda Latinoamérica, los gobiernos de facto contrarrestaron con la represión los efectos de la crisis y el posible alzamiento popular; en Colombia, contrariamente, los regímenes democráticos crearon canales de expresión que interpretaron, en alguna medida, las necesidades de la clase trabajadora. La crisis del 29 creó una reacción de derecha en los países de Centro y Suramérica. Diversos golpes de Estado se sucedieron en el transcurso de la década. El General Justo en Argentina, Terra en Uruguay y Vargas en Brasil, son ejemplos de este periodo en donde la extrema derecha pretendía liderar el proceso político (Henderson, 2006).

En Colombia, la Reforma Constitucional de 1936 y su posterior legislación hicieron que los sectores conservadores se radicalizaran en contra del gobierno de López Pumarejo porque este parecía amparar a los trabajadores subvirtiendo el orden establecido.

El Partido Comunista respaldó la legislación laboral de López y con ello se abrió la posibilidad para que los liberales y los comunistas fueran identificados como aliados políticos de un mismo bando. A los ojos de los conservadores como Gómez, el contubernio de liberales y comunistas era un hecho incontrovertible ratificado en la manifestación del primero de mayo de 1936, en donde el Presidente había dirigido un discurso en compañía del jefe del Partido Comunista, Gilberto Vieira. Un Frente Popular de las fuerzas de izquierda desfiló aquel día expresando su oposición a la Iglesia y reivindicando a López Pumarejo como jefe de un movimiento de masas obreras. El Siglo dirigido por Laureano Gómez expresó al respecto: «La manifestación popular de la cual el régimen liberal pretendió apoderarse, resultó una completa manifestación de izquierdismo que obedece a Moscú>>.

Laureano Gómez siempre señaló la complicidad del liberalismo frente al comunismo, haciendo de los dos partidos un sólo grupo al que le dio el nombre de los <<rojos» en referencia al color que los distinguía. En 1952, El Siglo, dirigido por Álvaro Gómez Hurtado, en un editorial titulado «El Pro comunismo» decía: «Los capitanes del acercamiento a Rusia es (sic) El Tiempo. De esta manera, el partido y la prensa liberal fueron identificados directamente con el comunismo.

El miedo que producía una posible revolución socialista creó el clima propicio para que cualquier postura moderada o reformista fuera atacada despiadadamente por los Laureanistas. El liberalismo que había tomado las banderas de los trabajadores con la creación de la Central de Trabajadores Colombianos (CTC) actuó con incalculable lógica política ganando cuadros políticos entre los obreros, restándole su base electoral al Partido Comunista y moderando cualquier posibilidad de un levantamiento popular. La Reforma de 1936 no representaba ningún reto para el statu quo y el establecimiento (Grajales, 2017).

Tan sólo respondía a una necesidad básica de darle un papel más preponderante al Estado que se había fortalecido desde los años 20 con la llegada de la Misión Kemmerer y la conformación de un régimen fiscal y monetario mejor estructurado. La Reforma Constitucional de López Pumarejo fundamentalmente reglamentaba una mayor injerencia del Estado en la educación, los conflictos sociales y laborales, las relaciones patronales y la vida económica del país. Paralelamente, se proponían mayores libertades al ciudadano como la libertad de cultos y de enseñanza.

No obstante, la «Revolución en Marcha» del Presidente López preparó el terreno para la radicalización de los conservadores que creían ver alterado el orden. En1935, Laureano Gómez declaró la abstención para todos sus copartidarios aduciendo la falta de garantías electorales. La táctica conservadora pretendía, en primer lugar, dividir al liberalismo y, en segundo lugar, incitar a la rebelión por cuanto era imposible expresarse por los canales legales democráticos.

El llamado a la desobediencia civil fue frecuente después de promulgada la Reforma Constitucional con el argumento de que era la pretensión de un sólo partido -el liberal- y no de todo el pueblo.

De esta manera, con una táctica incendiaria, Laureano Gómez se propuso reconquistar el poder que cada vez se veía más lejano. Muchos años después y ya en la presidencia, Gómez seguía pregonando que «la violencia (era) una feria licenciosa, y demoniaca obra de liberales, comunistas y criminales comunes». La satanización del liberalismo fue una constante en la vida de Laureano Gómez. Según Henderson: «Los liberales que se enfrentaban con Laureano Gómez en debates parlamentarios o que trataban de contestar sus arranques polémicos con respuestas racionales hallaban especialmente exasperante el enfoque místico y metafísico que le daba a la política. Porque era difícil vislumbrar cómo podía un político del siglo XX, de mentalidad liberal, contestar la acusación de que su filosofía estaba en un profundo error… error que consiste en desconocer la verdad real y crear una verdad ficticia, o que el Partido Liberal bajo un diluvio de fórmulas vacías, mal invocadas y traídas, había pervertido el sentido natural y “obvio de las cosas” o que su partido se había originado en un ‘verdadero pacto con el Demonio’ que producía ‘frutos de maldición … un huracán de escepticismo, de extranjerismo y de blasfemia’ …» (Henderson, 2006).

La tendencia escolástica de Laureano Gómez llevó la discusión de las ideas al terreno de lo pasional y lo metafísico. Nada que saliera de lo aprendido e inculcado por sus mayores podía ser aceptado como legítimo. La posición de Gómez era aún más sectaria cuando identificaba a los liberales con los comunistas en una «conjura» contra las autoridades establecidas. Si Laureano Gómez pensaba que los tres peores males de la sociedad eran el judaísmo, la masonería y el comunismo; entonces, los liberales en esta concepción de la vida, resultaban identificados con los dos últimos elementos. Esta fue la cofradía liberal-comunista que pregonó Laureano Gómez y que le hizo pensar que se debía actuar violentamente para rechazar la «conjura» revolucionaria que querían imponer estos «rojos» y «bolcheviques» (Henderson, 2006).

