Ciro Alegría: una de las voces en el desierto

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Por Pepe Gutierrez-Álvarez

En el momento del asesinato de León Trotsky el nazismo se encontraba en plena expansión, la guerra que éste veía tras el ascenso del nazismo ya era una realidad. La política de «apaciguamiento» por la que las potencias democráticas habían sacrificado Checoslovaquia y la Republica española, les permitió todo. Así, después de anexionarse Austria (13-03-1938), y de invadir Checoslovaquia (15-03-1939), se firma el pacto nazi-soviético (22-08-1939),  le toca el turno a la ocupación de Polonia (1-08-1939), comienza la II Guerra Mundial, en junio de 1940 los nazis ocupan París, y días antes de que Mercader cumpla su mandato, estamos al principios de los bombardeos sistemáticos de la Luftwaffe sobre Gran Bretaña…A los militantes del POUM, la noticia les llegó en los campos de concentración o en la clandestinidad francesa. Mª Teresa García Banús recordaba que la noticia del asesinato le llegó en un fragmento de diario atrasado mientras deambulaba a la deriva por un París a punto de ser ocupado por las tropas alemanas.

No se trataba obviamente de una coyuntura con mucho espacio para que provocara la “indignación y el dolor” entre la “clase trabajadora”, tal como declaraba Joseph Hansen, el joven secretario y militante del SWP que fue quien arrebató el piolet detrás del cual todos veían la mano de Stalin. No obstante, causó un  impacto entre mucha gente de izquierdas es incuestionable, su sepelio mexicano impresionó. El féretro fue acompañado de unas trescientas mil personas, en su inmensa mayoría “pobres” que, de alguna manera, sentían que la víctima era algo propio. Por las calles resonaba el Gran Corrido de León Trotsky compuesto por un bardo anónimo, y en el que destacan estrofas como las siguientes: “Murió León Trotsky asesinado/de la noche a la mañana/porque habían premeditado/ venganza tarde o temprana. Fue un día mates por la tarde/esa tragedia fatal/ que ha conmovido el país/y a toda la capital”. El muerto todavía causaba respeto, de ahí que el gobierno del “New Deal” no se atrevió a permitir un visado ni a su cadáver para un réquiem en Nueva York.

En líneas generales, la prensa internacional enfocó el drama como un “ajuste de cuentas” entre comunistas, cuando no comentó favorablemente el asesinato reclamado no solamente por los periódicos comunistas oficiales; también por sectores de la derecha como por ejemplo los de la cadena Hearts que odió a Trotsky especialmente. En la URSS, Pravda tituló la noticia como “La muerte de un espía internacional”, de un “hombre cuyo nombre pronuncian con desprecio y maldiciones los trabajadores del mundo entero”. En un artículo aparecido en diciembre de 1987, el historiador y general Dimitri Volkogonov detalla la reacción de Stalin, contando que “leyó con atención el artículo e hizo una mueca… Resulta que todo ha quedado en un caso de espionaje y yo he luchado todos estos años contra un espía. ¿Por qué tanto lujo de detalles? ¡Parece como si el asesinato hubiera ocurrido en Moscú¡”. 1/

En contra de la indiferencia o la hostilidad, se levantaron algunas voces ilustradas. Entre ellas cabe registrar la de Ciro Alegría, escritor peruano (1897-1967) que consiguió un prestigio mundial con su novela El mundo es ancho y ajeno. Alegría como José María Arguedas 2/ mostró en algún momento una viva simpatía por Trotsky. Desde muy joven intervino en actividades políticas y en defensa de los indígenas y de las clases sociales más explotadas. Fue uno de los más importantes representantes de la literatura indigenista americana. En 1931 estuvo un año en la cárcel y posteriormente deportado a Chile, en 1934. En esta etapa se dedicó de lleno a la literatura y escribió páginas significativas de su literatura, obtuvo varios premios por sus novelas, otorgados por editoriales chilenas, por la editorial Farrar & Rinehart Company de EEUU y otros. Vivió durante varios años en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba; y  regresó en 1957 al Perú. Después de su novela premiada, «El mundo es ancho y ajeno» (1941)… Su evocación sobre Trotsky -Perfil de un revolucionario- lo publicó en 1940 en Chile durante su exilio, y tras una presentación sobre la revolución soviética, prosigue: “Trotsky fue, en vida y obra, un hombre de pensamiento y un hombre de acción y, sobre todo, en la acepción más amplia del término, un revolucionario. Doy a este vocablo su cabal sentido de transformación. Enemigos de izquierda y derecha, en la campaña mundial de desprestigio emprendida contra Trotsky, han querido descalificarlo considerándolo como un hombre capaz de sueños. El expediente es viejo y pueril. La historia nuestra que la humanidad llama sueños a las realidades distantes.

