Colombia: Botín de guerra

Los actores armados utilizan el cuerpo de las mujeres como botín de guerra para sembrar el terror en las comunidades, imponer control militar para obligar a la gente a huir de sus hogares y apropiarse de su territorio, vengarse de los adversarios, acumular «trofeos de guerra» y explotarlas como esclavas sexuales. Esto es lo que revela un informe de la relatora especial sobre la Violencia Contra la Mujer, Radhika Coomaraswamy, que también afirma que la violencia sexual es utilizada como forma de castigo en las mujeres que supuestamente tienen algún tipo de relación afectiva con miembros del bando contrario o que se presume colaboran con el «enemigo». En este sentido, se usa como una forma de advertencia a las demás mujeres de la comunidad.

Según el boletín Hechos de Calejón, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Colombia esta situación se ve claramente en conflictos armados como el colombiano. La violencia sexual generalmente se presenta como una forma de humillar al enemigo: es un medio para alardear ante los hombres de la parte contraria y para demostrarles que no han sido capaces de proteger a sus mujeres. Es un mensaje de castración y mutilación al enemigo. También es común la fecundación forzada para humillar aún más a la víctima y a su comunidad, obligándola a concebir al hijo del contrario.

En el marco del conflicto armado, este tipo de violencia es utilizado para degradar al bando contrario con el cuerpo de las mujeres, así como para humillar y atemorizar a la comunidad, afirma Paola Figueroa, de la Mesa Mujer y Conflicto Armado. La Mesa es un espacio de coordinación y reflexión sobre las diferentes formas de violencia contra las mujeres y niñas en el contexto del conflicto armado, conformado por diferentes organizaciones del país que trabajan en el tema.

«En el conflicto, la violación sexual es una práctica realizada por los actores armados que se usa como una verdadera arma de terror y constituye una grave vulneración de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario», dice el cuarto informe de la Mesa sobre violencia sociopolítica contra mujeres, jóvenes y niñas en Colombia.

Con el conflicto armado se exacerba la discriminación contra las mujeres y todos los delitos contra ellas, advierte Patricia Buriticá, de la Iniciativa de Mujeres por la Paz (IMP), una alianza conformada por 22 organizaciones de mujeres, 246 procesos regionales y ocho sectores (indígenas, campesinas, sindicalistas, jóvenes, académicas, feministas, líderes de la paz y la cultura y afro descendientes). «Los delitos contra las mujeres en el conflicto armado son invisibilizados por otros delitos que son considerados de mayor gravedad. Frente a un homicidio o una masacre se tiende a observar que los delitos contra las mujeres son de menor importancia», dice Buriticá.

La violencia sexual también es utilizada como forma de intimidación, castigo, represalia o presión para obtener información y para reprender a los varones que no trabajan para un determinado grupo ilegal. De acuerdo con el último informe de la o­nG internacional Consejería en Proyectos, el hecho de que culturalmente los hombres no sean considerados propiedad de las mujeres hace que la violación no opere a la inversa, es decir, no se ejerce violencia sexual contra los hombres para castigar a las mujeres. Por tanto, la violencia sexual busca quebrantar emocionalmente a los hombres y poner en entredicho el modelo hegemónico de masculinidad en la comunidad en la que viven.

En el contexto del conflicto, la violación es considerada de menor importancia «porque no fueron torturadas como los hombres, porque «sólo» fueron violadas en venganza, pero las dejaron vivas», dice el estudio Impunidad, de la Consejería en Proyectos. Para Clara Elena Cardona, de la Casa de la Mujer – o­nG que trabaja por los derechos de las mujeres -, la violencia sexual se fundamenta en una cultura patriarcal, determinada para que los varones tengan el poder y las mujeres queden supeditadas a ellos. En el conflicto armado se profundiza la discriminación. A través del cuerpo de las mujeres hay retaliación o venganza hacia el enemigo: son premios de guerra.

Según La Casa de la Mujer, se está presentando una práctica frecuente en medio del conflicto: llevarse a las mujeres por unos días para que ejerzan la prostitución y luego regresarlas a su comunidad. Precisamente la prostitución forzada es una modalidad de la trata de personas, un delito en la justicia nacional e internacional.

El estudio de Amnistía Internacional también plantea que las mujeres combatientes se ven sometidas a la anticoncepción forzada, mediante dispositivos que no son colocados por personal calificado, y a abortos en contra de su voluntad. Asimismo, son víctimas de esclavitud sexual pues se les obliga a mantener relaciones afectivas con hombres de una u otra parte de la confrontación.

Una forma adicional de violencia sexual es la que ejercen los actores armados contra las mujeres líderes de organizaciones con el fin de desarticular las organizaciones.

Uno de los principales problemas ante estos abusos sexuales es la impunidad, situación que se debe al miedo, al silencio y por lo tanto a la falta de denuncia y, en muchos casos, a la falta de conciencia de que esas formas de violencia sexual son un delito que debe ser mostrado. En el marco del conflicto armado la violencia sexual queda oculta detrás de otros delitos que se consideran más importantes, como el homicidio o el desplazamiento. Así, en las estadísticas se contabilizan estos delitos pero no el abuso sexual que en algunos casos se presenta previo a ellos.

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