Clara Valverde Gefaell, ejemplo de intelectual comprometida

Publicidad

Por Cándido Marquesán Millán

A Mario Vargas Llosa, gran escritor, se le podría aplicar el título del libro reciente deIgnacio Sánchez Ocaña La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política. Por si alguno piensa que el titulo es excesivo le recomiendo que lea de este Premio Nobel el artículo de septiembre de 2012 Aguirre, esa Juana de Arco liberal, tras su renuncia a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Abróchense los cinturones que despegamos. Entre otras perlas nos obsequia «Gracias a ella la provinciana capital de España de hace tres decenios es la metrópoli de hoy día y la región más próspera, menos endeudada, una verdadera potencia industrial y la de vida cultural más rica y diversificada de todo el país. Con ella al frente del Gobierno jamás se hubiera hundido España en la crisis que hoy padece». Hace falta tener tragaderas para escribir esto. Y podemos seguir disfrutando con otras perlas del eximio escritor peruano como el artículo dedicado a Rosa Díez, Una rosa para Rosa. Léanlo. Disfrutarán. Este “intelectual”, como los Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Fernando Savater y otros, metidos a comentaristas políticos son todólogos, saben de todo. Están cortados con el mismo patrón. Van a lo fácil. Critican a los gobiernos progresistas de Sudamérica, enfrentados al neoliberalismo; por supuesto, al nacionalismo de Cataluña; el bajo nivel educativo de la sociedad española, sin leer en profundidad los Informes PISA, etc. Los desahucios, la precariedad laboral, los recortes del Estado de bienestar les resultan irrelevantes. Ah, se me olvidaba, los ataques a Podemos son furibundos. Una muestra de Félix de Azúa en Goyesca del pasado diciembre «En la izquierda española está brotando una fauna del siglo XIX que nos autoriza a pedir que cambien lo de Podemos por Identifiquemos».

Frente a estos cabe destacar otros intelectuales, como Clara Valverde Gefaellenfermera y afectada por el síndrome de fatiga crónica, a la que son aplicables las palabras del periodista argentino Horacio Verbitsky, cambiando periodismo por intelectualidad «Periodismo (intelectualidad) es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa». Y eso es precisamente lo que hace Clara en sus diferentes y abundantes publicaciones. A algunas de ellas me referiré a continuación, en concreto a las que he leído.

Clara fue coautora con Joan Benach, Carles Muntaner y Gemma Tarrafa del libro pequeño La sanidad pública está en venta. Y también nuestra salud, del 2012, con un extraordinario prólogo de Vicenç Navarro. El título es lo suficientemente explícito en cuanto a su contenido: la denuncia con todo tipo de datos sobre uno de los mayores atropellos que esta sufriendo uno de nuestros pilares básicos de nuestro Estado de bienestar.

Otro libro es No nos lo creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal  de 2013, con otro extraordinario prólogo de Carlos Jiménez Villarejo. La idea fundamental consiste en mostrar de una manera contundente que el capitalismo neoliberal para ocultar la realidad se sirve de la palabra, que Clara habla de verbicidio. Es una modalidad de violencia discreta. El lenguaje es la primera y más necesaria arma del capitalismo neoliberal para construir y mantener el sentido común, como decía Gramsci, o para fabricar consenso, según Chomsky. Si nos creemos, nos dice, las palabras de políticos, financieros y prensa  “vendida”  no cuestionamos el neoliberalismo y así somos partícipes en apoyar su necropolítica. Si nos creemos: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, “todos tenemos que poner de nuestra parte”, “son solo unos años”, “hemos salido de la crisis”, las injusticias seguirán. La mejor perla de perversión y desfachatez del lenguaje neoliberal es una frase de la gran Dolores de Cospedal “Los trabajadores que estén tranquilos, que aquí está el PP para defenderlos”. Sin embargo, al dejar de creer el lenguaje neoliberal, es cuando empezamos a organizarnos y ponemos en palabras la exclusión, el sufrimiento y las desigualdades.

