Colombia. Iván Duque: ¿Un candidato contra la vida?

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En medio de las pasiones agitadas de una campaña presidencial donde se sacan a relucir tantas, tantísimas cosas de los candidatos -buenas unas, bochornosas las más-, algunas paradójicamente permanecen ocultas. Como si en el fondo algo de ellas compartieran los otros candidatos, el guante de hierro de los medios las ocultara, o lo más probable quizás, como si los árboles de la controversia y agitación diarias no dejaran ver el bosque bajo el cual se refugia el alma del candidato.

La anterior reflexión nos viene a la mente a propósito del valor fundante y fundamental de todo, la vida, y la posición que sobre ella se devela en un aspirante a la presidencia de Colombia que se define este 27 de mayo. Y decimos se le devela, porque no es -nunca lo sería-, una posición expuesta abierta y francamente. Al contrario, lo que sobre ello afirma es lo justo y esperado; sólo que cernidas sus palabras a la luz de sus ejecutorias y discurso en las ocasiones pertinentes, resultan fementidas.

Es el caso del candidato presidencial del partido Centro Democrático Iván Duque Márquez. No hace falta que le haya arrebatado la vida a alguien ni dispuesto hacerlo, para tener claro su desprecio por la vida –algunas valga precisarlo-, su filia con la muerte –algunas valga matizar-. Y la más significativa de aquellas ocasiones concernientes, fue cuando se develó que el ejército de Colombia en forma sistemática, durante muchos años, se dedicó a matar colombianos como forma de demostrar que “le estamos ganando la guerra al terrorismo”. Y por esta vía obtener mayor porción del presupuesto nacional, más garantías de impunidad para sus desafueros y reclamar más incidencia en la sociedad. Y de paso, premios y condecoraciones para los autores. Es la descomposición de la guerra, esa misma que quienes “la estaban ganando” negaban que existía con tal de no concederle al enemigo ni siquiera el beneficio de vivir.

Y, ¿cuál fue, cuál ha sido la posición del candidato Iván Duque frente a esa sórdida evidencia de desprecio por la vida? La de absoluta e irreductible solidaridad con los victimarios, la de tajante desconocimiento de las víctimas. Ni una palabra de censura para los primeros, ni una de consuelo para las segundas. Todo lo contrario, exigencia de fuero militar y carcelario para los autores de los llamados “falsos positivos” lo que conlleva garantía de impunidad, causa esgrimida como propuesta sagrada de gobierno, al tiempo que pronuncia desapacibles palabras hacia las víctimas y las organizaciones que las reivindican.

Pero no ha sido sólo en el plano interno. En el externo, y téngase presente que el presidente de la República es el jefe de las relaciones internacionales y que constitucionalmente tiene una gran agenda en este campo máximo hoy cuando al mundo lo gobiernan tratados, convenciones y Acuerdos ídem que obligan a los gobiernos, también ha dado palmarias muestras de su desprecio por la vida. Estados Unidos, contra todo el derecho internacional –cosa que ellos reconocen-, acaba de trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, reconociendo a esta ciudad como capital unificada y exclusiva de Israel. Contra el derecho internacional repetimos, como que el estatus que le dio las Naciones Unidas en la Resolución 181 de 1947 de  su Asamblea General que dispuso la creación de un Estado judío y otro árabe, fue el de ciudad universal bajo administración internacional,  sometida a posteriores definiciones por parte de la única autoridad legítima, las Naciones Unidas. Por ello, todos los países del mundo tienen sus embajadas en Tel Aviv. No por ninguna ni por poca razón.