‘Nacionalistas’ y ‘Civilistas’: el pugilato conservador.

No parece oportuno repetir aquí una pugna ya explicada al interior del partido conservador entre los nacionalista dirigidos por los Leopardos y los civilistas cuya cabeza era Laureano Gómez. Solamente recalquemos que Laureano Gómez siempre esgrimió como postulados fundamentales de su doctrina el civilismo y la democracia. De ahí, el nombre del ala que lideraba.

Goméz, en 1935, había escrito su libro El Cuadrilátero (el único que concibió en vida), donde hacía una exaltación de los valores pacíficos y democráticos del líder indio Gandhi. Los otros tres ensayos, que componían el texto, eran una agria crítica a Hitler, Mussolini y Stalin por sus ideas totalitarias que cercenaban las libertades de la conducta humana (Henderson, 2006).

Los defensores de Gómez han recalcado estas líneas para demostrar las premisas pacifistas y civilistas que movían al líder conservador. Empero, muchas de las actitudes de Laureano Gómez riñeron abiertamente con lo escrito en El Cuadrilátero. En primer lugar la legalidad y la democracia eran vehículos propicios para que los grupos fascistas ascendieran en la escala de poder. Por ello, fascismo y democracia, aunque suene paradójico, no están en alarmante contradicción; por lo menos, en el proceso ascendente del fascismo. En segundo lugar, Gómez no siempre se pronunció favorable con respecto a los cánones democráticos: <<El sufragio universal inorgánico y generalizado contradice la naturaleza de la sociedad>> o <<La soberanía popular, base de las dictaduras anónimas, es el principal elemento, que integra aquél código monstruoso (Constitución de Río Negro)» (Henderson, 2006).

Los ataques a Hitler y a Mussolini se convirtieron en un mensaje claro para la facción extremista de Los Leopardos. Laureano Gómez quería crear diferencias tangibles con aquellos conservadores que querían poner en duda su jefatura y propiciar el debilitamiento de la colectividad. De Hitler, Gómez decía: «Hitler no es un grande hombre. Por la puerta del crimen no pasará Alemania al dominio de la humanidad, pues habrán de cerrarle el camino todos los hombres, alemanes o no, que no quieran ser esclavos, …». Y de Mussolini afirmaba: «El poder adquirido por la violencia; la victoria amasada con sangre cimentada sobre las ruinas de la dignidad y la libertad de los hombres, no pueden dar frutos de bendición» (Henderson, 2006).

En el fondo, tras una disputa ideológica se escondía una lucha intestina entre los «nacionalistas» y los «civilistas». Laureano Gómez hacía de iconoclasta con las principales figuras del fascismo admiradas por los «nacionalistas» que pervertían la disciplina implantada por Gómez.

Las elecciones de 1938 mostraron cuán débiles eran las posturas ideológicas frente a los intereses por llegar al poder. Los Leopardos y «nacionalistas» tras una contundente derrota renegaron de Hitler y el nazismo, como una forma de demostrar su proximidad nuevamente con el Partido Conservador

Estas posturas de conveniencia eran mucho más evidentes en Laureano Gómez quien en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial mostró su simpatía por las potencias del Eje lo que le valió, prácticamente, el cierre de su diario El Siglo ante la negativa de los Estados Unidos de exportar el papel periódico indispensable en el tiraje. Durante la guerra, Gómez se opuso a la lista negra -anteriormente referida- elaborada por el FBI. También fue señalado por el embajador Braden de los Estados Unidos como uno de los conspiradores en un golpe de Estado de inspiración nazi para derrocar al gobierno liberal. Gómez, a su vez, respondía que la verdadera amenaza para la soberanía nacional era el gobierno de los Estados Unidos (Henderson, 2006).

Así, en diversas polémicas, Gómez terciaba en favor del Eje en abierta contradicción con lo que había expuesto como la cabeza más visible de los «civilistas» conservadores. Desde las páginas de El Siglo, Gómez celebró la llegada de las tropas alemanas a París (1940) como un castigo al racionalismo volteriano que había desdeñado los preceptos divinos y cristianos cayendo en los abismos insondables de un «régimen de sangre y pus» representado por la Tercera República. Pero, más evidente fue su admiración por el fascismo español representado en la Falange y el franquismo (Grajales, 2017).

La Guerra Civil Española y la guerra de Laureano Gómez.

Laureano Gómez como ninguno, fue un devoto admirador d la España Imperial. Para Gómez la conquista española en América no había sojuzgado una cultura indígena por cuanto los aborígenes eran unos bárbaros y los europeos habían traído «lo más glorioso y noble de las culturas alcanzadas por la mente de los hombres; la cultura católica y española». Más adelante se hacía esta alabanza: «El imperio español había sido ideado como una colosal empresa de bien común según la concepción católica de los valores divinos y humanos del universo. Cuando la monarquía servía a estos principios con eterna fidelidad, pudo ser sobria, respetable, amparadora y fecundísima. Realizó el descubrimiento y la civilización del Nuevo Mundo porque al conjuro del genuino espíritu nacional apareció una generación sobre humana, casi de semidioses: navegantes, cosmógrafos, conquistadores de imperios, fundadores de ciudades, guerreros insignes, exploradores y viajeros incansables, apóstoles y misioneros de impaciente celo; maestros y educadores ejemplares y egregios gobernantes. ( …). Toda esa grandeza era genuinamente cristiana y española». Otras veces apuntaba: «La conquista de América, como génesis de cultura, no se entenderá suficientemente si se le disocia de la idea de cruzada (…). No se llegó a las nuevas tierras para expoliar y esclavizar sino para convertir y engrandecer…». Por ello, no es de extrañarse que Laureano Gómez tuviera muy presente el desarrollo de la Guerra Civil Española (Henderson, 2006).

