Colombia. Donde reina la pobreza y la muerte

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Detrás de la muerte de los nadie suele haber desmemoria. Detrás del hambre y la exclusión, dolor, resistencia, lucha cotidiana. Colombia es un país de desmemoria, de exclusión, de resistencia, de lucha cotidiana. Las injusticias estructurales -que se traducen en violencia directa muchas veces- con las que nació la República y que en estos dos siglos no han hecho sino profundizarse muestran un descarnado retrato del país.

La descripción de las violencias estructurales suelen llamar menos atención que las cifras de la violencia directa (esa que es sólo la punta visible de un fenómeno enraizado). Estas últimas acaban de ser actualizadas por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) que, aun partiendo de la dificultad real de contabilizar un horror diseñado en muchas ocasiones para ser invisibilizado, ha acudido a 592 fuentes de información ha determinado que en los 60 años que hemos transitado desde 1958 a 2018, los conflictos armados han dejado 215.005 civiles y 46.813 combatientes muertos.

Nótese que la cifra es parcial, porque no incluye los años de la conocida como de La Violencia; nótese que los civiles, como en toda guerra contemporánea, son los que más afectados. Pero el dato hay que matizarlo enseguida. Del total de muertes del conflicto, 94.754, el 37% del total, son atribuidas a los paramilitares, cuya aparición ordenada, masiva y letal no data sino hasta los años 80.

La muerte de los nadie suele traducirse en desmemoria, o en cifras sin rostro. Algunos familiares han logrado que no se diluya la imagen de su ser querido asesinado o desaparecido, pero en la mayoría de los casos, Colombia es una gran estadística sin historias de vida, sin historias de muerte.

Si las historias de muerte son terribles -desaparición forzada, masacres, etc.- las de vida no son suaves. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), una de esas instituciones internacionales al servicio del proyecto capitalista eurooccidental, no ha podido ocultar su vergüenza al mirar a Colombia. Si ya las estadísticas mundiales nos situaban a la cabeza de la desigualdad en América Latina y El Caribe y compitiendo por los nada honrosos primeros puestos globales, ahora la OCDE en su estudio “¿Un elevador social descompuesto? Cómo promover la movilidad social” han confirmado el desastre.

Una persona pobre en Colombia que logre mantenerse con vida necesitaría, según este estudio, 333 años (11 generaciones completas) para salir de la exclusión. Es decir, cuando un hombre o una mujer pobres mueren en Colombia le quedan debiendo más de dos siglos de trabajo a la vida para soñar con vivir de otra manera.

Esa es la violencia estructural brutal que, combinada con la violencia directa, hacen del país un proyecto inviable a menos que se tome muy en serio los procesos de paz, inicie las transformaciones básicas necesarias y apueste al tiempo histórico, a sostener esos procesos durante décadas y evitar la tentación de cada gobernante de “inventar el agua helada”.

Los investigadores de la OCDE dicen que las personas pobres en Colombia “no tienen cobertura médica, ni pensiones, ni servicios básicos. Entonces las dificultades se reproducen porque el impacto redistributivo del sistema de impuestos y de la seguridad social no le llega a los más pobres”.

No hay impacto redistributivo porque no hay redistribución, sino migajas en forma de programas asistenciales que normalmente buscan más amarrar el voto que una salida de la pobreza. Tampoco funciona el mito capitalista en Colombia, ese que indica que se accede a los derechos a través del empleo. La propia OCDE reconoce que la mayoría de personas que trabaja en Colombia lo hace de manera informal, es decir, fuera del imaginario de los derechos laborales o sociales.

Igual que hace falta la verdad sobre la violencia estructural en la que se asienta el sistema de desposesión y acumulación de las élites del país, es imprescindible la memoria sobre la muerte y sobre sus características.

El director del CNMH, Gonzalo Sánchez, recordó en el acto, en el que presentó el balance del Centro que:

“En muchos sectores de la sociedad se despliega una memoria movida por la tentación justiciera que tiene su origen en la incomprensión de las dinámicas de la guerra. El discurso de la destrucción y del enemigo, propio del enfrentamiento bélico;…los ciclos de violencia no resueltos;… el fracaso de esfuerzos de paz anteriores… la ausencia de reparación a las víctimas, son todos cimientos de esa memoria que reclama el sometimiento del enemigo. Como única solución, y que reclama incluso borrar su voz de la historia. Cuál negociación, si de lo que se trata es de someter a los terroristas; cuál estatuto de la oposición, si la oposición es un obstáculo al funcionamiento eficiente del Estado; cuál reparación, si proliferan las falsas víctimas ‘Esas no son víctimas, sino sospechosos’…”.

Sánchez reclama la memoria como aliada de la paz esquiva y concluye:

“La salida de la guerra necesita de memorias comprensivas y transformadoras: del reconocimiento y difusión de la voz de las víctimas dentro de una narrativa que cuestione el rol no solo de algunos en esta guerra, sino de todos los implicados, y que devele las lógicas que van más allá del campo de batalla”.

Quizá la razón de ello es que la guerra, al menos en la lógica de los movimientos subversivos, sólo se ha hecho para acabar con la violencia estructural. Pero, mientras en las zonas rurales las guerrillas luchaban contra la parte más violenta y brutal del establecimiento, en las ciudades, en las escuelas, en los medios de comunicación, prosperaba una narrativa que aislaba las causas de las consecuencias y posicionaba la falsa idea de que en esta guerra sólo han estado involucrados las y los armados.

En el reino de la pobreza y la muerte ha llegado la hora en que la sociedad conecte ambos hechos y reclame cambios profundos, verdaderos y de largo recorrido. Ni el absurdo discurso microempresarial del nuevo presidente ni los proyectos asistencialistas y limitados del anterior son el camino.

eln-voces.com/colombia-donde-reina-la-pobreza-la-muerte/

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