Colombia. El nombre de la dignidad es Catherine Ibargüen

Publicidad

Mientras el país se regocija una vez más con los saltos increíbles de la antioqueña Catherine Ibargüen, quien consiguió la medalla de oro en los olímpicos de Río 2016 con un salto de 14.65 metros, la politóloga Lorena Romo reflexiona sobre lo que implicó su figura en los tiempos de detención por los que pasó en 2015. Ilustración por Jefferson González.

Por Lorena Romo Muñoz*. Catherine Ibargüen es para mí el ejemplo vivo de la dignidad. El 11 de septiembre del 2015, a eso de las dos de la tarde, estaba convocada la audiencia de apelación de medida de aseguramiento y legalidad de la captura de las 13 personas que fuimos juzgadas anticipadamente por ser, supuestamente, parte de la insurgencia del ELN. Ese día, en el pabellón 7 de máxima seguridad de la cárcel del Buen Pastor Pao, Lis y yo esperábamos con ansiedad la hora porque anunciaran nuestro traslado a los juzgados de Paloqueamao. La espera se hizo eterna.

Recuerdo muy bien ese día, más que los demás, porque desde el inicio de esa semana decidimos empezar a empacar las maletas porque desde que entramos sabíamos que ese no era nuestro lugar. Ese viernes inició con la noticia que en el portal web de Semana habían publicado “las pruebas reina” con las que la Fiscalía demostraría nuestra culpabilidad. Nos pusimos nerviosas. Ese día una de las mujeres a la que más respeto y cariño le cogimos, Leidy, nos había preparado un almuerzo delicioso pero el plato nos entró de reversa pues nos invadía la angustia y la desesperanza, nuestra libertad se alejaba nuevamente.

Recuerdo muy bien que, para evadir ese momento tan engorroso, cada una de nosotras optó por una actividad. Yo decidí “autoencerrarme” en la celda. Prendí el televisor que muy generosamente nos había prestado Marilú, de los tres canales que entraban me estacioné en RCN. Estaban transmitiendo la final de la Liga de Diamante en Bruselas y me entretuve porque justo había llegado a la final Ibargüen, mujer de la que había escuchado hablar, pero de la que poco conocía. Odiosamente, los comentaristas de RCN que transmitían la competencia me fueron presentando de a pocos a la Reina del salto triple. La verdad es que poco sabía la lógica de ese deporte, pero debo admitir que los comentarios desatinados de los presentadores de la competencia fueron suficientes para que me entretuviera viendo la final.

Me falla un poco la memoria pero Catherine estaba compitiendo con otra de las grandes representantes del salto triple. El registro de Ibargüen era inexplicable para alguien como yo. ¿Cómo es posible dar esos saltos? ¿Cómo se mantiene la sonrisa intacta mientras se vuela? Maravilloso escenario el que observaba detrás de la pantalla. Sin embargo el murmullar de los comentaristas se hacía más fuerte y fastidioso cuando esta negra de oro, en su tercer o cuarto salto, registró algunos centímetros por debajo de la competidora que estaba de segunda. Para el calificadísimo periodismo de RCN, esta caída en la deportista significaba falta de esfuerzo y preparación para ese certamen. De inmediato la ubicaron como la segunda de la competencia, faltaba el salto final pero ya la habían condenado a un lugar inferior, ya no sería la medallista de oro del salto triple, ya no tendría record mundial, etc., etc., etc. Pero ¿qué más esperar de esos medios?

Llegó el quinto salto y, mientras en la pantalla aparecía Catherine alentando al público, la cámara enfocaba a su entrenador, seguían los comentarios insulsos de los presentadores. Catherine empezó a correr, en un momento inesperado de su vuelo cayó bastantes centímetros lejanos al metro 14: 14,60 fue el resultado, la única forma con la que logró silenciar o bueno, por lo menos transformar, esos fastidiosos murmullos en una alegría desbordada por los aplausos y la sorpresa que ponía en el podio de las grandes a esta antioqueña de cepa.

Tuve una sensación que no podría explicar muy bien. Me llené de alegría y pensé de inmediato que ella es una vencedora hasta de los falsos comentarios. Sus piernas, sus brazos, su sonrisa, su victoria, me motivó nuevamente para que recuperara las ganas de soltar mi vuelo por fuera de la cárcel. De hecho pensé que la victoria de esta mujer sea la apertura de las puertas hacia nuestra libertad, y así fue, a eso de las 4:30 pm un juez nos devolvía el bien más preciado.

La noche del 14 de agosto del 2016 también quedará grabada en mi memoria. Catherine Ibargüen le demostró al mundo que es una guerrera junto a los otros tres colombianos que han hecho de los Olímpicos de Río un motivo más de alegría para el país. Pero además de esto, han hecho visible que el deporte en Colombia es un negocio más, manejado por corruptos e inoficiosos operarios. Coldeportes es una institución que no merece ser reconocida bajo ningún argumento, no tiene la autoridad de adjudicarse logro que no son suyos. Dilian Francisca Toro, la cara de Colombia en Brasil, quien fue en búsqueda del oro por “caída en paracaídas”, tampoco representa los intereses de deportistas como Ibargüen, Oscar Figueroa, Yuri Alvear y Yuberjen Martínez, que bien hacen en levantar la bandera tricolor pero alejada de la politiquería y los engaños del gobierno, antes bien, levantan la bandera de los negros, de los de abajo, de los de siempre, de los olvidados y olvidadas.

Hoy recuerdo con admiración y respeto a Catherine Ibargüen que llegó a Río por sus propios medios, por sus propias luchas. La recuerdo con respeto y cariño porque ella ese 11 de septiembre del 2015 me dio las puertas a la libertad.


*Lorena Romo Muñoz es politóloga de la Universidad Nacional.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More