Al estallar la Guerra Civil, Laureano se alinderó decididamente con la causa nacionalista dirigida por Franco. El Siglo no perdió ocasión para desplegar noticias de primera plana cuando algún emisario de Franco llegaba a Colombia. Once meses antes de la caída de Madrid a manos de los nacionalistas, Laureano Gómez ya vitoreaba a los que serían los vencedores de aquella guerra.

En enero de 1938, fue inaugurado en Bogotá, el Centro Nacionalista Español con la asistencia de los más prominentes representantes de la extrema derecha colombiana.

Entre los invitados que pronunciaron discursos se encontraba el arzobispo coadjutor de Bogotá, monseñor González y Laureano Gómez. De este último, un funcionario español describió su intervención en el evento: «(…) llevó a cabo el importante acto político de declararse militante de la Falange, renegando, se ignora si de una manera definitiva o transitoria, de los ideales democráticos que, a pesar de su ideología conservadora, venía públicamente profesando» (Henderson, 2006).

La emisora de radio «Voz de Colombia», radio conducida por Laureano Gómez y los civilistas, tenía el siguiente programa matutino que aparecía publicado en El Siglo como una exaltación y un homenaje a La Falange de Primo de Rivera:

«El acto se desarrollará así: Himno Nacional de Colombia. La vida heroica de Primo de Rivera. De Francisco Fandiño Silva a las juventudes de derecha del país.

Giovinezza, Himno popular de las escuadras fascistas de Italia.

Málaga estaba llorando. Poema del poeta español Rafael Dunyos.

Los Voluntarios. Marcha militar.

Primo de Rivera. Político y orador. De Guillermo Camacho Montoya a las juventudes de derecha del país.

Dolor y gozo del camarada Luis Platero. Romance de Rafael Dunyos.

Marcha de la Legión Extranjera.

Saludos del Rey don Alfonso XIII a los pueblos de América.

Alarma. Marcha militar.

‘Presente’. Drama azul de la falange española. Por Rafael Dunyos.

‘Primo de Rivera. Símbolo. A las juventudes derechistas del país’, por Víctor G. Ricardo.

‘Himno Fascista’.

Elogio Lírico de Primo de Rivera, por Carlos Ariel Gutiérrez a las juventudes de derecha del país.

‘Cara al Sol con la camisa nueva’. Himno de la falange española por la orquesta del maestro Pedro R. Manrique y cantado por masas corales» (Ruiz Vasquez, 2004).

Tal admiración por Franco nunca cedió y, por el contrario, persistió por largos años, mucho después de terminada la Segunda Guerra Mundial. El liberal Germán Arciniegas en 1949, le endilgaba a Laureano Gómez que era falangista y obedecía órdenes de Francisco Franco.

No era para menos que se siguiera identificando a Laureano Gómez con el franquismo si se lee, con detenimiento, el editorial escrito por su hijo Álvaro Gómez Hurtado con motivo del recibimiento de Laureano Gómez, por la juventud bogotana, en junio de 1949, tras su estadía obligada en España: «La de ayer fue una jornada de la juventud. Al entrar a las calles de Bogotá, las encontró invadidas por una alegre Falange de mozos corajudos que desde hacía varias horas disputaban (sic) el dominio de la vía pública al adversario «. Los subrayados que se han hecho señalan la utilización de términos como falange tan propios al fascismo español. Además, la táctica violenta de estos «mozos corajudos», resaltada por el editorialista, fue propia de los grupos fascistas en Europa, en contra de sus opositores (Grajales, 2017).

Para Laureano Gómez, la Guerra Civil Española fue siempre un ejemplo contundente sobre lo que podría suceder en Colombia si no cedieran las reformas liberales emprendidas por López; que para efectos de la comparación se asimilaban a la legislación del presidente español Manuel Azaña. Para Laureano Gómez, tanto López como Azaña proponían «el saqueo» de la propiedad ajena y asaltaban a la sociedad. Además estos gobiernos liberales, según Gómez, eran títeres de la III Internacional Comunista y de Moscú. En España, la rebelión de Franco y la Guerra Civil habían frenado el ímpetu destructor del comunismo. En esta analogía planteada por el político conservador, la única solución era la guerra civil.

«No hay caso de enjutez espiritual como el de España bajo el liberalismo. ( …). España estuvo dominada por la revolución comunista más completamente que por los Moros. Lenin iba a tener razón, porque la península caía instante tras instante en las fauces del comunismo (Henderson, 2006).

Entonces ocurrió uno de los momentos cruciales de la historia humana. El paladín que se creyera exánime, el esclavizado con miles de ataduras, el cautivo abrumado de heridas, se incorporó. Por los cauces extintos de la energía española volvió a correr sangre impetuosa ( …). El milagro, en que ya no se creía hizo su aparición, y un ejército, transportado por los aires, por primera vez en la historia del mundo, empezaba ahora, por el contrario extremo la faena prodigiosa de la reconquista…el correr arrollador del torrente revolucionario está detenido (Grajales, 2017).

Bendecimos a Dios porque nos permitió presenciar esta época de transformación imprevista y porque sintetizando cuánto día a día sentimos al conocer el soberbio, indomeniado empuje de los que dieron un grito que arranca de los más férvidos de nuestros entusiasmos: ¡Arriba España, católica e imperial!».

En este punto el Laureano demócrata y civilista dejaba de existir (Grajales, 2017).

La Violencia y el proyecto de un Estado Totalitario.