Pues bien, el acto de traslado de la flamante embajada de Estados Unidos, significó un baño de sangre por parte de las tropas israelíes con aproximadamente doce mil quinientos palestinos heridos , entre ellos 500 niños y 12 muertos,  incluida una bebé de ocho meses. No en el marco de “enfrentamientos” como infamemente la prensa mundial y los periodistas del mundo rehenes y fletados por el sionismo justificaron la masacre, sino en el de protestas absolutamente pacíficas del indefenso pueblo palestino que desde el gueto donde está confinado lanzaba arengas contra la ocupación de su territorio y el régimen de Apartheid que padece. Y, ¿qué dijo sobre ese baño de sangre Iván Duque, tan implicado en política exterior y “preocupado” por la situación mundial de los derechos humanos, que anunció liderará un bloque de países para derrocar al presidente de Venezuela? Nada absolutamente, que no fuera de respaldo a la brutalidad sionista y de desprecio por las víctimas. Otra vez, la muerte.

Y para que no quede duda de cuál es la posición del candidato del que hablamos frente a un crimen internacional y de Lesa Humanidad que además se puede tipificar de Genocidio por el carácter que va teniendo de exterminio de un pueblo, de manera innecesaria como la que más, anunció que siguiendo los pasos de dos paisitos, Honduras y Paraguay, también trasladará la embajada en Israel a Jerusalén. Es decir, contra la Constitución colombiana que hace vigentes en el derecho interno y obligatorio los Tratados, Convenios y Convenciones suscritos por Colombia, y contra la solidaridad constitucional y moralmente debida a los pueblos víctimas de opresión y ocupación. Y nos referimos a esos “paisitos”, no por desprecio a esas naciones amigas y sus pueblos, sino por sus regímenes de tan larga vergonzosa trayectoria en el concierto de las naciones.

Pero hay más en el candidato presidencial Iván Duque con respecto a sus problemas con ese valor superior a toda causa e ideología, la Vida.  Cuando el gobierno de Israel al mando del actual primer Ministro Benjamín Netanyahu, el 30 de mayo de 2010 cometió el acto de piratería que horrorizó al mundo de atacar a la “Flotilla de la Libertad”, grupo de embarcaciones civiles  con 750 voluntarios de  60 naciones incluida una Premio Nobel de Paz y varios parlamentarios europeos que llevaban 10.000 toneladas de ayuda humanitaria a la sitiada y hambreada población de Gaza, asesinando  a 10 de sus ocupantes, hiriendo a 20 más y capturando al resto, ante la presión de la indignación mundial la ONU se vio obligada a designar una comisión de alto nivel que emitiera un juicio sobre la legitimidad de la acción. Esto, porque Israel alegaba una elemental legítima defensa, ya que decía, el Mavi Marmara de bandera turca, buque insignia de la Flotilla, llevaba terroristas que atacaron a sus soldados cuando quisieron inspeccionarla.

Pues bien, por esas paradojas inauditas de la política internacional, uno de los designados para emitir su opinión sobre el hecho fue el expresidentes colombiano Álvaro Uribe Vélez, cuya macabra trayectoria en derechos humanos durante sus dos mandatos lo despojaba de credenciales para el honroso encargo. Y por alguna circunstancia que no conocemos, Iván Duque Márquez resultó integrando esa Comisión, presumimos como parte del equipo de Uribe. ¿Y cuál fue el resultado de la “exhaustiva investigación” internacional de altísimo nivel? Más o menos, que el sangriento ataque contra los compasivos voluntarios estuvo más o menos bien; que los muertos fueron apenas los justos, que la reacción israelí fue más o menos proporcionada. Y con ello, una bendición se lanzó sobre el crimen, con el beneplácito no sólo en la Corte Penal Internacional, sino – ¡vivir para creerlo!- de los mismísimos tribunales de Turquía de donde eran nacionales nueve de los asesinados. Y ahí estuvo la impronta de Iván Duque.

Ah! Tanto desafecto por la vida – de algunas valga precisarlo-, tanto afecto por la muerte – de algunas valga matizar-. Y pensar que este domingo 27 de mayo millones de colombianos que tal vez tengan paz en su corazón y amen la vida, van a votar por ese candidato.

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