Publicado en: 28 octubre, 2015

Colombia. Choque externo

Por Horacio Duque

Colombia, pasada las elecciones locales, aterriza hoy en la cruda realidad economica que afectara a millones de colombianos y hara fragil la paz.

Pasaron las elecciones locales y regionales y seguimos en las mismas, salvo por el positivo frenazo registrado en las toldas de la ultraderecha uribista que se quedó sin oxígeno para seguir en el sabotaje al proceso de paz.

Por supuesto, hay descalabros en la izquierda que es preciso admitir y analizar objetivamente para pensar en las nuevas rutas de la lucha popular y democrática. Lo peor es el desastre petrista del gobierno bogotano que conviene señalar con toda franqueza. G. Petro es un verdadero fiasco político para la izquierda colombiana. Naufragó en el clientelismo, el personalismo, la demagogia, la micro corrupción por las esquinas y en la farsa de su relato caudillista.

Vergüenza produce esta fallida experiencia de los desmovilizados del M-19.

Petro es el directo responsable del regreso de la derecha neoliberal al gobierno Distrital representada por Enrique Peñalosa y Cambio Radical. En ese fracaso le hacen compañía sus Secretario y consejeros inmediatos, como Rojas, el aventurero operador que lumpenizo las instituciones gubernamentales encargadas de la política social. Ojala las autoridades correspondientes le pongan freno a su descontrolada y peligrosa actividad con los bienes públicos confiados a sus truculentas manos.

Regresar a la realidad economica.

Pasado el jolgorio del mercado electoral hay que regresar a la realidad de la vida cotidiana, enfocándose en las complicadas condiciones económicas por las que transitará la nación en los próximos meses que se verán reflejadas en la caída del crecimiento económico, en la devaluación del peso, en el aumento de los precios, en el recorte de los gastos sociales del gobierno y en las incertidumbres sobre la financiación de los acuerdos de paz a que se hagan en La Habana entre el gobierno y las Farc.

El punto más crítico se ubica en el “choque externo” provocado por la caída de los precios internacionales del petróleo y de otras materias primas como consecuencia de la devastadora recesión económica global cuyo sitio de partida se ubica en la debacle financiera del 2008. Después de la crisis causada por el colapso de Lehman Brothers, a pesar de un déficit externo bastante menor que el de 1998, cayó el crecimiento del PIB y se estremecieron los mercados financieros y bursátiles colombianos.

El “choque externo” que recibió la economía colombiana como consecuencia de la abrupta caída de los precios internacionales ha sido mucho más fuerte de lo que cualquier cristiano hubiera podido proyectar hace un año, cuando comenzó  (http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/macroeconomia-y-posconflicto-carlos-caballero-argaez-columna-el-tiempo/16393584 ).

Una crisis externa de la economía produce terribles consecuencias en toda la formación social, ocasionando más pobreza, violencia y segregación social.

Así se dio en los años 80 y 90 del siglo XX.

En 1998, cuando también existía un gigantesco desequilibrio macroeconómico, ocurrieron las crisis asiática y rusa, se pararon los flujos de crédito e inversión extranjera, y la economía colombiana padeció la mayor recesión de su historia reciente. El PIB cayó cerca del 10% y la quiebra del UPAC fue su expresión más visible.

El déficit externo de Colombia hoy es enorme: 19.000 millones de dólares fue el año pasado (2014) el saldo negativo de la cuenta corriente de la balanza de pagos, que registra todo el comercio exterior de bienes, servicios y factores.

En relación al tamaño de la economía, equivale a 5,2 % del PIB y este año se espera que llegue a 5,6 % o 7%, siendo el mayor de los déficits de todos los países que reporta la Ocde. ( http://www.portafolio.co/columnistas/opciones-frente-al-deficit-externo ).

El deterioro del sector externo viene de diez años atrás. El país se vio abocado a un déficit creciente de la balanza de pagos que llegó a 4% del PIB a mediados del año pasado (2014) y saltó a 7% en los últimos meses por el desplome de los precios del petróleo. Lo más grave es que ha resultado insensible a la tasa de cambio. La monumental devaluación ha estado acompañada del desplome de las exportaciones mineras y, en menor grado, de las industriales y agrícolas. Así el país está abocado a un déficit incontrolable de la balanza de pagos que resquebraja la demanda y mantiene el tipo de cambio por encima de los fundamentos. (http://www.elespectador.com/opinion/estructura-economica-fragil)

Las consecuencias ya están a la vista.

La economía no va tan bien: en el segundo trimestre de 2015 creció un 3 % que se compara mal con el 6.4 % del segundo trimestre de 2011 que fue el pico del auge. El crecimiento intertrimestral fue de sólo 0.6 % que proyecta 2.4 % para el año entrante. Este magro crecimiento fue empujado por sectores no transables, como construcción, vestigio de la prosperidad jalonada por los altos precios del petróleo y que propició la enfermedad holandesa, caracterizada precisamente por el crecimiento de los sectores no transables. Tanto la industria (0.2 %) como la agricultura (-0.4 %) siguieron deprimidos. Los indicadores que prevén el futuro como la adquisición de maquinaria cayeron 5 % y el equipo de transporte 9 %. El propio auge de la construcción está comprometido por la cantidad de vivienda y oficinas ofrecida en un mercado saturado, mientras que el número de nuevas viviendas financiadas cayó 15 %, según Camacol.

