Colombia. Frente a frente

Como afirmé en marzo[1], cuando todas las apariencias indicaban el recrudecimiento del conflicto armado y un auge de la insurgencia, lo que se establecía era el equilibrio de poderes de cara a unos diálogos que se están preparando, por lo menos, desde que Santos el cerrajero anunció que tenía las “llaves de la paz” durante el acto de posesión presidencial. Las apariencias siempre engañan.

Ahora el secreto a voces peor guardado de los últimos meses se oficializa: la guerrilla más antigua de América -últimos mohicanos de la izquierda en armas- se sienta a la mesa frente a frente con los dignatarios de la oligarquía a la cual combaten hace medio siglo. De un lado hombres curtidos en los rigores de la guerra y tozudos izquierdistas con una vida entera de confrontación al Estado. De otro políticos profesionales y generales retirados tras décadas de perseguirlos. De un lado la viuda de Tirofijo, una campesina con décadas en el monte. Del otro Sergio Jaramillo, el tataranieto de un Presidente de la República, con décadas rodando por prestigiosas Universidades extranjeras, Ministerios y Consejerías oficiales a altos niveles. Esa imagen basta para comprender el abismo que existe en esa mesa.

Las apariencias nos volverán a engañar: la ilusión que despierta el inicio de los diálogos esconde la puja severa que sigue a los próximos meses, quizás años, una puja que no será otra cosa que la continuidad del conflicto por vías políticas. Cómo bien afirmó el Presidente Santos, son enemigos los que conversarán en la Habana. No es un desafío sencillo para ninguna de las partes.

En ese marco hay que observar el inicio de las negociaciones. Ninguno de los contendientes ganará nada que no haya conseguido antes en el campo de batalla. Eso explica porque la agenda no es la misma del Caguán, que a ojos de la oficialidad significa un conjunto desproporcionado de exigencias irrealizables. Quién conozca la agenda que se discutió en el Caguán sabrá que contiene puntos esenciales de cualquier democracia como la justicia social, la soberanía nacional o la reforma agraria[2]. Entre otras cosas, la guerrilla acusada de ser una banda de narcotraficantes planteó el proyecto más ambicioso para la sustitución de cultivos ilícitos que haya tenido el país, así como la legalización de la droga para solucionar el problema del narcotráfico. No era ni el socialismo del siglo XXI ni la república de los Soviets Caqueteños. Sin embargo, resultaron irrealizables cuestiones como una vivienda digna para todos, el acceso equitativo a la tierra, salud y educación o la representatividad política de la oposición, y por eso, justo por eso, es que Colombia está en guerra hasta el día de hoy.  Porque los marcos civilizados de la democracia siguen siendo desproporciones irrealizables.

Ya que el equilibrio de fuerzas es evidentemente distinto a los 90, los puntos sobre la mesa son otros y la apuesta de la insurgencia también. La estrategia se concentra en solucionar el problema agrario y conseguir garantías para la participación política a través del movimiento social. Quienes califican la subversión como una horda de bandidos sin ideales, preocupados sólo por mezquinos intereses inmediatos no reparan que todos los puntos a discutir implican cambios y reformas estructurales en el país. Es una agenda de transformación, no de prebendas. Es por ello que no cabe hablar de rendición ni entrega. Es por ello que se encuentran tan preocupados el doctor Uribe et al, cuya propuesta para solucionar el conflicto consiste en sobredosis de plomo o capitulación a cambio de un plato de lentejas.