No fue un soñador, decididamente. Lo prueban su fuerza dialéctica y su capacidad de acción. El, manejando el método marxista y una vez conseguida la victoria inicial dentro de Rusia, arquitectura un plan revolucionario factible y cuya eficacia, en todo caso, es imposible negar a menos que se asuma, el papel de augur gitano. Antes, enfrentado a la acción fue factor decisivo en el golpe de Estado de octubre maestra de la técnica revolucionaria— en la organizar el Ejército Rojo y en las posteriores tareas constructivas.

Su ortodoxia ha sido considerada como falta de realismo. Permítaseme apuntar que, dentro del lenguaje revolucionario, realismo es una palabra peligrosa. Nadie puede, ciertamente, señalar sus límites y menos precisar el momento justo en que ella comienza a atentar contra el sentido mismo de la revolución. Si se trata, evidentemente, de modificar la realidad, un realismo que se ciñe a lo establecido y sirve a sus tendencias, no podrá operar con un impulso de veras transformador. Lenin decía: “Si la realidad es contraria a nuestro pensamiento, tanto peor para la realidad”. Ya oigo que los realistas, recuerdan, con un acento de triunfo, a la NEP. Más la nueva política económica no fue una desviación del espíritu revolucionario. Bien está que la acción inmediata exija, en ocasiones, acelerar o retardar el compás de la marcha, pero las premisas fundamentales no deben ser lesionadas. Así entendió el realismo Lenin y así lo entendió Trotsky. Combatiendo por hacer triunfar su concepto, ha vivido una existencia heroica de cuyo mérito está llamado a atestiguar el tiempo.

Ha de considerarse de modo especial su labor de escritor, pues en Trotsky, escribir era también una manera de actuar. No había nada de yerto ni inútilmente especulativo en sus páginas. Dueño de un estilo brillante, con una claridad expositiva y una habilidad polémica realmente extraordinarias, escribir le significaba combatir, atacar, defender, sembrar. En Una palabra, actuar. Su pensamiento trabajaba por hacerse acción cada día y es como un símbolo el hecho de que Trotsky haya muerto con el cráneo hendido por un golpe de pica.
Estoy seguro de que, una vez que se acalle la vocinglería, Trotsky surgirá en la historia como un hombre que intervino con decisión y lucidez, en una gran parte de la jornada del mundo. No es poco decir y más si se considera que ahorro desprestigiados adjetivos.

En la contienda entre Trotsky y Stalin se han dicho muchas palabras inútiles y será  muy rara la voz que haya hablado por encima de las necesidades subalternas de una u otra facción. De todos modos, el hecho de que Stalin ganara la partida a Trotsky prueba ya que es un luchador hábil. Con esto no aludo a las cruentas purgas moscovitas que hirieron de mala manera el corazón de los revolucionarios del mundo. Me refiero al tiempo en que ambos se enfrentaron dentro de la misma Rusia y Stalin venció. Pero la prueba de quién tuvo la razón no ha llegado todavía. Es posible que ante ciertas quiebras pequeño-burguesas y socialdemócratas, la idea ortodoxa de Trotsky cobre nueva beligerancia y que, aun sin reconocer que dentro de ella late el espíritu del caído de México, sea llevada a la vanguardia del combate. 

Notas

1/ Grossman

2/ “Días antes de matarse, Arguedas había tenido un intercambio de cartas en quechua con Hugo Blanco, líder revolucionario de tendencia trotskista, organizador de sindicatos campesinos y de tomas de tierras en el valle de La Convención, en Cusco, que se hallaba preso en la isla de El Frontón, acusado del asesinato de un policía, y a quien aquél no conocía personalmente. Según la correspondencia, el episodio comenzó con una visita a Hugo Blanco de Sybila, la mujer de Arguedas, quien le llevó un ejemplar de Todas las sangres y le confió que éste le había escrito una larga carta en quechua, pero que no se animó a enviársela («puede tener vergüenza de mí, diciendo»). Ese mismo día, Hugo Blanco escribió a Arguedas un texto lírico, llamándolo Taytay (Padre), agradeciéndole sus traducciones de textos quechuas al español y exaltando la ternura y los matices de la lengua de los incas, así como las punas de los Andes, «con todo su silencio, con su dolor que no llora». Blanco recuerda un mitin en la plaza del Cusco, donde los campesinos gritaban «¡Que mueran todos los gamonales!» mientras los «blanquitos» «se metían en sus huecos, igual que pericotes» y termina con una profecía: «Días más grandes llegarán; tú has de verlos».(Mario Vargas Llosa, La utopía arcaica)

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