El 9 de abril de 1948, el asesinato de Gaitán hizo que el descontento social aflorara en una desorganizada rebelión contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez. En un comienzo la muchedumbre tuvo el objetivo claro de tomar el Palacio Presidencial, deponer a Ospina y linchar a Laureano Gómez. Sin embargo, la turba, a falta de un líder palmario que la dirigiera, perdió ímpetu y se dedicó al pillaje y a la destrucción. Una vez más un levantamiento popular cedía ante el individualismo y los intereses personales

Los liberales representados por Darío Echandia y los conservadores en cabeza del presidente Ospina Pérez suscribieron un «pacto de caballeros» para frenar al pueblo enfurecido, que a esas horas luchaba, en las calles de Bogotá en contra del Ejercito. La elite política, ante la negra perspectiva de una revolución, pactó un gobierno de unidad nacional demostrando, una vez más, que las facciones de la oligarquía se distanciaban en la pugna por el poder, pero se aliaban cuando veían amenazado su status de clase. La rebelión, huérfana de ideas, sucumbió ante la traición de los dirigentes liberales. La insurrección urbana cedió irremediablemente, tras la sangrienta movilización militar. Dos mil muertos y la ciudad semi destruida, fue el saldo trágico que dejo, sin beneficio de inventario para los colombianos, ese día conocido como el «Bogotazo».

La violencia que tenía hondas raíces, arreció ese 9 de abril. A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron uno tras otro, con fuerza incontenible para desembocar en lo que se ha denominado la «Dictadura Civil» de Laureano Gómez. Entre 1948 y 1953, hubo en Colombia 144.548 muertos por la Violencia. El fenómeno, empero no debe ser analizado de manera global. La Violencia tenía variadas expresiones y se manifestaba de forma diferente en cada instancia de la sociedad. Una cosa era, por ejemplo, la Violencia que subsistía entre los campesinos y otra, muy distinta, la que se encontraba en las capas altas de la sociedad, especialmente entre los políticos (Henderson, 2006).

Durante el 9 de abril de 1948, la residencia de Laureano Gómez y las instalaciones de su periódico fueron asaltadas e incendiadas por las masas enfurecidas. Tras los acontecimientos, el jefe del Partido Conservador partió rumbo a España y volvió un año después a dirigir su campaña política por la presidencia. El lenguaje de Gómez no se moderó tras su estadía Europa. Todo lo contrario, al pisar nuevamente suelo colombiano pronunció las siguientes palabras que fueron publicadas en titular de primera página en El Siglo: «Como soldado actuaré en la próxima lucha». Pero no eran los episodios del 9 de abril los que habían exacerbado el espíritu siempre beligerante de Laureano Gómez. De tiempo atrás, la violencia para Laureano, era un medio insustituible si se ejercía por una justa causa ideológica. En un discurso intitulado «El peor enemigo, el moderado», qué no distaba mucho de la frase « No hay enemigos a la derecha» acuñada por sus enemigos políticos Los Leopardos el líder del Partido Conservador” señalaba que el moderado estaba más cerca de la izquierda que de la derecha y, por ello, debía ser repelido porque era una enemigo solapado y traicionero (Grajales, 2017).

Tres meses antes de «El Bogotazo», el líder conservador había proferido la angustiante sentencia de que los colombianos estaban en guerra civil. Según el periodista Fonnegra: «No es posible negar en resumidas cuentas que cierta prensa azul y ultra católica, esgrimida como evangelio por unos cuantos párrocos de aldea, desempeñó un papel inicial en la Violencia, como se vio con claridad en Salazar, Cucutilla y Arboleda en el Norte de Santander, en enero de 1948, días después de que el diario El Siglo pregonara a cuatro vientos la proclama del Dr. Laureano Gómez «¡Estamos en guerra Civil¡» (Grajales, 2017).

La violencia que comenzó el 9 de abril de 1948, se manejaba desde los escritorios de manera alejada de la lucha, a diferencia de la Guerra de los Mil Días en donde los grandes jefes de ambos bandos se enfrentaban en campo abierto poniendo la cara y exponiendo el pecho. Nosotros diríamos, adicionalmente, que la prensa se convirtió en el arma letal de estos «nuevos generales» de la violencia. Ya no se blandía un machete, sino que se esgrimía un pasquín.

La campaña de El Siglo conducida por Laureano Gómez y su hijo Álvaro Gómez, -director del diario entre 1949 y 1953 y guía de los Laureanistas en el Congreso- llevó al paroxismo las palabras para atizar el ambiente de violencia que necesitaba con urgencia el llamado a la concordia y a la paz.

En primer término, El Siglo atacó a Darlo Echandia, el candidato liberal para el periodo presidencial 1950-1954, por «los viles ataques al presidente Ospina Pérez». Y tildó su posición como «la retirada al aventino. Darío Echandia sufrió, en septiembre de 1949, un atentado resultando muerto su hermano (Henderson, 2006).

En segundo término, El Siglo adelantó una campaña tendiente a demostrar que existían 1’800.000 cédulas liberales falsas. Por aquella época votaban aproximadamente 1’800.000 liberales. El partido liberal se retiró de la contienda electoral por la presidencia, en octubre de 1949, argumentando la falta de garantías y la persecución de sus simpatizantes.

En tercera instancia El Siglo y Laureano Gómez atacaron al Congreso de mayoría liberal, aduciendo que todas las acciones gubernamentales eran obstaculizadas por el Parlamento. Además, las Cámaras pretendían adelantar un juicio al presidente Ospina Pérez, en un nuevo «complot» que creía descubrir Laureano Gómez, en contra de la estabilidad institucional. «El Congreso conspira» fue el título de uno de aquellos famosos editoriales que crearon el ambiente propicio para el cierre del órgano legislativo. El día en que se publicó la columna, el Parlamento fue clausurado por el presidente por decreto el 9 de noviembre de 1949. Ese mismo día, se implantó el Estado de Sitio y la censura de prensa; la «dictadura legal» de la que hablaba el Leopardo Silvio Villegas (Henderson, 2006).

