Colombia: El día que murió Jaime Garzón

El día que murió Jaime Garzón yo me encontraba en el colegio. Sólo me dí cuenta hasta el mediodía, cuando llegué a casa. En aquel entonces yo tenía 16 años, pero era fundamentalmente el mismo tipo que ahora escribe, sin mayores variaciones que las del natural trajín en el rostro y en las botas, tras el paso de aquellos 10 abriles.

Ahora puedo darme cuenta que ni 10, ni 100, ni 1000 años, hacen la diferencia en un país como nuestra adora da Colombia, que tan letal y asesina puede resultar para un hombre como Jaime. Nuestra adorada Colombia que no fue capaz de brindarle otra cosa que sufrimiento y plomo frente al homenaje maravilloso de su vida, ofrecida por él sin reservas.
Jaime en cambio era generoso en la misma medida en que el país que idolatraba se portaba con él avaro y mezquino, y hasta se aventuraba a imaginar (tan iluso e inocente) una patria llena de flor es vivas y no marchitas, donde el pan alcanzara para todos, una patria de verdad, no una patria huérfana y bastarda, una patria feliz como una niña recién peinada que sale a jugar con su vestido nuevo, una patria que no hay, pero que él vislumbraba en este mismo suelo.

Pero nuestra adorada Colombia, tan sólo es capaz de producir ladrones, futbolistas mediocres, cantantes apátridas y peliteñidas, peones sin cerebro, botellas de aguardiente, viejitas rezanderas, madres solteras que no llegan a los 20 y, en el mejor de los casos, como lo es el de Jaime, mártires cubiertos de cruces, de olvido y de impunidad.
Y digo que Jaime está cubierto de olvido porque muy poco se ha hecho por sus sueños, por su paraíso vislumbrado, alucinado y truncado. Jaime confiaba de manera terca, loca, enfermiza si se quiere, que aquel edén en el que había cabida para todos, podía germinar en el vientre de nuestros campos, de nuestras sagradas tierras y ríos, mimado por las humildes manos campesinas. Pero sus ilusiones se chocaron con un monstruo que, caprichoso, insiste en ocupar el mismo lugar que Jaime tenía reservado para poner a andar su corazón y sus esperanzas. Un monstruo llamado Colombia.

Por eso me duele Jaime todo el tiempo, me duele al salir a la calle y ver la oscura indiferencia con que el uno trata al otro, me duele cuando estoy en casa y las noticias son las mismas, sólo cambian los nombres y el lugar de las tragedias, me duele cuando quiero ofrecer algo a la causa maravillosa e imposible de sus sueños y solamente tengo mi ira y mis manos vacías.

Jaime: me dolieron tanto esas coronas de flores agonizantes, condenadas a marchitarse sobre esa ingrata tumba con tu nombre, que compraron los políticos y periodistas que tanto te detestaban, el día de tu funeral. Debo confesarte que hasta me sentí aliviado de que no estuvieras presente para verlo. Te hubieras molestado mucho, pero a lo mejor no hubieras hecho, f rente a tu enfado, otra cosa que un chistecito con algún pequeño pero filoso aguijón, tu única arma, loco valiente, en este lugar estéril donde las palabras se suelen respaldar con fusiles y chequecitos.

Por eso cuando me hablan de homenajes frente a tu tumba o frente a tu estatua cagada por las palomas, no puedo evitar sentirme tan mediocre, tan asesino y tan culpable como todos y opto mejor por la rabia. Pero de repente recuerdo tus enseñanzas y me doy cuenta que el único homenaje que le puede calzar a tu memoria es el de vivir la vida con honor, amor y respeto a los otros, el de compartir tus utópicos sueños de poeta, el de hacerlos posibles, aunque sea el mayor de los absurdos.

Así, querido y tal vez desconocido lector, si por algun extraño azar estás leyendo estas líneas, te propongo una cosita sencilla y bella a la vez: construyamos juntos una patria, construyámosla aquí, ahora, entre nosotros, entre el chofer del bus y tú, entre la señora de las arepas de la esquina y yo. Construyamos el país que tanto se nos ha negado, hagámoslo de ret azos, pero de retazos amados y queridos. De humildad campesina, de ciencia pensante, de academia al servicio de los humildes. Construyamos juntos, amigo, un país en el que todos quepamos, en el que nadie falte, un país de eternas bienvenidas. Eso si es subversión.

¡Así, entonces, si te podré llamar hermano y camarada!

Con cariño,

*Biólogo. Univalle

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