Desenterrar las palabras. Transmisión generacional del trauma de la violencia política del siglo XX en el Estado español del 2014, prologado muy bien por Montse Armengou,un libro que no trata sobre los hechos históricos de la guerra civil, dictadura y posdictadura, sino por qué no se habló de ellos y el impacto de ese silencio en la tercera generación, la de los nietos. Clara nos dice que lo que no se pudo decir por el miedo, la represión o el desbordamiento psíquico, fue transmitido por nuestros abuelos a nuestros padres, y a nosotros de una forma no verbal, a través del inconsciente. Esto es la transmisión generacional. Hemos heredado aspectos nocivos del impacto negativo de nuestros ascendientes sin apercibirnos de ello. Los expertos en la transmisión generacional, cuestión no estudiada en nuestro país, señalan que si una sociedad no elabora los traumas causados por la violencia política del pasado, sus efectos nocivos interfieren en futuras generaciones, efectos como la necesidad de tener enemigos, polarización, vergüenza, victimismo, venganza y miedo a denunciar el poder  En el Estado español, el trauma transgeneracional no se ha abordado.

Otro libro De la necropolítica neoliberal a la empatía radical. Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización del 2015. Tal concepto de necropolítica lo desarrolló el filósofo camerunés Achille Mbembe. Significa la política basada en la idea de que para el poder unas vidas tienen valor y otras no. Todas las vidas, para el neoliberalismo, son objeto de cálculo de los poderosos. Los que son rentables y los que consumen, esos tienen derecho a vivir si siguen ciertas leyes y tienen ciertas actitudes favorables a los poderosos. O por lo menos que no cuestionen sus políticas mortíferas. Los que no, se les deja morir. En este contexto entendemos a Christine Lagarde, la presidenta del FMI. «Hay que bajar las pensiones por el riesgo de que la gente viva más de lo esperado». Los excluidos, que no producen ni consumen, sin quererlo y sin saberlo en la mayoría de los casos, solo existiendo, ponen en evidencia la crueldad del neoliberalismo y sus desigualdades. Son como faros que arrojan luz sobre las mentiras de la propaganda neoliberal. Mas, para ocultar esa realidad existe la palabra. El lenguaje es la primera y más necesaria arma del capitalismo neoliberal para ocultar la explotación, la pobreza, la injusticia del neoliberalismo, tema que ya trató ampliamente en el libro No nos lo creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal. Según Emmanuel Lizcano, así, nos imponen sutilmente descripciones de la realidad, bloquean otras posibles miradas y suscitan sentimientos de miedo e impotencia. Nos mantienen dormidos. Los españoles deberíamos estar prestos y atentos en descubrir todos estos engaños camuflados en las palabras usadas desde los poderes públicos. Por ello, es totalmente imprescindible, recuperar el lenguaje en su potencialidad emancipadora. Según Emilio Lledó, «si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras acabaremos siendo inconformistas con los hechos». Por ello debemos ser críticos con este lenguaje, pero  además, nos dice Clara, para rebelarnos frente a la violencia neoliberal es clave la empatía radical, muy distinta a la tolerancia, ya que esta es represiva y violenta, como señalaron Marcuse y Wendy Brown. Si yo «tolero» a alguien, es que tengo poder sobre esa persona. La aguanto. La veo como menos. En lugar de tolerar las diferencias, hay que analizarlas, hablarlas, ver a quién sirven, quién las decide, mirar bien a qué se deben. Con el concepto de la tolerancia se enseña a los niños a aguantar, a ser «amables» y caritativos con los «inferiores», con los excluidos. Así se mantiene la exclusión. Tal idea la expresa muy bien la frase anónima «Yo no soy racista, pero».

La empatía radical es ponerte en el lugar del Otro, del que sufre y darte cuenta de que el Otro no es tan diferente de nosotros. Es tomar conciencia de que uno es también el que duerme en el cajero, el que va a comer a Caritas. Las personas que no están en apuros hoy, los «incluidos», la mayoría están en esta sociedad a poca distancia de ser excluidos y no se dan cuenta. Pueden cambiar de bando por una enfermedad, el paro, la ruina de un negocio- ¿Quién tiene la seguridad de no acabar un día durmiendo en un cajero o en un albergue municipal?

http://www.nuevatribuna.es/opinion%2Fcandido-marquesan-millan%2Fclara-valverde-gefaell-ejemplo-intelectual-comprometido%2F20160724080431130359.html

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More