Cuando Laureano Gómez ganó las elecciones, sin ninguna competencia, tuvo a su haber todo los instrumentos para consolidar su proyecto de Estado totalitario y su reforma corporativista. El Estado que nació en el año de 1950, con la presidencia de Gómez, cumplía, en gran medida, con las cuatro consideraciones básicas expuestas por Raymond Aron para definir el Totalitarismo (Ruiz Vasquez, 2004):

  1. El régimen de Laureano Gómez se sustentaba en el monopolio de un sólo partido. Las elecciones de 1959 dejaron en evidencia que la competencia interpartidista por los canales democráticos ya no tenía razón de ser al presentarse la victoria de Gómez sin ninguna competencia. La oposición desapareció al clausurarse el Congreso y, de esta manera, el partido liberal quedó excluido de cualquier acción política tanto en ejecutoria de programas como en la legislación de nuevas normas. El partido conservador, especialmente el sector Laureanista, monopolizó la actividad política (Henderson, 2006).

2° La censura de prensa y el Estado de Sitio crearon la posibilidad de que los derechos fundamentales de los ciudadanos fueran pasados por alto. El establecimiento basado en el monopolio de un solo partido y animado por una ideología antiliberal mantuvo una autoridad absoluta que se convirtió en la verdad oficial del Estado.

El Siglo, en 1952, por ejemplo, expresaba: «Déjese el país de farsas. Quedemos en que el liberalismo es el partido de los forajidos y el conservatismo el del orden. Déjese el país de falsas posturas. Aprenda a conocer las cosas por su nombre. Que el bandolerismo se llama así». De esta forma, el liberalismo quedó convertido en campos y ciudades en un grupo encubierto y perseguido. Las residencias de Alfonso López y Alberto Lleras, al igual que los diarios liberales El Tiempo y El Espectador fueron incendiados y saqueados (Henderson, 2006).

En otras palabras, la «verdad oficial» rezaba así: el responsable de los hechos de Violencia era el liberalismo y sus jefes más importantes. Por ello, El Siglo, en enero de 1952 lanzaba esta sentencia: «… el liberalismo puede estar tranquilo: el país será pacificado, pacificado cueste lo que cueste». (El término pacificar no significa aquí crear un ambiente de paz y de concordia sino aplastar violentamente los brotes de discordia).

3°. El Estado monopolizó los medios de fuerza y los medios de persuasión. El Estado tenía su representación, en las regiones y los municipios, en la trilogía conformada por el alcalde, la policía y la Iglesia. El alcalde era nombrado por el presidente y naturalmente su filiación era conservadora. La policía completamente politizada, reclutaba sus elementos en la provincia conservadora de la Uvita (Boyacá). «La policía Chulavita» pasaría a la historia por sus asesinatos políticos y la represión violenta que ejerció contra la población. El aparato ideológico tenía como cabeza principal a los curas párrocos que desde los púlpitos condenaban a los liberales otorgando indulgencias a los asesinos conservadores conocidos como «pájaros». A su vez, El Siglo era leído por los conservadores como palabra sagrada y verdad absoluta; por ello, se le conocía como el «Santo Siglo» /Henderson, 2006).

De esta manera, los representantes de las instituciones del Estado promovieron una represión de un importante sector de la población. La trilogía alcalde-policía-Iglesia representaba tanto la represión como la persuasión del establecimiento. Las masacres, entre 1950 y 1953, se repitieron con inusitada regularidad. En la mañana, el alcalde en compañía de la policía realizaba la requisa de las casas liberales decomisando el armamento que pudiera encontrarse en la inspección; al tiempo que el cura párroco pronunciaba un sermón en contra de los liberales. Más tarde, bien entrada la noche, un grupo de encapuchados, entre los que se encontraban los famosos «pájaros» y algunos miembros de la <<policía Chulavita>>, prendían fuego a las casas del pueblo y asesinaban con saña a sus pobladores. La indefensión en la que se encontraban los campesinos los hacía víctimas fáciles de los facinerosos. Los asesinos lanzaban gritos de combate como «Viva Cristo Rey>>, «Viva Laureano Gómez>> y <<Abajo liberales mal nacidos» (Grajales, 2017).

La represión estatal representada en las acciones de los principales funcionarios de los municipios hicieron que el gobierno de Laureano Gómez fuera tildado de <<Dictadura Civil». Como los regímenes europeos, el gobierno conservador entre 1950-1953 apeló a la violencia soterrada para establecer y mantener su mandato. El año de 1950 fue el más violento de toda la historia del país con un saldo trágico de 50.253 muertos (Henderson, 2006).

4°. El fenómeno totalitario en Colombia vino a completarse cuando Laureano Gómez quiso que la mayoría de las actividades económicas y profesionales fueran reglamentadas y dirigidas por el Estado. La estatización de la vida económica por medio del corporativismo fue uno de los sueños más preciados de Gómez y una de las particularidades más importantes apuntadas por Aron como característica para la conformación del Estado totalitario (Ruiz Vasquez, 2004).

Gómez había sido influido sobremanera por la teoría corporativista cuyo principal era la Filosofía Perennis del cristianismo que postulaba la naturaleza orgánica del Estado; es decir, que las supuestas libertades del hombre cedían frente a un ente supremo: el Estado.

En 1953, un decreto presidencial de Laureano Gómez conformó la Asamblea Nacional Constituyente (ANAC), con el objeto de sancionar la nueva Constitución planteada por el gobierno. La Asamblea no era de elección popular sino designada por el presidente. El Siglo expresó su convicción de que la nueva constitución debía expresar homogéneamente la doctrina del partido conservador sin alienaciones liberales. El precepto fundamental que buscaba rebatir la nueva constitución era el sistema mayoritario del sufragio universal.