La destorcida se manifiesta en muchos frentes: caída de la inversión en minería y petróleo; aumento del riesgo con que los inversionistas perciben al país; reducción de los flujos financieros internacionales y baja de los ingresos del Gobierno por la caída de los dividendos de Ecopetrol y el menor recaudo de impuestos y regalías que pagan las empresas mineras, lo que lo obliga a recortar su gasto. Con menos gasto público la recesión empeorará. ( http://www.elespectador.com/opinion/los-estertores-de-prosperidad )

La disminución del crecimiento no ha tocado fondo. Tal vez por la gradualidad de la caída, esta apenas ha comenzado a reflejarse en las estadísticas de empleo.

El país está caminando por una senda económica muy frágil, que va a implicar un duro apretón del cinturón en el 2016.

El déficit fiscal.

El otro gran desequilibrio es el fiscal. La baja en los ingresos del Gobierno central como consecuencia de la destorcida petrolera es tremenda; del orden de 20,0 billones de pesos. A ella hay que añadir que la disminución del crecimiento en el 2015 afectará los recaudos tributarios del año que viene. De ahí las maromas que hace el Ministro de Hacienda con la composición del presupuesto en el Congreso, para acomodar las presiones de gasto de sus colegas en los distintos ministerios. El Gobierno enfrenta el desafío de financiar con deuda –externa e interna– el faltante fiscal (ya hizo una operación y obtuvo 1.500 millones de dólares), por lo cual será clave la percepción de los inversionistas extranjeros en bonos colombianos con respecto al equilibrio fiscal de la economía después del 2016 y la calificación de la deuda pública.

La Inflación.

La inflación se salió del rango meta de la junta del Banco de la República (2-4 por ciento anual), lo que condujo ya a una primera elevación de la tasa de interés de referencia en el mercado monetario, que reducirá poco a poco la liquidez en el sistema financiero colombiano y la demanda agregada de la economía.

Este es el panorama que nos espera a los colombianos.

Es claro que no hay margen de maniobra para elevar los salarios por encima de la inflación –incluyendo el mínimo– y que va a ser necesario aumentar los recaudos tributarios y vender activos del Estado como Isagén, Cenit (la empresa que maneja el transporte por oleoductos de Ecopetrol) y otras inversiones estatales.

(http://www.elespectador.com/opinion/devaluacion-recesiva )

Nota. No puede uno menos que coincidir con Hernando Gómez Buendía en su apreciación sobre las recientes elecciones regionales y locales del 25 de octubre quien señala, y lo cito, lo siguiente:

Un voto inútil.

“Sin duda cambiará la vida de las 18.511 personas que resulten elegidas como gobernadores (32), alcaldes (1.099), concejales (12.065), diputados (418) o ediles (4.897). También cambiará la suerte de los lugartenientes y los contratistas que financian las campañas. E incluso cambiará el rumbo de aquellos sitios donde los elegidos resulten ser más (o menos) honestos y capaces que sus antecesores.

“Pero en promedio, según la ley de probabilidades, quedaremos en las mismas que traemos.

“Por supuesto que el Gobierno, los directorios y los analistas saldrán a decir que ganó (o perdió) la paz, o el presidente Santos, o Uribe, o Vargas Lleras, o la abstención, o las encuestas, o la izquierda, o la derecha, o el partido favorito del experto entrevistado.

Pero esas serán lecturas acomodaticias de un reguero de elecciones inconexas, porque a la hora de la verdad cada uno de los 127.347 candidatos inscritos se representa a sí mismo y a su combo de amigos. Claro que ellos tienen trayectorias, ideas, propuestas y capacidades distintas, que pueden ser mejores o peores. Pero se trata de diferencias individuales, es decir, no asociadas de manera sistemática con visiones del mundo, proyectos de país o intereses sociales diferentes.

“No es la famosa “crisis” de los partidos. Es que no existen partidos. Los hubo sí durante el s. XIX, con sus nueve guerras civiles y sus ocho constituciones, los hubo como “odios heredados” hasta el Frente Nacional, y como dos burocracias bajo éste. Pero los fuimos acabando, primero con la “consulta popular” para escoger al candidato presidencial, que dejó sin oficio a los partidos. Después con la Constitución del 91, que destruyó el bipartidismo para reemplazarlo por hasta 62 pseudo-partiditos. Más tarde con Uribe, que derrotó él solo a todos los partidos y nos dejó la sopa de letras que tenemos.

“Los partidos no existen porque no sirven para nada. Mejor dicho, porque su única función es dar avales a los candidatos que ya tenían los votos para aspirar al cargo, ser notarías que compiten por buenas escrituras.

“Salvo por este formalismo —que cada vez más aspirantes suplen mediante firmas—, los partidos no aportan nada a los candidatos. No aportan identidad porque —salvo el Centro Democrático y la UP— los partidos no la tienen. No les aportan ideas, ni equipos, ni credibilidad, porque tampoco los tienen. No les aportan votos, porque los votos no son de los partidos sino de los políticos. Y no les aportan dinero porque cada candidato tiene que conseguir una suma superior al valor de los salarios que vaya a devengar: este es todo el secreto de nuestras elecciones.

“De modo que no tenemos ningún “contrato social”, sino una infinidad de contratos particulares entre cada candidato y su puñado de parientes, contratistas, busca-puestos y socios de distintos pelambres.

“Y así las elecciones, que habrían de ser el mecanismo para expresar y consagrar los intereses colectivos, acaban reducidas a una bolsa de empleos y de reparto del erario público. (http://www.elespectador.com/opinion/un-voto-inutil ) “

Larga la nota, pero lucida para no andarse con rodeos.

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