Civilización contra Cultura

  La grandilocuencia de “dos civilizaciones frente a frente” no es suficiente para enmascarar el pate­tismo de la fuerza contra la sensibilidad…

  Sólo hay una Civilización, la occidental, y enfrente Culturas. Y entre ellas, ésa de Oriente ára­bigo-isla­mista. Estas son las dos ver­daderas partes de un conflicto artificialmente desencade­nado por una de ellas. Precisamente por esta nuestra ci­vilización ma­nejada como un látigo por el canallismo.

La civilización es, técnica, epistemológicamente, la fase postrera de una cul­tura. Y quien se encuentra inmerso en una civilización no sólo no se «comprende» a sí mismo en la fase precedente cultural porque la entiende vivida y «supe­rada», sino que tampoco en­tiende ni quiere entender a otra cultura que todavía no ha dado el salto.


  Sin embargo, téngase en cuenta que si la «civilización» es la fase decadente de una cultura, sería posible en cambio comprender a “otra cultura” desde el esfuerzo de ésta, deli­be­rado o instintivo, de refrenarse; es decir, de frenarse a sí misma efecti­vamente su tránsito a la ci­vilización.


  ¿Alguien ha preguntado a los pensadores islamistas, los que viven en los países islámicos, cómo explican el funda­mento, doctrina o razón de su organización sociopolítica allá donde el islam impera? ¿Alguien en Occidente con respon­sabili­da­des políticas decisivas o proyección pública -no de peque­ños foros o cículos intelectuales muy reducidos-, se ha inte­re­sado en comprender esas razones? No.


  Todos, derechas e izquierdas, estudiosos del signo que sea, de la mano de los ideólogos mediáticos, de los intelec­tuales y de los doctrina­rios políticos convergen en el pen­sa­miento único de que esos países no tienen derecho a or­gani­zar sus sociedades como ellas tengan por conveniente. Y les niegan ese dere­cho, por las razones preten­ciosamente de validez universal que asimismo convienen entre ellos. Afir­man todos a una, sean radi­cales o moderados en la so­ciopo­lítica, sean profundos o superficia­les en la ciencia, que no hay libertad en esas extensiones de tierra, que los miles de millo­nes que las habitan no tienen libertad. Para nada tienen en cuenta –tan obcecados están con “su verdad”- que la libertad tal como ellos la entienden y la inter­pretan no deja de ser subjetiva y relativa. Y si no lo entienden así, cae­rán en otro fundamentalismo más o menos filosófico de la clase que im­putan al islamismo radical. Por eso es inútil cualquier co­nato de mu­tuo en­tendimiento entre estas dos culturas: la una está agonizante, en la fase de civilización avanzada, y la otra aún vivaz y sometida al acoso de aqué­lla.


  No hay posibilidad de entendimiento ni de comprensión porque, además, el seudopensamiento imperante occidental está viciado por uno de los factores varios, éste absoluto, que lo configuran: el interés material en doble dirección. Esto es, el interés por ejercer el dominio antropológico de­predatorio, y la ambición por “nece­sidad” o por negocio del petróleo que existe bajo los países de la otra Cultura.


  En realidad esta óptica y pragmática es la de toda ideolo­gía occidental extrema exenta de los mínimos rasgos de la razón pura. Pues en esa concepción de las cosas del mundo, contraviniendo la visión etic antropológica que con­siste en estudiar y comprender otra cultura desde la que configura la mentalidad del observador, derechas e izquier­das se han puesto de acuerdo a través del miedo a aquella otra parte de la humanidad que el canallismo civilizado, a partir de la propa­ganda del 11-S, se encargó de difundir por todo el globo para fines que tienen que ver con el ocaso y el estertor.


  Quien afirme que «sólo» hay un modo de concebir «el pro­greso» se equivoca. Las distintas concep­cio­nes están ahi para desmentir el pensamiento lineal, único y unidireccional en ese sentido y quizá en todos. Están ahí para quienes tengan interés en saber que el concepto cris­tiano agusti­niano del mundo (empieza con los primeros «padres» y aca­bará con la vuelta de Mesías) es simplemente otro más en­tre varios. Y por mucho que Occi­dente siga construyendo la historia a martillazos y haciendo el consi­guiente ruido en­sordecedor a que nos tiene acostumbrados, la vida y los de­signios para el planeta todo van mucho más allá de sus ve­leidades y de la prepotencia que despliega.


  Lo único que esperamos ahora es que se liquiden todas las cuentas en esta tierra, que sean juzgados y condenados al infierno eterno quienes “no están escritos en el libro de la vida”. Cuando se liquiden estas cuentas y se lleven a efecto los juicios, cuando el deterioro del marco del mundo y la de­cadencia de su sustancia hayan alcanzado su punto final, “entonces se esfumará la figura de este mundo en una con­flagración de fuego universal, al igual que una vez, ante­riormente, el mundo fue inundado con un diluvio de agua universal”. Esto dice San Agustín. Este es el modo en que Occidente glosa la aventura del “hombre” sobre la Tierra, reafirmado actualmente por la reinstauración en Estados Unidos de la tesis Creacionista que desplaza a la evolucionista de Darwin.

  Poca duda cabe de que San Agustín no creyera en que se acercaba el fin del mundo. Sin embargo, era demasiado sa­gaz para asignar un fecha precisa: “No os corresponde sa­ber los tiempos, que el Padre ha determinado por poder propio” («La Ciudad de Dios», XVIII, 53)


  El caso es que el progreso entendido por el mundo cris­tiano es lineal y eviterno. Empezó todo con la Creación y termi­nará por el Juicio Universal. Pero más de media huma­nidad no lo cree así…


  No importa que no lo entiendan los obli­gados a ello. El élan vital o demiurgo que recorre inconsú­tilmente y por de­trás del decorado visible de la postmoder­nidad los aconte­cimientos actuales, para nada ofusca ni objeta a esa reali­dad subyacente. Y al igual que existen dos materias socia­les, la tangible y la que está en la Red, la fuerza dinámica de la otra u otras realidades culturales vigila el embiste per­manente de la descon­trolada fuerza occidental. Verá la ge­neración próxima cuáles serán las consecuencias. Por eso, cuando Sadam Hussein habló de «la ma­dre de todas las batallas» en las fechas previas a la invasión de Irak, se refe­ría probablemente a esta contingencia; esto es, a la co­lisión de un “atropello” ejercido por parte de un pequeño sector depravado de la humanidad contra el muro de la pacien­cia, y a la blan­dura del agua contra la resistencia de la roca en que se funda la filosofía arcaica del Daoísmo. La civiliza­ción emer­gente oriental al final abatirá la presuntuosidad del Occi­dente que por ahora se muestra irrefragablemente agre­sor.

17 Noviembre 2005

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