En gran medida, el desconocimiento de la elección popular con una nueva «democracia» amañada respondía a las expectativas de los conservadores quienes habían visto cómo su partido mayoritario en los años 20, había cedido parte importante de su caudal electoral con el creciente urbanismo y despoblamiento de los campos donde influía mayormente (Henderson, 2006).

En mayo de 1952, el gobierno creó la Comisión de Estudios Constitucionales cuya función era organizar la nueva Constitución. La Comisión terminó sus funciones en febrero de 1953 y presentó su proyecto a la ANAC para que aprobara el texto final de la nueva Carta Política. Sin embargo, las sesiones de la Asamblea que comenzarían el 15 de julio de 1953 nunca se llevaron a cabo a raíz del golpe de Estado de Rojas Pinilla, tres días antes de instaladas las deliberaciones

Por ello la Constitución Corporativa de Laureano Gómez nunca vio la luz. De todas formas, las intenciones del presidente de convertir al Estado en un ente omnipresente y omnipotente quedaron plasmadas en el texto constitucional elaborado por la Comisión de Estudios.

¿Qué aspectos ideológicos contenía la frustrada reforma de Laureano Gómez?

Gómez estaba firmemente convencido de que el sistema democrático por mayoría había sido el medio utilizado por los liberales para imponer sus programas y su constitución. Para Laureano Gómez, Colombia podría salvarse anulando la mayor parte de la legislación liberal promulgada desde 1936. Gómez buscaba ejercer un control sobre las masas restringiendo el sufragio y concentrando el poder en cabeza del presidente. «Una innovación consistía en el carácter corporativo del Senado Nacional, carácter que consistía en otorgar Curules a los representantes de varios grupos profesionales y sociales y en el método de elección de los senadores que no sería el del sufragio popular. Esta iniciativa de cambiar las cámaras políticas por unas profesionales y económicas fue uno de los puntos en donde más se acercó la propuesta de Gómez a las instituciones fascistas de Alemania e Italia en el periodo de entreguerras (Henderson, 2006).

El afán de Gómez por crear una solidaridad social controlada por el Estado para quitarle piso a una posible revolución popular, lo llevó a fabricar una constitución amorfa; un batiburrillo de ideologías y concepciones políticas de diverso orden. Por ejemplo, se consagraba a la elección popular directamente del presidente, pero al mismo tiempo se restringía el sufragio con un voto censitario. Igualmente, el Presidente se convertía en un jefe supremo con injerencia en todos los asuntos nacionales. En la búsqueda constante de la solidaridad de clases en contra del comunismo se encontraba un artículo que rayaba en lo ridículo: <<El Estado colombiano condena la lucha de clases y promueve la armonía social al amparo de la justicia>> (Grajales, 2017)

Además, como los regímenes fascistas de Europa, la «Constitución de 1953» promulgaba el núcleo familiar como pilar fundamental de la sociedad. En el campo económico se consagraba la creación de un Consejo Nacional encargado de la planeación de iguales características al Consejo Económico Nacional que pretendió llevar a la práctica Mussolini (Henderson, 2006).

Raymond Aron decía que lo esencial del régimen totalitario residía ya fuera en el monopolio de un partido; o bien en la estatización de la vida económica o bien en el terror ideológico. El fenómeno, según Aron, era perfecto cuando todos estos elementos se entrelazaban y se complementaban plenamente. El gobierno colombiano, entre 1950 y 1953, ejerció el terror ideológico por intermedio de los funcionarios del Ejecutivo como los alcaldes y los policías. A su vez, el presidente monopolizó el proceso político colombiano al convertir al partido conservador en la única expresión de la vida institucional del país. Sin embargo, el proyecto de Gómez desapareció con el golpe de Estado de Rojas Pinilla y las posibilidades de estatizar a la sociedad quedaron en el limbo (Ruiz Vasquez, 2004).

Poutlanzas pensaba que el surgimiento de un régimen totalitario, fascista y policiaco tenía sus raíces en un afán por restablecer alguna hegemonía ideológica. El hecho de que Laureano Gómez quisiera desconocer la reforma de 1936 y excluyera del proyecto constitucional al Partido Liberal, era una clara muestra de su decisión incontestable por darle un vuelco ideológico al país buscando nuevamente los postulados conservadores de autoridad y orden revitalizados ahora por una concepción corporativista.

Poutlanzas sostenía igualmente, que esta clase de Estados totalitarios nacían tras una crisis política, la mayoría de las veces, más aguda que la crisis económica. En Colombia, la Violencia representó el desbarajuste de las estructuras de poder del bipartidismo. Según Francisco Leal: «A raíz del comienzo de la pérdida de control político por causa de la Violencia, control que estaba circunscrito a la presencia unificada de las instituciones del Estado en todo el territorio nacional, en los primeros años de la década de los años 50 el proyecto de reforma constitucional de Laureano Gómez buscaba subsanar drásticamente este problema». Los partidos políticos perdieron el control político sobre sus seguidores debido a los abruptos cambios económicos y sociales que se reflejaron en el proceso de Violencia. En relación con este hecho se presentó la crisis económica de la que hablaba Poutlanzas. El proyecto de Laureano Gómez buscó, ante todo, estatizar e institucionalizar esos conflictos frente a la imposibilidad de los partidos de dar cabida a soluciones o, por lo menos, calmar los posibles ánimos que se estaban dando con los agudos quiebres sociales. Sin embargo, el programa de Gómez se topó con un escollo imposible de salvar: el poder de la oligarquía. En efecto, el proyecto corporativista pervertía la rotación en el poder de las diferentes facciones de la elite consagrando la perpetuación en el gobierno de una sola figura. «La visión que había tenido Laureano Gómez de crear una democracia guiada y semi corporativa había muerto antes de nacer. La elite nacional se unió nuevamente, como en 1948, para defenderse de este nuevo peligro representado por el proyecto político de Gómez que limitaba sus posibilidades de acceder al poder del Estado; instrumento irremplazable para reproducir su condición de oligarquía y perpetuar sus prerrogativas económicas y sociales (Ruiz Vasquez, 2004).

