Cine y memoria histórica: el caso nazi

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Sí alguien se cree que la desnazificación en Alemania fue relativamente fácil, se equivoca de medio a medio. Hasta los años sesenta, la fiscalía bloqueaba cualquier investigación, los asesinos se había integrado en un anonimato, nadie parecía saber nada de Auschwitz…La idea de que lo importante era mirar hacia delante se había impuesto hasta que tuvo lugar una lucha judicial de primer orden que se congregó a un juicio general sobre las responsabilidades de este campo de exterminio. Su semejanzas con el caso del franquismo es enorme, y sí existen diferencias no es la responsabilidad criminal sino que aquí el exterminismo ganó la guerra (y dispuso del apoyo de los aliados). Para conocer el ejemplo germano vale la pena recurrir a “El caso Fritz Bauer” (Lars Kraume, Alemania, 2015), una película más que notable que reivindica con el hecho de que la lucha por su memoria histórica está más vigente que nunca. «Acabamos de tener elecciones en Alemania y el 20% ha votado a un partido nuevo de extrema derecha porque tienen miedo a los refugiados. Hay que mantener vivo nuestro pasado», recordó Kraume en una entrevista. Tanto es así que los historiadores sospechan que Europa vivirá en breve un periodo de remordimiento parecido por sus políticas de migración. «Si hemos sido capaces de hacer algo así, lo podemos volver a hacer». «¿Por qué debemos sentirnos orgullosos de Alemania? ¿Por nuestra Constitución democrática?, pregunta una joven en un programa de televisión. «Podemos escribir párrafos y artículos, pero lo que necesitamos es que la gente viva estas cosas democráticas», contesta Bauer.

Haciendo uso de un comienzo digno del mejor Aaron Sorkin, la escena pone sobre la mesa la incredulidad de un hombre que había visto demasiado de la guerra como para confiar en un pedazo de tinta y papel. «Las leyes estaban hechas por exnazis y los tribunales estaban llenos de exnazis», dice Kraume. Sus detractores le consideraban un «judío vengativo» por hacer justicia retrospectiva cuando ni víctimas ni verdugos querían poner el dedo en la llaga. «Donde no hay demandantes, no hay jueces». Después de regresar de su exilio en Dinamarca, Fritz Bauer fue llamado a la Fiscalía General para disimular el olor a podrido de las instituciones. Poner a un socialdemócrata al frente fue un tiro de gracia que le salió por la culata al gobierno. Bauer no era un judío cabreado, era un patriota que no concebía una democracia con sus criminales de guerra campando a sus anchas. Alemania había intentado saldar sus cuentas en un insuficiente juicio de Nuremberg.

La justicia internacional se llevó su ración mediática de cabezas de turco, exactamente 24, y los antiguos nazis de la RFA respiraron tranquilos. Fritz Bauer fue el bofetón necesario contra la amnesia colectiva. Con mucho esfuerzo, y entre varias amenazas de sus propios colegas, impulsó los procesos de Auschwitz. Bauer murió como un socialista que tenía la foto de Rosa Luxemburgo en su despacho. En aquel momento se sintió solitario y despreciado, sin saber que el caso Adolf Eichmann alcanzaría una dimensión sin precedentes y llevaron la verdad, la justicia y la reparación a una parte importante de sus víctimas. Actualmente, Michael Moore puede encontrar modélica la enseñanza de la historia en Alemania que se puede ampliar con otro film complementario: La conspiración del silencio (Giulio Ricciarelli, 2014) que incide en la completa ignorancia de la ciudadanía, en la complicidad de los jueces, y en el cinismo de político como Konrad Adenauer que también dijo aquello que era mejor “mirar hacia delante”.  .

Es evidente qaue el cine es una recurso inagotable para reflexionar y debatir sobr4e esta cuestión, hoy tan candente en este país (de países) que quiere despertar. Ahora podemos referirnos a las vicisitudes de la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt  que nos lleva a la pregunta ¿Se puede negar la Shoah?, ¿Se puede olvidar Guernica, Bádajoz, Málaga, etcétera. Evidentemente, no. De hecho, en algunos países, el negacionismo constituye un delito, y, sin embargo, existe una corriente de pensamiento que va contra la historia y la ciencia y cuestiona la existencia de los campos de exterminio nazis y minimiza la responsabilidad de Hitler tras el uso de cámaras de gas, que servían, a lo sumo, para eliminar piojos. No obstante como un Maruenda cualquiera, el historiador británico de la II Guerra Mundial David Irving se mostraba como uno de los “revisionistas” más  militantes.

De manera que cuando Deborah Lipstadt lo acusó en su libro La negación del Holocausto de haber falsificado o ignorado las fuentes, Irving llegó a denunciarla ante los tribunales por calumnias.  De aquel proceso, celebrado en Londres en 2000, da cuenta Negación [+], dirigida por Mick Jackson, escrita por David Hare (Las horas y El lector ) la profesora americana, interpretada con una gran incisividad por Rachel Weisz (ganadora del Oscar por El jardinero fiel , que se erige como lo mejor de la función), se ve, de pronto, enfrentada a la peculiaridad del sistema legal británico, según el cual, en los casos de difamación, las pruebas las tiene que aportar el imputado. La cosa es, por tanto, emprender una batalla legal para establecer que el Holocausto es una verdad histórica. Negación no es un thriller. Aunque las conclusiones de las vicisitudes son previsibles (¿qué juez británico daría la razón a un estudioso que afirma que la cámara de gas reconstruida en Auschwitz era “una falsificación fabricada tras la guerra”?), es interesante seguir el desarrollo de los personajes que giran en torno a esta historia.

A Irving (muy editado en España años atrás y cuyas tesis compartía con la boca pequeña Manuel Fraga) le da vida Timothy Spall, el inolvidable M. Turner, entre otros. Spall dota al personaje de una inspirada mirada de extremista, de una insolente determinación y de un descaro asombroso a la hora de conocer la verdad. Hay un momento del proceso en el que el juez (Alex Jennings) se pregunta si Irving actúa realmente de buena fe y si, por consiguiente, habría de tutelar su libertad de expresión. El hábil abogado da la vuelta a los roles: Irving, que incautamente decidió prescindir de la ayuda de un hombre de leyes, se convierte en el imputado junto con todas sus teorías de complots judíos internacionales. Rampton demuestra que el historiador manipuló los documentos y lo califica como “bent”, corrupto, deshonesto. Al final, el juez Charles Gray retirará las acusaciones y definirá a David Irving como un antisemita y negacionista que “deliberadamente malinterpretó y manipuló pruebas históricas”…Es evidente que estos ejemplos resultan palpitantes en comparación con la desfachatez del “negacionismo franquista”.

Ninuna de estas películas pasar´qa a la historia del cine, pero representan claramente la voluntad de la gente honesta de estos países de mirar de cara su pasado, hasta tal punto que buena parte de los países que sufrieron la ocupación nazi y la instauración de dictaduras fascistas, regresan una y otra vez hacia un pasado que no se puede enterrar. Lo contrario que aquí donde personajes como Arcadi Espada se atreve a ironizar sobre el número de películas sobre la guerra española cuando resulta –en comparación con estos países-, justo todo lo contrario.

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