La prensa excreta tanta tinta sobre frivolidades y cuestiones sin relevancia -como la ropa que llevaban los negociadores- que la discusión de fondo no la aborda nadie: ¿Está dispuesto el Estado a permitir una verdadera reforma agraria integral y una real reparación a las víctimas del conflicto? ¿Van a devolver 6 millones de hectáreas que se robaron al amparo de la “lucha antisubversiva”? ¿Permitirán los militares y la derechona de camándula y escopeta que la izquierda radical se desenvuelva políticamente en la vida pública? ¿O piensan matar otros 3.000 opositores desarmados y desplazar los millones de campesinos que quedan? ¿Está la guerrilla dispuesta a ceder, incluso, asumiendo condenas dentro de sus mandos para responder por atrocidades y crímenes cometidos en el marco del conflicto? ¿Están abiertos a negociar en medio de la guerra, con la posibilidad presente de que el Ejército arroje lluvias de plomo y presiones militares? ¿Cuáles son los alcances reales de esta negociación? ¿Cuáles serían los mecanismos para lograr reparación integral, reforma agraria y garantías políticas?

En el tablero de ajedrez del conflicto todo se mide en tiempo y hegemonías. Las ventajas militares de la insurgencia quedaron esbozadas los últimos meses: poseen la capacidad de mantenerse y mutar hacia una guerra de milicias prácticamente incontrolable, enraizada entre la población rural de las zonas rojas. En ese contexto la guerra podría prolongarse años sin un resultado concreto para ninguna de las partes, pero con el obvio desgaste político para ambas.

Por otro lado, las ventajas políticas para la subversión están mediadas por la contradicción en el seno mismo del poder. Si Santos no logra un acuerdo con los insurgentes antes de un año su reelección estará herida de muerte. Juan Manuel está obsesionado con conseguir un lugar en los libros de la historia y un premio Nobel de la paz. Es su única oportunidad. Adicionalmente, el tiquete opuesto lo lleva vía express a la ruina política, un fenómeno similar al de Andrés Pastrana. Eso daría aire al sector enemigo de los diálogos, los indeseables de la mano dura que retornarán a su retórica del odio y el exterminio. En ese contexto es que los insurgentes podrán lograr los mayores dividendos. Ya empezaron con el pulso: sentaron a Simón Trinidad en la mesa de negociaciones y están dirigiendo la discusión mediática mientras desde el gobierno se maneja un hermetismo confuso que demuestra pérdida de la iniciativa. Y las paradojas que tiene la vida son sensacionales: Juan Manuel Santos está preso de su invento y sus ambiciones mezquinas. Es el último secuestrado: será rehén de la presión por lograr resultados, y como tal será el mejor defensor de los diálogos. El panorama no puede ser más interesante: Juan Manuel negociando la paz, no con los guerrilleros, sino con los militares, los industriales y los terratenientes, mientras la guerrilla gana terreno aprovechando esta debilidad para conseguir sus reivindicaciones. Es una apuesta muy peligrosa para ambos bandos, pero es la oportunidad de cerrar un ciclo histórico, ni siquiera para Colombia sino para toda América Latina, según la tesis de Fidel.

El día que se instalen los diálogos en Oslo las calles medirán los ánimos populares a favor de la paz. Esta es una cuestión que incluso la insurgencia comprende en medio de su intransigencia: la guerra sólo funciona para fortalecer a los profetas del despojo, para mancillar a los eternamente humillados y ofendidos, para revitalizar el capitalismo criollo cifrado en armas y cocaína. En estos tiempos tan turbios, el desastre sólo le sirve a los poderosos. Por lo tanto, la última tesis, de la cual quiere olvidarse el ejecutivo colombiano, es que la paz se imponga como un mandato popular, como una reivindicación de las comunidades que llevan décadas sufriendo los rigores de la ofensiva guerrerista. Por eso no puede ser una paz de los sepulcros ni de las palomas sumisas. Soy pesimista. Así mismo creo que ésta es la última oportunidad, valiosa e inaplazable: en octubre nos vemos en la calle para gritar con todas las fuerzas que ha llegado el momento de ponerle fin a esta espiral maldita de dolor y llanto.

 


[1] “El doble juego”, Rebelión 28 de marzo de 2012, disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=147085

[2] “La experiencia del Caguán”, Alberto Pinzón Sánchez, Rebelión 13 de enero de 2011, disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=120131


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