El 13 de junio de 1953, el general Gustavo Rojas Pinilla dio un golpe de Estado con el apoyo tácito de los sectores liberales y de los conservadores dirigidos por Mariano Ospina. Para Darío Echandia se trataba de <<Un golpe de opinión >. El nuevo presidente juró la presidencia con estas palabras: «No más sangre, no más depredaciones en esta Colombia inmortal

Tres años más tarde morirían trágicamente 11.000 personas, uno de los años más violentos de la historia del siglo XX en Colombia. A la «dictadura civil» le había seguido la «dictadura de opinión» (Ruiz Vasquez, 2004).

Consideraciones finales.

Laureano Gómez impuso en su Presidencia un gobierno autoritario y excluyente con la participación de un solo partido. Su mandato cohonestó los hechos de violencia de los funcionarios del Estado y la represión al Partido Liberal con la convicción de que este y los comunistas estaban aliados en una conjura revolucionaria. De esta manera, Gómez pretendió convertir el establecimiento en un Estado totalitario por medio de una constitución que consagraba el corporativismo, para copar todos los espacios de la sociedad, y restringir el sufragio para darle poderes absolutos al presidente (Ruiz Vasquez, 2006).

La postura de Laureano Gómez tuvo por objetivo restablecer el dominio absoluto del partido conservador sobre la vida colombiana tal como había sucedido antes de 1930 durante la llamada «hegemonía conservadora». De igual manera, era una respuesta al hecho de que el Partido Conservador, mayoritario a principios de siglo, asistía a la disminución de su caudal electoral en la medida en que las ciudades crecían. El partido se arraigaba en las estructuras agrarias tradicionales y en los centros de poder rurales donde era favorecido por un mayor número de seguidores. Por ello se planteó una solución autoritaria para mantener o retomar el dominio. Laureano Gómez intentó, entonces, recuperar el terreno que su partido estaba perdiendo en las elecciones.

Los rasgos más destacados del fascismo en Colombia.

Anticomunismo, racismo, antisemitismo, nacionalismo, corporativismo y una estrategia violenta fueron los rasgos más destacados del fascismo colombiano. Sin embargo, aunque se intentó llevar a la práctica muchos de estos puntos, un fascismo pleno nunca llegó a consolidarse (Ruiz Vasquez, 2004). En primer lugar, porque, como en el caso del antisemitismo, un prejuicio importado no respondía siempre a la realidad colombiana. En segundo lugar, porque el intento de introducir el fascismo en el campo no contó con apoyo popular debido al individualismo característico de una parte del campesinado caficultor que prefirió canales personales, como el compadrazgo o la violencia, para salvaguardar y alcanzar nuevas posibilidades económicas y sociales (Ruiz Vasquez, 2004).

En tercer lugar, el proyecto de una constitución corporativa de corte fascista cuestionaba el poder de la elite dirigente y renegaba del «pacto» tácito que subsistía entre facciones encontradas de la oligarquía criolla. La elite entonces se opuso a este proyecto que subvertía el orden existente de connivencia entre líderes de ambos partidos tradicionales.

Sumado a lo anterior, los voceros del fascismo colombiano nunca pudieron formar un partido disciplinado y jerarquizado como si lo fueron los partidos fascistas en Europa.

Aunque, los Leopardos y Laureano Gómez eran excelsos oradores, jamás llegaron a montar un gran aparato político y una organización precisa. Quizás la iglesia en su empeño masificador logró formar mejor un gran sistema de difusión de proporciones considerables por medio de variadas publicaciones, radioemisoras, salas de cine, asociaciones juveniles, sindicatos campesinos y obreros, etc.

Sin embargo, el fascismo en Colombia nunca logró surgir como un cuerpo fuerte y cohesionado por las luchas intestinas que se dieron en el seno del conservatismo como una expresión de la pugna por el poder. Pudieron más los intereses personales que la formación de un grupo compacto (Ruiz Vasquez, 2004).

No obstante hay que considerar otras influencias afines en los sectores conservadores colombianos, específicamente el falangismo español.

Falangismo español.

El fascismo en España presenta dos momentos históricos que hay que describir por separado, para entender su influencia en el pensamiento político colombiano. Por un lado, tenemos a José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, y fundador y líder del partido Falange Española, que posteriormente sería conocido como Falange Española de las JONS, resultado de la fusión de la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera y de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), fundadas por Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma. Este partido surge bajo una ideología nacionalsindicalista, antiliberal y anticomunista.

José Antonio Primo de Rivera buscaba sacar a España de la crisis social a la que la había llevado el liberalismo de la II República Española, un liberalismo no representativo, que llevó a cuestionar su papel y beneficio para España. No obstante, era un liberalismo fuertemente representado en el Parlamento, por lo que las intenciones de José Antonio Primo de Rivera jamás serían aceptadas dentro de este. El principal problema que tuvo que afrontar José Antonio Primo de Rivera fue la vaguedad de su programa fascista, pues se dedicó a hablar de sus bases teóricas, mas no construyó un programa explícito y concreto.

Este vacío llevó a que la situación dentro del partido se recrudeciera a tal punto que Rodrigo Ledesma renunció por constantes choques con José Antonio Primo de Rivera, en quien veía a un gran orador, pero no a un líder.

Poco a poco, el partido fue perdiendo fuerza y comenzó a ser señalado por actos violentos cometidos por algunos simpatizantes y miembros hacia la oposición. Esto llevó a que en las elecciones de 1936, FE de las JONS fuera declarado fuera de la ley, perdiendo toda posibilidad de ser representado tanto dentro del Gobierno como del Parlamento.

Aunado al fracaso electoral, se presentó un levantamiento revolucionario contra la II República, que llevó a una guerra civil entre oficialistas e insurrectos.

Este levantamiento fue endilgado a José Antonio Primo de Rivera, quien fue conducido a prisión en Alicante, dejando así que el General Francisco Franco (falangista conspirador de la insurrección) tomara el control del partido. Luego de un corto juicio, José Antonio Primo de Rivera fue declarado culpable de conspirar contra la República y patrocinar la revolución, y fue condenado a pena de muerte. Este hecho significó el poder total de Franco dentro de la Falange, y como hecho distintivo de su gobierno, promulgó los “XXVI Puntos de la Falange Española”.

Este tratado establecía el modelo fascista de Franco para España. Aquel ideal que José Antonio Primo de Rivera intentó elucubrar, finalmente fue materializado por Franco en junio de 1940. Grosso modo, este tratado definía la idea de nación de España, visualizándola como un imperio bajo el lema “Nación, Unidad, Imperio”; defendía la idea de que España retornara a la grandeza, unificando aquellos territorios otrora conquistados; las clases sociales y las masas fundamentaban el nacionalsindicalismo; y la religión católica se incorporaba en un sentido tradicionalista como base de la reconstrucción nacional (Ruiz Vasquez, 2004).

Como se evidencia, son dos momentos del mismo fenómeno los que determinan la política fascista española que atraería a Alzate Avendaño y a Los Leopardos. Alzate se declaraba abiertamente admirador de José Antonio Primo de Rivera, en quien veía un gran y apasionado líder, motivado por sus ideas reaccionarias; y de Francisco Franco, en quien vio la férrea convicción de llevar a cabo aquello que José Antonio Primo de Rivera no fue capaz; sin embargo, aquel ideal hispano-expansionista del imperio español no fue motivación, toda vez que proponía la recuperación de aquellos territorios conquistados por España durante su historia. Alzate era un ferviente admirador y defensor del proyecto bolivariano, que iba en contravía del proyecto franquista.

Para Alzate y para Villegas significó la forma de engrandecer a Colombia. Villegas creía fervientemente que Colombia debía volver a sus inicios, siendo parte del territorio español. Su espíritu hispano hacía que asimilara la realidad española con la realidad colombiana. España significaba el ejemplo a seguir para derrocar la república liberal de Alfonso López Pumarejo, plantea Ruiz Vasquez (2004).

El auge de las doctrinas y de los movimientos de extrema derecha en Colombia tuvo su cenit durante la coyuntura de oposición al gobierno liberal de López Pumarejo y aunque con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, los más aguerridos defensores y líderes de derecha matizaron sus veleidades totalitarias, estas ideas tuvieron una importante presencia en las discusiones políticas de la Colombia de los años 30.

Colombia poseía una tradición hispana importada por España, la cual se convertía en un modelo atrayente. Sus principios nacionalistas y católicos eran asimilados fácilmente, pues respondían a contextos similares, a la par que atacaban un enemigo en común, el liberalismo. Bajo el discurso religioso, principal fortín del conservatismo, se atacaba y buscaba deslegitimar al liberalismo, calificándolo de pecado.

La Iglesia, que había sido uno de los soportes del régimen conservador, se enfrentó al gobierno de López debido a las posiciones del liberalismo en relación con la educación, el matrimonio y el divorcio, la reforma constitucional y el proyecto de modificación del Concordato suscrito con la Santa Sede en 1887. La rebelión de Franco contra las autoridades de la República española fue aprovechada por la derecha colombiana para tratar de hacer un paralelo de lo que estaba sucediendo en el país.

Dentro del proyecto fascista en Colombia, el hispanismo jugaba un papel preponderante.

Tanto religión como lengua funcionaban como focos de identificación y orden social que legitimaban las actuaciones estatales para someter a aquellos elementos humanos que estuvieran por fuera del modelo. La vocación imperial de España y la idea de “eje espiritual del mundo hispánico”, constituían el antagonista al liberalismo norteamericano. El miedo a ser absorbidos por una cultura tan agresiva como esta, llevaba a buscar alternativas que mantuviera al país protegido. Así es como el hispano-expansionismo español, en tanto que tradición, encontró en pensadores como Villegas la manera de germinar y esparcirse en el pensamiento político del país (Ruiz Vasquez, 2004).

Más por tradicionalismo que por innovación, el ideario falangista se convirtió en una ruta de guía para los nacionalistas colombianos. Villegas se convirtió en su fuerte escudero, quien desde el periódico La Patria de Manizales, difundía este tipo de ideas animadas por el franquismo.

Si bien Villegas se había declarado directamente fascista, admirando idearios como el de Maurras, y regímenes como el de Mussolini y el de Hitler, el falangismo fue una (si no la más) importante influencia en su pensamiento y en el sentir general de Los Leopardos (Ruiz Vasquez, 2004).

Hasta el momento, se han identificado aquellas ideas fascistas que emergieron en el país, y que respondían a ciertas necesidades sociales, culturales y políticas. Así, tenemos el nacionalismo integral de Maurras y el falangismo español como las principales bases teóricas de la extrema derecha colombiana de la década de los 20.

Estas bases significaron mucho más y aportaron en mayor medida, que lo que pudo haber hecho el fascismo italiano o el nacionalsocialismo.

En próximo texto nos referiremos a la contradictoria personalidad del político conservador caldense Gilberto Alzate Avendaño y aus cercanías con el fascismo italiano.

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